HONOR
HERIDO
La palidez del sol invadía con
indiferencia hasta el último rincón de la sala y el aturdidor bullicio crecía,
mientras a través de los ventanales rugía el tránsito y la algazara de los pájaros
divagaba como una opaca brisa. Ezequiel se encontraba en estado de shock,
enmudecido y con la mirada perdida… En ese momento sintió que le volcaban sobre
la cabeza un baúl de recuerdos, y murmuraba para sí: "Resulta imposible
atravesar la vida sin que un trabajo fracase, sin que una amistad cause
decepción, sin padecer algún quebranto de salud, sin que un amor nos abandone,
sin que nadie de la familia fallezca, sin equivocarse jamás, pues eso significa
el costo de vivir y aquí estoy…".
El joven acababa de cumplir dieciocho
años, y estaba próximo a finalizar el estudio secundario con los mejores
promedios, en aquella ciudad sureña. Cuando tenía pocos meses de edad Su padre
dejó la vida en la absurda batalla de Malvinas; ahora convivía con su mamá que permanecía
postrada por padecer el síndrome de VIH que contrajo en una transfusión
sanguínea durante una cirugía cardiaca. Él enfrentó la realidad con el aplomo
de superarla aceptando su destino, y la voluntad de trabajar para cambiarlo.
Mantenía siempre latentes las palabras escritas que le había legado su papá, un
valeroso aviador de combate, donde le decía que uno crece asumiendo lo que va
dejando por detrás, construyendo lo que tiene por delante; pues aquel que se
pone a coleccionar heridas eternamente sangrantes, vivirá como un pájaro herido
incapaz de volver a volar. Es necesario abrirse caminos y marcar huellas,
asimilando experiencias y sin dejar de sembrar raíces.
Ezequiel era muy inteligente, poseía
creatividad y a la vez era introvertido, lo que le costaba insistentes y
pesadas burlas de sus compañeros; quienes no podían ocultar la mirada de odio
cuando él afirmaba la bandera de ceremonias en la cuja. Se sentía orgulloso,
pleno de esperanzas, sin debilitamientos ni pérdida de fe y proyectando su porvenir.
Conoció una chica y se enamoró plenamente de ella; compartieron muchos momentos
de felicidad y pensaron unirse hasta el infinito. Pero uno de sus compañeros,
desbordado de celos y envidia, haciéndole llegar a la joven mensajes anónimos,
falaces y mal intencionados, provocó la destrucción de aquel castillo de arena.
Luego debió soportar hirientes bromas y desdenes. Ezequiel era fuerte de
carácter, sostenido por la formación de sus padres; aunque era sensible por
temperamento. Así sabía recoger flores aunque tuviese que soportar las espinas,
y seguir adelante enfrentando cualquier polvareda.
En ese instante alguien lo cacheteó
ligeramente para hacerlo volver en sí. Era su abogado defensor tratando de
explicarle que acababan de sentenciarlo a veinticinco años de prisión…
"Pero apelaremos el fallo", le acotaba para consolarlo.
Anonadado, Ezequiel sólo pidió papel y
lápiz, mientras lo trasladaban a la celda. Allí escribió esta carta:
"Queridos papá y mamá:
Nunca olvidaré ni dejaré de agradecer que
ustedes dieran todo por mí. De ustedes mismos aprendí que uno debe vivir
ayudando a sus semejantes dándole más de lo que uno recibe. Creo haberlo hecho
bien, aunque también aprendí a valorarme y valorar a quienes me aman.
Aquel día desgraciado, varios de mis compañeros
del curso me saturaron de pesadas burlas hasta que sobrepasaron todo límite;
diciendo que vos, papá, habías muerto en la guerra por cobarde… ignorando que
ese orgullo era mi columna vertebral, la que me sostenía. Además dijeron que mi
madre era lógico que estuviese enferma, con la enfermedad que padecen todas las
minas putas…
Por naturaleza aprendí cuándo un hombre
debe plantarse sin retroceder, defendiéndose como un halcón para no dejar de
volar... y enfrentarse con sus garras a cualquier adversario que lo haya
ofendido en sus sentimientos. Medité lo que haría, pensé que lo importante no
era tanto lo sucedido, sino cómo reaccionaría. A pesar de la excitación que me
embargaba, apreté fuerte los dientes y me contuve, pues quería culminar mis
estudios. Esa noche no podía dormir, imágenes encontradas giraban en mi mente,
la familia, la religión, mi futuro, el amor… y el inevitable odio. En un
instante opté por el suicidio, pero enseguida logré borrar esa idea y decidí
acercarme a la iglesia, hablar con el párroco, rezar y liberar del odio a mi
alma; dejando lugar a lo único valedero: el amor.
Seguía sin dormir y apenas estaba
amaneciendo, alcancé a oír un fuerte gemido que provenía de la habitación de
mamá; y pronto confirmé lo peor. Lloré hasta desintegrarme arrodillado junto a
ella. Les pedí que me ayudaran a todos quienes se me acercaron, pero no me
comprendieron… Entonces fui hasta el placard y tomé la condecoración que me
había otorgado la Fuerza Aérea en tu honor, la que decía "Héroe muerto en
combate", pues necesitaba mostrársela a los cuatro estúpidos que te
menoscabaron. También busqué una foto de mamá, para que supieran que vos fuiste
una santa… y en ese momento encontré el arma… y la mano del diablo hizo lo
demás. Con la condecoración y la fotografía prendidas a cada lado de mi pecho,
entré al colegio y con el lenguaje de la pólvora les expliqué a los cuatro
imbéciles quienes fueron mis padres.
Sí, sí, hoy estoy arrepentido de ello.
Pido perdón a Dios, a los padres y hermanos de los difuntos. Estoy dispuesto a
pagar mis culpas… en el infierno o donde sea. Sólo quiero pedirles perdón a
ustedes por mi proceder, fue lo único que se me ocurrió hacer en defensa del
honor de ustedes dos, papá y mamá. Los amaré por siempre y seguro que allá nos
encontraremos…"
Esa carta fue presentada junto al peritaje
psiquiátrico, inútilmente, en el recurso de apelación por el abogado defensor
de oficio, quien comentó: "La situación de Ezequiel es muy compleja, ya
que al igual que en cualquier país, si uno quiere saber quiénes son los
marginados, quiénes son las minorías, lo puede ver en las cárceles. No es
novedoso que fuera de ellas estén los que tienen poder y dinero. En Estados
Unidos están adentro los negros y los hispanos; en Australia, los aborígenes;
en Europa Central, los gitanos; y en nuestra Argentina, los pobres, jóvenes
villeros, y también quienes tienen problemas mentales… ¿Será la vida un castigo
de la muerte?"
Autor: Edgardo González.
Buenos Aires, Argentina.