Fantasía

Soñé que nos habían cortado las alas y nos veíamos obligados a caminar.

Soñé que teníamos que pagar para obtener las cosas, pues la magia había desaparecido de nuestras manos.

Soñé que el elíxir de luna ya no se encontraba, que la crema de rayos de sol era imposible de conseguir, que los frascos de luz de aurora eran tan escasos que se pensaba que no existían.

Soñé que muchas tradiciones se habían perdido, pues las familias ya no se reunían alrededor del lago para ver el atardecer, ya no bailaban a la luz de la luna llena, ya no cantaban al amanecer.

Soñé que el mar ya no era tan valioso que pudieras embotellarlo e intercambiarlo por las cosas más preciadas.

Soñé que los dragones se habían extinto, que ya no había unicornios y que los pegasos se veían solo en sueños.

Soñé también que habíamos olvidado que el ser humano, debe ser humano, que ya no nos importaba derramar lágrimas, pues se nos había olvidado que sirven para curar heridas del corazón.

Soñé que los animales ya no nos hablaban, estaban molestos por las atrocidades que cometíamos con ellos, y que entonces habíamos olvidado su lenguaje, y a los pocos que aún querían hablarnos, no les entendíamos.

Soñé que ya no podíamos jugar a pintar el cielo, pues habíamos olvidado como alcanzar las estrellas.

Soñé que el aroma de las flores ya no se repartía en esas pequeñas bolas de cristal morado.

Soñé que las estrellas ya no caían con la lluvia.

Soñé que habíamos olvidado como hablar con los ojos y solamente usábamos la voz.

Me desperté asustada, mi nube se había disuelto un poco, y mientras desplegaba mis alas para ir a la nube siguiente me quedé pensando que me alegraba que todo hubiera sido un sueño y deseando que nunca llegara ese terrible día, en el que tuviéramos que recurrir a la fantasía, para evocar la realidad.

Margot Gutiérrez Aguilar.

Cuernavaca, Morelos, México.

 

 

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