MIS VIVENCIAS EN LA ESCUELA DE EDUCACIÓN ESPECIAL PARA CIEGOS

Por: Arturo Gallegos.

Debo decir que yo ingresé a dicha escuela cuando ya frisaba en mis flamantes 17 años.

La razón, porque no dondequiera existen escuelas especiales y, por mi ausencia de vista, no pude asistir a las clases de primaria como todo niño asiste a los 6 años.

Mientras mis hermanos, primos y, amigos iban a la escuela para alfabetizarse, yo tenía que quedarme en casa contentándome con jugar con adminículos que a falta de juguetes, yo mismo había inventado para entretenerme.

Pero a medida que fui creciendo, descubrí que la radio podía ser mi gran aliado. Poco a poco le encontré gusto a, escuchar programas culturales que me transportaban por medio de la imaginación, a lugares totalmente desconocidos para mí pero muy atractivos.

En aquél entonces, las radionovelas estaban en su auge. Pero había un gran inconveniente: Mis padres y, un tío que vivía en casa, opinaban que las novelas eran para ser escuchadas por adultos y, no para niños como yo.

Con gran disgusto de mi parte, algunas veces tuve que perderme la trama solo porque a, ellos se les daba la gana de cambiar el radio de estación, para solo escuchar música que más tarde fue mi modus vivendis.

Reconozco que escuchar radio, me enriqueció mi vocabulario y, me hizo conocer lugares del mundo por medio de mi fértil imaginación.

Cuando ya tuve más voz y, voto, convencí a mis abuelitos, pues ellos fueron mis padres de crianza, que nos trasladáramos a, Ciudad Juárez, pues yo soñaba con progresar y, hacerme independiente.

Para ese entonces yo, ya tenía unos digamos 16 años. Mis abuelitos decidieron complacerme y, nos fuimos a radicar a la ciudad y, casi inmediatamente, fuimos a pedir una oportunidad de cantar tanto en radio como en televisión.

Ya era yo músico y, cantaba acompañado de mi acordeón. Fue precisamente en la estación de radio donde se me ofreció la oportunidad de asistir a la escuela por primera vez.

Dicha escuela estaba sostenida en lo económico por un patronato que amablemente estaba al pendiente de las carencias de la escuela. Ingresar a la escuela fue fiesta para mi corazón pues por fin, conocería el mundo de las letras y, mis conocimientos en educación general se incrementarían.

Pero siendo un joven deseoso de aspirar todo lo bueno que se me enseñaba en la escuela, pronto destaqué como el alumno más aplicado.

Claro que también tuve momentos emocionantes escogiendo entre las muchachas que ahí había, alguna que fuera mi novia. Fueron relaciones muy esporádicas, que no culminaron en matrimonio pues según yo, no debería de casarme con una mujer ciega, pues nuestras mismas discapacidades no nos llevarían al progreso. Esa era mi mentalidad de aquél entonces.

Solo estuve en la escuela unos 3 años pues luego me casé y, tuve que abandonar la escuela para cumplir con mis responsabilidades de hombre casado.

Recuerdo cuando estaba en la escuela que nos tocó vivir divertidas situaciones. El maestro de nuestro salón, también era ciego. Digo que era porque ya murió. Pero un día que quise investigar lo que había en su escritorio, no me salieron las cosas bien pues fui descubierto. Yo quería saber lo que nos iba a dictar para practicar nuestra lectura y, aprovechando que salió del salón, me dirigí al escritorio, volcando una botella de refresco que él tenía en el suelo junto a, la banca. Pronto me hice con la botella tratando de que se tirara la menor cantidad de líquido posible. Luego un compañero tuvo una idea fenomenal y, me dio su refresco para que yo, le repusiera al profe el refresco que se había ido al suelo. Pero al volver el profe, supo inmediatamente del truco porque él siempre pedía su refresco al tiempo y, el del compañero estaba frío.

Otra de mis travesuras era imitar la voz de algunos de mis compañeros para que el profe los regañara creyendo que eran ellos quienes le hablaban. Nunca supo el profe que era yo. Había un compañero que se sentaba a mi lado y, a escondidas aprovechando que el profe no lo podía ver, comía un emparedado que yo a mi vez hurtaba tomándolo de la banca cuando el compañero lo dejaba libre. Pero sucedió que coincidimos a la hora de levantar el emparedado y, mi compañero se dio cuenta que el emparedado estaba mordido de los 2 lados, pues yo le estaba ayudando. No podía reclamar para que el profe no se diera cuenta.

Finalmente diré que había un compañero de resiente ingreso que nos caía mal por ser él muy tímido. Un día Nacho y, yo, decidimos hacerle pasar un mal rato. Lo invitamos a un lugar donde expendían dulces y, refrescos y, como estaba muy alto, lo dejamos que caminara en medio de nosotros. Le dijimos que caminara confiado que conocíamos bien el camino. Él se confió y, de repente quedó atrapado por unas ramas de un árbol que le arañaron el rostro quitándole los lentes y, nosotros por ser más bajitos que él no supimos de dichas ramas pues ese era nuestro propósito al llevarlo por ese paraje.

Gracias por leerme espero y, hayan resultado divertidas para ustedes mis vivencias de adolescente.

Llillo.

 

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