EL OSO

 

 Y se encontraron en Serrano y Santa Fe. Iban a festejar diez años de sincera, de abnegada amistad.

 Felices entraron al restaurante y desfilaron los recuerdos y las botellas de borgoña.

 “¿Te acordás?” se reían cada vez más fuerte y la gente comenzaba a mirarlos. “¿Te acordás cuando encerramos a Tronquito en el vestuario y nos llevamos los pantalones?”

 “Esto merece un brindis... ¡Salud!”, “¡Chin, chin!”.

 Risotadas y aplausos.

 “¿Te acordás que yo te hice gancho con la rubia?” “Y yo te salvé de las amonestaciones”.

 Estaban colorados, transpirados y no dejaban de hablar. Zapateaban cuando reían.

 El mozo se acercó, levantó los pocillos de café y les dijo: “Perdón señores, cerramos a las tres”.

 Pidieron la cuenta y una ginebrita para la despedida.

 Salieron del restaurante abrazados, saludando a todos y explicando lo maravilloso que era festejar diez años de abnegada, de sincera amistad.

 Cruzaron canturreando hacia el Zoológico. “Te acordás hermano que tiempos aquellos, eran otros hombres, más hombres los nuestros”.

 Un gruñido les truncó el tango sin cortes ni quebradas.

 La luna los miraba burlona entre las ramas de los árboles.

 Decían con sorna que una fiera se había escapado del zoológico, mientras les corría un sudor helado por la espalda.

 Enfilaron por Las Heras hacia República de la India y vieron con asombro –cuasi con pavura- que un inmenso oso emergía de la noche. Avanzaba lentamente hacia ellos, sin apuro.

 De un salto, se treparon a un árbol, tratando de ocultarse con sus ramas.

 El oso seguía su marcha tranquilo, sereno, sin prisa.

 “Si el oso nos descubre... yo lo empujo y ¡a otra cosa, mariposa!”.

 “Si el oso nos encuentra...yo lo entrego y si te he visto no me acuerdo”.

 El oso se detuvo frente al árbol, olfateó, se rascó la cabeza y continuó su camino, tranquilo, en calma.

 Esperaron unos minutos y bajaron pálidos, parecían más viejos.

 Se frotaron las manos, observando al oso cuando se alejaba y quedaron perplejos, avergonzados.

 En el lomo del animal se destacaba un afiche con letra fosforescente: “Confitería Bailable EL OSO”... “Confitería Bailable... EL OSO”.

 Agacharon la cabeza y al llegar a República de la India cruzaron la calle en distintas direcciones y se perdieron en la noche.

 

Autora: Betty Capella. Lanús, Buenos Aires, Argentina.

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