A LA SOMBRA DE LA CEIBA XII

 

 Ruego a mis amados pequeñines, disculpen por esta vez, a este amigo que bien les quiere, porque para este número de la revista, decidimos seleccionar un cuento propio para los mayorcitos y los jóvenes que nos hicieron saber de la queja, que según alegan, deseaban plantear, ya que pareciera que nos olvidábamos de que a ellos les agradaban también los cuentos, pues en ellos, además de la distracción, siempre les enseñábamos cosas nuevas e importantes.

 

 Como consideramos justa la queja, les obsequiamos con la presente historia en la que plasmamos el típico ambiente de un cafetal de los tantos que existen en la zona tropical aunque no son privativos de tales regiones geográficas.

 

 Aquí les invito a que visitemos el cafetal de Pancho, recio cultivador del aromático y estimulante grano.

 

 

 EL CAFETAL

 

El café es una de las infusiones preferidas por sus degustadores, tanto en el hemisferio occidental, así como en el oriental.

 

Existen pueblos en los que resulta difícil encontrar alguna persona, que reconozca que no es un aficionado al consumo, al menos al iniciar sus tareas diarias, que no las emprenda consumiendo una aromática y humeante tacita de café negro, con un bajo nivel de azúcar, como el imprescindible suministro energético de la cafeína mínima necesaria, para a partir de ahí, disponer de las energías requeridas para acometer las más diversas tareas a lo largo del día. Hay quienes afirman que si les faltara esa ineludible cuota que le aporta la matutina taza del néctar negro, padecen a lo largo de toda la jornada, de fuertes dolores de cabeza resultantes de esa carencia.

 

En especial, entre la gente de campo, esta infusión ha de ser precedida de una serie de pasos preparatorios de los cuales no puede olvidársenos ni el que resulte de mínima trascendencia, pues se habrá perdido ese toque mágico que rodea todo el ritual que ha de observarse para el pleno goce del consumo tan exigente de la infusión.

 

Pancho, No solamente era uno de los millones de aficionados al disfrute del café, llevaba toda una vida dedicado por entero al cultivo del cafeto, nombre de la planta productora de este grano y que fuera traída a tierras americanas en el siglo XVI, por unos colonos holandeses sabedores de la popularidad del consumo de este negro néctar en la Europa de entonces, la que, lejos de disminuir, aumenta entre los actuales habitantes del “VIEJO CONTINENTE Y CUNA DE LA CULTURA OCCIDENTAL.

Cuenta la historia que aquellos colonos del siglo XVI, lograron el milagro de que un esqueje de cafeto resistiera los rigores de la travesía marítima y se le pudiera plantar en tierras americanas, resultando ser el origen de los cientos o miles de millones de plántulas de este arbusto que han poblado miles de hectáreas de nuestras tierras cultivables.

 

El cafeto en su adultez llega a alcanzar unos 4 o cinco metros de altura, sus hojas son lanceoladas de un intenso color verde y pueden perdurar de tres a cinco años, sus flores son blancas resultando muy semejantes a las del jazmín, permaneciendo siempre abiertas, al desaparecer la infloración, el fruto, inicialmente verde, demora en desarrollar para convertirse en una valla en forma de cereza, que en casi todas las especies es de color rojo y en algunas pocas es de color amarillo, conteniendo dos o tres granos ovalados con una de sus caras aplanada y con una ligera hendidura que destaca claramente, los dos cotiledones de cada grano, los que descascarados, despulpados, secados al sol, para ser posteriormente tostados y finamente triturado en molinos al efecto, quedando listo para su consumo en forma de esa inimitable infusión, sojuzgadora de voluntades a lo esférico de nuestro planeta.

 

Oriundo de Etiopía se extendió su cultivo por diferentes países árabes, siendo introducido en Europa principalmente por los moros a lo largo de su presencia en España, país en el que se plantó en regiones del sur por su clima más cálido, aunque se conocen cafetales a diferentes altitudes, hasta en las más próximas a las nieves perpetuas en diferentes continentes, siendo poco su reclamo de suelos de elevada potencialidad aerotécnica.

 

Como estábamos en época de recolección de la cosecha, la que en ese año se había adelantado a causa de las frecuentes y torrenciales lluvias, toda la familia del labrador, estaba entregada a esa acción productiva, pues en los últimos años no estaba abundante la mano de obra de los recogedores habituales, los que recibían mejor paga en los cafetales del Gobierno en los que se exigía menor calidad en el trabajo y los rendimientos alcanzaban bajos niveles, como fruto acorde con una disciplina relajada.

Año tras año, varios antiguos peones que trabajaban en el cafetal de Pancho, subían a la montaña para ganarse unos pesos, los que ahorraban, los administraban bien, para que durante las navidades lograr disponer de los caudales financieros para hacerle frente a los gastos extras, generados por las festividades navideñas y de finales del año, que a los campesinos les encantaba disfrutar en unión de toda su parentela, que casi siempre resultaba numerosa.

 

Pero en ese período de cosecha, el estímulo de las épocas pretéritas había mermado en grado extremo, lo que era el lógico resultado de que, Donde no existiera un dueño reconocido, el salario se devengaba sudando menos la camisa y con los mínimos reclamos.

 

Pero como aún quedaban personas, las cuales se mantenían fieles al honrado cumplimiento del deber, entiéndase el de trabajar, hacerlo con calidad y reintegrar los favores recibidos en instantes de dificultades familiares, sabedores que sus sufrimientos eran compartidos, por Pancho en su condición de humano patrón, quien no les consideraba como a un simple peón, sino como a parte de su propia familia.

 

Aquella mañana con el cantar del gallo, justo el de las 4 de la madrugada, irrumpía en la cocina, nuestro amigo Pancho quien sin perder un segundo, inició la puesta en marcha del proceso de preparación de ¡la colada matinal! Y casi cronométricamente cono si de un lanzamiento espacial se tratara; porque cada paso habría de ser dado en el instante exacto, ni un segundo antes, ni uno después, así hasta que el café viajara propulsado por la hábil mano del caficultor, quien alimentaba el colador de tela con el hirviente contenido del tiznado jarro, resultante de la combustión de la leña que chisporroteaba en el rústico fogón.

 

Una aromática oleada lo envolvió todo, y atravesando el viejo entablado de palma, penetró en las narices de los durmientes, quienes sacudidos por una misteriosa ánima, saltaban de sus lechos unos a continuación de otros, para ir a reunirse todos en torno al irradiante bracero, disfrutando de aquel néctar que resumía aroma infundido por el horcón, sostén familiar.

 

Con los primeros rayos asomándose en el incipiente alborear, marchaban cantando amigos y familiares en dirección al sitio en el que habían concluido la jornada del día precedente, para de ahí en lo adelante, continuar la recogida de la rojísima cereza del cafeto, que encerraba en sus entrañas el tesoro de aquellos granos, que como don preciado de la MADRE TIERRA, aguardaban por las manos de quienes estuvieran dispuestos a tomarlos de las ramas del cafeto, para con el esfuerzo de su sacrificada tarea, permitir que aromatizaran distantes alacenas, ¡QUIÉN SABE EN QUE RINCÓN DEL MUNDO!

 

A eso de media mañana, vieron a Pepa, el horcón femenino del colectivo familiar, que se acercaba con una humeante jícara entre sus manos de recia trabajadora hogareña, la que no pareciera afectarse por la elevada temperatura del recipiente, la que, en respeto del significado de la personalidad del jefe del clan familiar, iniciaba por él, el reparto de una colada de café para estimularles en espera de la merienda.

 

Algunos aprovecharon la breve pausa para encender un puro y, en lo que ellos consideraban un disfrute, y que la ciencia demostrara en sus investigaciones, resultaba una mala práctica, exhalar grandes botanadas de humo que les hacía sentirse que aquello era ¡como la vida misma!

 

Casi al unísono los allí congregados vieron un auto de esos conocidos como todo terreno, que voluntariosamente, se aproximaba a la verja de Pancho, y cuando estuvo más cercano, todos se percataron que era Miguel el hijo mayor del matrimonio, quien desde hacía varios años, desde que concluyera sus estudios de medicina, se radicara en la capital, y desde entonces luchaba por llevarse a la familia a la ciudad, lo que tropezaba con la tenaz oposición del padre.

 

Pepa, radiante de dicha, y el caficultor, con el seño fruncido, salieron a recibir al recién llegado, quien les entregó un gran paquete empacado en una gran caja de cartón envuelta en un grueso papel amarillo y que pesaba bastante.

 

El joven médico no era capaz de disimular la emoción que le embargaba, al ver a sus padres abrazarle con ¡tanto amor acumulado por las prolongadas ausencias! El joven, sin cambiar de indumentaria, desoyendo los consejos, se integró al grupo de laborantes demostrando con la destreza del movimiento de sus manos, que como dice el refrán, “lo que bien se aprende, no se olvida”.

 

Resultaba tan elevado su rendimiento en el oficio, que en ocasiones ponía en aprietos al padre, por lo que disimuladamente reducía el ritmo de recogida, para que su progenitor no experimentara que ya sus manos no eran las mismas, que el paso de los años y los esfuerzos “dejaban su indeleble huella en la anatomía del más recio de los mortales”.

 

Al situarse el rector de nuestro sistema planetario, justo entre las dos mitades de la bóveda celeste, fueron convocados todos a la bienhechora protección del añoso árbol del pan, el que a esa hora, proyectaba sobre el sembrado su Máxima y deliciosa sombra, para que disfrutaran del almuerzo confeccionado al son de la ardiente leña, y con el amoroso calor, inmedible en su intensidad, del tierno amor que, lo pueden afirmar, generara Pepa, en su elaboración.

 

El mejor llamado que requiere un laborioso jornalero luego de una productiva labor, es el apetito que produce la misma en el organismo del que realiza la acción, por lo que no fue necesario llamar a nadie, ya que la sola visión de Pepa aproximándose, ayudada por dos de las nietas mayores quienes diligentemente asistían a la incansable compañera de Pancho.

 

Como respondiendo al silente llamado de un melodioso timbre, cuyo estímulo, mutara de sonoro en olfativo, y es que el trabajo que se realiza con amor, es susceptible de obrar milagrosas consecuencias, -sea dicho en la más estricta broma.

 

Un gran silencio fue la evidente muestra de que, no por casualidad, coincidieran trabajo recio y excelente preparación de los alimentos, y como lógico resultado, no transcurrió una media hora sin que las entrañas de las cacerolas brillaran como si en ellas, no se hubiera cocinado alimento alguno.

 

Pepa satisfecha y un poquitín orgullosa, recogió el servicio y los hombres de campo, incluido Miguel, permanecieron charlando animadamente hasta que el sol descendió y el grupo, comandado por Pancho reanudó la recogida de aquel tesoro vegetal.

 

 El resto de la jornada prosiguió sin mayores relieves, como no fuera por una broma de alguien o la sonora carcajada producida por la misma en los demás. El atardecer indicó que la jornada de aquel día agonizaba, mientras los recolectores del grano, contabilizaban las latas del encarnado grano, las que entre los trabajadores, pequeños, adolescentes y adultos alcanzaron un total de 63 y eso que eran solamente 8 con la cesta al brazo.

 

Se respiraba un ambiente de dicha y fraternidad que unía a los componentes de aquel mixto colectivo de gentes nobles y que derrochaban un inimitable sentido del respeto por la privacidad de cada cual. Fue por ello, que paulatinamente y con picardía, unos tras otros se fueron disgregando en dirección al colgadizo trasero, formando grupos en los que se conversaba de temáticas disímiles, desde la luminosidad de las estrellas, la fina y copiosa lluvia que desde que las primeras sombras de la noche, se iniciara y que si se mantenía durante mucho tiempo, habría de dificultar la recogida al siguiente amanecer.

 

Sin saber en el instante en que Pancho y Miguel se vieron a solas, el noble hijo se dispuso a informar a su padre, de ciertos proyectos que pudieran, y conociendo a su progenitor, Miguel estaba seguro, que se constituirían en punto menos que una verdadera tragedia, de la que, quisiera Dios lograra reaccionar sin mayores afectaciones psíquicas, pero peor sería mantenerle engañado ya que él se percataría y no le perdonaría el engaño, por tanto, solamente la verdad, resultaba la salida inexcusable y justa, para un hombre intransigente con las medias tintas.

 

Miguel, por aquello de que, ”hijo de gato caza ratón”,detestaba los paños tibios, lanzándose a fondo, comunicó a su laborioso paradigma, los planes de hacer entre aquellas lomas una represa y que las tierras en varios kilómetros a la redonda quedarían anegadas, por lo que debería abandonar aquel sitio en el que había luchado y trabajado una vida entera, para gozar del privilegio de haber sido bendecido con el don de la laboriosidad, con la que Dios premia a los justos y sacrificados padres de familia que con su esforzado sacrificio, y sus “callosas manos como único basamento”.

 

En ese instante, un relámpago horadó el cielo, permitiendo ver a Pancho, que como si hubiese visto una escena espectral se irguió, como estremecido por una descarga eléctrica, abandonó la estancia a la que no regresaría durante aquella quemante noche, que lo marcaría para siempre, como el hierro marcador del ganado, con la diferencia, que la marca ya no se borraría, de su alma aunque viviera millones de años.

 

Miguel sabía como todo buen profesional de la medicina, que para extirpar una tumoración maligna habría de emplearse la cirugía como ineludible procedimiento, ya que, aunque traumática permitía prolongar la vida del paciente y hasta quizá, salvar la vida.

 

La situación resultaba desagradable, pues nadie más que Miguel y el atribulado anfitrión, tenían conocimiento de lo acontecido durante la personal e íntima valoración de aquel encuentro, que bien pudiera resultar en una insuperable calamidad en el caso del viejo labriego, y que para Miguel habría de constituirse en un importante acontecimiento en sus relaciones familiares, muy en específico en la vinculación padre –hijo.

 

Mientras tanto el resto de los que aguardaban por la hora de comer, fueron pasando al baño para disfrutar de un buen aseo personal e irse a la mesa, libres de la suciedad y la sudoración de la prolongada jornada de trabajo.

 

Miguel de forma previsora, habló con Pepa diciéndole que Pancho se había sentido algo indispuesto y prefería irse a recostar un rato, pero que si se quedara dormido, no le despertaran, para que estuviera recuperado al siguiente día.

 

 Pero la mujer que, de tonta no tenía un pelo, supuso que la charla entre ambos había resultado áspera y que lo tratado resultaba ser de importancia, pues el laborioso hombre, por mal que se estuviera sintiendo, no se permitiría ni un minuto de reposo si ello significara un desaire a sus invitados.

 

Los allí presentes, al notar que Pancho no se sentara junto a ellos, en especial en el momento de compartir los alimentos, respetuosamente no hicieron comentario de clase alguna, pero en su interior, seguros estaban de que algo, serio debía ser, para que se ausentara, cuando no resultara conducta habitual en él.

 

Cuando al fin las sombras lo conquistaron todo, y la temblorosa luz del mechero sostenía con las mismas un desigual combate, uno a uno se fueron a descansar en las hamacas que cada cual ataba en uno de los parales del colgadizo donde corría una suave y agradable brisa, durmiéndose todos en unos pocos minutos, y era lo esperable, pues todos habían rendido una dura faena a lo largo del día.

 

Solamente seis ojos no se cerrarían esa noche. Cada pareja de estos, tenían sus propias razones para, desde las sombras, mantenerse insomnes, una, iluminada por la obsesiva visión de las aguas devorándolo todo en su indetenible y arrollador avance, plantas, animales, la casa vivienda, con todos sus recuerdos algunos centenarios, los enterramientos secretos de los antiguos esclavos, los que en épocas coloniales eran la única fuerza de trabajo que los antiguos dueños de aquellas tierras se hacían traer, de regiones distantes de África, encadenados y en calamitosas circunstancias, y algunos de los que Pancho, que aunque no había conocido la esclavitud, les albergara allí, pues sus abuelos le pidieron no les echara de allí en prenda de buena voluntad.

 

El segundo par de insomnes pupilas, -los de Miguel-,velaban la reacción de su noble padre, pues él mejor que nadie, sabía aquilatar los difíciles momentos que vivía su progenitor, el que se debatía entre sus años fertilizando con su sudor aquellos campos para arrancarles el sustento familiar y verse enfrentado a iniciar un nuevo bregar, pero en esta ocasión con la impedimenta de la entrega desgastante de los ingentes esfuerzos que se viera visto en la necesidad de realizar, y la interrogante, que como aguijón hincaba su alma, ¿PODRÉ?.

 

Pero el tercer par, sí que disponía de sus propias preocupaciones, las del hijo y la de aquel Pancho del alma, resumen de todo su existencia, pues junto a él sufriera tristezas, esperanzas, frustraciones, pero lo mejor y más valioso entre las cosas valiosas, el haber sido capaces de edificar una familia que resumía en cada uno de sus retoños, amor, sacrificio, ternura y en especial, la fe puesta en cada cosa, en el esfuerzo colectivo y en el Dios que en los instantes definitorios les había iluminado sabiamente, para que no erraran el derrotero.

 

Como atraídos por un misterioso imán, cada par, y por tanto todas aquellas pupilas que se observaban entre sí, marcharon en pos de una gran estrella que, al igual que a los magos, les señalaba el curso de sus vidas, desde ese día hacia el futuro de sus respectivas existencias, convergentes, hasta un punto dado, pero hasta lograr el paralelismo que les impusiera sus individuales objetivos, y fue entonces que ¡como si redescubrieran sus existencias! Para adentrarse junto a los suyos en la luminosidad insospechada de un luminiscente horizonte.

 

Autor: Alberto López Villarías. La Habana, Cuba.

[email protected]

 

 

 

Regresar.

 

 

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1