AMOR IMPOSIBLE

 

                   Transcurría el año 1600 en la vieja Europa, durante un alucinante día de primavera. Péters llegó puntualmente al lugar convenido, desmontó y dejó pastar a su caballo.

El muchacho enamorado estaba impaciente, los nervios lo alteraban ante la demora de Álison. La espera le otorgó la oportunidad de reflexionar sobre ese romance de incierto futuro. No podía obviar que ella pertenecía a una familia real, de alta alcurnia y él, sin un cobre en el saco, era simplemente un honesto labrador. Permaneció meditabundo hasta que oyó el galope de un equino que avanzaba. Sin dudas se trataba de su amada Álison cabalgando hacia la cita. Aquella tarde se volvían a reunir a escondidas, como ya se había hecho costumbre. Ayudó a la dama a desmontar tomándola de la cintura, la abrazó y besó tan fuerte que ella exclamó que le permitiera respirar.

Esa tarde tenía algo extraño pero no dejaba de ser especial. El ritual de las miradas, las caricias y los diálogos con mudas palabras del alma, se hicieron sentir. El excitado juego del amor ya se había anidado en sus corazones y no dudaban en manifestarlo disfrutando con los placeres que brindan los sentimientos.

La naturaleza con frondosos cedros azules en silencio eran los testigos de aquel idilio prohibido.

Después de un largo rato, mientras posaban sus cabezas en la recogida chaqueta que oficiaba de almohada, Álison cambió su mirada serena irrumpiendo en llanto. Con tono dramático se dirigió a él, haciéndole saber que esa relación había llegado a su fin. Péters pareció enloquecer, le pidió una y mil explicaciones a su amada, tratando de oír algo que lo pudiera convencer sobre tal determinación. Ella le tomó la mano y la apoyó con ternura sobre su vientre... el silencio fue elocuente… En ese instante, el joven caballero quedó perplejo y desorientado.

Hubiese sido hermoso gritar la feliz noticia a los cuatro vientos, por ser algo divino que sólo Dios sabe conceder. Pero las circunstancias eran adversas y a Péters se le fruncieron sus entrañas de sólo pensar qué pasaría cuando los padres de su amada se enterasen. Además ella ya había decidido alejarse, razonando que estaba en juego la vida de los dos, o mejor dicho: de los tres. Porque la realeza no los perdonaría jamás.

Aquella separación era insoportable y ellos no se resignaron fácilmente. Fue así que el muchacho aprovechando su condición de plebeyo, de humilde labrador, pudo acceder al castillo donde habitaba Álison, con carromatos cargados de trigo. Esta tarea le facilitó estudiar los movimientos de los guardias y preparar un plan, sin saber ciertamente cual sería la reacción de ella. Tan solo lo guiaba su palpitar de enamorado. Álison lo observaba con cautela a través de las ventanas y él devolvía las miradas disimuladamente, ya que cualquier sospecha de los guardias podría haber sido fatal.

Un día con total decisión, vestido de sirviente eludió a los guardias y así el valiente Péters llegó a la alcoba de su amada.

Se abrazaron tan apasionados como jamás lo habían hecho. Ella, temblando de miedo, le recordó que ese encuentro podrían pagarlo con la muerte. Péters le hizo saber su decisión: que prefería morir antes que perderla. Entonces les quedaba una sola posibilidad: huir.

Mantuvieron una breve conversación en la que el enamorado, como última opción, esperó la respuesta de Álison a su pregunta: ¿el castillo, el oro, la nobleza o nuestro hijo y el amor? Sin mediar palabras, lo expresó con un beso y ambos desbordaron de pasión y coraje.

Álison recogió un discreto saco con algunas pertenencias, al tiempo que Péters cubrió su cuerpo con ropas de mujer y cuidando los detalles con suma precaución, para evitar la mínima sospecha. Se marcharon a caballo abandonando la fortaleza como quien sale a dar un paseo, habiendo logrado engañar a los hombres de la Guardia Real. Hasta entonces no habían pensado a donde irían a parar, lo único importante era que estaban juntos.

Al aproximarse al bosque decidieron apearse para meditar cómo continuarían aquella fuga. Sin darse cuenta, se encontraron frente al cedro azul que los había visto unirse por primera vez. Muy preocupados por la decisión tomada, pero al no existir posibilidad de volver atrás, determinaron vivir su amor activamente. En esta oportunidad les faltaba la chaqueta para usar de almohada, pero la suplieron con las faldas. Más tarde, empleando una navaja tallaron en el tronco del cedro azul, un corazón atravesado con sus nombres, como sellando un pacto de amor. Al contemplarlo coincidieron en que las letras que sobresalían de ambos lados del símbolo del romanticismo, formaban un nombre y a la sazón decidieron que su bebé se llamaría Áliters. Permanecieron acurrucados sobre el suave colchón de hojas como empollando sueños, en medio de la dulce música de los pájaros.

Al siguiente amanecer reanudaron el viaje hacia la Catedral en la cual residía John Paul, un sacerdote tío de Álison. Éste les informó que toda la población estaba consternada. El padre de Álison había ordenado decapitar a seis guardias y a Margaret, la doncella que la asistía, acusados y condenados por inservibles al no proteger a su hija. Péters y Álison se estrecharon en un abrazo con resentimientos de culpabilidad, al mismo tiempo que experimentaban la sensación de tener una filada hoja de acero rozando sus cuellos. Eso los precipitó a desaparecer con urgencia, aprovechando que hasta entonces los padres de ella estaban ignorando cómo y dónde estarían. El religioso los bendijo y les recomendó mucha precaución, debido a que la Guardia Real los buscaba por toda la comarca.

Cubriéndose con túnicas de sacerdotes, emprendieron un largo camino atravesando lejanos pueblitos.

De esta manera pasaron muchos días y Álison iba encubando su retoño en el vientre, como también el instinto maternal. Ellos temían perjudicar al niño con tanto andar y finalmente decidieron asentarse en un pueblo remoto.

El muchacho comenzó a trabajar la tierra como siempre lo había hecho, hasta que un día apareció un hombre con aspecto asiático que venía observando su comportamiento y les propuso que ambos trabajasen para él, lo cual aceptaron de inmediato. Cuando llegaron al lugar citado se sorprendieron, pues se trataba de un imponente palacio de estilo chino, a orillas del mar, con enormes y coloridos jardines. El amo era un verdadero emperador. Escuchó con atención el relato de la situación por la cual estaban pasando los jóvenes. Fue así que aquel anciano oriental lleno de sabiduría se sintió conmovido y les otorgó un espacio de privilegio en el “Palacio de los Dragones”, designándoles la responsabilidad de los jardines.

Poco tiempo después, Álison vivió lo más bello que puede sucederle a una mujer: nació Áliters, un hermoso y saludable varón, quien pasó a ocupar el centro de atención del Palacio. Con tal motivo se realizó una fiesta donde se lo presentó en sociedad y en la cual lo consagraron como un símbolo del amor apasionado. Álison y Péters fueron virtualmente considerados Príncipes, incorporándolos con ritos tradicionales y ceremoniosos al mejor estilo oriental.

Aquel trío fue el más mimado, con el padrinazgo del emperador y en consecuencia, tan respetados y honrados como él. Les proporcionaron toda clase de comodidades, tuvieron a su merced varios súbditos de servidumbre y una amplia habitación en cuyas puertas lucía una leyenda con caracteres chinos que traducidos significaban: “Cuando hay amor… nada es imposible”.

 

Autor: ©Edgardo González. Buenos Aires, Argentina.

[email protected]

 

 

 

Regresar.

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1