Un pasado vivo en cada uno de nosotros
Ana Belaunzarán O'Gorman
Lic. en Historia, 1er. semestre
En un día tranquilo y sereno, sentada con papel y pluma, comencé a sentir el viento. Éste me dijo:
-- Ve tu conciencia y comprende que no tienes edad, eres tan joven como el tiempo, tan vieja como la eternidad.
Me preguntó:
-- ¿Ves allá? Aquel lejano poblado que observas desde este espacio, meseta fundadora tan llena de inexplicable misterio, es lugar de historias, recuerdos y alegrías.
Quedé pasmada al contemplar tan insignificante comunidad. Agregó:
-- Es más grande la felicidad en una pared de adobe que en una fortaleza de oro.
Sentía que al presenciar aquello, mi ser se inundaba de alegría.
-- Desde aquí no puedes vivir aquello tan inexplicable, pero sí apreciar aquel lugar que tus antepasados han ido dejando.
Me sentí motivada al estar en este estado de extraña e inexplicable sensación, y a la vez contemplar aquello que no podía concebir.
-- Yo soy motivo de inspiración y hago ver los sentidos desde lo más profundo de la conciencia. Siempre que esté yo presente, la sensibilidad estará contigo --, me decía el viento.
De
pronto surgió en mi el deseo de partir, y decidí bajar de lo
alto de esta meseta a emprender mi camino hacia ese lugar que me atraía
inexplicablemente. Al estarme acercando, sentía trasladarme al
pasado: empezaron a surgir los recuerdos, antes olvidados: me ví
en mi infancia y adolescencia, olores y sensaciones. Supe donde
me hallaba. Comencé a ver aquellos viejos callejones,
sintiéndome viva en el pasado. De pronto apareció ante mi «la
buena Pancha» dándome los buenos días. Comprendí que aquel
mágico lugar, del cual el viento me hablaba, era «Triana»;
entonces comenzó el fluido lenguaje de mi sentimiento, formé
ríos de emoción quedando mis lágrimas selladas en lo que ahora
son estanques.
Comenzó el viento a soplar, y entre muros de este poblado, oí en murmullos:
Has escuchado la voz de tus recuerdos.
Cuántas veces como seres humanos hablamos de historia, expresada a través del conjunto de conciencias infinitas: retornando, desechando, remendando... Y como es usual, nos impregnamos de saber, conocimiento y reflexión acerca de sucesos manifestados en algún momento del tiempo; hechos generales que de alguna manera hemos de reconocerlos, pues somos parte y producto de ellos.
Pero que fácil es el olvido de sentirnos vivos en el tiempo; de sentir hasta nuestra respiración latente, rítmica; de volver la mirada hacia nosotros mismos, formando parte de este, un tiempo cadencioso.
Podemos creer, apoyarnos y defender posturas externas, despojarnos de nuestra esencia y hacer de la historia una percepción ajena. Abandonamos nuestro espíritu en sombras, dejamos al olvido nuestros propios recuerdos, nuestro autoconocimiento. Es así como debería de nacer en todos nosotros la base, el comienzo del gusto por conocer, sentir, probar, percibir, sufrir y digerir la historia. Y qué mejor manera de comenzar que recordando nuestros propios episodios transcurridos en la vida, tan llenos de inexplicables fantasmas ocultos en nuestra memoria; por medio de una introspección llegar a nuestra verdad histórica, única y de nadie más.
Es
a través de este relato que fue como evoqué mi memoria; los
recuerdos fluyeron, vivos e impacientes por expresarse y comenzar
con mi historia, para luego comprender al ser manifestándose en
el tiempo, en este inmenso universo que es la historia de la vida
misma. Y pues ¿cómo resultarnos aburrida y trivial nuestra vida
si estamos en sintonía con el origen de ella?
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