¿Y LOS CIEGOS QUÉ?

 

Yo soy uno de ellos. Pertenezco a ese grupo de personas a las que se ve andando por las calles, ya sea con un Bastón Blanco, o con un hermoso Perro Guía, cuando hay los recursos suficientes como para adquirirlos. Soy algo así como integrante de todo un gremio existencial –sí, ¡todo un gremio!- con características colectivas, muy peculiares, que están por encima de la raza, el idioma, la nacionalidad, el credo.

En el contexto de nuestras relaciones cotidianas con los demás, en cualquier parte del mundo, el común de la gente nos suele poner distintos títulos o etiquetas. Ah, nos llaman personas con impedimento visual, personas privadas de la vista, personas con discapacidad. En algunos casos, se nos identifica como seres que seríamos superdotados, con un oído, con un tacto maravillosos y con una extraordinaria capacidad de ver con el corazón.

Sin embargo, no solamente se nos califica, o se nos etiqueta, así o asá, o de esta o aquella manera. También hay quienes hablan de nosotros, como si fuésemos nosotros los que estuviéramos hablando, y se llenan la boca con las tremendas “ventajas, ventajitas y ventajotas” de la tal educación inclusiva por ejemplo.

¿Y los ciegos qué?

Nosotros, ah, bueno -nosotros ¡los cieguitos!- escuchamos desde la platea, o solo salimos al escenario, pero no por haber estudiado en la universidad, o no por habernos especializado en el tema de educación, sino para dar nuestros testimonios de vida, cual títeres de toda una exhibición que pretende vender la idea de que todo está bien, ¡bien chévere! Yo siento que somos utilizados, como actores de un espectáculo emocionalmente preparado, y montado, por productores que saben muy bien cuál va a ser el resultado de la presentación. Ni bien terminamos de intervenir, el respetable público estalla en una inacabable salva de aplausos, remojados en algunas lágrimas y en frasecitas tales como: “Ay, pobrecitos. Sí, y qué valentía. ¡Qué ejemplo para los que vemos con los ojos, antes que con el corazón y el alma como ellos lo hacen!”.

¿Quiere esto decir que estoy en desacuerdo con que la gente que ve se ocupe de nosotros? No, para nada, porque eso sería como promover nuestro aislamiento. Mi crítica no va hacia quienes podrían sentir un legítimo interés, por todo lo concerniente al tema de la ceguera y sus implicancias. Me agrada el saber que puede haber personas con vista con una gran inquietud al respecto, y si algún vidente quisiera investigar yo mismo lo alentaría.

Pero lo que yo no apruebo es que a los ciegos, es decir a nosotros, no se nos de la oportunidad de expresar lo que en realidad implica y significa la falta de vista en nuestro día a día. No siempre tenemos la ocasión de exponer nuestra situación, partiendo de nuestra capacidad profesional, en relación con nuestra propia experiencia de vida, sin que al final de nuestras intervenciones se nos aplauda, porque según el auditorio hablamos lindo, porque somos merecedores de una gran y profunda admiración.

¿Y LOS CIEGOS QUÉ?

La interrogante aquí planteada podría ser interpretada como un reclamo, o una confrontación que estaría siendo dirigida a las personas que ven por parte de nosotros, y tal vez algo de ello hay, porque no es poco lo que debería cambiar en cuanto a los tipos de actitudes que los videntes tienen, en sus relaciones con nuestro colectivo.

Sin embargo, el propósito de fondo de la presente interrogante es cuestionarnos a nosotros mismos, antes que seguirle dando a los videntes. Yo creo que no vasta con encontrar la paja en el ojo de los que ven; es necesario encontrar la biga que pudiera haber en el ojo nuestro, y que tanto daño nos hace.

Por lo que a mí se refiere, me parece que ha llegado la hora de vernos a nosotros mismos, a calzón quitado, tomando muy en cuenta las condiciones en las que estamos viviendo, para observar diversos aspectos relacionados con nuestra problemática. Deberíamos hacernos algo así como una especie de introspección realmente sincera, para dar con el fondo de lo que nos ocurre como ciegos.

Por una parte, necesitamos descubrir si no será que en nosotros hay responsabilidad frente a la situación en la que nos encontramos. No es justo decir que todo lo que nos ocurre es culpa de los que ven.

Pero de otro lado, deberíamos tener la suficiente capacidad de ver si no será que la ceguera, como tal, nos estaría imponiendo limitaciones que irían más allá de lo que nos imaginamos, en campos como el de nuestra voluntad. En efecto, nótese cómo nos portamos colectivamente, cuando intentamos reaccionar y queremos organizarnos, para hacerle frente a nuestra situación como ciegos.

¿Es que acaso no estamos en condiciones de unirnos por nosotros mismos, frente a lo complicado de nuestra problemática?

¿Es que tendrían que venir a unirnos y organizarnos desde el mundo de los videntes?

En cuanto a estas dos últimas preguntas, quisiera hacer algunas anotaciones acerca de ciertas ideas que me han venido dando vueltas a la cabeza:

Yo me temo que nosotros nos encontramos como en un marasmo, que sería producto de la versión muy singular de una muy seria crisis de conciencia. Entre los videntes, sí, claro que esa crisis también se da, pero eso no puede servirnos ni de excusa, ni de consuelo frente a lo que a nosotros nos estaría ocurriendo, porque nuestras necesidades, y nuestras condiciones de vida, no son ni pueden ser idénticas a las de los que sí ven.

La ceguera compromete a todos los aspectos de nuestra existencia, trastoca todos los factores de nuestra naturaleza, y ello tendría que incluir a nuestra conciencia. Esta, por nuestra falta de vista, no siempre tiene acceso pleno a lo esencial de lo que son las cosas, y se limita a quedarse divagando por la periferia circunstancial de la realidad, volando sin rumbo, a merced de los vientos de la fantasía.

Al momento de hablar de nosotros como ciegos, no se trata de ignorar las cosas positivas que pudiéramos tener. Tampoco se trata de desconocer que entre nuestros amigos hay personas con grandes cualidades, talentos y virtudes, ¡porque vaya que sí los hay!

 

Sin embargo, necesitamos ser realistamente crudos, y crudamente realistas, si queremos tratar de revertir la situación en la que nos encontramos. No queda otra- porque en la práctica la ceguera es como es, y no como a nosotros nos gustaría. Viene con lo que nos viene, y no con los regalitos que nosotros le hubiésemos podido solicitar si hubiéramos sabido con anticipación de su llegada.

¿Y los ciegos qué?

Nosotros solemos decir que los videntes tienen la cabeza llena de mitos y prejuicios, ¿no es así? Claro, por supuesto, ¡y es que así es! Correcto, pero bien vista la cosa, ocurre que nosotros también, y si lo que entonces hace falta es un sacudimiento de conciencia, pues no, me cabe duda que aquel sacudimiento debe empezar por casa, es decir, por nosotros mismos.

Necesitamos poner los pies sobre la tierra. Necesitamos tratar de echar de nosotros esa tendenciosa práctica de encerrarnos en nuestras fantasías, lo cual no es fácil, y así darle la cara a nuestras propias circunstancias de vida, en una actitud reflexiva que nos lleve a plantearnos algunos cuestionamientos, así como también, por qué no algunas autocríticas, que pudieran traer a nuestra conciencia de vuelta a la realidad.

Al escribir estas líneas introductorias, me viene a la memoria el recuerdo de un viejo amigo, y podrá parecer anecdótico, pero es que en una ocasión me empezó a contar que tenía una mama de leche negra, la cual no hablaba el Español correctamente. Lo que más me impresionó de aquel relato fue cómo aquella mama pronunciaba frases que, en medio de los barbarismos cometidos, resultaban más que curiosas, impactantes. Hablando de sacudir, por ejemplo, una de sus frases era: “¡Hay que sascudir, mi niño!”, y hoy, modestamente, me encantaría hacer de ese barbarismo algo así como un eslogan nuestro: ¡A SASCUDIR!

 

Autor: Luis R. Hernández Patiño. Lima, Perú.

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