Los niños y niñas ciegos en su más
tierna infancia, ya saben que son diferentes; algo les ocurre, que no pueden
jugar con los demás niños en la calle, ni correr, ni saltar por empinados
vericuetos, donde hay obstáculos, subidas y bajadas... La mamá, siempre les
dice: “¡No te vayas lejos!, ¡ no corras, que puedes caerte!”
Y la pobre criatura, piensa para sí...
-“¿Por qué no puedo jugar como los demás
niños?”
Y así, vive engañado, el niño o niña que
oye que le llaman susurrando y mascando las palabras, para que no se entere...
"el pobrecito, no ve";
Y piensa para sí... “¿estaré yo solo en
el mundo, sin ver? ¿Cómo ven los demás niños?”
Y cuando va a la escuela de su pueblo,
no puede leer en el encerado... no puede escribir en la libreta, ni pintar con
bonitos colores, los dibujos que hay en el cuaderno... Y la maestra, viendo que
no puede hacer nada para enseñarle, ya no le presta la menor atención, y le
aparca en un pupitre, sin nada que hacer diciendo: "escucha lo que dicen
tus compañeros, y aprende la lección".
Y el niño, de tanto oír, lo sabe de
memoria, y cuando nadie de la clase se sabe la lección, la maestra se la
pregunta al niño ciego, y éste, la recita como un lorito... y entonces ella
dice a los demás de la clase:
-“Ya veis que Pepito no ve, y sabe la
lección mejor que vosotros”; pero pasan los días, y Pepito no puede adelantar,
porque cada vez las lecciones, son más difíciles... Luego hay que estudiar los
mapas, con sus ríos y montañas de colores diversos... y los dibujos
geométricos, con líneas y ángulos, círculos y poliedros, que nadie le explica,
porque ni la maestra sabe como hacerlo...
Él no puede ver las plantas que muestran
los libros de botánica, ni los complejos dibujos de los libros de ciencias
naturales, con su anatomía del cuerpo humano, ni el globo terráqueo, con sus
océanos y continentes... Y él se angustia y se apena, porque así no va a llegar
a ningún lado. Y tampoco puede practicar las clases de deportes y gimnasia, y
los juegos de pelota, donde los niños se afanan por meterla en un marco de
madera, que hay a cada extremo del campo de fútbol...
Y el pobre Pepito, se queda sentado en
un banco, y se aburre e inventa sus propios juegos, que nadie comprende...
Habla con amigos imaginarios, con los que sí puede jugar, y como no puede
correr, él se mueve girando sobre sí mismo, para sacar tantas energías
almacenadas dentro de su cuerpecito juvenil y lleno de vida...
Y por eso y otras cosas, es diferente; y
a veces se consuela pensando que quizás en el mundo nadie ve, y todos somos
iguales; pero eso no es verdad, aunque sus padres no hablen de su desgracia, o
lo hagan con sigilo, para no herir al pobre niño.
Mas, entre los vecinos más cultos del
pueblo, hay un amigo de sus padres, que un buen día les trae una buena noticia.
Allá lejos, en la capital de su país, hay un colegio donde los niños ciegos
aprenden a leer y escribir, con unos puntitos que se tocan con los dedos, y
cuando son mayores, estudian y, hasta pueden ir a la universidad... y hacen
deporte, y trabajan en oficinas, con máquinas y computadores, que les permiten
ver tantas cosas...
Los padres de Pepito, lloran de emoción
y se preguntan: “¿como será ese milagro? ¿Podrá estudiar nuestro Pepito? ¡Oh Dios,
si eso fuera verdad!; pero la capital, está tan lejos, y el niño nos va a echar
tanto de menos...”
Mas, Pepito, les oyó, y, pese a su corta
edad, solo 9 años, les dijo:
-“¡Por favor, llevadme al colegio! ¡Yo
quiero estudiar y aprender como los demás niños! ¡Y hacer deporte y correr
detrás de la pelota! ¡No quiero quedarme solo en el banco mientras los otros
juegan y ríen, y yo estoy muy triste porque no puedo hacer nada de eso!...”
Y con tan sensatas palabras, llegó al
corazón de sus padres, que acompañados del buen amigo que investigó sobre el
colegio de ciegos, presentaron allí a Pepito, que al curso siguiente, fue
admitido como alumno; y aprendió a leer y escribir, y también música y
matemáticas, gracias al sistema que un hombre bendito, había inventado casi 200
años antes, Louis Braille, el redentor de los ciegos de todo el mundo, que
nació en un pueblito de Francia, cuyo nombre es Coupvrait.
Y desde entonces Nuestro Pepito,
aprovechó su inteligencia, estudiando y bendiciendo siempre el nombre de Braille,
que tantos beneficios dio a los ciegos, con la luz de la cultura y la esperanza
de ser iguales a los demás miembros de la sociedad. Y se realizó como persona, sin complejos, y fue un hombre de bien,
apreciado y admirado por todos los que antes le consideraban un pobrecito niño
ciego.
Autora: Puri Águila. Barcelona, España.