MEDIO SIGLO EN PRO DE LOS CIEGOS

 

Era el medio día de aquel martes 3 de julio de 1968. Luego de dar un furtivo paseo por la Alameda de Santa María la Ribera, asomarme al histórico kiosco Morisco, repasar sus columnas y arcos de estilo mudéjar, creado a finales del siglo XIX por el Ingeniero José Ramón Ibarrola, y disfrutar de un cremoso helado doble en “La Especial, allí en la esquina de Díaz Mirón y Pino (hoy Dr. Atl), mi mamá me pidió que la acompañara a unas cuantas cuadras, a la calle de Mariano Azuela, que años atrás fue la calle Álamo.

 

Con cierta dificultad, debido a mi cortedad de vista en esos momentos, preguntando aquí y allá finalmente dimos con el número 218. Se trataba del Comité Internacional Pro Ciegos, fundado apenas diez años atrás por la Junior Ligue.

 

La visita se prolongó algunas horas hasta que nos atendió la psicóloga Guillermina Muñoz, una güerita de cabello corto y ojos claros, de unos 27 años. Durante la entrevista, asombrado, descubrí, luego que la psicóloga le preguntó a mi mamá: ¿desde cuándo perdió la vista? ¿Por qué no se ha rehabilitado…? Hasta ese momento no había caído en la cuenta que mi mamá era una persona ciega. Ella planchaba la ropa, lavaba los trastes después de la comida, bailaba y se divertía como todo mundo en las fiestas familiares… ¡Cómo está eso de que no ve…! A poco lo comprobé cuando observé, tras quitarse sus gafas oscuras, y vi sus ojos dañados por el glaucoma.

 

 Al día siguiente regresamos a las ocho de la mañana al Comité Internacional Pro Ciegos. Como una excepción a la regla, fue la primera vez que admitieron a un niño de doce años en aquella escuela para jóvenes y adultos, con la única condición de que también mi mamá aprendiera lo mismo que yo: a leer y escribir en Braille, a caminar con el Bastón Blanco, para llevar de allí en adelante una vida independiente y productiva.

 

Han transcurrido cuatro décadas… Mi mamá, Marilú como la llamaban en el Comité, ya no está físicamente con nosotros, FALLECIÓ APENAS EL 26 DE MAYO PASADO. Trabajó durante varios años en esta institución de asistencia privada como recepcionista, y más adelante se desempeñó como técnica radióloga en el ISSSTE. Por mi parte, ahora soy todo un periodista con una trayectoria ininterrumpida de 33 años en los medios de comunicación. Justo en este año: 2009, en que también se cumple el bicentenario del nacimiento de Louis Braille, el Comité Internacional Pro Ciegos llega a su primer medio siglo de vida como institución pionera en la rehabilitación e integración social, educativa y laboral de personas con ceguera y baja visión. Allí aprendimos mi mamá y yo a ser autosuficientes, a ver la vida desde otra perspectiva, a descubrir nuestras verdaderas capacidades para el estudio y la independencia laboral.

 

Cuántos recuerdos vienen a mi memoria de aquellos ahora lejanos años en que deslicé por primera vez las yemas de mis dedos por encima de los puntitos del libro de lectura “Mis Primeras Letras”. Sin que se diera cuenta el maestro Chón (Ascensión Núñez), un tapatío, moreno, estudiante de la carrera de Derecho, y maestro de Braille, aprendí aún con mi poco residuo de vista a leer y escribir. Aunque más adelante tuve que hacerlo completamente con el tacto cuando, luego de la quinta operación de glaucoma, ya no volví a ver.

 

Fui la mascotita del Comité. Convivía, de las ocho de la mañana a las cuatro de la tarde, con un intermedio para comer, de la una a las dos, con estudiantes ciegos, con adultos profesionistas ya rehabilitados. Recuerdo al psicólogo Alejandro Reynoso con sus impecables apuntes de la universidad… A Josefina Ponce, preparatoriana, encargada de la recepción del Comité, fundadora del círculo cultural “Club Homero”… De Meche Savaté, hija de exiliados españoles, parlanchina voluntaria, lectora de tiempo completo, que apoyó infatigable a muchos estudiantes ciegos en sus estudios… A don Panchito, un viejecito sonriente que además de trabajar la maquila de ganchos para la ropa y plumas de escribir, en los talleres del Comité, nos vendía papitas fritas durante el descanso del medio día, cuando nos reuníamos en aquel gran patio rectangular flanqueado por jardineras y una recortada fuentecilla; y no faltaban las canciones acompañadas por la guitarra de Arturo o de Alfredo… ¡Qué bonito se escuchaba, todos cantando en coro! Hasta que la chicharra sonaba a las dos de la tarde para subir a la biblioteca nuevamente a las clases de Braille y de mecanografía, a los torneos de lectura Braille en voz alta organizados por el ingeniero Lorenzo Navarro.

 

Días inolvidables. Todos los espacios del Comité ahora huelen a recuerdos. El comedor, que ahora ya no existe, porque se convirtió en la sala de computación, donde Conchita nos servía lentejas, calabacitas con carne de puerco, tortillas calientitas y agua de jamaica… Las escaleras donde a Porfirio Montúfar (ex condiscípulo mío en la Secundaria 28), a Ramón Paz y a mi, en repetidas ocasiones nos llamó la atención la psicóloga Muñoz por jugar carreritas. Las clases de guitarra de los sábados donde aprendí mis primeras lecciones de musicografía Braille con el septuagenario maestro Manuel Castellanos… Y qué decir de los torneos de dominó, las clases de natación y de boxeo… Además de las fiestas y las posadas animadas por la orquesta de Pepe González y la de César Garmendia… Posadas en toda forma, con procesión dentro y fuera del Comité, con piñata, villancicos y tamalada…

 

Todo era camaradería, entusiasmo, y lo más importante: nadie se dolía de su falta o disminución de la vista. Ofelia, la bibliotecaria de aspecto no muy agraciado, flacucha, alta y con anteojos de fondo de botella, siempre estuvo solícita para bajar de las estanterías los libracos Braille que los usuarios le pedían. También, no puede faltar en esta pasarela de nostálgicas evocaciones el maestro de bastón, Ramón Morales, un galancete feucho, pero con mucho pegue para ligarse a una que otra alumna, luego de cantarles baladas en inglés acompañado cadenciosamente con la guitarra del Comité. Y las fiestas imborrables en la casona de Marisa Zunzunegui, allá en la calle de Iglesias, en San Ángel, en cuya terrasa, frente de la alberca, a media luz, una noche de verano aprendí a bailar tango. Tampoco olvido las tertulias en el largo pasillo del Comité, donde todo mundo charlaba de todo y de nada, y los chistes que en su medio español nos contaba el gringuito Martin Nelson y que nos hacían llorar de risa…

 

Hoy regreso al Comité. Escucho voces nuevas, estrecho otras manos. Ya no está la señora Ruth Covo, ex presidenta de la institución, ni tampoco puedo charlar en el idioma de Víctor Hugo con mi entrañable maestra de francés, Mademoiselle Liset Moreau… Ya no existe más la camioneta roja donde apiñados íbamos todos los martes a nadar en la alberca de la Asociación Cristiana de Jóvenes, en Ejército Nacional… Hoy todo es distinto. En la biblioteca hay más libros que hace cuarenta años, unos seis mil, y poco más de dos mil quinientos audiolibros, según me dijo la actual Presidenta de Pro Ciegos, Eva Huaita de la Riva, una peruana amable y muy sencilla. Hoy, ya pasaron a la historia la impresora Braille mecánica, que fue sustituida por una modernísima Everest, y, por supuesto, ya no se escucha el teclear de don Ernesto, todo un personaje que entregó su vida transcribiendo libros en su máquina Perkins mientras una voluntaria se los dictaba textualmente con puntos y comas… Ahora sólo resuena el recuerdo de la voz culta de la encargada de la tienda, la señora Consuelo Hidalgo, que, mientras atendía a las personas que acudían a comprar una regleta, una caja de aritmética, un bastón blanco o un reloj Braille, escuchaba con atención las noticias en inglés transmitidas por Radio Bip…

 

Hoy nuestro Comité Internacional Pro Ciegos celebra con bombos y platillos su aniversario número cincuenta. Concurren los actuales alumnos y alguno que otro egresado, que por mera casualidad se enteró del festejo. Allí nos reunimos, en el enorme patio rectangular, que en algunas ocasiones ha sido escenario de telenovelas y discreto testigo de inconfesables idilios entre los estudiantes. Luz del Carmen Luna, en su papel de Directora del Comité, encabeza la fastuosa ceremonia. Se entregaron merecidos reconocimientos a los benefactores como el Nacional Monte de Piedad, la Junta de Asistencia Privada del Distrito Federal, la Fundación Mexicana para la Promoción del altruismo, Fundación Acir, Casa Hogar del Ciego, Fundación Azteca; a prominentes empresarios como don Roberto Salinas Price, que con sus generosas aportaciones han contribuido al sostenimiento de todos y cada uno de los programas institucionales; asimismo, reciben reconocimiento de gratitud por su ininterrumpida labor de 25 años una docena de voluntarias e integrantes del patronato. La estudiantina del Comité, integrada por alumnos jóvenes y adultos, amenizan el convivio, y el mejor regalo de aniversario es una canción compuesta por una ex alumna, la chiapaneca Violeta Fenner, que en dueto con la hidalguense Rocío Barragán interpretaron con mucho corazón: “Porque vives lo mismo que yo”, canción que a más de uno de los presentes nos emocionó hasta las lágrimas.

 

 Jorge Pulido es Licenciado en Periodismo, locutor y productor radiofónico. Puedes escribirle a:

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Autor: Jorge Pulido, México, Distrito Federal.

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