Ficha técnica:
Título original: Guizi Lai Le
País: China,
Año: 2000
Director:
Jiang Wen
Guión:
Jiang Wen, Fengwei You y Haiying Li
Productora:
Asian Union Film & Entertainment
Música:
Jian Cui, Haiying Li, Xing Liu
Fotografía:
Changwei Gu
Actores:
Jiang Wen, Haibin Li, Yihong Jiang, Zhijun Cong, Teruyuki Kagawa, Ding Yuan, Zi
Xi, Qiang Chen, Yoshimoto Miyaji, David Wu
Música:
Haiying Li, Jiang Cui, Xing Liu,
Montaje:
Folmer Wiesinger, Zhang Yifan,
Sinopsis:
Durante la ocupación japonesa de China,
en un pequeño pueblo de campesinos el ejército deja bajo custodia a dos
prisioneros. Se ordena al pueblo que los tenga bajo vigilancia hasta que los
recojan el próximo año. Los líderes del pueblo se reúnen para interrogar a los
prisioneros e intentan acomodarlos. El asunto se convertirá en una experiencia
a veces trágica y a veces cómica que cambiará sus vidas...
Comentario
No suele ser tan difícil acceder a las
obras premiadas en Cannes, pero aunque “Demonios en mi puerta” consiguió el
Gran Premio del Jurado en la edición del festival del año 2000, sólo se estrena
en nuestro país después de que su director, el chino Jiang Wen, había producido
otros seis títulos. El último, "Carta de una mujer desconocida",
adaptación de la novela de Stefan Zweig, tuvo gran aceptación a finales del año
pasado. La película que comentamos hoy es superior. Más intensa, compleja,
artística y comprometida.
Jiang Wen, que realizaba con ésta su
segunda película, parece imitar en algunos aspectos a la exagerada farsa
"Underground", del director bosnio Emir Kusturica.
El espectador pronto se sentirá
sobrecogido por el mismo mensaje sobre lo absurdo de la guerra, pero Jiang lo
combina con bastantes elementos que le dan un singular y personal matiz. La
historia remite a una época poco conocida para la mayoría de los espectadores
occidentales, en un momento en que las relaciones entre China y Japón vuelven a
tensarse: Jiang pone pasión en el empeño y un punto de vista muy personal que
le valió la censura de la Oficina de Cine de Pekín y prácticamente el destierro
artístico de China.
Los demonios del título no son sino los
japoneses que cometieron atrocidades en territorio chino; pero como hiciera
Stanley Kubrick en sus agudas “Senderos de Gloria” y “Teléfono rojo: volamos
hacia Moscú”, Jiang centra su escarnio en las autoridades, no sólo de Japón
sino de China, su país, llenando de humanidad a los personajes más humildes.
Entiende, además, el lado humano del soldado raso japonés, cargando la crítica
sobre los altos rangos. El humor, sorprendentemente, se cuela a través de los
horrores que el director narra sin miramientos, haciéndolos soportables gracias
a su ingenio pero sin restarles un ápice de crueldad. Cuando los conflictos
bélicos se deshumanizan, como es el caso, el espectador no puede más que
temblar y rezar: Jiang hiela la sangre y nos fuerza a ver en su película el
reflejo de nuestras pasiones.
A Wen Jiang lo conocimos primero como
actor, en “Keep Cool” (obra de Zhang Yimou). Allí hacía de librero ambulante
frenético en plena urbe. En su actuación se veía poder interpretativo y gran
carisma. Aquí Jiang, pese a querer mostrar los horrores de la guerra y de la
ocupación japonesa en China, decide tomar dos arriesgadas pero al final
acertadas decisiones. La primera es que está rodada en blanco y negro.
Arriesgado es, porque las comparaciones que hará mucha gente con otros dramas
bélicos serán inminentes. Pero Jiang, de esta forma, termina creando una
realidad creíble pero a la vez surrealista. Hay momentos que la realidad golpea
de tal forma a esta comunidad de campesinos chinos que el blanco y negro de la
pantalla parece darle irrealidad. ¿Estará pasando en verdad? Está claro que sí,
pero la fuerza de las imágenes es mayor cuando no hay colores. Paradójicamente
la realidad está reforzada con dramatismo irreal.
La segunda decisión es la elección del
género. La comedia de la vida, la comedia de lo cotidiano. Incluso en el
infierno se puede reír, también en momentos duros te puedes encontrar con
situaciones que más tarde se podrían contar como anécdotas graciosas aunque en
ese momento no lo sean. El paso continuo de comedia a drama se desarrolla en
casi toda la historia. Esta relación termina cuando Jiang decide mostrar la
realidad de forma brutal y es cuando la historia deviene al drama puro. Todo
esto está rematado por unos actores geniales: el mismo Jiang Wen y Teruyuki
Kagawa sobresalen por su naturalidad. Parece que están allí. Que lo han vivido
y que han sufrido y reído de verdad.
El guión es excelente y la dirección
inspirada. Si alguien viera de casualidad, esta película en la televisión
(entre el principio y la mitad de la película), podría creer que está viendo
algún clásico de Akira Kurosawa, Mizoguchi, Ozu, Kobayashi u otro gran director
del cine japonés.
Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún,
Quintana Roo. México.