La ciudad por la que caminaba se
veía cada día más bella. Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a descansar.
La tarde fue madurando lentamente más
allá de los techos. En el jardín alguien regaba el césped con una manguera, y los
pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas
de los árboles que se veían desde la ventana. En el patio vecino dos niños se
reían a carcajadas mientras un perro ladraba jugando con ellos. Después,
cesaron todos los ruidos casi al mismo tiempo y se abrió el silencio en la
apacible tarde... y ahí comenzaban las nostalgias.
Por aquel entonces, hacía casi diez años
que me había separado de mi esposa, ante lastimosos motivos que ni valía la
pena recordar. A los 59 años mi única compañía era la acritud de la soledad.
Si no me equivoco, fue cierta tarde de
otoño cuando fui a la biblioteca en busca de algo para leer. Ese día no estaba
Rosita, la bibliotecaria que me conocía de años. Me atendió muy amablemente un
hombre anciano, de cara delgada y rugosa, bien vestido contraje negro y de
cabello cano.
- Soy el socio Nº 249, -le dije- y
necesitaría alguna novela u otra cosa que pueda distraerme... En realidad no sé
bien…
Mientras le hablaba, el hombre se alejó
y enseguida regresó con un libro de tapas azules, el cual me recomendaba leer.
Se titulaba “Epílogo de Nostalgias”, de una autora para mí desconocida. Lo
acepté y agradeciendo me fui.
En la plaza me acomodé para aspirar un
poco de aire y oír a los pajaritos, al tiempo que iniciaba la lectura de
aquella novela romántica. En un momento levanté la cabeza y pude ver a una
mujer que caminaba despreocupadamente por un sendero. No era tan bella ni tan
fea. Su aspecto tampoco era de pobre ni rica pero sí se veía atractiva, quizás
por su antiguo vestido. Un tanto anonadado, decidí acercarme a ella. Con
ingenuidad corté una flor e intenté seguirla, pero la perdí de vista entre un
grupo de niños que jugaban por ahí. Bueno, después de todo, no supe para qué ni
porqué lo había hecho.
Al siguiente atardecer, ya en mi hogar,
tomé asiento junto al escritorio del estudio, con el fin de regocijarme con la
lectura. Desde la ventana de la planta alta, fijé la vista hacia afuera, hacia
la nada. Me dejé caer sobre el respaldo y entrelazando las manos sobre la nuca,
cerré los ojos y suspiré profundamente. ¿Quién sería esa mujer? –Me preguntaba
una y mil veces. Así pasaron varios minutos, hasta que me puse a observar los
movimientos de la calle. Justo enfrente había un mercadito chino, esos de
barrio, con un constante ir y venir de vecinos. En la oscuridad que cayó en
pocos minutos, apareció entre ese gentío aquella mujer, con un vestido
diferente aunque también era “del tiempo e’ñaupa”. Algo me sucedió, ya sabía de
tal sensación, y como me agradaba, no me molesté en indagar más dentro de mi
mente, dónde y cómo la había conocido. Me costaba mucho quitar la vista de esa
figura intrigante. Y bueno, no volví a pensar en ella hasta el día siguiente.
Más adelante comencé a verla bastante seguido. La encontraba en todas partes y
a cualquier hora, aunque luego parecía evaporarse. A veces pasaba un día o más
sin que la viera, y eso me inquietaba. Todo este asunto ya se iba convirtiendo
en un calvario para mí.
El timbre de la puerta sonó con
insistencia. Eran las ocho de la mañana del domingo, y me pregunté a qué
vendría tanto bochinche. Me calcé apresuradamente, me ajusté de un tirón la
bata y descendí las escaleras murmurando maldiciones. Si Llegaban a ser otra
vez esos predicadores de plomo intentando meterme en alguna secta o extraña
religión, iban a saber quién era yo. Los domingos son sagrados, ellos deberían
ser los primeros en respetarlo. Abrí la puerta y me encontré al individuo que
osaba interrumpir mi descanso dominical, al tiempo que se secaba el sudor de la
frente con un pañuelo, como quien está nervioso. Era un hombre anciano, de cara
delgada y rugosa, bien vestido contraje negro y de cabello cano. Entonces
reaccioné… ¡Ese hombre, era el hombre de la biblioteca!
- Buenos días, señor, -me dijo- deseo
hablar dos minutos con usted… ¿Me permite?
Lo pensé un momento y asentí. No parecía
peligroso y la curiosidad era más fuerte que yo. El hombre entró y nos sentamos
en el living.
- Yo me llamo Adolfo Ferreira Viñas, -me
dijo- ¿Le suena mi apellido?
- Sí… justamente el libro que estoy
leyendo es de…
- Bueno, pero… -me interrumpió- la
autora es Erika Ferreyra Viñas, mi hija. Creo que usted anda un tanto
desmemoriado, ¿verdad? –Demandó mirándome fijamente.
Esas palabras me hurgaron la memoria y
la conciencia. Comencé a atar cabos… Erika... había sido mi novia cuando
madurábamos como adolescentes, en Puerto Madryn. Este hombre era su papá, quien
se había opuesto a nuestro romance desde el principio… y además me deseaba lo
peor de lo peor, haciéndome la vida imposible con sus infinitas amenazas.
- ¿Recuerda que para ella, usted fue “su
primer amor”? ¿Y se acuerda cuando la abandonó? -Me preguntó el padre, en tono
rencoroso e incriminándome.
- ¡No, no!, discúlpeme pero de ninguna
manera fue así. El maldito servicio militar, a mis 20 años, me llevó a Ushuaia.
Estuve dos años en la marina, y cuando volví ya no la encontré más. Sufrí
muchísimo por ella… sobre todo, tiempo después, cuando me enteré de su
accidente fatal… Además tenía entendido que usted estaba junto a Erika y que
había corrido la misma suerte… o sea que…
- ¡No me diga eso, por favor! Claro que
todo ha sido algo confuso desde entonces. A mi hija Erika no le fue nada bien.
- Y entonces… dígame usted… ¿cómo está
ella ahora? ¿Qué es de la vida de Erika?
- Justamente… ella quiere acercarse a
usted, pero… es como que no se anima. Por eso vine a verlo.
- Por favor, señor, quisiera contactarme
ya mismo con ella. Dígale a su hija que venga sin temor alguno. Aquí será bien
recibida.
- ¡Bravo, muchacho! Eso quería escuchar.
Erika anda muy cerca, en cualquier momento se acercará a usted. Sólo me atrevo
a pedirle que sea complaciente con ella. Ha sufrido mucho y anda buscando un
futuro prominente de felicidad.
Pocas palabras más, un apretón de manos
y acompañé al visitante hacia la salida. Ya en el umbral, antes de abrir la
cerradura, me sorprendió una mujer sonriente, la misma mujer que me venía
enloqueciendo. Ya estaba adentro y sin dudas, se trataba de Erika. ¡Sí, era
ella, Erika! Intenté abrir la puerta para permitir la salida del señor Adolfo…
pero ya se había ido.
Sin comprender claramente lo que estaba
sucediendo, comencé a actuar como atontado. Ella se sentó en un sillón y
acomodó su amplio vestido. Las miradas hablaban por nosotros y todo era
entendido antes de dialogar. Así planificamos un viaje a Puerto Madryn, allá
donde habíamos vivido nuestra juventud. La partida fue casi inmediata. Tomados
de las manos, observamos el recuerdo… un recuerdo que se encontraba en toda la
zona de los valles y cimas coronadas con tupidos montes, hasta los acantilados
cuyo reflejo oscurecen un mar frío y agitado. Surgían cálidos sentimientos que
encendían viejos fuegos del verano que supimos conocer.
Se aspiraba el mismo viento que
hostigaba a los cetáceos próximos a la orilla y, el más antiguo bosque de
cipreses, se deslizaba pensativamente sobre una bahía de límpido cielo.
En ese momento, mi corazón era un envase
de barro fraguado por el amor con cenizas apagadas. Había vuelto al viejo mundo
de mi infancia. Estaba palpando la casa que me vio nacer, el gran hogar de
piedra cubierto por la hiedra, donde vivieron mis antepasados, y donde conocí
el amor junto a Erika. Ambos latíamos embargados por la afinidad de permanecer
juntos, como intentando recuperar lo que no habíamos vivido.
Esa noche ostentaba la luna brillante,
Erika y yo nos sentimos atraídos hacia un callejón que salía de la ciudad rumbo
a los acantilados del mar. Allí estaba el final de las cosas... el abismo...
Donde el mundo entero se desplomaba abruptamente en un vacío, y donde el cielo
por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna y de las
estrellas. Tan solo de lejos, se observaba una luz desperdigada, ese brillo
inconfundible de la ciudad de Puerto Madryn. Estábamos sobre una elevación que
dominaba el mar y simultáneamente, bajo los acantilados las mareas del
Atlántico agitaban una embarcación que pretendía amarrar. El capitán, que se
distinguía por su gorra blanca, nos hacía ademanes invitándonos a abordar.
Grande fue mi sorpresa cuando, una vez embarcados, observé que el capitán era
el mismo señor Adolfo Ferreira Viñas.
- ¡Bienvenido abordo! –Me dijo-. Ya era
tiempo que realizáramos este viaje juntos… Erika se veía más feliz que nunca.
Zarpamos introduciéndonos entre el oleaje y la oscuridad.
- ¿Hacia dónde nos dirigimos, capitán?
–Pregunté intrigado- ¿Cuál será nuestro rumbo y nuestro destino?
- Esta es la “hoja de ruta”, sírvase.
–Me respondió mientras me la entregaba.
Erika sonrió profundamente y abriendo
esa “hoja de ruta de tapas azules, titulada “Epílogo de Nostalgias”, deslizó su
dedo índice de arriba hacia abajo, deteniéndose en la palabra “Fin”...
Así mientras el capitán emitía
sarcásticas carcajadas, la nave meciéndose con la brisa marina, ponía rumbo a
las lejanas aguas donde se reúnen el mar y el eterno firmamento.
Autor: © Edgardo González. Buenos
Aires, Argentina.