LATINOAMÉRICA, HACIA UNA INTEGRACIÓN SIN INTRUSOS
La integración de América Latina y el
Caribe sin la presencia de Estados Unidos y Canadá es una empresa necesaria y
posible, pero Washington continúa obstaculizando el proceso, pese a la nueva política
exterior insinuada por el presidente Barack Obama y festinada por algunos
gobiernos de la región.
Se han dado pasos en diversos ámbitos,
muchos de ellos trastabillantes, inseguros, incompletos, como la Unión de
Naciones Sudamericanas (Unasur), el Consejo de Defensa Sudamericano (CDS) o la
Cumbre de América Latina sobre Integración y Desarrollo (CALC), pero todos
ellos, individualmente y en su conjunto, abren camino e implican avances en la
dirección correcta, consideran los analistas del Círculo Latinoamericano de
Estudios Internacionales (CLAEI).
Elaborar y consolidar una posición
conjunta sin presiones de la Casa Blanca es una prioridad impostergable para
los países de la región, que podrán, mediante las instituciones regionales
creadas y administradas por ellos mismos, resolver de manera eficaz sus
problemas conjuntos y defender con mayor fortaleza sus intereses en los
diversos foros internacionales.
Sin embargo, Estados Unidos impulsa,
pese a la apertura ofrecida por Obama, una línea dura en sus relaciones con los
países del grupo de los “cinco radicales”, según han sido calificados por los
altos mandos de inteligencia estadunidenses: Bolivia, Ecuador, Cuba, Nicaragua
y Venezuela.
Uno de los principales objetivos de esa
política, señalan los analistas del CLAEI --una organización privada, no
lucrativa, de análisis, reflexión, investigación e intercambio de información,
con sede en la ciudad de México--, es remover del poder a los presidentes de
Venezuela, Hugo Chávez y de Bolivia, Evo Morales; de ser posible, mediante
procedimientos democráticos.
Durante las recientes Cumbre de las
Américas en Trinidad y Tobago y la XXXIX Asamblea General de la Organización de
Estados Americanos (OEA) en San Pedro Sula, Honduras, los estrategas de la Casa
Blanca buscaron el máximo aprovechamiento posible de ese importante foro, no
solamente para que Estados Unidos pudiese promover las bases de su política
exterior veladamente intervencionista, sino a fin de que llevase a cabo el
mayor número de reuniones bilaterales con mandatarios y funcionarios
latinoamericanos y caribeños, a quienes propuso una amplia colaboración
económica y política, a cambio de su apoyo a las iniciativas estadunidenses.
La decisión de la OEA de revocar la
exclusión de Cuba, una infamia histórica perpetrada en 1962, con el solo voto
en contra de México, fue una victoria muy importante para la integración
latinoamericana pero, al mismo tiempo, un inteligente movimiento estadunidense
en el tablero de la geopolítica continental. Washington no quiso exponerse,
paradójicamente, a una suerte de aislamiento si se negaba a aceptar el
consenso, pero esto no significa un cambio de rumbo a fondo, que quizá llegue
después, impulsado por necesidades coyunturales y el pragmatismo que de pronto
aparece en la política exterior de Obama.
Los esfuerzos realizados durante medio
siglo rumbo a la integración latinoamericana, sostienen los analistas del
CLAEI, han logrado avances tangibles, aunque no han llenado las expectativas ni
han cumplido cabalmente con los objetivos propuestos. El proceso de
globalización, las negociaciones multilaterales y las perspectivas de creación
de instituciones regionales eficientes y modernas, constituyen nuevas
realidades y desafíos para la integración latinoamericana y caribeña. La diversidad
de situaciones subregionales y la consiguiente fragmentación del mapa de la
integración regional pudieran, por su parte, debilitar y obstaculizar el avance
hacia su progresiva profundización.
Ninguna de estas dificultades, sin
embargo, es insuperable. Se requiere de una renovada atención hacia los
proyectos de integración de América Latina y el Caribe; de una reflexión
actualizada sobre sus alcances y posibilidades; y de una decidida voluntad
política para hacer compatibles los procesos subregionales, regionales,
hemisféricos y multilaterales. Todo ello con el objeto de promover la equidad y
el desarrollo de los países de la región y lograr disminuir las asimetrías
entre ellos.
La integración regional es un
instrumento clave de las estrategias de desarrollo económico y social de los
países de la región y de las políticas económicas y comerciales externas y
permite reforzar la capacidad de participación efectiva de éstos en el proceso
de globalización, subrayan los expertos del CLAEI.
La integración en la región es una
necesidad y un imperativo, que debe concebirse de manera integral, con un alto
contenido político ya que acelera y profundiza los vínculos económicos,
sociales y culturales entre las sociedades que la conforman. Por ello es
fundamental que no haya presencias ajenas a la región y mucho menos la de una
gran potencia hegemónica como estados Unidos, que en todo momento intentará
aprovechar el proceso integracionista para consolidar vínculos de dependencia.
En el actual contexto de globalización,
la integración, más que fusión de entidades nacionales, significa la suma de
las potencialidades y fortalezas de la región al servicio de los Estados
miembros y sus ciudadanos.
Hoy en día, apuntan los analistas del
CLAEI, la integración regional no debería limitarse al ámbito interno de la
región y de los países que la conforman. Debería comprender también la
articulación con el ámbito internacional, sobre todo con miras a reforzar o
establecer vínculos de diversificación política y económica con países cuya
importancia global crece, como Rusia, China y la India.
Esa articulación internacional
constituye un instrumento válido y eficaz para contrarrestar la vulnerabilidad
externa que ha caracterizado a la región a través del tiempo, potenciada por
algunos efectos indeseables de la globalización.
Finalmente, es preciso atender los
reclamos que formula la sociedad civil y el tipo de democracia realmente
participativa e incluyente que demandan los ciudadanos. Se requiere diseñar
mecanismos para lograr una mayor incorporación social, en particular a través
de los parlamentos y la sociedad civil, y crear corrientes de opinión
favorables a la idea integracionista como contraparte de las concepciones
disociadoras, así como para superar el déficit de desarrollo social que impide
la efectiva participación de la sociedad en el proceso de integración.
Autor: Luis Gutiérrez
Esparza. México, Distrito Federal.