Por lo regular, posponemos la visita al
médico hasta que, definitivamente, no tenemos otra opción; es decir, hay que ir
a la voz de ya.
En el lugar de trabajo, una compañera
llamó por teléfono. Avisaba, que se sentía mal, y por lo tanto, no acudiría a
laborar ese día. No dio mayores detalles.
En el trabajo, el día pasó sin alguna
cosa más digna de mencionarse.
Al otro día la compañera que había
informado de su malestar vía telefónica informó algunos síntomas de su
indisposición.
"Esta es la segunda vez que me
pasa. Sentía que el cerebro me iba a estallar; era como una migraña espantosa;
un desgano general, además, el caminar, constituía un esfuerzo demasiado fuerte
y casi imposible de realizar."
Pensé que el médico le habría indicado
el tratamiento correspondiente para esos síntomas alarmantes.
Al día siguiente, encontré a la
compañera, y sin más preámbulos, le pregunté si debido a su malestar, había
consultado al galeno. Con asombro de mi parte escuché, que no lo había hecho.
¿Por qué?
Ella misma proporcionó la respuesta de
semejante descuido: "Creo que no me quiero..."
Lo único que se me ocurrió indicarle,
es, que a la brevedad posible, visitara al médico, puesto que, el cuerpo avisa
que algo no marcha bien; y que, si no le hacemos caso, la mayoría de las veces,
las consecuencias son trágicas e irremediables.
Con salud, podemos disfrutar de todo lo
hermoso que hay a nuestro alrededor; sin ella, la vida es tan molesta y pesada.
En fin, espero que esta amiga, se quiera aunque sea un poquito, y haga más por
cuidarse y que sus oportunidades de vivir y estar bien no se terminen.
¡La salud se debe preservar como un
tesoro muy valioso!
Autor: José Reyes Romero
González. Mexicali, Baja California, México.