Estudié en una escuela para niños con
discapacidad visual donde parte de los estudiantes vivían internados por
pertenecer a zonas muy alejadas.
Era común encontrarse pequeños grupos de
estudiantes con un radio a transistores escuchando las radionovelas que las
emisoras nacionales adquirían en Méjico.
Chucho el Roto protagonizada por Manuel
López Ochoa, fue la que más tiempo duró en pasarse, fueron 15 años llenos de
capítulos que se interrumpían en diciembre para dar paso a la narración de la
ciclística y en enero la retomaban lo que prolongó su transmisión 3 años más
que en otros países.
Kalimán el hombre increíble era de las
más cotizadas pero recuerdo que Julián Gallardo el Redentor, logró que un
compañero cuando lo Iban a atrapar pues los malvados estaban a medio puente y
Julián, su nana y amigos, a pocos metros, dejó caer el radio para que se fueran
al río.
Así de emotivo era mi amigo y nuestra imaginación
volaba al ritmo de los episodios.
Después de las vacaciones, era común la
multiplicación de radios porque en lugar de balones y otros juguetes, el niño
nos traía este lindo medio de comunicación.
Arandú, Felipe Reyes y rayo de Plata,
completaban nuestra lista de justicieros que en algunos casos eran imitados por
estudiantes quienes encontraban en sus compañeros, leales amigos dispuestos a
obedecer sus órdenes.
Cuentos y leyendas costarricenses,
música, chistes y mucho más, llenaban las horas de ocio nuestras, en
particular, de quienes se quedaban los fines de semana en la escuela a la
espera del lunes para reanudar las clases junto con los estudiantes externos.
Desde ese tiempo soy un apasionado de la
radio, ahora como periodista, tengo mayor criterio y aunque cuando escucho
capítulos de estas series donde detecto errores de guión, efectos de sonido y
otras inconsistencias, los buenos momentos de mi infancia opacan esos detalles
de una radio 30 o 40 años más inexperta que hoy.
Autor: Roberto Sancho Álvarez.
San José, Costa Rica.