LA DIRECCIÓN DEL CORAZÓN

 

Ella reía junto al mar cuando vio a una figura acercándose por la playa. El viento acariciaba sus cabellos, el sol le brindaba el calor que necesitaba desde aquel día en que él la abandonó, dejando su corazón en una penumbra, más bien al límite de la oscuridad absoluta; no alcanzaba a distinguir si en realidad sentía tristeza o más bien disfrutaba de aquella tristeza que la había sacado de la monotonía de quince años de noviazgo sin alegría alguna.

A pesar de que la figura se acercaba su tamaño no variaba, era como verla a la distancia y en las cercanías, como una luz apagada que emitía claridad. Era como ver un retrato de un ser que no tenía figura, pero, si no tenía figura ¿cómo poder verlo?

Mientras tanto recordaba aquella tarde en que él la abandonó. En esa playa, aquella misma playa que ahora parecía tan desierta pero rodeada de algo extraño, algo que jamás había sentido; ¿Era felicidad?, pero nunca había sentido felicidad, su vida se había tornado miserable a su lado, sus besos no eran los de antes, sus abrazos le hacían sentirse solitaria; (era como si el hombre que estaba a su lado se hubiese vuelto de aire). Ella respiraba gracias a él pero no lo sentía en absoluto cuando lo abrazaba; ella vivía gracias a él pero sentía que aquella vida era como vivir una muerte. La muerte debe ser aburrida, llena de oscuridad mezclada con luz, y calor mezclado con frío; sensaciones que no tienen sentido y que no brindan ningún tipo de placer, porque la muerte no tiene placer, sino que el placer está en el vivir, a pesar de saber que hay una muerte por delante, tan aburrida como la propia vida de algunos seres desgraciados... pero era la vida que había querido vivir, o bien la muerte que había querido vivir.

Luego de haber caído en la soledad, sintió un acercamiento al fin de la vida, que cada vez se le hacía más extensa, quizá a causa de haber descubierto algo superior, algo de tanto valor que la vida sin él no tendría sentido. Aquello de tanto valor pudo comprenderlo cuando la figura llegó a su lado, después de haberla contemplado a una terrible distancia tan cercana que podía palpar no con sus manos sino con su corazón.

Cuando estuvo a punto de descubrir quién era aquella figura, el golpe terrible del recuerdo vino a congelar su mente, las imágenes se paralizaron y los pensamientos la hundieron en una realidad lejana. Al volver en sí, unos minutos después, descubriría que los recuerdos no son más que realidades lejanas a las que podemos ver como por medio de un espejo situado en el fondo de nuestra memoria. Un espejo innecesario que en ocasiones deseamos romper, pero los vidrios de aquel espejo nos matarían a causa de su agudeza. Un fragmento de recuerdo puede torturarnos y hacernos sufrir más que un recuerdo completo. Esos fragmentos que solamente lastiman en lo más profundo de los sueños, de los cuales despertamos agobiados en un llanto sin saber por qué motivos, porque el recuerdo ya no existe sino que sólo existe aquella parte filosa que nos hiere en lo más hondo de nuestro ser.

Estaba mirando la llegada del sol por las puertas del horizonte cuando él se le acercó y agarró suavemente su mano derecha:

¿Quieres que tomemos un baño en el mar? preguntó con voz somnolienta. Habían pasado la noche juntos, en aquella maravillosa playa de arenas blancas y aguas cristalinas. El agua a esta hora está más fresca y podemos despabilarnos, le dijo pasándole un brazo sobre sus hombros.

Ve tú, dijo ella con voz igualmente somnolienta, prefiero permanecer contemplándote desde la costa. Él la besó dulcemente en sus labios, haciéndole recordar aquellos besos que solían darse en su adolescencia junto a las palmeras del parque de su pueblo. Sintió pesar por no haberlo acompañado, aunque generalmente trataba de evitar su compañía. Vio cómo se acercaba al agua y se deslizaba dentro de ella; lo vio zambullirse y nadar mar adentro sin temor alguno, temor que él no llegó a sentir hasta unos instantes después, instantes en que la inmensa ola vino a sepultarlo bajo sus entrañas.

Ella lo observaba, y a la vez quiso contemplar el horizonte. Fue en aquel momento cuando vio una nube oscura entrando por el lado izquierdo, como pidiéndole permiso al sol. Ella la vio y comenzó a retroceder involuntariamente. Vio cómo la nube crecía hacia abajo, estirándose a una velocidad asombrosa, como si ella también quisiera llegar a la playa para contemplar al sol junto a su enamorado. La observó hasta que vio cómo tocaba el agua y comenzaba a avanzar hacia la costa... Bajó su mirada en el instante en que su amado volvía su cabeza para ver de dónde procedía aquel ruido atronador, que se acercaba inevitablemente hacia él.

Ella estaba a unos doscientos metros cuando la nube se dejó ver como realmente era: una inmensa ola que lo cubría todo, dejando al sol a sus espaldas, llenando el mundo de negrura, llenando su corazón de terror y de felicidad, dos sentimientos tan difíciles de unir en un mismo momento. El primero a causa de presentir la maldad de aquella monstruosidad, y el segundo debido a contemplar por primera vez en su vida algo majestuoso, algo que a pesar de ser malo era tan puro como el agua, que venía a limpiar su ser de tanta amargura, lágrimas y quebrantos...

Corrió como el viento, dejando sus cabellos flotando tras de sí; corrió pero no lo hizo hacia sus espaldas sino hacia su derecha. Sus pies habían cobrado una velocidad jamás alcanzada por un ser humano, aunque ella nunca lo supo. Sentía el aire cálido y sereno en su piel, como la respiración de un gigante dormido.

Mientras corría, sintió el golpe de los recuerdos que azotaron su mente, golpeándola como con un látigo de acero. Vio dos figuras a lo lejos, tan inalcanzables pero a la vez tan cercanas... Estuvo a punto de reconocerlas, pero más bien giró la cabeza cuando recordó a su amado tratando de nadar hacia la costa.

Su corazón prácticamente se detuvo cuando volvió su mirada y descubrió que el mar estaba a sus espaldas, pero también estaba a su izquierda.

Sofía era una niña de nueve años, apasionada por la naturaleza y los misterios de ésta. Solía ir a la playa con sus padres y su hermano pequeño durante los meses en que el calor era prácticamente insoportable en la ciudad en donde vivían.

Sus padres, atormentados por las exigencias de su trabajo, pagaban a una niñera para que los cuidara a ella y su hermano pequeño. Solamente podía verlos en los fines de semana, cuando iban a su casa de campo en donde pasaban gran parte del tiempo trabajando con los animales y ella y su hermano eran cuidados por la niñera, que para entonces se había convertido en su segunda madre.

Aquella niñera jamás les dirigía una palabra, lo que terminó de hacer de Sofía un ser desdichado, bella, pero sin gracia alguna; la tristeza podía ser palpada en su rostro, como si se habría tatuado en su piel.

En ese verano la niñera había enfermado; sus padres le dijeron que posiblemente nunca más volvería a estar junto a ellos, asunto que a ambos hermanos los tuvo sin cuidado.

En las mañanas iban a la playa, algo que fascinaba a Sofía. Permanecía horas junto al mar, contemplando el horizonte, y de vez en cuando mirando el misterio de las profundidades del océano.

En una de aquellas mañanas espléndidas, quiso descubrir qué había más allá de los límites de su vista. En un momento muy excitante, descubrió que el mundo no finalizaba donde lo hace la vista, que más allá de lo que ven nuestros ojos el mundo nos oculta algo desconocido que puede llegar a ser extraordinario o detestable, y eso es lo que hace que la vida sea excepcionalmente interesante. Si supiéramos lo que hay más allá, probablemente no tomaríamos el impulso necesario para llegar a ese sitio y nos quedaríamos en un punto más cercano del camino, ya sea a causa de no querer llegar, o por anhelar tanto esa llegada que dejaríamos la vida por alcanzarla.

Ella corrió hacia su izquierda, probablemente hacia el lado que la llevó la casualidad, o que la guió su corazón. Quizá haya oído en lo profundo de su ser a su corazón diciéndole toma hacia mi dirección... y verás que nunca voy a defraudarte.

Mermó su paso y descubrió que había avanzado una distancia incalculable, estaba atardeciendo cuando recordó que sus padres estarían buscándola desesperadamente. Sonrió para sus adentros, teniendo una nueva revelación en aquel mismo día: ellos habían descubierto el valor de su tesoro una vez que lo habían perdido. Entonces no sonrió más para sí misma, sino que echó a reír enloquecidamente, y a correr más veloz que un relámpago en medio del desierto.

Llegó a un punto en que no recordaba que estaba corriendo, su mente divagaba en el espacio, sus pensamientos se habían hundido en una grieta sin fin, tan extensa como aquella playa de arenas blancas y aguas cristalinas.

Vio a lo lejos una figura, tan cercana... y tan lejana al mismo tiempo... Vio, y reconoció algo que en el futuro no reconocería, porque su temprana edad la hacía comprender cosas que siendo adulta jamás podría comprender: se vio a sí misma veinte años después, parada en la playa, contemplando el horizonte.

Aceleró sus pasos y luego de un tiempo fuera del tiempo, llegó a su lado. No hizo nada por llamarse la atención. Sabía que la persona que estaba a su lado era ella, y que en aquel momento tenía su mente congelada y sus pensamientos la habían hundido en una realidad lejana.

Permaneció junto a ella, contemplando el horizonte, sabiendo que en aquella dirección no había nada importante para ver. En esta vida había algo más importante para ver, y no era precisamente el horizonte. Miró hacia la dirección de su corazón, y pudo verse a ella misma nuevamente, con quince años más, que avanzaba hacia ella y su propio yo de veinte años después, corriendo como el viento, dejando sus cabellos tras de sí.

Esperó hasta que se vio llegar. Pudo ver que el mar se juntaba con otro mar a unos kilómetros del sitio en que se encontraba, no podía pensar que se encontraban, porque solamente ella estaba en aquel lugar. Y finalmente pudo ver como ella misma comprendía en aquellos dos futuros que tres tiempos se habían unido para que al fin comprendiera que eso de tanto valor que hacía que la vida tenga sentido es la libertad. Ella era libre a sus nueve años, ella sería libre a sus veinticuatro, luego de que su amado muriera, y ella era libre en este momento, cuando tenía veintinueve años y la muerte había alcanzado su cuerpo pero su espíritu permanecía en esa hermosa playa, disfrutando de cada salida del sol y comprendiendo uno a uno los misterios de las profundidades del océano.

 

22-2-2009

 

Autor: Mauro Muscari. Buenos Aires, Argentina.

[email protected]

 

 

 

Regresar.

 

Hosted by www.Geocities.ws

1