HUELLAS DE DOCENCIA
Apenas salió el sol iluminó la
vegetación tupida del delta, en tanto el río se deslizaba majestuoso, lento,
con su color parduzco. Acarreaba islas de verdes camalotes que girando
mostraban su belleza, y mansos se dejaban llevar aguas abajo. Entretejidas
madejas sólidas, esponjosas masas verdes, eran el refugio de viajeras
serpientes yararás que vagaban en el inmenso río Paraná. Las aguas dibujando
remolinos, se iban serenando y continuaban bajando calmas, dando una engañosa
imagen de paz.
Ella sabía de los latentes peligros,
porque ella nació y creció mirando al río. Desde la canoa dirigía su conocedora
mirada a los yacarés que de tanto en tanto se acercaban. Sentada en la proa de
una embarcación isleña, inestable, angosta y larga, nada escapaba a su mirada.
Notó cómo el río comenzó a perder su calma y cómo se encrespó, ondulando el
agua marrón, formando un oleaje que movía de manera graciosa a los camalotes y
zamarreaba en forma nada simpática a la canoa.
Prestó atención a la embarcación y al
timonel, mientras aseguraba sus pertenencias. Esta canoa era movida por un
viejo y ajetreado motor de un solo cilindro, que con marcha descompasada
enfrentaba un viaje más por el Paraná y sus afluentes, y a cargo del timón iba
un isleño, experto en el arte de navegar y pescar en el río. El hombre era
padre de dos de sus alumnos, en la escuela de la isla, y ella le confiaba su
vida dos veces por semana, cuando iba y cuando regresaba.
El punto de destino no quedaba muy
lejos, pero para llegar a esa isla era necesario navegar por el caudaloso río
Paraná, hasta internarse en el Delta de la Mesopotamia, compuesto por
muchísimas islas y una maraña de ríos.
De pronto el agua comenzó a juntarse en
el interior de la canoa y la isla aún estaba lejana. Ella confiaba en la buena
suerte. El que no confiaba era su instinto… sin querer, se aferró con fuerza a
las tablas de la canoa. El tiempo y la distancia parecían no pasar. Rápidamente
y como es costumbre, el río cambió tornándose amenazador, cubriéndose de olas
que rompían en la proa. Gobernado por el reflejo, su corazón latía apresurado y
las piernas húmedas y frías temblaban en la embarcación a cada golpe del agua
contra el casco. A bordo de lo que, desde la costa, se asemeja mas a una
cáscara de nuez que a una embarcación, y para alejar otros malos pensamientos,
ella se explicaba a si misma, qué hacía en ese lugar y en ese momento.
Estudió en la ciudad de Paraná e
inclinada a atender niños, optó por la docencia. Fue desde siempre una joven
inquieta y preocupada por los que menos tienen. Así desarrolló un amor y una
vocación por la docencia que la llevó a enseñar donde hace falta mucho coraje,
además de saber.
Cargaba libros a los cuales le ponía
especial cuidado por temor a que se mojaran, aunque también llevaba ropa y
alimentos que ya se habían mojado en el piso. Las manos moradas, aferradas como
ganchos a los bordes de la canoa y sus zapatos que chapoteaban en cinco
centímetros de agua obsequiada por las olas. El frío que es mas frío cuando la
inseguridad manda, estremecía en temblores a la maestra. En popa, el isleño
llevaba la vara del timón con una mano y al mismo tiempo con una lata en la
otra, sacaba el agua que las olas arrojaban. Mostrándose seguro, sin dudarlo y acompañándose
con una melodía de silbidos, guiaba a la embarcación hacia la isla. Ellos son
así… no hablan, con la mirada basta.
Cuando a ella la designaron para hacerse
cargo de esa escuela, no dudó en aceptarlo inmediatamente, pues ella misma lo
había gestionado. Visto desde una ciudad y desde una vida cómoda, parecía una
locura ir a dictar clases en una isla perdida en el Delta, a un puñado de
alumnos en una escuela de madera elevada sobre largas patas. Tomó ese desafío y
encontró su razón para vivir orgullosa.
La canoa dejaba una estela en el agua,
enfrentando las últimas sacudidas antes de ingresar al remanso ubicado en la
boca del arrollo. El isleño giró el timón y con una expresión que parecía
burlona, guió a la canoa por el arroyo de acceso.
Finalmente, la embarcación se deslizaba
por el agua calma, el motor ronroneaba descansado y los alumnos sobre el muelle
la esperaban alegres y ansiosos. La maestra agradeció al canoero, y para
desembarcar soltó sus manos agarrotadas de tanto aferrarse a la madera y dejó
escapar una nerviosa sonrisa.
A lo largo del río quedaron, una vez
más, las huellas de la nobleza, del paso de una maestra con verdadera vocación
de servicio. Para aquellos que saben escuchar, la música del Delta brota de las
plantas, de sus pájaros, de los ríos, del sol y su gente. Es por ello que ante
la indiferencia de algunos, existen otras personas dotadas de un espíritu
especial, que traducen y perpetúan en canciones litoraleñas esos acordes, y en
sus letras rescatan historias, reivindican la cultura e iluminan valores
morales y heroicos, como el de esta maravillosa maestra… que vaya uno a saber
cómo se llama…
Autor: © Edgardo González. Buenos Aires,
Argentina.