HUELLAS DE HIPOCRESÍA
Ahora
que Cristian estaba feliz, con el alma en paz, nos sentamos a conversar como viejos
amigos que somos. Él recordó su convicción de que el amor era, luchar cada día
para hacer más feliz a quien se ama, y por consiguiente, a uno mismo...
Y así, con un café mediante, pasamos un
largo rato dialogando. Coincidimos en que la vida pasa por etapas, algunas
positivas y otras no tanto, y su romance con Elizabeth no había sido la
excepción a esta regla. Dos almas que fueron una, dos cuerpos que se atraían,
se habían necesitado, se habían amado, pero de eso hacía ya mucho tiempo.
Llegaron a estar en la misma cama y tan distantes como en dos mundos
diferentes, acurrucados, evitándose. Ya no deseaban el contacto entre sí, sólo
se abrigaban con la cruel indiferencia. Elizabeth no compartía nada con él,
aspiraba a otra vida, ansiaba ser como algunas mujeres más libres y, al
parecer, más felices.
¿Cuándo había levantado la vista para
ver más allá? Cristian no sabía definir en qué momento sucedió, ni por qué ya
no se sentía feliz. Inconscientemente buscaba un nuevo amor, sin la carga
rutinaria de tantos años. Todo era como un libro leído, ajado, y besos de
cartón… sin sabor.
Él sabía que nada nutría más al amor que
la paciencia, cualidad que ayuda a esperar, comprender y abrir esperanzas,
también a mantener la serenidad y la contemplación frente a las desilusiones y
los fracasos. Pero ante la difícil convivencia, esas riñas continuas, y la
disconformidad que soportaban cobardemente, en el cuarto, en la intimidad, en
la misma cama, le resultaba imposible sostener aquella farsa. Equivocado
quizás, Cristian cargaba el peso de la frustración. ¿Quién sería el culpable de
ese fracaso matrimonial? La realidad indicaba que ambos eran víctimas de si
mismos. Elizabeth cansada de aparentar, ya no ocultaba nada más. El campo de
batalla se había generalizado tanto en la cama, como en la mesa del living, o
entre las flores del jardín. Todo… todo estaba mal.
De esta manera fueron pasando los días
hasta que una tarde, a él lo sorprendió una esperanza. Detrás de la vidriera de
un comercio se encontró con la mirada de un nuevo amor. Los ojos hablaron por
sí mismos, se entendieron, y brotaba el afecto en sus miradas. Regresó a su
hogar conmocionado ante lo sucedido. Cristian volvió a vivir, a sentir que amar
era desear estar al lado de la persona que nos ocasiona revoloteo de mariposas
cada vez que se percibe su voz o su presencia. Pero al llegar la noche retornó
la sensación de morir. Comenzaron las hostilidades… lecho sin caricias, ojos
sin brillo, cuerpos distantes. No lo soportaba más.
Habiendo pasado unos días de aquel cruce
de miradas, regresó al lugar. Encontró nuevamente la calidez en ese par de ojos
que lo seguían embelesados y respondió de la misma manera, espontáneamente, sin
proponérselo. Lo desesperaba el deseo de acercarse, de estrechar un abrazo y
deleitar los oídos de aquel amor diciéndole las cosas tan lindas que sentía.
Percibía con seguridad, que sería correspondido. Soñaba regocijarse entre
caricias, tal como se hace con la persona amada.
Tras una prolongada meditación determinó
liberarse de Elizabeth, aunque le causara dolor y desesperación. Sabía que el
premio más grande de la libertad era unirse al amor verdadero. Recogió lo que
quedaba de su autoestima y tembló de miedo al hacerlo…. Abrió la puerta,
sabiendo que al cerrarla todo quedaría atrás. Estaba dándole la espalda a una
historia que era parte de su propia vida y saltando al vacío de la
incertidumbre. Hastiado arrojó al aire un ramo de flores marchitas y gritó un
adiós al azahar. Cerró la puerta, se alejó y todos los sentimientos se le
agolparon en el pecho. No pudo contener el llanto… Lágrimas de frustración y de
impotencia rodaron por su rostro angustiado. Caminó con parsimonia pero seguro
hacia donde se dirigía. Iba tras un nuevo amor, algo más fuerte que cualquier
convicción, una realidad que supera todos los estados de enojo, y que no es
posible evitar.
Al final se encontró frente a frente con
el apasionamiento de aquellos ojos detrás el cristal y se observaron larga y
dulcemente. Todo parecía tan diferente… Los años ya se habían encargado de
enseñarle a Cristian que los amores, de alguna forma, tienen un precio.
En largas charlas consigo mismo,
Cristian había analizado fríamente las consecuencias, y estaba seguro que lo
juzgarían con crueldad. Podía imaginar los comentarios que harían todas las
viejas chismosas, pues nunca aceptarían el hecho de que hubiera abandonado a
Elizabeth. Para encontrar amores nuevos, habrá que enterrar los amores muertos
-se decía para sí. Hay gente que nunca enteendería qué significa amor sincero e
incondicional, como ese que él acababa de encontrar. ¿Cómo podrían saber que no
hay barreras?, si nunca tuvieron el coraje suficiente para buscar el amor que
íntimamente desearon en su vida. De atreverme a hacerlo, -continuaba
diciéndose, tendré ese amor siempre a mi lado para responderle con pasión.
Tembloroso pero convencido pasó al otro
lado de la vidriera. Sin hablar se acercó a la persona tan deseada y la abrazó
sujetándola fuerte contra su pecho, sintiendo el palpitar de los corazones.
Podían mirarse y estar juntos. Había entre ellos esa reacción que se da por
intervención de los mudos sentidos, lo que llaman buena química. No se
separaron ni un instante en ese encuentro que había sido tan deseado por ellos,
a través de sus ojos, y postergado hasta ese día. La decisión de ambos no
dejaba lugar a dudas.
Luego se marcharon juntos, y Cristian
vibró de emoción al sentirse protegido por la calidez de un brazo velloso
apoyado en sus hombros. Sintió libertad, amor y sobre todo, la satisfacción de
alejarse de aquellas huellas de hipocresía…
Autor: Edgardo González. Buenos Aires,
Argentina.