Hacia la mitad de la primavera, los
bosques de Quintana Roo eran objeto de un efímero beneficio como consecuencia del
cambio cíclico en el régimen de explotación forestal. Era una especie de tregua
obligada, que ocurría cuando los cortadores de caoba y cedro daban por
concluida la temporada y acudían a los centros de población para atender sus
asuntos; mientras que los chicleros se alistaban para internarse en la misma
selva, con el propósito de picar el mayor número de árboles de chico zapote y
obtener, seis meses después, algún provecho económico para sí o para su
familia.
Como se había hecho tradición, eran los
mismos caoberos quienes luego de una larga permanencia en apartadas e
inhóspitas áreas de labor, retornaban al frente de trabajo con diferentes
arreos, pero en cada nueva temporada con la misma consigna: derribar la mayor
cantidad de árboles posible, o acumular chicle en número de quintales que
superara toda cifra precedente.
Transcurría el año de 1936, que era el
segundo en registrar una importante actividad maderera, al cabo de un periodo
de receso entre 1930 y 1934, debido a la baja demanda internacional,
consecuencia a su vez, de la gran depresión de 1929. Los cortadores de madera,
tenían pues, algún remanente para afrontar sus necesidades, bien fueran de
índole familiar, o para darse algunos gustos en el caso de los solteros; aunque
unos y otros dilapidaran buena parte de sus haberes en las tabernas de Payo
Obispo, para entonces rebautizada con el nombre de Chetumal.
El mes de abril llegaba a su fin sin que
las cuadrillas de chicleros terminaran de concentrarse en los hatos; quienes se
habían puesto en movimiento estarían para entonces más preocupados por llegar a
su destino antes que la temporada de lluvias le dificultara el desplazamiento
por los siempre difíciles y peligrosos senderos de la selva. El objetivo era
arribar cuanto antes a los zapotales, habilitar la lazadera y dar comienzo al
monótono golpeteo del machete sobre la corteza del árbol para hacer manar la
blanquísima sabia, y con ello activar el proceso que le llevaría a la muerte.
Caoberos o chicleros, daba lo mismo:
unos iban y otros venían, y tras ellos las imprescindibles cocineras, los
arrieros y también sus pequeños hijos; una práctica penosa que solo prolongaba
el drama sin fin de aquellos infelices, y también el de la selva
quintanarroense.
Por todo ello, tal vez nunca nadie
reparó en un milagro ---uno de tantos---, que año con año se repetía en la
floresta: porque hasta donde existe memoria escrita, ni tampoco en tantos
relatos escuchados de los viejos chicleros, se habla de la flor de la caoba, a
pesar de ser tan bella y de que puntualmente volvía durante los meses de abril,
mayo y junio. Quizá por ser tan pequeña, tan frágil y nada ostentosa, logró
pasar desapercibida para la historia, porque finalmente lo que importaba era el
soberbio árbol que le daba sustento, y las riquezas que de él pudieran
obtenerse.
Fue primero el palo de tinte, y le
siguieron el cedro, la caoba y el chico zapote como las especies más codiciadas
---y en ese orden explotadas ---, las que iinfluyeron en todos los momentos
determinantes por más de cinco siglos de historia peninsular. Pero de entre
ellas, fue la caoba la reina indiscutible.
En un principio fueron los mayas quienes
le dieron un uso práctico fabricando enormes canoas mediante el procedimiento
de ahuecar el tronco, habilitándolo para alojar hasta cuarenta remeros. Así
llegaron a ser grandes navegantes, comerciantes exitosos y a dominar una
extensa región a través de ríos, lagunas y bahías; además de realizar largos
desplazamientos por los litorales del Golfo de México y el mar Caribe. Modernas
investigaciones les atribuyen una autonomía que les llevó a sitios tan
distantes como son en la actualidad Tamaulipas o Panamá; una proeza jamás
alcanzada por ninguna otra de las grandes teocracias, ya fuera la azteca o la
inca.
A la llegada de los conquistadores el
mundo natural de los mayas, que desde tiempo inmemorial se había mantenido
virtualmente inalterado, se vio de pronto afectado por la codicia de las
monarquías europeas, y sus recursos naturales iniciaron un declive inexorable.
Desde el siglo XVI quedó establecido el comercio triangular, que se originaba
en las costas de África, donde se intercambiaban mercaderías europeas por seres
humanos, que luego eran vendidos en América como esclavos a cambio de productos
tropicales cuyo destino final era el viejo continente.
Comenzó entonces la devastación y el
traslado de las maderas preciosas del suelo maya hacia los países europeos y a
Norteamérica. En un principio sin estadísticas ni control alguno, pero con la
certidumbre de que la creciente explotación en nada beneficiaba ni a Yucatán ni
a México. Castillos, palacios y catedrales del otro lado del Atlántico se
engalanaban ahora con las maderas más bellas del orbe y lo mismo ocurría en la
Custom House de Nueva York, la Grace
Cathedral, de San Francisco o en lugares menos santos, como “el más lujoso,
elegante, rentable y celebrado lupanar del país, si no del mundo”: el Everleigh
Club, de Chicago.
Era este toda una sensación, en el cual
sus propietarias, las hermanas Ada y Minna Everleigh se ufanaban de poder
servir muchachas de todos los países de la tierra. Entre los asiduos
concurrentes estaban Al Capone y sus socios, lo mismo que los altos jerarcas de
la policía metropolitana, pero lo que ahora vale la pena revisar es el excesivo
lujo que ahí se manifestaba: En un vestíbulo atestado de plantas exóticas y
deidades griegas de mármol, el huésped era recibido por Minna y Ada,
engalanadas y enjoyadas como emperatrices; de ahí: “uno subía por unas
escaleras de caoba a un laberinto de estancias con entarimado de maderas raras,
cortinajes de brocado, divanes forrados en damasco y pianos, uno de los cuales,
modelado en sólido oro, costó 15 mil dólares. La comida preparada por un jefe
cordon blue y el vino a 12 dólares la botella se servían, según el antojo del cliente,
en el comedor con sus paredes de nogal y a cuya mesa de caoba podían sentarse
cincuenta invitados, en un reservado o en una alcoba. La cubertería era de oro
y plata; los platos, de porcelana china con los cantos dorados; los vasos, del
más fino cristal; los manteles y las servilletas, de lino tejido a mano”.
La caoba, era pues, un elemento
imprescindible cuando de lujos se trataba. Chicago y Nueva York eran, por otra
parte, destinos frecuentes de los embarques de maderas preciosas que partían
desde el muelle de Belice, y que eran considerados como de un producto
netamente inglés. En 1847, año en que estalló la Guerra de Castas, ya se
registra la cifra de 74 campamentos madereros con un total de 585 cortadores de
caoba y cedro. De estos, 14 aparecen en la región del río Hondo y 13 más como
fuera de límites, es decir en tierras yucatecas. Empero, cuando los mayas
rebeldes ocuparon el fuerte de Bacalar en 1848, también quedó instaurado el
cobro por derechos de corte en territorio indio. Un informe de las autoridades
de la colonia redactado años después, afirmaba que: “La mayor parte de la
madera que se exporta de Belice llega de Bacalar… (y) vale 10% más, por ser de
mejor calidad y más limpia”.
De la región de Bacalar y el río Hondo
debieron ser aquellas portentosas caobas que cobraron fama universal debido a
su calidad y dimensiones. Eran árboles de más de 200 años de vida y muy
posiblemente no fueron talados (una investigación más profunda podría
esclarecerlo), sino que cayeron debido a su tonelaje y una vez en tierra se
labraron dándole forma de cubo alargado para facilitar su manejo. Una de estas
piezas se exhibió en la Exposición Universal de Chicago, 1893, y refieren las
crónicas que su manejo resultó sumamente difícil y el equipo se colapsó a causa
del enorme peso.
Otro de estos bloques fue enviado a
Inglaterra y de acuerdo con un informe redactado por Jacobo Haefkens, que
visitó la colonia en 1826-1829, para entonces era “El más pesado que haya sido despachado
de Belice: tenía 17 pies de largo, 57 pulgadas de ancho y 64 pulgadas de
grosor, en total una superficie de 5,168 pies de una pulgada de grosor, o
quince toneladas de peso; todo según pesas y medidas inglesas”. Uno más,
consignado en una descripción hecha en 1825 por Alexander Thomson, era de los
troncos más grandes exportados desde Honduras Británica, fue adquirido en
Liverpool por la suma de 378 libras y él suponía que por lo menos produjo al
fabricante una utilidad de 1,000 libras. Ese mismo año, dice Thomson, “la caoba
exportada por los colonos británicos puede calcularse en unos 70 barcos
cargados a razón de 120,000 pies cada uno y cuyo valor es de 400 mil libras
anuales aproximadamente”.
Cuando esto sucedía en Inglaterra, ya la
caoba llevaba más de un siglo cruzando el Atlántico para ser empleada como
artículo de lujo y generar incalculables riquezas a los países imperialistas.
En efecto: en 1720 se registró el primer asentamiento de esclavos africanos en
Belice, traídos ex profeso para el corte de madera, mientras que en 1749 se
establecía en Londres Thomas Chippendale, ya reconocido como uno de los “tres
magníficos” creadores de mobiliario del siglo XVIII inglés. Los otros eran
Thomas Sheraton y George Hepplewhite, pero fue precisamente Chippendale quien
decidió emplear la caoba para la fabricación de sus diseños, lo que trajo como
consecuencia, por una parte su gran prestigio, y por la otra, una enorme
demanda internacional de la caoba, al grado de que llegó a ser considerada como
el “oro rojo”.
Pero a más de dos siglos de que en suelo
maya cayó la primera caoba, cortada por el hacha inglesa, puesta en manos de
esclavos africanos, la selva seguía siendo aniquilada de manera inmisericorde,
mientras que el paso del tiempo había traído algunos cambios: los viejos
cacicazgos desde Huaymil-Chactemal hasta Ecab, ahora eran parte del territorio
federal de Quintana Roo. En la temporada 1935-1936 las concesiones de corte se
habían multiplicado y todo parecía estar dispuesto para terminar cuanto antes
con las reservas forestales, lo cual se logró en el aciago periodo comprendido
entre la gran depresión y la Segunda Guerra Mundial. Y si algo quedaba, Janet se encargó de ello.
Así llegaba a su fin la temporada de
corte de caoba y se anunciaba oficialmente que la cifra de trozas abatidas
había sido de 13,773 ---el volumen más alto desde que se tenía registro--- (1).
El calendario, obligado por la temporada de lluvias, permitía la fugaz tregua
para el bosque, pero que muy pronto se vería perturbado nuevamente por los
chicleros.
Ese año había recorrido los campamentos
y los hatos chicleros un personaje poco común: el escritor y poeta yucateco
Luis Rosado Vega, quien de manera objetiva recogía apuntes donde quiera que
iba. Luego volvería a Chetumal, y en la planta alta del estudio del fotógrafo
Manuel Palma daría principio a la redacción de su libro Poema de la selva
trágica, en cuyo liminar anotaría con urgencia lo que más honda impresión le
había causado: “No he conocido hasta la fecha trabajo alguno del hombre que me
haya conmovido tanto… No puede dejar de conmover el contemplar cómo aquellos
hermosos chico-zapotes vienen sufriendo metódicamente el martirio lento de ser
desangrados hasta morir, como no puede dejar de emocionar el ver derrumbarse
aquellas caobas gigantescas y centenarias, magníficamente bellas, cuando el
hacha implacable les llega al corazón”.
Después escribiría el sentido poema:
La abuela caoba
La abuela caoba,
centenaria ilustre
que por vasta entusiasma y arroba,
gala, ornato y lustre
de la selva en que insigne campea,
también porque hermosa resalta,
también porque es noble
es fuerza que en trances iguales se vea;
quizá porque es bella, quizá porque es
alta,
por la sed innoble
del prócer está condenada
a ser cercenada
para hacer de su cuerpo ya muerto
un vasto tesoro
cubierto
por dentro de sangre, por fuera de oro.
El caso es el mismo que el caso
que indigna y escuece
del chico-zapote,
el rico, y el paria que escaso
de pan se le ofrece
para que lo explote;
el caso es el mismo,
empresario y sudra lleno de miseria,
y en medio un abismo
de tristeza, ambición y laceria;
igual es la escena,
con el hacha al hombro,
símbolo sin tacha,
marchando los hombres-escombro
cargando su pena
que es también un hacha,
que en las almas que la vida injuria,
que el destino estrella
contra la penuria
se hunde y las degüella;
es el mismo esfuerzo que es
extraordinario,
y las mismas fatigas que oprimen,
el mismo escenario
para el mismo crimen.
Y allá van caminando a su Erebo
los parias, casi sin sentido,
casi sin cerebro
porque la miseria se los ha comido;
allá van, fatigados, cansinos,
por caminos que no son caminos
dando tropezones,
maltrechos, mohínos,
y dejando la vida a girones
sobre piedras, pantanos y espinos;
es la misma marcha que el alma acongoja,
son los mismos hombres que la suerte
arroja
al azar y la angustia persigue,
y también blasfeman, se hieren o caen,
y también el rudo capataz los sigue
por sí se distraen…
Allá lejos también se repite
la visión del señor opulento
con quien nadie en fortuna compite
pues la suya va siempre en aumento;
ve a su gleba, la ve en el momento
en que al golpe del hacha estremece
el árbol precioso que corta,
y si alguno en la faena perece
¡qué importa!;
lo urgente,
y en contra no admite razones,
es que llegue el robusto madero
luciente,
para ser convertido en tablones,
al aserradero
y sacarle, sacarle a montones
dinero, dinero…dinero;
la visión del magnate es a gusto,
y también como el otro se engríe,
y aunque es como el otro de adusto
también a sus solas sonríe.
Ya el caobero escogió para el corte
en zona que marca y deslinda,
la caoba de más recio porte
la caoba más alta y más linda;
junto al tronco, y a veces en falso,
levanta un tablado que en traza y oficio
parece un cadalso
para un sacrificio;
y así es, en efecto,
porque el ciego destino le plugo,
cadalso perfecto
con su víctima y con su verdugo;
sobre ese tablado
el caobero de píe se destaca
musculoso, no importa que enteco,
alza el arma
con ímpetu airado
y ataca
con un golpe seco;
el esfuerzo por púgil asusta,
enorme, violento,
se excede infligiendo el hachazo,
el arma se incrusta
y parece que en ese momento
estallan el árbol, el hacha y el brazo;
y otra vez y otra vez, se estremece
el bosque al ataque estupendo,
retumba,
el árbol se mece,
se inclina, se escucha un estruendo…
es del árbol que al fin se derrumba.
Huye el hombre del propio paraje
escapando al temible rebote,
apoteosis de lucha salvaje
en que es fuerza que el brazo se agote,
lucha fiera, quizá de inconciencia,
en que el hombre si vence es a trueque
de ir dejando su propia existencia
en desgaste que lento lo seque;
pero a veces no hay ni eso siquiera
porque a veces la muerte no espera,
y el caobero aunque asaz diligente
puede entonces perder la partida
en un pavoroso accidente
en que deje aplastada la vida.
Es también que la selva hostigada
responde a su modo,
se siente ultrajada
y en revancha echa mano de todo;
y se venga de varia manera,
en piquete de mosco o serpiente,
en terrible zarpazo de fiera
o en un imprevisto accidente;
y está bien que se vengue y es justo,
pero nunca en aquel que a la postre
es un hombre que está en un calvario
y siempre a disgusto;
bien está que padezca y arrostre
tal venganza quien es victimario,
que es el prócer que llena su caja
de áureas piezas que le entran a diario,
y no aquel que trabaja y trabaja
por ganar un humilde salario;
pero en vano, y así es el destino,
el bosque no puede con tales manejos,
no puede vengarse del prócer ladino
que siempre esta lejos, muy lejos… muy
lejos;
y el otro es él sólo quien carga
con revancha y peligros a trueque
de una vida muy dura y amarga
sin ser el que peque.
Y el trabajo prosigue anhelante,
bravío,
es fuerza sacar adelante
las trozas y echarlas al río,
el arrastre… labor formidable
en la selva quizá intransitable,
en que todo se enreda y anuda
de modo terrible;
labor que no obstante la fuerza más ruda
parece imposible;
que en aquel laberinto sin nombre
de breñal, de espesura y de roca,
es muy poca la fuerza del hombre
y aún de la bestia de carga muy poca.
Extraño espectáculo
el que entonces asombra la vista,
arrostrando peligro y obstáculo
el caobero las trozas alista,
y las lanza y cayendo en rebote
hierve el agua en espuma y coraje
al sentir en su seno el azote
salvaje;
y allá marchan los troncos enormes,
fantástica balsa que finge estar hecha
de monstruos disformes
que van en las aguas abriéndose brecha.
Es de noche, la balsa simula
como un animal fabuloso,
dantesco, gigante,
que en las tétricas aguas ondula;
se oye un grito… cayó al caudaloso
raudal algún hombre qué importa,
¡adelante!
Y después, ¿a qué más?, la tragedia
se siente,
se infiltra en el alma y asedia
la mente,
¡Oh, la selva que todo lo acosa,
lo roe y destruye,
la selva golosa
que todo lo engulle,
que es muerte y mortaja,
sin margen ni fácil medida
y en que el hombre trabaja y trabaja
deshaciendo en girones su vida!;
¡oh, selva, si fuera posible
que haciendo un lenguaje de tus inclemencias
contaras el drama terrible
que a veces presencias!...
Luis Rosado Vega concluyó su libro Poema
de la selva trágica y lo fechó en C. Chetumal, octubre de 1937. Era la décima
obra de su autoría; primera de una trilogía dedicada a Quintana Roo: Claudio
Martín - La vida de un chiclero y Un pueblo y un hombre, fueron las otras;
redactadas con tres diferentes disciplinas (poesía, novela e investigación),
pero todas ellas con el flagelo de la denuncia, e impregnadas del dolor que las
vivencias causaron en el alma del poeta:
Ante el tribunal que quiera acogerla, de
Dios o de los hombres, dedico ésta que es una acusación, a los traficantes del
trabajo humano en la extracción del Chicle y en el corte de la Caoba. Sea para
bien.
Así daban comienzo las lamentaciones
inspiradas en el sufrimiento extremo, tanto del hombre como del árbol;
percibidos con dolor infinito por aquella alma sensible en el lugar mismo de
los sacrificios, como si sufriera en carne propia las heridas infligidas por el
hacha y el machete.
Era de comprenderse que en medio de un
trance como el que vivió el poeta en lo profundo de la selva quintanarroense
durante los primeros meses de 1937, no haya reparado en aquel milagro que sólo
ocurre en lo más alto de los caobos entre abril y junio. Cuando llegó el tiempo
de la floración, él ya había partido rumbo a la ciudad; porque de haberla
visto, nos habría obsequiado con algún trabajo dedicado a la flor de la caoba.
De esto no hay ninguna duda, como se verá.
Después de la publicación de la novela
Claudio Martín (en 1938, previa a la de Un pueblo y un hombre) el poeta
yucateco escribió Amerindmaya, otro magnífico libro formado con más de 40
leyendas y relatos costumbristas del Mayab, que aunque redactado en prosa,
contiene un claro sentido poético y literario, por ejemplo en el capítulo La
flor de mayo, que así se inicia:
“Entre la muy copiosa flora india de
Yucatán, hay algunos ejemplares muy característicos y de las más bellas trazas
que son ornato espléndido, no sólo de los campos, sino también de huertas y
solares en los mismos poblados.
“Entre dichos ejemplares se destacan
especialmente cuatro arbustos mejor dicho árboles, de flores los cuatro, y que
son el Nicté en idioma maya y que da la conocida, preciosa y muy aromática flor
de mayo, el Kuché que produce la amapola, el Xkanlol que es gloria verlo
cubierto de flores amarillas y el Chacsikín que se cuaja de haces de flores
rojas. La flor de mayo es muy hermosa, semejan sus pétalos ser de cera, un poco
rígidos y las hay blancas, rosadas y moradas…”
Transcurrieron décadas en las que los
bosques siguieron siendo arrasados, sin tiempo para contemplaciones. Pasaron
años y el agotamiento se hizo evidente, mientras que el territorio federal se
transformaba en estado y los escritores procedían a dar forma a una
bibliografía propia. Especialistas e investigadores publicaron sus obras y los
poetas hicieron otro tanto. Y en el recuento obligado de los libros disponibles
al comenzar el nuevo siglo, la flor de la caoba no merecía ningún lugar
especial que estuviera acorde con su significado, ya fuera histórico, estético
o práctico.
Lo más aproximado fue lo hecho por el
CIQROtt, (Centro de investigaciones de Quintana Roo, A. C.), que conjuntamente
con el Instituto de Biología de la UNAM, editó en 1982 el libro Imágenes de la
flora quintanarroense. Este dedica a la caoba media página de texto y tres
fotografías: la primera de un tronco de escasos 40 centímetros de diámetro,
otra de la corteza del mismo y la tercera, un acercamiento de las hojas del
caobo, mientras que de la flor únicamente se anota: flores actinomórficas, en
panículas axilares de hasta 15 cm. de largo, perfumadas, cinco pétalos ovales,
verde-amarillentos, tubo estaminal con diez lóbulos; el fruto en una cápsula…
florece de abril a junio.
El libro en cuestión fue hecho con
cierta premura, pues aunque contiene atractivas fotografías de otras especies,
muestra el caso desafortunado de una flor de pitaya, captada en una soleada
mañana de primavera. Como todo buen campesino peninsular sabe, esta es una de
las grandes maravillas de la naturaleza que podrá ver en la vida, pero para
admirarla a plenitud, tendrá que hacerlo una noche de luna y por una sola vez,
porque al día siguiente estará irremediablemente marchita… como en la foto del
Ciqro. Algo así como escuchar un violín desafinado, habiéndose perdido una
bella sinfonía la noche anterior. Esto explica, en parte, la ausencia de la
flor de la caoba en un volumen que era el indicado para “presentarla” a los
nuevos quintanarroenses.
Otro libro que también peca de omisión
es “Tropical Blossoms of the Caribbean”, editado en Hawai en 1960. En él
aparece la flor de mayo, admirada por Luis Rosado Vega; la de pitaya (del día
siguiente, de Ciqro), que por cierto es llamada, según dónde: Naightblooming Cereus,
Cinderella Plant, Belle of the Night y Flor de cáliz, y muchas más como:
Allamanda (copa de oro); ave de paraíso; buganvílea, flor de papel o
trinitaria; heliconia; obelisco (en Jalisco), hibiscos (flor del estado, en
Hawai) o tulipán (en Quintana Roo); pétrea, tan abundante en la selva de los
mayas; cordia, vomitel o cutí peri, que no es otra que la flor del ciricote;
hasta la sea grape, coccoloba, o sencillamente la tan popular uva de mar. En
fin, hasta la pasiflora o granadilla, tan abundante en todo Quintana Roo. Pero,
alguna referencia a la flor de la caoba… por ninguna parte.
El año 2002 Quintana Roo llegó al primer
centenario de existencia y aprovechando la ocasión, a los políticos les dio por
acuñar una frase que, para efectos prácticos, resultaba tardía o al menos
alejada de la realidad: De buena madera. Porque si a caoba se refiere, ---
verdaderamente fina---, esta sigue siendo admiración del mundo por su
durabilidad y belleza, pero solo puede verse en lujosos espacios del primer
mundo: Londres, Boston, Filadelfia, San Francisco… La que aquí quedaba, fue
desaprovechada en forma lastimera a partir de 1960, como cimbra para la
construcción, hasta terminar dando pena en forma de tablas y reglas que se
pudren y se apolillan por haber sido extraídas de troncos en pleno crecimiento
y de muy escaso diámetro.
Pero la flor de la caoba sigue volviendo
puntual a la selva, entre abril y junio, pues no todos los caobos han sido
derribados. Es como si se tratara de un ejercicio de fe y de esperanza y de una
última oportunidad de la naturaleza a la capacidad de enmienda del género
humano. O como un reproche por haber dejado transcurrir el tiempo sin haber
dado su lugar a la que bien pudo ser un símbolo de identidad, pero también de
armonía entre la sencillez y la belleza.
Tal vez no haya en libros, revistas o
periódicos de Quintana Roo del año 2000 hacia atrás, un reconocimiento, una
manifestación impresa o una referencia tan sólo, y menos una imagen de la discreta
florecilla que inspira ternura por su fragilidad, lo delicado de sus colores y
el finísimo perfume. Si la hay, este autor la desconoce.
Pero como siempre hay una primera vez:
en la página 20 de la revista Nuevo Siglo (primera quincena de diciembre de
2002), está impresa una fotografía de un ramillete de flores de caoba, y junto,
un párrafo que dice: “1.- Entre las grandes olvidadas, en primer término se
encuentra nada menos que la flor del ciricote, ¡la flor del Estado!, que junto
con la flor de la caoba hubieran sido las gemas que engalanaran la fiesta. En
Canadá –sin ir muy lejos--, cada año sus ciudadanos celebran una importante
fecha del calendario cívico, portando su flor nacional en la solapa. Aquí
habría sido de un enorme significado que lo mismo oficinistas que comerciantes,
que ejecutivos y turistas llevaran cerca del corazón un pequeño ramillete
–previamente diseñado para el efecto—con las flores del ciricote y la caoba,
que aún siendo de gran belleza muy pocos han reparado en ellas”
Algo más formal se encuentra en el libro
De territorio a estado-Testimonios de un reportero, que está en proceso de
impresión desde principios de 2008.
Se trata de un volumen de 24 capítulos,
uno de estos dedicado a la poesía, y en él se incluye un soneto titulado La
flor de la caoba, que aquí se presenta prácticamente de manera simultánea,
puesto que el libro ya debía estar impreso.
La flor de la caoba
Desde mis dulces años de infancia
te vi, preciosa, en cada sueño.
Crecí extasiado de tu prestancia,
y te busqué con ansia, con loco empeño.
Acudí al chiclero: a su memoria.
Busqué en la prosa y en la poesía.
Leí las páginas de la historia.
Nadie, de tantos, te conocía.
El padre tiempo premió mi anhelo
por aspirar tu perfume manso;
ver tu ternura… el color que arroba.
Hasta que un día, mirando al cielo:
ahí en lo alto, en un remanso
¡te hallé, mi bella flor de caoba!
Chetumal, Quintana Roo, mayo de 2008
Francisco Bautista Pérez
La portada del libro presenta a la vez, una
concepción artística ejecutada por el pintor y dibujante Isaac Hernández, que
complementa el propósito de entronizar a la singular florecilla en el sitio que
la historia le ha reservado. Pero, ¿cuál será exactamente esa historia? Veamos:
Entre las insignias reales y en muchas
representaciones del arte maya, y lo mismo desde el periodo olmeca, arqueólogos
e investigadores han encontrado incontables piezas de jade en forma de flores
de la ceiba. Estas se portaban en las orejas, la frente y alrededor de la
cabeza en forma de diademas que equiparaban a los soberanos con el árbol del
mundo del centro del universo. Es probable que en joyas o murales se haya
tomado por modelo la flor de la caoba, pero en mucho menor proporción, y ya en
la actualidad, al menos en Quintana Roo, no hay una muestra fehaciente de que
esta inspirara a los artistas o los poetas, o si tal cosa ocurrió, su obra no
tuvo ninguna trascendencia.
Parecería entonces que un soneto, una
portada y antes la nota impresa en una revista, conforman una primicia; pero
esto sería, honestamente, una verdad a medias, como se verá enseguida.
Herodoto, que posee el reconocimiento
universal como padre de la historiografía, tal vez deba parte de su éxito, a
que todo cuanto escribió era desconocido por completo para las mayorías,
independientemente de que sus relatos son insuperables, tanto por la historia
en sí, como por el estilo del sabio: es decir el amor por el detalle, por lo
anecdótico y la minuciosidad de la crónica, de acuerdo con sus biógrafos. Por
su parte el reconocido historiador europeo de principios del siglo XX, Lytton
Strachey, advertía “que el primer requisito del historiador es la ignorancia,
una ignorancia que simplifica y aclara, selecciona y omite”. Pauwels y Bergier,
autores de El retorno de los brujos, registraron una certera frase de Mlle.
Bertin: “No hay nada nuevo, salvo lo que se ha olvidado”. Y aun más categórico
fue Fulcanelli (en El misterio de las catedrales) al afirmar: “Lo que creemos
descubrir por el solo esfuerzo de nuestra inteligencia existe ya en alguna
parte”.
Todo parecía estar resuelto, sin
embargo, era de esperar que surgieran las dudas, con apego a la sabiduría y
experiencia de los grandes pensadores del pasado. Para despejarlas, y siempre
con la misma idea, se acudió entonces a instancias más modernas como Google y
Wikipedia, que al ser interrogadas sobre el particular, desplegaron al instante
31,400 referencias de “La flor de la caoba”, pero todas ellas vinculadas con
otros países, y ninguna con Quintana Roo.
Por principio, Belice, el vecino del
Sur, designó a la caoba hondureña como su árbol nacional. Esta aparece en el
escudo y en varios timbres postales que son muy apreciados por los
coleccionistas. Otros países como Honduras y Panamá también consideran a la caoba
como parte importante de su patrimonio cultural.
Pero la nación más sobresaliente en la
cuenca caribeña ha sido la República Dominicana, que durante medio siglo ha
tributado a la flor de la caoba los honores que le corresponden, designándola
como su flor nacional, además de que aparece impresa en el papel moneda y forma
parte del tocado del traje típico nacional.
Fue durante el mandato de Héctor
Bienvenido Trujillo Molina y mediante el decreto 2944, de fecha 16 de julio de
1957, que la flor de la caoba fue declarada Flor Nacional. En cuanto a los
billetes de banco, en el año de 1977 fue puesta en circulación la cuarta
emisión de la historia, con nuevos billetes diseñados con la mejor tecnología
de la época, y por primera vez se adicionó la figura de la flor nacional en las
siete denominaciones. Por otra parte, los timbres postales también llevan
impreso este símbolo.
De manera permanente y carácter
institucional se le da difusión a todo lo relacionado con la hermosa
florecilla, considerada como hija de la caoba Swietenia mahogani, un árbol
autóctono, y uno de los más apreciados en el país por la calidad de su madera.
La floración se registra en forma copiosa entre abril y junio, igual que en
Quintana Roo. No obstante, en la propia República Dominicana de tiempo en
tiempo surge alguna confusión, y hay quienes creen que la flor nacional es la
cayena, también conocida como sangre de Cristo. En una de tantas aclaraciones,
en diciembre de 2006, María Acevedo lo precisó en un “blog”, comentando: “que
la flor de la caoba despliega un derroche de belleza insospechado. ¡Sorpresa de
la naturaleza! ¿Quién diría que esa florecilla que pasa desapercibida pudiera
ser tan perfectamente hermosa?” Lo que ocurre, se concluye, es que se
desarrolla a gran altura, lo cual dificulta la posibilidad de apreciarla de
cerca.
Una descripción más detallada señala que
las flores son pequeñas, con tonos verde-amarillos y blancos y unisexuales por
atrofia de uno de los sexos. Miden de 8 a 10 mm. del cáliz a la corola; el
pedicelo de la flor es de 3 a 4 mm. de longitud, tiene cinco sépalos y cinco
pétalos de 5 a 6 mm., elípticos y glabros. El androceo se presenta con un tubo
estaminal en el ápice, en el cual hay cinco estambres y estaminodios. El
gineceo tiene el ovario globoso, con el estilo columnar y el estigma discoide.
Al iniciarse el presente siglo,
parecería que los tributos y reconocimientos para la flor de la caoba estarían
agotados; pero no, porque en noviembre de 2007 se le otorgó un nuevo galardón.
Como resultado del concurso “Que viva el Merengue”, Carlos de Moya obtuvo el
primer lugar con el traje femenino denominado “Cultivo de la vida”, que a
partir de entonces es el traje oficial nacional de la República Dominicana.
El traje es de gran atractivo en su
conjunto, y de pies a cabeza está lleno de simbolismos, por ejemplo: el
brazalete o grillete está inspirado en la herencia taína de envolverse telares
de algodón en los tobillos y antebrazos, una práctica que igualmente siguieron
los esclavos negros cortadores de caoba, para atenuar el dolor y los malos
tratos de conquistadores y colonizadores.
La descripción completa es muy extensa,
pero vale la pena fijar la atención en el rostro de la modelo, por la manera en
que este se realza: de las orejas penden dos grandes argollas elaboradas en
cuero de toro, para significar la contribución del hato ganadero a la economía
nacional.
El broche dorado de la hermosa estampa
lo aporta el tocado, que consiste en un ramillete que reproduce la flor
nacional, cayendo graciosamente de la cabeza a la mejilla derecha de una bella
mujer dominicana. Un traje bello en verdad, que de haber sido confeccionado
cuatro años antes, sin duda lo hubiera portado y mostrado al mundo con gallardía
Amelia Vega, Miss Universo 2003.
No deja de asombrar que un país
relativamente pequeño posea un patrimonio cultural tan vasto. Por algo los
dominicanos demuestran tal devoción por su amada Quisqueya, un nombre que
anhelan restituirle. Así es como se muestran al mundo y así de grande es la
señal de su fe, y la certeza de que su grandioso país seguirá existiendo por
muchos años “en el mismo trayecto del sol”.
De vuelta a Chetumal: ahora en mayo de
2009, hasta una suave elevación del terreno, muy cerca de la bahía, que ahí
será donde termine este recorrido espacio-temporal. El paraje fue alguna vez
parte del territorio de caza de los mayas de huaymil-Chactemal, en los confines
de bosques cuyo tamaño nadie podía siquiera imaginar, y de los que solo era tomado
el espacio necesario para formar las sementeras e incrementar los apiarios.
Maíz y miel en abundancia; frutos de la tierra, fauna marina y terrestre
inagotables.
En la actualidad, ahí se encuentra la
biblioteca Javier Rojo Gómez, y a unos pasos, en la acera poniente de la
avenida Veracruz, está la caoba de mayores proporciones que pueda hallarse en
Chetumal y sus alrededores. La plantó el bien recordado gobernante, durante una
sencilla ceremonia del Día del árbol, hacia 1968.
Generaciones de chetumaleños la vieron
crecer mientras que ellos hacían otro tanto, pero no por esto la han tenido en
algún lugar especial dentro de sus afectos. Es más, han degradado su imagen de
manera penosa: primero pintando el tronco con cal; después tomando el entorno
como basurero; luego desprendiendo pedazos a su corteza y finalmente clavando
en su tronco el consabido, antiestético e inútil letrero que prohíbe tirar
basura. Pero lo más increíble: el propietario del predio ha manifestado a los
presidentes municipales, desde Ovando hasta Ruiz Morcillo, su propósito de
donar al municipio el soberbio ejemplar, incluso Ovando, Alonso y Abuxapqui
acudieron al sitio, pero ninguno mostró disposición para concretar los
trámites.
Y a pesar de todo, la naturaleza sigue
mostrando su sabiduría a los humanos. El recio caobo que soportó con estoicismo
los embates de “Carmen” y “Dean”, está restañando ya las heridas del machete;
año con año agrega un anillo concéntrico a su tronco; de manera cíclica renueva
su follaje y en lo alto de sus ramas aparecen las ignotas florecillas. Pero no
precisamente entre abril y junio como dice el librito: en este 2009, año de la
influenza, la flor de la caoba comenzó a brotar con las primeras lluvias, a la
par con el transcurso de los primeros días de mayo.
Nota: Este trabajo fue escrito bajo los
auspicios de la Secretaría de Cultura.
Autor: Francisco Bautista
Pérez. Chetumal, Quintana Roo, México.
Historiador del Estado.