CAPITULO XI
LA EVOLUCIÓN
El principio fundamental de la vida en el Universo, es la evolución. En ella reside la base del entendimiento de todo cuanto se pasa dentro y afuera del alcanze visual humano.
No hay explicación lógica ni racional para la existencia, cuando la evolución no es debidamente considerada.
Niéguenla, muy a pesar, por ignorancia algunos, por pirronismo otros, por interés sectarista tantos, empléen, para reforzar esa negativa, todos los sofismas, todos los floreos, todos los artificios de lenguaje de que fueren capaces, y ella estará siempre presente, siempre viva, siempre actuante en todas las manifestaciones de la vida, desde cuando ésta comienza a despuntar.
Por qué tanto se interesan determinadas sectas en negar la evolución?
Por qué tan intransigentemente se oponen a ella?
El motivo no es difícil encontrarlo, si considerarse que el reconocimiento de la evolución reduce a andrajos la mistica de la salvación.
Aceptar, pues, tal verdad, implica en la destrucción de un sistema del que participan, directa o indirectamente, millones de individuos cuyas conveniencias personales son colocadas por arriba de los superiores intereses de la humanidad.
Ni todos los adversarios de la evolución están convencidos de su inexistencia. No es pequeño el número de los que, mismo combatiéndola, intimamente la admiten. Algunos la niegan por no serles profesionalmente conveniente la verdad. Otros por subordinación a dogmas que los tornaron fanáticos y obscurantistas.
Martillando la idea de la salvación en el mental del niño, esta fantasía se va impregnando en el subconsciente, hasta criar raíces profundas. Más tarde, cuando adulto, repite, maquinalmente lo que se habituó a oír, sin querer someter el caso al raciocinio, por sentir un desagradable choque entre lo falso, por tanto tiempo, almacenado en el subconsciente, y el verdadero, latente en el sentido consciente.
FALSAS IDEAS
Más allá de absurdo, el dogma de la salvación es un estímulo al comodismo. El trabajo, la lucha que el ser humano precisa trabar, el esfuerzo al que no puede dejar de entregarse para conseguir la evolución espiritual y el progreso material, no son entendidos por los sectaristas que mejor confían en la gracia, en los favores, en la protección de la supuesta divinidad, que en todo lo demás.
Aún mismo que se trate de vagos, parásitos, malandrínes, eso no modifica su inmunidad celestial, si vinieron al mundo como electos de dios y a salvo, por lo tanto, de las consecuencias de los pecados terrenos. De cualquier manera, no están ahí los representantes de la divinidad para conceder a los delincuentes las absoluciones y, con ellas, el pasaporte para el cielo?
Los más profundos desentendimientos humanos que tantas tragedias, tantos males, tantas desgracias generaron en el mundo, (sin excluír el odio, las guerras y mismo la miseria y el hambre) tienen sus orígenes, próximas o remotas, en la suma de las falsas ideas que las innumerables sectas inculcan en las criaturas humanas.
Víctima inconsciente de esos males, la humanidad viene siendo impelida hacia el dolor, en una secuencia, casi interminable, de encarnaciones perdidas.
Sin embargo, una cosa es segura: la evolución tiene que ser procesada, a cualquier costo. Así lo imponen las leyes naturales e inmutables que rigen el Universo. Y estas son indiferentes a la necia pretension de los que suponen que pueden frustrarlas o anularlas.
Por eso, todo individuo debe imprimir una superior orientacíón a la vida para acortar el proceso de su evolución, esforzándose para ser operoso y progresista con la atención dirigida para el primoramiento de la propia personalidad.
La evolución se hace sentir en todo: en la semilla que germina para transformarse en una flor; en un árbol que se agiganta y fructifica, en la trayectoria de un cielo; en el ser humano que ingresa en la escuela siendo analfabeto y egresa de la Universidad siendo un científico; en el desarrollo de las artes, de las letras, de las ciencias, de la música, de los laboratorios, de las industrias, de los inventos y de las utilidades sociales.
Los átomos existen primordialmente junto a la vida. Y por qué solamente en nuestra época han podido los científicos tornarse capaces de desintegrarlos? - Por qué no lo hicieron antes? Mismo en el terreno biológico, por qué, siendo el hombre, en la escala animal, el ser que posee mayor evolución, su aparecimiento en la Tierra no precedió al de los demás animales? - La respuesta es obvia: el hombre surgió en la Tierra, cronológicamente, como el resultado de la evolución de los animales que lo antecedieron.
Y, a pesar del adelanto actual del mundo, la marcha evolutiva en los tres reinos de la naturaleza prosigue, sin cualquier interrupción o alteración. Apenas los que inician ahora su progreso en cuerpo humano, encuentran, en la época presente, condiciones más favorables para su desarrollo mental
Y no obstante puedan esas criaturas primitivas ser consideradas bastante evolucionadas, en relación a los animales de categoria inferior, por los cuales ya pasaron, son tan pobres, tan indigentes de inteligencia, que más se dejan orientar por el instinto, de que por la razón.
TRAYECTORIA EVOLUTIVA
La Historia de la humanidad está señalada por innumerables marcos indicativos de su larga, de su inmensa trayectoria evolutiva. Y porque es imposible recorrer todo ese extenso camino en una sola existencia física, los que se apegan al tradicionalismo religioso, se niegan a admitir la evolución, a fin de no verse obligados a reconocer el elemento por el cual ella se procesa, en la faz animal o humana - la reencarnación.
Basta raciocinar para comprenderse que ninguna oposición puede ser hecha a la ley de la evolución. Sin ella, todos los seres habrían de poseer el mismo grado de inteligencia, adelanto y espiritualidad.
No es admisible que el dios que las sectas enseñan a adorar, hubiese creado a un espíritu más atrasado de que el otro, e hiciera, conscientemente, el imbécil y el sabio, en una arbitraria, defectuosa e injusta manera de proceder.
Cuando los sectaristas pudieren percibir ese absurdo en la consumación de las prácticas divinas, dejarán de repeler lo que es racional, lógico e intuitivo, pues encontrarán en la evolución del espíritu - que parte de un origen comum, muy remoto - la explicación de todos los fenómenos de la vida.
Ese origen - conviene insistir - es uno sólo. Al iniciarse el proceso evolutivo, cada partícula de la Inteligencia Universal dispone de las mismas posibilidades, los mismos recursos, se encuentra en idénticas condiciones y posee iguales valores latentes.
Por eso se desarrolla en la misma proporción, hasta alcanzar la denominación de espíritu, cuando pasa a disponer del libre albedrío para conducirse por su cuenta y riesgo. Hemos visto, en el capitulo IX de esta obra, como el mal uso del libre albedrío retarda la evolución espiritual.
El observador que desee ver, tiene, delante de los ojos, el cuadro de la evolución del espíritu en la vida terrena. No existen dos individuos iguales, no obstante los haya semejantes. Cada uno está promoviendo su progreso a su modo y a su costa, de acuerdo con el procedimiento que haya adoptado en el transcurso de las encarnaciones pasadas, en un período de millares de años.
Los que mejor hayan usado el libre albedrío - es evidente - consiguieron evolucionar más de que otros menos cuidadosos, en el mismo número de encarnaciones.
Ahí está una de las razones que explican la gran heterogeneidad de mentalidades, disparidad de sentimientos y divergencias de conceptos que se observan en el medio del pueblo.
Es que el número de encarnaciones realizadas varía de individuo para individuo, como varía también el aprovechamiento que cada cual adquirió y el esfuerzo dispensado por cada uno.
Puede haber quien haya perdido doscientas encarnaciones en consecuencia de un vivir desregladamente, y quien, en igual período, haya perdido, apenas, veinte. Éste, sin duda, a evolucionado mucho más de que aquél.
REVELACIÓN SENCILLA Y NATURAL
Obsérvese como esta. revelación de la vida, transmitida al conocimiento humano, es diferente de aquella que los sectaristas presentan, llena de incoherencias, absurdos y contradicciones, porque basándose en las sandeces bíblicas, en parte inspiradas por espíritus chanceros del astral inferior, conocidos como profetas, que se sirvieron, no raramente, de médiums confabuladores, iguales a los muchos que por ahí andan a explotar el inmenso filón de creencias, de las cuales obtienen grandes lucros en supuestas ciencias.
Cuando fueron escritos, hace millares de años, los libros que aún hoy, en el siglo de las luces, embebecen, atrofiando el raciocinio. de millones de adoradores, el mundo se encontraba en condiciones muy inferiores con respecto a las actuales.
Quien hace evolucionar al planeta son los elementos que en él viven. En aquella época, sus habitantes poseían un grado de evolución bastante más abajo del actual, y nada sabían a respecto de la mediumnidad y de sus efectos y consecuencias. El fenómeno mediúnico, muy vulgar en los dias de hoy, era considerado, como un don divino y sobrenatural.
La comprensión y el conocimiento de las cosas son frutos de la evolución del espíritu, y muchos de los que hoy están encarnados, ya consideran a la vida bajo un aspecto que se aproxima, cada vez más, de la Verdad.
No se piense que los fanáticos admitirán, como reales, las verdades aqui proclamadas. El fanatismo enturbia a la inteligencia, no dejándola raciocinar. Para el fanático, hay libros sagrados, dictados por dios, de los cuales él no puede ni debe dudar, bajo pena de cometer gran pecado y poner en riesgo su salvación.
He ahí lo que en realidad se pasa. Pero ni todo está perdido. El creyente tiene el derecho de reencarnar tantas veces cuantas fueren necesarias para la adquisición, en la vida terrena, de los conocimientos y de la experiencia que lo conduzcan a aceptar, de plena conciencia, la verdad antes rehusada.
Nadie puede pasar a un mundo de mayor evolución, mientras que en este se mantuviere saturado de engañosas ideas sobre la vida, y proceda, erróneamente, de acuerdo con ellas.
Es lamentable que el ser humano transforme la amplia senda de la evolución, por ignorancia, en un estrecho, áspero y sinuoso camino repleto de obstáculos difíciles de transponerlos.
Temprano o tarde todos tendrán que comprender que la humanidad camina en una misma dirección y para alcanzar un idéntico fin - que es el perfeccionamiento - solamente pudiendo lograrlo, por el esfuerzo propio bien orientado, por el trabajo individual disciplinado y por la conquista del saber, a costa de la actividad intensa y permanente.
Debe el individuo procurarse a sí mismo y en si mismo aprender a confiar, consciente de seren inmensos e invalorables loz recursos que posee para llevar a buen término cada existencia física.
Con este pensamiento, quedará sincronizado con la corriente de la evolución, por donde hará su ascención espiritual sin grandes trompiezos y sin mayores sacrificios.