HISTORIA DE SANTA MAGDALENA DE NAGASAKI
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Entre los dieciséis mártires del Japón canonizados el día 18 de octubre de 1987, destaca la figura simpática de una joven japonesa. Se llama Magdalena de Nagasaki, 23 años, terciaria agustina recoleta. Un nutrido grupo de religiosos y terciarios agustinos recoletos, llegados de varias partes del mundo, ha venido a rendir homenaje a la heroica terciaria. Había sido beatificada por el papa Juan Pablo lien Manila el 18 de febrero de 1981. Ahora el mismo Romano Pontífice la ha declarado santa.
La figura de esta joven virgen y mártir - la Cecilia de la cristiandad de Japón, que, en medio de los más horribles tormentos, entona con voz melodiosa y delicada cánticos al Señor - inspiró durante siglos a poetas y pintores.
Dicen que era joven y bella y de familia noble, como la mártir romana; que recorría los escarpados montes de Nagasaki como un ángel de Dios para llevar su sonrisa a los afligidos cristianos perseguidos por la fe; que, como las tiernas doncellas de los primeros tiempos del cristianismo, desafió y venció a los tiranos, prefiriendo la muerte a las riquezas y a un matrimonio de princesa.
Todas estas noticias sonaban a leyenda. Magdalena aparecía ante nuestros ojos como una figura mítica, etérea, sin contornos definidos, envuelta en una nube de misterio.
¿Quién era en realidad esa Cecilia japonesa? ¿Qué hay de verdad y de leyenda en la epopeya que de ella cantan los poetas? Eran estas las preguntas que excitaban nuestra curiosidad.
Ante la inminencia de la canonización, nos pusimos a husmear en los archivos, a desempolvar antiguos manuscritos, a estudiar las cartas y relaciones de los misioneros agustinos recoletos que fueron sus padres espirituales.
Nos sirvió de ayuda, sobre todo, una relación manuscrita del padre Andrés del Espíritu Santo ( padre Andrés), provincial de los agustinos recoletos de Filipinas y Japón en la época en que sucedían los hechos. Dicha relación está redactada en 1.640, es decir, seis años después del martirio de Magdalena. No menos importante otra relación escrita en 1.636 por el dominico Francisco de Paula, recogida en la Historia de la provincia del Santo Rosario de Filipinas del cronista dominico padre Diego Aduarte ( =padre Aduarte).
Pero, sobre todo, nos cupo la suerte de tener en nuestras manos el más precioso documento, que constituye la fuente más auténtica y fidedigna del martirio de Magdalena, y que había desaparecido hacía muchos años. Nos referimos a las actas del proceso de beatificación instruido en Macao en los meses de febrero y marzo de 1638, es decir, tres años y medio escasos después de su martirio.
Una copia auténtica de dichas actas, precisamente la copia que el tribunal de Macao había preparado para Roma, apareció recientemente en el archivo del convento de Marcilla (Navarra) perteneciente a los padres agustinos recoletos. Lleva todavía los sellos de lacre y las firmas originales del Excmo. Pedro de San Juan, administrador de la diócesis en 1.638, y la del notario eclesiástico Bras Pinto. Varios testigos directos refieren bajo juramento las promesas que hicieron los tiranos a Magdalena; los tormentos que le aplicaron para que apostatase de la fe; el horrible martirio.
Después de un estudio sereno y atento de todas esas fuentes, nos convencimos de que en la vida de Magdalena hay muy poco de legendario. Consta que era una joven grácil y delicada. Llamaba la atención por su dulzura y su belleza. Nos la imaginamos como una de esas japonesitas de ojos rasgados, de cutis transparente y terso, de facciones delicadas, de sonrisa dulce, caritas de ángel que atraen nuestras miradas.
Sin embargo, la delicadeza de su figura escondía un espíritu recio e indomable, acostumbrado a la lucha y a los sufrimientos. Por sus venas corría sangre roja y pujante de mártires, que ella también vertería un día por la fe, para que el sacrificio fuera total y perfecto.
De sus padres había heredado una fe viva y profunda, un encendido amor a Cristo que ella acrecentaría con la meditación, y anhelos de martirio. En el afán de hacer conocer a su Amado, sabría sacrificar su juventud y su belleza, para poder llevar al altar del holocausto, juntamente con su vida, un coro de hijos espirituales que había engendrado en la fe, o había levantado en el camino, ayudándoles a escalar la cima del calvario.
Huérfana de padre y de madre, a quienes había visto martirizar juntamente con sus hermanos por profesar la fe de Cristo, era todavía jovencita cuando se consagró a Dios, emitiendo los votos de obediencia y castidad en la orden tercera de los agustinos recoletos y poniéndose a su disposición como catequista. Luce con gracia el hábito negro de las terciarias, ceñido con una correa. Es culta e intrépida, simpática y sin complejos. Una especie de religiosa seglar, como las religiosas modernas que viven en el mundo. No teme los peligros que la acechan cada día durante el furor de la cruel e interminable persecución contra los cristianos.
Su vida se desarrolla entre los cristianos de Nagasaki, compartiendo sus ansias y sus angustias, confirmando a los débiles, levantando a los que habían cedido ante la brutalidad de los tormentos. Y en Nagasaki se consumará su sacrificio un luminoso día de octubre de octubre de 1634. Contaba apenas 23 años.
Es la historia de esta joven misionera seglar la que intentamos narrar. Pero, dado que no existe vida sin un entorno, ni ejercicio de la caridad apostólica sin humanidad que sufre, ni santidad sin sacrificio, vamos a presentar brevemente el cuadro socio-político y el ambiente en que se desarrolló la vida de Magdalena. Un ambiente de odio, de marginación, de persecución. La más deshumana y brutal persecución que haya conocido jamás la historia del cristianismo.
Las páginas que siguen, y sobre todo el relato del horrible martirio de la joven Magdalena, pueden provocar en el lector una sensación de hastío, de disgusto, de incomprensión, de repulsa. En esta nuestra época materialista, en la que faltan ideales capaces de arrastrar al heroísmo, en que se exalta como valor único y supremo la vida, es difícil comprender la aceptación voluntaria de tantos tormentos y aun de la misma muerte por la defensa de la fe. ¿No se trata de una temeridad, de un desprecio de la vida, de un acto de masoquismo? ¿Valía la pena resistir a los perseguidores hasta el extremo de provocar la extinción del cristianismo? ¿No hubieran sido mejor el disimulo, el compromiso?
Quien no esté animado de una fe profunda y no tenga puesto su ideal en Cristo, no podrá comprender jamás el drama de la cristiandad de Japón y se hará esas y otras preguntas. El hombre que no tenga un ideal por el cual esté dispuesto a entregar su vida, es incapaz de
elevar su mente al reino del espíritu. Sólo un ideal fuerte da sentido a la existencia. Y cuando ese ideal es Cristo, el hombre desprecia todo lo terreno y anhela solamente unirse a él, volver a la misma fuente de la vida, para poseerla con la máxima plenitud.
Solamente la fe te ayudará, querido lector, a comprender la historia de esta joven, virgen y mártir, y de tantos otros mártires que han sacrificado su vida por Cristo. Y la fe te hará comprender también que el martirio es un don de Dios, del cual no somos dignos.
La historia dramática de la floreciente cristiandad de Japón presupone una expansión inicial del evangelio, de la que vamos a hablar enseguida.
Con el fin de dar más fluidez a la lectura, prescindimos de las citas. No por eso merecen menos fe nuestras afirmaciones. Hemos procurado ser fieles a los documentos, de los cuales transcribimos a veces entre comillas palabras o frases enteras.
El 15 de agosto de 1.549, después de una venturosa travesía, desembarcaba san Francisco Javier en las costas de Japón, juntamente con el padre Cosme de Torres, el hermano Juan Fernández y tres japoneses que había convertido en Malaca. Shimizu Takahisa, daimyo o señor feudal de Satsuma, los recibe con amabilidad, y les permite predicar el evangelio. Pero Javier, el intrépido navarro, aspira a entrevistarse con el emperador. Intentará convertirlo. Por lo menos obtendrá del mismo el permiso para predicar el evangelio en todo su imperio. Y emprende su viaje a Kyoto, a donde llega en enero de 1.551.
¡Pobre Javier! No sabe que el emperador es un personaje mítico, una especie de dios custodiado en una hornacina, a quien sólo las personas más notables pueden acercarse. Pero se da cuenta de que el emperador no ejerce autoridad alguna. El mismo shogun, en teoría su ministro político-militar, estaba a merced de los daimyo. Sacó la conclusión que era a los daimyo y a los samurai a los que había que abordar y tratar de convertir al cristianismo. Y con el propósito de volver a Japón con nuevos refuerzos, en el mes de septiembre de 1.551, parte para la India, a visitar la inmensa cristiandad que había dejado allí.
Antes de volver a Japón desea visitar al emperador de China, abrir allí nuevos campos de apostolado y sacar de las tétricas prisiones chinas a unos ingenuos comerciantes portugueses que habían osado penetrar sin permiso en el celeste imperio. En la isla de Sanshoan, a las puertas de China, unas fiebres malignas acaban con su vida el 3 de diciembre de 1552.
Javier no había logrado en Japón conversiones en masa, pero había conseguido buenas amistades y, con una visión profética, había individuado e indicado a los futuros misioneros la táctica a seguir para la cristianización del país. Táctica que dará pronto copiosos frutos. Unos años más tarde, varios daimyó y samurai, y con ellos casi todos sus súbditos, habían abrazado la fe. En 1.587 existían más de 200.000 cristianos. Diez años más tarde el número había aumentado a 300.000. Los treinta y cinco años de cristianismo en Japón constituyen lo que en términos literarios podríamos llamar periodo romántico, y en lenguaje religioso, el periodo carismático de la iglesia japonesa.
A partir de entonces se avanzó siempre con mayores dificultades y gracias a los nuevos refuerzos de misioneros que llegarían de otras órdenes religiosas. En efecto, hasta finales del siglo XVI, por motivos que sería largo explicar, habían trabajado en Japón sólo los misioneros de la compañía de Jesús. Después se abrió el campo de apostolado a otras órdenes religiosas. Fueron llegando franciscanos, dominicos, agustinos de la antigua observancia y, por último, en 1.623, los agustinos recoletos Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio, que serían los padres espirituales de la joven Magdalena, como veremos más adelante.
Es difícil describir en pocas páginas la historia del largo calvario que sufrió la naciente cristiandad de Japón desde finales del siglo XVI hasta la mitad del siglo XVII. Los historiadores están de acuerdo en afirmar que la persecución japonesa fue mucho más sistemática, refinada y cruel que la persecución de los primeros siglos de la Iglesia. Los japoneses no deseaban crear mártires. Hubieran quedado despobladas muchas ciudades. Les interesaba hacer apóstatas. Para ello inventaron los más satánicos y refinados tormentos, que sólo una mente oriental podía imaginar.
Ya, a finales del siglo XVI, empiezan a sentirse aires de tormenta. Budistas y confucionistas no veían con buenos ojos el favor de que gozaban los católicos ante el pueblo y ante las autoridades. Por otra parte, la autoridad central empieza a volverse recelosa de los misioneros extranjeros. El shógun Hideyoshi (1.582-1.598), que al principio había favorecido a los cristianos, incitado por su médico personal, el exbonzo Seyakuin Zenso, enemigo encarnizado de los cristianos, cambia de actitud.
El triste incidente del galeón "San Felipe", en 1.595, empeora todavía más las cosas. Dicho galeón, rumbo a Acapulco al mando del capitán Landecho, con un cargamento de un millón de coronas y 234 personas a bordo, entre ellas siete religiosos, es arrastrado por una tormenta al puerto de Urado, donde encalló.
El gobernador de la región, codicioso del cargamento, había ido a Hideyoshi con el cuento de que los españoles traían malas intenciones y querían apoderarse de Japón. Esta calumnia desata las iras del shogun, el cual jura vengarse de los misioneros. El 4 de febrero de 1.597, ventiléis cristianos, entre ellos 3 jesuitas y 6 franciscanos, después de haber sido expuestos a irrisión pública y a dura prisión, son crucificados en Nagasaki.
A la muerte de Hideyoshi sigue un periodo de calma. La cristiandad, con los nuevos refuerzos de misioneros, va aumentando sus filas. De 300.000 que eran en 1.600, pasan a 500.000 en 1.614. Demasiado bonito para que sea duradero. Todo aparece como preludio de una tormenta. Viejos rencores y recelos están incubando en el ánimo de Ieyasu (1.598-1.616). Budista convencido, pero a la vez calculador, soporta a los misioneros por miedo de perder el comercio con los portugueses.
En 1.600 admite a los comerciantes holandeses y, en 1.613, a los ingleses, 105 cuales echan leña al fuego, diciendo que portugueses y españoles quieren apoderarse de Japón. Los "misioneros papistas" son sepias que preparan el terreno.
Las calumnias y denuncias contra los cristianos se van acumulando. Se les acusa de corrupción, de venerar las reliquias de los cristianos condenados a muerte por rebeldes.
El gobernador de Nagasaki escribe a Ieyasu que los cristianos de esa ciudad han venerado a un criminal. Se trataba de un cristiano que había adquirido unas barras de plata a contrabando y había sido condenado a la crucifixión. En el momento en que un soldado estaba para atravesarle el corazón con una lanza, los cristianos se arrodillaron para rezar por él.
Este acto de caridad fue interpretado como "adoración de un criminal". Ieyasu, al saberlo, exclamó: "Una ley que enseña tales cosas solamente puede venir del demonio". Era el año 1.613. Unos meses más tarde, el 27 de enero de 1.614, el shogun dictó un edicto de proscripción del cristianismo, que se hizo público el día 14 del mes siguiente.
El edicto ordenaba eliminar "sin pérdida de tiempo a todos los cristianos, de tal manera que no tengan lugar donde poner los pies". Cuantos se negaran a apostatar del cristianismo, serían condenados a muerte. Los misioneros extranjeros debían abandonar inmediatamente el país. Había en Japón en aquel entonces 116 jesuitas, 14 franciscanos, 3 agustinos y 6 dominicos. Casi todos fueron concentrados en Nagasaki y puestos bajo vigilancia. A primeros de noviembre los misioneros partían en diversos juncos rumbo a Macao y a Manila. Quedaron escondidos en Japón 42 misioneros de las distintas órdenes. A la expulsión siguió la destrucción de las iglesias, cruces, cementerios, y de toda clase de símbolos cristianos.
Cuando el gobierno supo que habían quedado misioneros escondidos, que otros se habían introducido
3. Torturas orientales
Provoca en el ánimo hastío y rubor el describir los tormentos a que fueron sometidos cientos de cristianos en Japón, tormentos que sólo una mente diabólica podía concebir. Los shogun Hidetada (1.616-1.623) y Iemitsu (1.623-1.651) se han propuesto poner en práctica los propósitos de su predecesor Ieyasu de acabar con los cristianos. Para ello, con auténtico y refinado sadismo, inventan tormentos cada vez más refinados.
Al principio de la persecución los misioneros y cristianos eran condenados a la crucifixión, al degüello, a la decapitación. Viendo que todos soportaban con alegría estos suplicios y morían entonando cantos y animando a los circunstantes, Hidetada y Iemitsu inventaron otros géneros de martirios, cada vez más crueles.
Uno de ellos fue la tortura de las aguas sulfurosas. Cristianos y misioneros eran llevados a Unzen, donde había lagos de aguas sulfurosas, que en pocos minutos corroían la carne y desintegraban los huesos. Con unos cazos iban echando por las espaldas de las víctimas el agua que hervía a borbotones y olía a azufre, hasta dejar los huesos al descubierto. Un médico vigilaba la operación, para evitar la muerte, con el fin de obtener la apostasía. En los surcos excavados por las aguas sulfurosas pululaban los gusanos entre la carne putrefacta, que despedía un hedor insoportable. Así lo refieren los testigos en el proceso sobre los agustinos recoletos Vicente de San Antonio y Francisco de Jesús, sometidos varias veces a este tormento.
Se recurrió también a la muerte a fuego lento. Se ponía al mártir junto a una columna, con el dedo pulgar metido en una argolla, de tal modo que pudiera soltarse en caso de querer apostatar. Alrededor de la columna, formando un espacioso círculo, unos haces de leña verde mezclada con paja mojada. La leña y la paja ardían lentamente, despidiendo un humo negruzco y sofocante. El tormento duraba varias horas. El mártir moría asado por el calor que despedían las llamas o asfixiado por el humo denso de la paja mojada, después de varias horas de agonía.
Otra tortura era la del agua ingurgitada. Con un embudo, se hacía tragar a la víctima grandes cantidades de agua. A continuación, se le colgaba cabeza abajo, o los verdugos saltaban sobre su vientre. El agua salía a presión mezclada con sangre por la nariz, por la boca, por los oídos. La operación se repetía cuantas veces hiciera falta, hasta arrancar la apostasía del cristiano, o dejarlo por imposible.
No menos cruel el tormento de las agujas. Consistía en clavar entre las uñas y la carne de los dedos unas agujas de metal o astillas de caña de bambú, hasta atravesar toda la falangeta. Se obligaba después a la víctima a golpear las paredes con las puntas de los dedos, o los verdugos zarandeaban las agujas con un palo, como quien toca una guitarra, produciendo un dolor insoportable.
Finalmente, en 1.633, Iemitsu inventó el tormento de la horca y hoya. Se suspendía a la víctima cabeza abajo de una horca, una especie de marco de puerta clavado sobre una hoya, llena a veces de materias inmundas. El cuerpo quedaba introducido en la hoya hasta la cintura. Se tapaba la hoya con unas tablas, colocadas a modo de cepo, con el fin de hacer difícil la respiración. La sangre fluía a la cabeza y salía por ojos y narices. Para evitar la congestión inmediata, los verdugos hacían pequeñas incisiones en las sienes de la víctima. El tormento era insoportable y duraba varios días. Nuestra joven Magdalena duró en él - cosa extraordinaria y prodigiosa - trece días y una noche.
El factor holandés Carón, testigo nada sospechoso porque odiaba a los católicos, en una relación, admite que éstos soportaban las diabólicas torturas con grande firmeza y coraje.
"Ni hombres ni mujeres tenían miedo a la muerte. En verdad escribe en su diario - hace falta una firmeza en la fe poco común para continuar en esas difíciles circunstancias. [...] no pasa año que no sean martirizados centenares de cristianos".
4. Exterminio de la cristiandad
La persecución se hizo tan virulenta que en 1.644 no quedaba ya un solo misionero. Más de 200.000 cristianos fueron sometidos a torturas o expoliados de sus bienes. Pasan de 4.000 los que murieron degollados, decapitados, crucificados, quemados a fuego lento, o acabaron su vida en el tormento de la horca y hoya.
Sin embargo, el odio de los tiranos no pudo sofocar completamente al cristianismo. La fe, llevada allí por san Francisco Javier y por los misioneros que le siguieron, había arraigado tan profundamente en el alma de los japoneses, que, a pesar de la sistemática persecución y del control policíaco ejercido por las autoridades, gran número de cristianos se mantuvieron fieles a Cristo.
A mediados del siglo pasado, cuando después de dos siglos se abrieron las puertas de Japón al Occidente, los misioneros descubrieron miles de criptocristianos. En 1.873 habían aparecido más de 14.000, cifra que aumentó después. Gracias a la sangre de los mártires, Japón constituye hoy una esperanza para la Iglesia. Mérito también de la joven Magdalena, que se ofreció como víctima por la perseverancia en la fe de sus hermanos.
5. La ciudad de Nagasaki La pequeña Roma
La vida de cada una de las personas se desarrolla en un determinado ambiente y queda marcada por el lugar y las circunstancias en que vivió. No se comprendería la figura de la joven Magdalena sin tener presentes los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en Nagasaki durante su corta existencia y que le tocaban en primera persona. Allí vivió casi toda su vida.
¡Cuántos dramas, cuántos sustos, cuántas lágrimas turbaron su espíritu! Familias destruidas, iglesias derrumbadas, ejecuciones en masa, apostasías y conversiones, rastreos de esbirros, sobresaltos, huidas precipitadas a los montes, misioneros y cristianos cazados como bestias salvajes y arrastrados a las cárceles, hogueras, olor a carne chamuscada, fiestas por el triunfo de éste o de aquel mártir. Todo esto le tocó vivir a Magdalena en la ciudad de Nagasaki. Por eso interesa recordar la historia de tales acontecimientos.
Nagasaki, situada en la parte occidental de la isla de Kyúshu, hoy ciudad moderna, surgida de las cenizas de la destrucción atómica, con más de 500.000 habitantes, con una industria floreciente, una universidad, un astillero importante y una febril actividad, en el siglo XVI no había pasado de ser una pequeña aldea de pescadores de pocas casas construidas con madera y paja.
En 1.567 la visitó por primera vez el hermano Luis de Almeida, S.J. El paraje ofrecía óptimas condiciones para construir un puerto donde pudieran anclar las naves comerciales portuguesas, y una ciudad que pudiera servir de refugio a los cristianos.
El padre Cosme de Torres, S.J., que había acompañado a san Francisco Javier en su viaje a Japón, se lanza a la difícil empresa. "En una punta estrecha de tierra cubierta de abrojos, que se adentra en el mar", bajo la dirección del intrépido misionero, nace la nueva Nagasaki. Su puerto será en pocos años el principal centro comercial entre Portugal y Japón.
Nagasaki se convierte en una ciudad-refugio, donde afluyen los cristianos desterrados, en una ciudad esencialmente abierta, en un centro cultural y, sobre todo, en centro de expansión misionera. La llamaban "La pequeña Roma". Surgen en ella iglesias y conventos, se instituyen cofradías que adquieren resonancia en todo el país. Goza de cierta independencia y tiene un floreciente comercio. Por sus calles, alegres y bulliciosas, pululan comerciantes portugueses, españoles y japoneses. Se hacen transacciones, se construyen almacenes y residencias, se celebran matrimonios entre europeos y japoneses.
La ciudad crece a un ritmo acelerado. En 1.587 Nagasaki pierde su independencia y pasa a depender de la administración central. Se empiezan a poner algunas trabas a los cristianos. A pesar de todo eso, en 1.609 los católicos pasan de 50.000. Se vive una vida religiosa intensa. Existen ocho parroquias, diversas iglesias, algunos conventos y un gran hospital católico. Los cristianos se sienten allí seguros. Una gran paz reina en toda la ciudad.
Con la expulsión de los misioneros en 1.614, comienza la vía dolorosa de la ciudad y crecen las dificultades para los católicos. La pequeña Magdalena forjará en ellas su espíritu. Llegarán días amargos, días de luto, de desolación, que Magdalena afrontará con fortaleza inaudita. Pero hablemos ya de nuestra joven protagonista.
6. Primeros años de Magdalena
"Hubo en la ciudad de Nagasaki una doncella hermosísima, llamada Magdalena, hija de padres nobles cristianos y virtuosos que, como tales, a ella y a otros hijos que tuvieron, los criaron en temor de Dios, inclinándoles a huir de todo lo malo". Así comienza un manuscrito del 1640 atribuido al provincial de los agustinos recoletos, Andrés del Espíritu Santo.
Sabemos por otras fuentes no menos antiguas y fidedignas, que Magdalena nació en un pueblecito cercano a la ciudad de Nagasaki, probablemente en 1.611.
Sus padres, de alto linaje, se desvelan por dar a la niña una esmerada educación. No les faltan los medios para hacerla estudiar, pues poseen grandes extensiones de tierra en Arima. La niña responde a los afanes de sus padres. Es una niña bella, afectuosa, de mirada dulce, de inteligencia precoz, y le gusta rezar y asistir a los actos de culto.
Magdalena aprende pronto a leer en caracteres latinos. Le gustan las vidas de los santos, sobre todo de los mártires. En Japón se habían publicado varios devocionarios y obras de espiritualidad: el kempis, la Gula de pecadores de fray Luis de Granada, que Magdalena conservará celosamente hasta el momento de su prisión, y varios devocionarios. En Nakasaki existe también una imprenta muy activa, que publica calendarios y libros de devoción.
Magdalena pasa su primera niñez en el ambiente sereno de la familia. Sus padres se han refugiado en Nagasaki, donde reina la tranquilidad y pueden dar una buena educación a sus hijos. Cristianos de vieja estampa, llevan a Magdalena a los actos de culto. Su tranquilidad durará poco. En Japón, y concretamente en la ciudad de Nagasaki, se perciben aires de tormenta. En 1.614 se publica el edicto de expulsión de los misioneros. Llegan a la ciudad decenas de sacerdotes de todas las órdenes. Vienen de todas las regiones de Japón, escoltados por pelotones de soldados. Tienen libertad de movimiento, pero no pueden dejar la ciudad. Esperan la llegada de suficientes juncos que los llevarán camino del destierro.
Con la deportación de los misioneros y la prohibición de cualquier acto de culto, la ciudad de Nagasaki ha quedado muerta. Casi todas las iglesias han sido derrumbadas. Quedan solamente cuatro templos, expoliados de todo y completamente abandonados. Un silencio abrumador invade el ánimo de los cristianos. Son una grey sin pastor. Adiós las bonitas reuniones en la iglesia, las procesiones, las asambleas religiosas. Los misioneros se han llevado hasta la imprenta. Han sido cerrados el grandioso hospital, el seminario, el colegio de los jesuitas. Se dice que hay espías por la ciudad. Más de 20.000 cristianos, ante el temor de una inmediata persecución, han huido a los campos o a otras regiones.
Sin embargo, al destierro de los misioneros sigue en Nagasaki un periodo de relativa calma. Al nuevo gobernador Asegawa Gonroku, que había sucedido a Sahyóe, no le gusta mezclarse en actos de sangre.
La familia de Magdalena aprovecha para instruir a los hijos y prepararlos a afrontar los peligros. Leen a los hijos el libro Exhortaciones para el martirio, donde se dan preciosos consejos:
"El martirio es una gloria. No puede haber excusas para apostatar de la fe. Cuando el martirio es inminente, debes prepararte por medio de la confesión...
"Nunca abrigues malos pensamientos hacia los oficiales que comunican la sentencia de muerte, o hacia los verdugos, sino ruega a Dios que sean conducidos al camino de la verdad, ya que son sus acciones las que te llevan por la vía del Paraíso".
"Mientras eres torturado, visualiza la Pasión de Jesús, piensa atentamente que la Virgen María y muchos ángeles y bienaventurados están contemplando tu combate desde el cielo... Di cualquier cosa que pueda beneficiar a las almas de los espectadores. Di, por ejemplo: 'No hay otro remedio, fuera de la religión de Cristo, que pueda salvaros en la vida futura...'. Di algo semejante a esto, con flores de palabras. Dios ciertamente te guiará sobre los que tienes que decir y hacer, y así encomiéndalo todo a su dirección".
Magdalena retiene en su mente estos preciosos consejos. Le gusta rezar, escuchar las vidas de los anacoretas y de los mártires que le cuentan sus padres. Medita en la pasión de Cristo. Lo ama con locura. Capullo todavía sin abrir, crecerá entre las espinas de la persecución.
7. La hora de la prueba
La paz de que había gozado Nagasaki después del exilio de los misioneros va a acabar pronto. En agosto de 1.616 corrió por la ciudad una grata noticia, que se convertirá pronto en acontecimiento luctuoso. Han llegado a Nagasaki cinco religiosos y un sacerdote secular, nada menos que el hijo de Tóan Muruyama, lugarteniente del gobernador. Un japonés, llamado Seutsugu Heizó, codicioso del poder, para congraciarse con el shogun Hidetada, acusa al lugarteniente del gobernador de haber favorecido a los jesuitas y a su hijo sacerdote. El shoggun condena a muerte a Muruyama y a varios miembros de su familia y nombra lugarteniente del gobernador a Heizó.
Por su parte, el gobernador, para no perder la estima del shogun, condena a muerte a las tres familias que habían hospedado a los misioneros llegados a escondidas a Japón. El 25 de noviembre de 1.618, en grandes hogueras, son quemados vivos los tres matrimonios con sus respectivos hijos, entre los cuales dos niñas de 4 y 7 años y un niño de 9 meses.
Es este el inicio de una persecución cruel, que traerá el luto y la desolación a Nagasaki. El gobernador Gonroku, siguiendo las instrucciones del shogun, arrasa las cuatro iglesias desmanteladas, que, como triste testimonio de lo que fue la ciudad, habían quedado en Nagasaki. Prohibe bajo pena de muerte acoger a cualquier misionero, guardar cosas del culto, asistir a actos religiosos. Pelotones de policías registran las casas sospechosas, haciendo redadas de misioneros y cristianos. En una de estas redadas caen, el 19 de diciembre de 1.619, dos jesuitas, dos dominicos y todos los miembros de las familias que los habían hospedado.
Los rastreos de los esbirros se suceden sin intermisión. Las familias viven en continuo sobresalto. Se comentan los nuevos arrestos. Se trata casi siempre de personas conocidas. Se les visita en las prisiones, colocadas en un extremo de la ciudad. Están encerrados en jaulas fabricadas con gruesos maderos. Los prisioneros yacen allí apiñados como sardinas, esperando la muerte.
Cuando las prisiones se llenan, conducen grupos de cristianos a la ejecución. Primero se les pasea maniatados por las calles de la ciudad. En las espaldas llevan un cartel indicando el motivo de la sentencia: "por haber escondido a un misionero"; "por predicar el evangelio"; "por conservar cosas de culto". La triste comitiva sube después la pendiente que conduce al "Monte de los mártires".
Magdalena acompaña muchas veces con sus padres a esos cristianos condenados a muerte hasta el lugar del suplicio. El acceso es libre, y asisten miles de cristianos, entonando, a una con los mártires, cantos al Señor, mientras las víctimas son decapitadas, crucificadas, o quemadas a fuego lento. La crucifixión y la muerte a fuego lento duran a veces muchas horas. Pías mujeres, entre ellas Magdalena, asisten y animan a los mártires. Y sus espíritus se enardecen en ansias de martirio. Los cristianos se disputan después las reliquias para venerarlas.
El 19 de agosto y el 10 de septiembre de 1.622 tienen lugar dos espectaculares martirios, el segundo de los cuales es conocido como 'El Gran Martirio de Nagasaki". Más de 67 cristianos, entre pelotones de soldados, son conducidos al "Monte de los mártires". De ellos, 17 son sacerdotes. En el gran escenario hay plantados 25 postes rodeados de leña para otras tantas víctimas. En la misma explanada van colocando en filas a los que han de ser decapitados. Ante una multitud de 30.000 a 40.000 espectadores, que entonan himnos y salmos de alabanza a Dios, arden lentamente los 25 cristianos. Un golpe seco de espada separa la cabeza de las demás víctimas. La multitud se enardece y da gracias al Señor. Un verdadero triunfo. Una apoteosis de fe. Magdalena cuenta ya doce o trece años de edad. Y arde también ella en ansias de martirio.
8. Huérfana de padres mártires
Un día los esbirros rodean la casa de los padres de Magdalena. El padre es una persona importante, una cabeza de familia y, como tal, tiene que abjurar ante los jueces de su fe cristiana. O quizá ha hospedado a alguno de esos sacerdotes que andan por la ciudad camuflados de comerciantes. Los padres y los hermanos de Magdalena tienen una fe recia. Están dispuestos a dar mil veces la vida por Cristo, antes que apartarse de la fe. Los esbirros se llevan a toda la familia: los padres y varios hermanos. Atados como malhechores, los conducen a las angostas y sucias jaulas de la ciudad, donde esperarán la muerte.
¿Y la hija Magdalena? Quizá en esos momentos no se hallaba en casa. O, más probable, los esbirros se han conmovido ante su tierna edad. Es todavía una niña grácil, un capullo sin abrir. No se atreven a poner las manos sobre ella. La jovencita se queda llorando. No quiere ser separada de su familia. También ella desea entregar su sangre por Cristo. Y se hace mil preguntas, que la perseguirán durante toda la vida. ¿Por qué ha elegido Dios a todos los de su familia y no la ha querido a ella? ¿Será quizá indigna del martirio? Recuerda haber oído muchas veces que el martirio es un don de Dios. Y pide al Señor que le dé un día ese regalo. Pero, por el momento, no ha llegado todavía su hora.
Un día ve conducir a sus padres y hermanos al lugar del martirio, al que asiste llorosa e impotente. Ignoramos la fecha en que fueron sacrificados. Formaban tal vez parte del grupo de víctimas del "Gran Martirio" de Nagasaki. Aquella escena no la olvidará jamás. En el aire han quedado flotando la sonrisa de sus padres y hermanos y la melodía de los cánticos que entonaban mientras los conducían al patíbulo.
Magdalena ha perdido lo único que estimaba en su vida. Huérfana, con el pensamiento en el cielo, sólo abriga ahora un deseo: consagrarse al Señor y poder derramar un día su sangre por Cristo, su Amado. Libre ya de los cuidados terrenos, sola en el mundo, se dedica a la penitencia, a la oración, al apostolado. "Gastaba muchas horas, día y noche, - escribe el citado padre Andrés - no solamente en devociones y penitencias, sino también en alta contemplación de la pasión de Cristo, redentor nuestro, y de la gloria de los bienaventurados, sacando de tales cosas tales afectos que sus ojos eran fuentes de lágrimas".
9. Dos padres espirituales y una nueva familia
El 20 de junio de 1.623, a pesar de la estrecha vigilancia de las costas, llegan al puerto de Ichiki 11 nuevos misioneros. Vienen de Filipinas. Un viaje venturoso. Una tormenta los ha arrojado a las costas de China. Han perdido a un dominico. Después de haberle aserrado una pierna en el intento de salvarle la vida, ha muerto en medio de horribles dolores. El mar ha sido su tumba. El 14 de octubre del mismo año, los intrépidos misioneros, vestidos de comerciantes, entran en Nagasaki.
Entre los recién llegados llaman pronto la atención dos misioneros: Francisco de Jesús, 33 años, de Villamediana (Palencia), fuerte y fornido, y Vicente de San Antonio, portugués, de la misma edad, pequeño y delgadito, todo nervio y vitalidad. Se distinguen por la austeridad de su vida, por su pobreza, por su ardor apostólico. Centellea en sus ojos una extraña luz, la luz extraña de los avezados a ver a Dios en las cumbres relampagueantes de la oración contemplativa.
Son agustinos recoletos, los primeros que llegan a Japón. Viven todavía fresco y pujante el carisma de la Recolección, que había nacido pocos años antes, bajo la acción del Espíritu Santo. Fue en un capítulo provincial de los agustinos de Castilla, celebrado en Toledo en los meses de noviembre y diciembre de 1.588. Los dos recoletos se rigen por la Forma de vivir los frailes agustinos descalzos, escrita por el famoso fray Luis de León: dos horas de oración, un tosco sayal, alpargatas, maitines a media noche, pobreza absoluta. Vicente y Francisco cumplen las reglas con todo el rigor.
Los agustinos recoletos se habían hecho notar ya en varias ciudades de España. En Filipinas, de donde vienen los recién llegados, la rigidez de su vida y su celo apostólico los ha hecho famosos. Llegan a la hora tercia al campo apostólico de Japón, pero el ardor y el ímpetu que nace de su carisma, de su íntima unión con Dios, les hará producir muchos frutos. Vicente, el portugués, se queda en Nagasaki. Francisco sigue hasta la isla de Hiroshima, para aprender la lengua, y vuelve a Nagasaki en el mes de septiembre de 1.624.
La joven Magdalena se siente atraída por la austeridad de la vida, por el celo apostólico y por el aura de espiritualidad que emana de los dos frailes recoletos.
Ha hablado muchas veces con el padre Vicente y le ha expuesto sus inquietudes y sus deseos. El buen misionero la ha comprendido y la ha animado a vestir el hábito de terciaria agustina recoleta. Es lo que deseaba la joven Magdalena. "Con humildad y lágrimas - escribe el padre Andrés - pidió al santo fray Francisco de Jesús, vicario provincial... le diese el hábito de religiosa". Era probablemente el año 1.624. Un año más tarde emitiría los votos de obediencia y de virginidad.
Magdalena no es propiamente una religiosa, una monja. Es una terciaria de los agustinos recoletos, una persona consagrada que vive el ideal de la vida religiosa trabajando en el mundo. Desde el día de la profesión forma parte de la familia agustina recoleta. Ha perdido a sus padres, pero ha encontrado otros padres que la aman en Cristo y la dirigen en el camino de la vida hacia la santidad.
Y encuentra pronto también una numerosa familia que la arropa. No está ya sola. Otros hermanos terciarios y terciarias van engrosando en Nagasaki la familia. Ella, Magdalena, es la primogénita, la hermana mayor, la que da a todos ejemplo de austeridad y de celo apostólico. Y cuando pierda de nuevo a sus padres, dado que es la hermana mayor, será la madre de todos sus hermanos y hermanas, como sucede en las familias.
10. Colaborando con los misioneros
Magdalena es desde el principio el brazo derecho de los padres Vicente y Francisco. Vive en su casa, formando una familia. Les sirve con amor casto y se une a sus rezos. Es el enlace de los padres con los cristianos. Los conduce "de noche" a casa de los enfermos y moribundos, o de los que tienen necesidad de sacramentos. Su buena formación religiosa, su natural simpatía, su ardiente amor a Cristo, su afán por dar a conocer a su Amado, la convierten en una catequista sin igual, en una mensajera de paz. Misionera aguerrida, apóstol incansable, es un ángel de Dios, que lleva a todos el consuelo de sus palabras, envueltas en sonrisa y en amor virginal.
Su vida, y la vida de los padres, no está exenta de peligros. En 1.625, el shógun Hidetada, con el ánimo de acabar de una vez con la pesadilla de Nagasaki, nombra como gobernador a Minuzo Kawachi (1.625-1.629), uno de los más feroces perseguidores de los cristianos. Como acto de presentación, hace quemar vivos a 9 misioneros jesuitas que estaban en la prisión, y a un gran número de cristianos. Ordena que se hagan nuevos rastreos por la ciudad y por los montes. Muchos misioneros y cristianos caen en manos de los esbirros.
Los padres, y la misma Magdalena, se ven envueltos en continuos peligros. Cambian continuamente de casa y no saben dónde poner los pies. Recurren a toda clase de artimañas y estratagemas para no caer en la red.
El padre Francisco, como escribe en sus cartas, se ve obligado más de una vez a disfrazarse. En una ocasión estuvo escondido durante cinco días en una especie de sepultura excavada en el solar de una casa. Escapó "vestido con hábito de mujer". Otra vez se disfraza de vendedor ambulante "bien teñida la cara y las manos del color conveniente".
El padre Vicente no es menos ingenioso en los disfraces. Generalmente se viste de comerciante portugués. Una vez se había vestido de soldado japonés. Llevaba un uniforme militar, con dos espadas en la cintura y un turbante (hachimaki) en la cabeza: "cimitarra e daga, que me messe due et un panno involto nella testa". Al pobre le salió mal. Lo reconocieron y tuvo que huir a uña de caballo a los montes.
Otro día fue a confesarse con los franciscanos. Hubo una irrupción de guardias. Prendieron a dos padres franciscanos, y él, a pesar de sus artimañas, estuvo a punto de caer, porque, como escribe con gracia en una carta, "están los malditos verdugos tan agudos que ya no valen trazas".
En 1.626, el padre Vicente y el padre Francisco, para evitar que los atrapen a los dos, deciden separarse. El padre Francisco, hombre andarín y aventurero, se dirige con tres padres franciscanos al norte de Japón. Dos meses de un interminable viaje, lleno de sustos y de peligros. Se establece en Óshu, a 500 leguas de Nagasaki. En menos de dos años convierte y bautiza a más de 800 japoneses.
Magdalena se ha quedado en Nagasaki, junto con el padre Vicente. Con él continúa su labor de apostolado. Juntos visitan a las familias de comerciantes portugueses, sus bienhechores: la casa de Isabel Cordeira, de Gervasio Garcés, de Alvaro Pereira, de Antonia Braga, del capitán Macedo, del comerciante Fiallo Ferreira, que les ayuda con muchas limosnas. A Magdalena le gusta exhibir su hábito negro, ceñido con una luciente correa. Se lo ha regalado el padre Vicente, como referirá un testigo. Así la recordarán después, cuando declaren en el proceso sus amigas.
Entre tanto, la vigilancia de la ciudad se hace cada vez más sistemática y cruel. Cientos de esbirros recorren las calles y vericuetos de la ciudad. A los cristianos que no quieren renegar de la fe los tapian dentro de sus casas "clavando puertas y ventanas", y allí mueren de hambre". A los que viven en chabolas más de 400 - los echan a los campos, despojados de todo, y prohiben bajo pena de muerte que nadie les ayude. En el rastreo han caído también dos padres franciscanos, las familias que los habían ayudado y varios terciarios. El 17 de agosto de aquel año 1.627, diez prisioneros son quemados vivos y los ocho restantes degollados.
Tanto trabajo, tanta desolación no logran abatir el ánimo de Magdalena y de su padre espiritual. En una carta del mes de octubre, el padre Vicente escribe al provincial:
El año 1.628 no va a ser más tranquilo. Nuevos rastreos, nuevas amenazas de muerte, nuevos prisioneros. El gobernador Kawachi, acusado por el shogun de incapacidad para acabar con los cristianos, cambia de táctica. Con horribles torturas, hace apostatar a los cristianos más débiles y luego los deja en libertad, para que los demás vean qué le sucede al que se niega a renegar de la fe. No les espera el martirio, que todos ansiaban, sino la mutilación, las torturas, el expolio de todos los bienes.
Por la ciudad caminan como espectros, como cadáveres ambulantes, hombres y mujeres famélicos, demacrados, algunos con horribles mutilaciones. Ante tal espectáculo, miles de cristianos huyen a los montes. Están dispuestos a sufrir el martirio, pero no a verse reducidos a aquel estado.
A los misioneros, a los cristianos irreductibles, Kawachi los condena a muerte. El 8 de septiembre de aquel año 1.628 Magdalena asiste a un nuevo espectáculo horrible. Plantada una hilera de doce columnas rodeadas de leña húmeda, atan en ellas a otros tantos cristianos, entre ellos a dos franciscanos y a un dominico. Delante de las columnas otra hilera de doce víctimas. Son los hijos de los amarrados a las columnas, algunos todavía niños. A un golpe de espada, las cabezas ensangrentadas caen a los pies de los que van a ser quemados vivos. Al espectáculo asisten impasibles el mismo Kawachi con sus satélites.
Ni las torturas, ni las amenazas, ni la diabólica saña de Kawachi y de sus sicarios, ni las atrocidades perpetradas logran arrancar de raíz el cristianismo de la ciudad. Kawachi, como los gobernadores que lo precedieron, se estrellará contra la resistencia de los cristianos. Hoy reniegan los cabezas de familia y al día siguiente, bajo la acción de los misioneros y catequistas, proclaman de nuevo su fe.
Es ésta la principal ocupación de Magdalena. Conoce a todos los cristianos y todos la respetan. Recorre ansiosa los hogares, anima a los caídos a levantarse, le echa en cara su traición, les hace ver la brevedad de la vida, la gloria que les espera si perseveran en la fe aun a costa de su sangre. Sus palabras son fuego que enciende los ánimos, y a la vez bálsamo que cura las heridas e infunde fuerza y serenidad.
Pero ¿cómo hacer para asistir a tantos cristianos, para animar a tantos caídos en la apostasía? El padre Vicente ha quedado prácticamente solo en la ciudad. Uno a uno, han ido cayendo casi todos los misioneros. Es necesario llamar al padre Francisco, que anda misionando por el norte, a cientos de kilómetros.
12. Juntos ante el peligro
El padre Francisco, ante la llamada angustiosa de su compañero, deja con gran pena su misión de Mongami y corre hacia Nagasaki. Llega a finales del 1.628.
Los dos misioneros, con la preciosa ayuda de la incansable Magdalena, logran sostener a la dispersa cristiandad de Nagasaki. Atraen además a cientos de terciarios y de cofrades de la cofradía de la correa, o de la Virgen de la Consolación. Han admitido incluso a varios hermanos, que emitirán los tres votos religiosos e n manos del padre Francisco en la cárcel de Ómura. Son los hermanos Yoyemon y Fachiro, de la isla de Hriashima, el hermano Kishiro, de un pueblecito cercano a Nagasaki, el hermano Pedro de la madre de Dios, del norte de Japón, de donde vino con el padre Francisco, y los hermanos Lorenzo y Agustín. Todos morirán más tarde degollados.
La creciente comunidad agustino recoleta, a la que pertenece también Magdalena, se ha reunido ante el peligro. Tendrá que abandonar pronto la ciudad. Se preparan tiempos todavía más duros, que llevarán a la aniquilación total de todos los misioneros y a la asfixia de toda manifestación religiosa. La obra de la aniquilación de la cristiandad de Nagasaki ha sido encomendada al perseguidor más inhumano y cruel que conoció Japón.
13. Huyendo hacia los montes
En la primavera de 1.629, dado que el gobernador Kawachi, a pesar de todo su odio satánico, no había logrado extirpar la cristiandad de Nagasaki, el shogun Iemitsu nombra en su lugar a Unemedono Takenaka. Muchos cristianos, nada más oír su nombre, huyen despavoridos a los montes antes de su llegada. En efecto, Unemedono se ha ganado el sobrenombre de "demonio encarnado", como lo llama el padre Domingo d e Erquicia.
Llega a Nagasaki a finales de julio de 1.629. Viene con aires de guerrero implacable, acompañado de un ejército de 500 esbirro, para dar caza a los misioneros y sacarlos de las madrigueras que tienen en la ciudad y en los montes. Antes de que Unemedono cerque la ciudad, más de mil familias huyen a otros reinos o se esconden en los montes.
Magdalena, los padres Francisco y Vicente y los hermanos donados, siguiendo al rebaño disperso., ~ esconden también en los riscos de las montañas. 5 e dedican allí a ayudar a los cristianos. Piden ropas y alimentos a los comerciantes portugueses para socorrer a los más débiles y a los enfermos. Se han hecho mendigos de Dios. Todo es poco para los pobres.
En los montes de Nagasaki, desde el mes de octubre hace mucho frío, y es difícil procurarse el alimento. Los padres se preocupan de recoger las limosnas. Magdalena y los hermanos donados las distribuyen a los más necesitados. Y "para que los pobres tuviesen qué comer, -declararán los testigos - se pasaban ellos con agua de frijoles todo el día". El padre Vicente entiende algo de medicina. Cura a los enfermos y asiste a los moribundos. La inseparable Magdalena hace de enfermera. Sus manos blancas y delicadas, su sonrisa, su serenidad, ejercen una acción benéfica en los enfermos.
Por los montes anda también el dominico Domingo de Erquicia, un vasco que había llegado a Japón con los padres Vicente y Francisco, a quienes le une una estrecha y santa amistad. El también tiene muchas aventuras que contar a sus amigos. Ha tenido que pasar todo un día escondido en un montón de paja. Y cuando intentó huir en una barca, "conocí - escribe el padre Erquicia - que había dado con los cuernos del toro y me eché a Dios y ventura debajo de la vela".
El padre Francisco recordará meses más tarde los apuros que pasaron en esas dolorosas circunstancias: "Cuantos por estas partes andábamos - escribe en una carta - hemos sido tan perseguidos que, como liebres huyendo de los galgos, aquí nos cogen, aquí nos escapamos, caímos en la red".
Como medida de prudencia, los padres Francisco y Vicente deciden separarse de nuevo. El día de san Agustín, 28 de agosto, después de celebrar la fiesta en compañía de los hermanos donados, de Magdalena y de algunos terciarios, se dan el abrazo de despedi4a.
Quizá no volverán a verse más. Magdalena y los terciarios derraman lágrimas de emoción. El padre Francisco se queda en las inmediaciones de Nagasaki. Con él queda Magdalena y alguno de los hermanos. El padre Vicente se dirige a la isla de Hirashima. Se lleva a los hermanos Yoyemón y Fachiro, naturales de aquel lugar. Ellos conocen bien la isla y podrán encontrar allí un refugio.
A los montes llegan noticias tremendas de la ciudad. Se dice que Unemedono somete a torturas terribles a los cristianos. A unos les corta los dedos con tenazas; a otros les rompe los dientes con piedras o los manda a las aguas hirvientes de Unzen para hacerlos renegar. Entre sustos y sobresaltos continuos pasan Magdalena y el padre Francisco los meses de septiembre y octubre de aquel año 1.629. Esta vez no podrán escapar de los rabiosos esbirros.
14. Prisión de los padres
Noviembre de 1.632. Los esbirros de Unemedono recorren palmo a palmo los montes cercanos a Nagasaki. Con la autorización y la ayuda de los daimyo de los feudos vecinos, pasan los límites de la provincia y baten también los montes de Ómura y de Arima. Registran las cuevas de los montes, las cavidades excavadas por el mar, los riscos más inaccesibles. Y allí donde la maleza obstruye su paso, la talan o la queman.
Durante esa batida capturan a varios misioneros, entre ellos al padre Francisco. Estaba escondido en los montes de Kurosaki, un pueblecito distante 25 kilómetros de Nagasaki. Es el día 27 de noviembre. Han apresado también al padre Bartolomé Gutiérrez, agustino, y al padre Antonio Ishida, jesuita. Magdalena asiste impotente y llorosa a la captura de todos estos misioneros que ella conocía, y sobre todo a la de su padre Francisco.
Pocos días después circula entre los cristianos refugiados en los montes otra triste noticia. H a n capturado también en la isla de Hirashima al padre Vicente, su padre espiritual, su inseparable compañero de tantos trabajos y fatigas.
Un verdadero ejército de 600 soldados, con 30 barcas, había ido a buscarlo y había circundado la isla. Algún espía había traicionado al padre Vicente. Este, visto el peligro, se había refugiado en un monte lleno de maleza. Lo acompañaban el terciario hermano Pedro Yoyemón x su suegro Pedro Cusuque.
Los soldados, para hacerlo salir de su escondite, habían dado fuego al monte por los cuatro costados. Metido en la cavidad de una gran roca durante cinco días, sin comer ni beber, había estado a punto de morir asado. Sus compañeros Yoyemón y Cusuque, que habían salido de la cueva en busca de algo para comer, cayeron presos enseguida.
A los soldados interesaba el padre Vicente. Por fin, el día 25 de noviembre, lo habían encontrado. Era la mejor presa de esa cacería. Durante la batida habían caído en las redes también 100 cristianos, casi todos terciarios o cofrades agustinos recoletos. Ahora los traían presos a las jaulas de Nagasaki.
Todas estas noticias llenan de infinita amargura a la pobre Magdalena. Recuerda el día en que apresaron a sus padres y hermanos y, como entonces, derrama lágrimas amargas.
Su primera preocupación es visitar a sus padres espirituales. Los encuentra encerrados en jaulas estrechas y bajas, atenazados sus pies con cepos de hierro. A pesar de todo, están contentos y cantan himnos al Señor. Esto levanta el ánimo de Magdalena.
Desgraciadamente, el día 11 de diciembre trasladan a los prisioneros a las cárceles de Ómura. Es difícil llegar allí. El padre Domingo de Erquicia, para poder visitarlos y confesarse, ha tenido que ir "por el camino de la plata", es decir, corrompiendo a los guardas con dinero. Él le trae noticias. Recibe además cartas. Le cuentan sus padres espirituales que están contentos, y le dan consejos para que prosiga su trabajo de apostolado.
El 26 de diciembre de 1.631 Magdalena recibe el mejor regalo de Navidad. Han trasladado a los padres a las cárceles de Nagasaki. Ahora puede visitarlos, recibir sus consejos personalmente y contarles tantas cosas.
Esta dicha le durará poco. El 5 de diciembre del mismo año Magdalena vio sacar a los prisioneros de sus jaulas para atormentarlos en las hirvientes aguas de Unzen. "Los llevaban en caballos, - declarará un testigo -amarradas las manos y les iban siguiendo muchas mujeres, hombres y niños... a los cuales (los padres) predicaban la fe cristiana
El día 6 de enero de 1.632 acude con sus amigas al regreso de los prisioneros que volvían de Unzen. "Los traían en sillas de mano - añade otro testigo directo - y venían desollados y quemados, tan débiles que de ninguna manera se podían sustentar en pie". Las aguas sulfurosas que les habían aplicado varias veces, habían abierto surcos profundos en sus espaldas. Olían a azufre y a carne putrefacta. Como fardos de leña mal atados "los echaron en el suelo de las jaulas".
Magdalena los visita varias veces en la prisión. Los encuentra demacrados. Les dan para comer solamente una sardina salada y una escudilla de arroz prieto, que aun para perros no era bueno". Tienen todavía las llagas abiertas. "En las hendiduras de la carne putrefacta -declara un testigo - les criaban los gusanos... el aliento que por la boca inspiraban era puro azufre, que no había quién pudiera estar junto a ellos'.
A pesar de todo, están alegres en medio de tantos sufrimientos, hasta el punto que el padre Francisco escribe en una carta: "Estamos todos tan contentos y lo pasamos con tanto gusto, que a buen seguro ni por las mejores cuatro mitras del mundo ni aun por la tiara del Papa lo trocáramos". Pasan el día entonando cánticos y salmos.
Magdalena se siente confortada cuando va a visitarlos. Es su mensajera, su mano derecha, el mejor enlace con los cristianos que todavía resisten y andan escondidos por los montes. Le están tan agradecidos que el padre Vicente, en una carta que escribe el 15 de febrero de aquel año 1.632 a un conciudadano y amigo suyo, le dice:
Doy a vuestra merced las gracias de las mercedes que hace a mi beata [terciaria]. Ella está muy agradecida y sé que encomienda a Dios a vuestra merced. Es huérfana y desterrada, y tuvo su padre mucha tierra en Arima. Ahora se halla como vuestra merced lo ve por amor a la fe que profesa. Muchas de estas piedras preciosas hay en Japón. La limosna que le hace no se echa en saco roto".
Se trata seguramente del capitán Juan Ferreira, amigo y bienhechor del padre Vicente. Le había proporcionado muchas veces, cuando andaba escondido por los montes, ropa y alimentos para que socorriese a los pobres cristianos. Ahora es Magdalena la depositaria de tales limosnas, y es ella quien las lleva a los pobres refugiados "para darles de comer y para que se vistiesen y amparasen del frío".
15. Huérfana para siempre
Durante los primeros meses de 1.632 hay un momento de pausa en la persecución. El shógun Iemitsu, que ha sucedido a Tokugawa Hidetada, muerto en marzo de aquel año, está demasiado ocupado en afianzar el poder y en reducir a algunos daimyó rebeldes.
A finales de agosto, dominados los conspiradores y asegurada su ascensión al trono, Iemitsu, que había de exterminar a todos los misioneros y había de ser el autor del Sokoku, es decir, del cierre total de Japón a todo contacto con el mundo exterior, manda ejecutar a todos los misioneros que están en las cárceles de Nagasaki.
El día uno de septiembre Unemedono, cumpliendo las órdenes del shogun, hace preparar una gran cerca de leña y plantar en su interior 6 columnas, donde habían de ser amarrados los 6 religiosos prisioneros para quemarlos vivos. El martirio debe servir de escarmiento, y por eso se ha dejado libre el acceso al lugar del martirio.
Al día siguiente, 2 de septiembre, viene conminada al padre Vicente, al padre Francisco y a los otros cuatro misioneros la sentencia de muerte. Si no reniegan de la fe, serán quemados vivos al día siguiente. Ven todos en la sentencia un acto de liberación. El padre Vicente, lleno de un profundo gozo, escribe en un papel la siguiente declaración que firman todos:
"Alabado sea el Santísimo Sacramento. Para honra y gloria de nuestro Señor digo que hoy, jueves, segundo día de septiembre, llegó a la cárcel un recaudo del tirano en que decía [...] que mañana u otro día ejecutarían la sentencia de quemarnos vivos [...]. Respondimos todos aunados que la vida que teníamos daríamos cada vez y cuando ellos nos la quisiesen quitar y que estábamos prestos y alegres para darla por su amor y por su evangelio.
Sea el Señor de misericordias loado en las maravillas que usa con nosotros, tan indignos de ellas [...]. Pedimos todos encarecidamente a vuestras mercedes que nos encomienden a Dios. Hasta la muerte, hasta la muerte, no se ha de negar". (Siguen las firmas del padre Vicente y de los otros cinco misioneros).
El día 3 de septiembre, a las diez de la mañana, sacan de las jaulas a los seis prisioneros. Caminan hacia el "Monte de los mártires" atados con una soga al cuello. En sus espaldas llevan colgando un letrero que dice:
Llegados al lugar del martirio, se abrazan, besa cada uno de rodillas su columna y se dejan maniatar. Magdalena, como las santas mujeres al pie de la Cruz, asiste llorosa al supremo sacrificio. También aquel día era viernes. Seis columnas de humo negro y denso van a unirse en las alturas, como único holocausto ofrecido al Señor.
Se oye el crepitar de la leña y de la paja húmedas y el crujir de los cuerpos que se encogen al calor de las llamas. Hay olor penetrante a carne chamuscada. Entre el humo se entrevé al padre Vicente mientras saca del pecho un crucifijo y, alzándolo, grita: "¡Viva, viva la fe de Cristo!". Los otros religiosos responden: "¡Viva!". Después un silencio profundo. La multitud se arrodilla y da gracias a Dios, porque ha sostenido a sus mártires.
Magdalena, llorosa, vuelve de nuevo a los montes. Se dice que están para llegar dos agustinos recoletos de Filipinas. Espera con ansia su llegada. Al menos no quedará completamente huérfana y sola.
Llegan al día siguiente, sábado, 4 de septiembre. Se llaman Melchor de San Agustín, granadino, y Martín de San Nicolás, zaragozano. Son jóvenes. Tienen apenas 33 y 34 años respectivamente. El padre Domingo de Erquicia les ha aconsejado que se escondan en los montes. Se han ido con Miguel Kosobosama y otros terciarios agustinos recoletos, los cuales les han preparado un escondite en los montes.
Allí los encuentra Magdalena, la infatigable catequista, la heredera espiritual de los dos insignes mártires, que acaban de ser sacrificados. Los abraza y los presenta orgullosa a los cristianos. Les sirve con devoción y trata de hacerles aprender la lengua. De noche los lleva a otros refugios para que administren los sacramentos a los moribundos. Ella, que conoce muy bien los parajes, va y viene. Como una diaconisa, lleva la comunión y cura a los enfermos.
Desgraciadamente, los dos misioneros, acostumbrados al clima cálido de Filipinas, no pueden soportar el frío intenso y la humedad de los montes. A finales de octubre caen enfermos. Les había aconsejado el padre Domingo de Erquicia que por ningún motivo abandonaran sus refugios y, sobre todo, que no bajasen a la ciudad. Lo mismo le ha dicho Magdalena. Ellos no temen los peligros. Se sentirían gozosos de sufrir por Cristo.
El 2 de noviembre, todavía de noche para no ser descubiertos, bajan a Nagasaki. Los reconocen inmediatamente los chinos que los habían traído a Japón, y los denuncian. Esperan cobrar el premio que el gobernador ha prometido a quienes denuncien a un misionero. Ese mismo día los encierran en las jaulas que habían ocupado poco antes sus hermanos en religión Francisco y Vicente. Les espera la misma pena: la muerte a fuego lento. Ni el padre Erquicia ni Magdalena pueden visitarlos, porque han puesto estricta vigilancia.
El día 11 de diciembre los llevan al lugar del suplicio. Para escarmiento de todos, esta vez van a martirizarlos en el lugar donde ejecutan a los malhechores, es decir, unos metros más arriba.
Atados por un dedo a sendas columnas, los verdugos dan fuego a la leña. Las víctimas bendicen a la multitud se disponen al sacrificio. Melchor muere pronto. Martín dura algunas horas en el suplicio. Han asistido al martirio su protector, Domingo de Erquicia, un padre agustino japonés llamado Tomás, que se hacía pasar por mozo de cuadra del gobernador Unemedono, Magdalena y cientos de comerciantes portugueses.
Esta vez la pobre Magdalena ha quedado huérfana para siempre. No le queda siquiera el consuelo de su hermano terciario Miguel Korobosoma. Lo habían apresado con los padres y el día 15 de noviembre lo han quemado vivo en el mismo lugar. Caen también degollados sus amigos Miguel Moysomón, Luis Singó, Domingo Samo y Juan Rama, por haber ayudado a los padres Martín y Melchor. Todo suena a desolación, a exterminio. A la pobre Magdalena le quedan todavía dos años de duro trabajo antes de saborear las delicias del martirio tan deseado.
16. Misionera solitaria
Magdalena ha quedado completamente sola en las montañas de Nagasaki. Le va a tocar asistir a la última y más cruel embestida de la persecución. A gusto se entregaría a los verdugos, pero siente la responsabilidad de sus hermanos, los terciarios agustinos recoletos. Además, la reclaman los pobres, escondidos en los montes. No puede abandonar a los que ha engendrado en la fe, a los que ha levantado en el camino.
Los cristianos, exhaustos, empiezan a flaquear, y no hay quien los anime. Y allí se va ella a los montes para compartir las penas y aflicciones de sus conciudadanos. Todos reclaman su presencia. Su sonrisa inspira serenidad y da vigor al espíritu. Había aprendido del padre Vicente algunos principios de medicina, que ahora le sirven para curar a los enfermos. Infunde en todas partes optimismo. Trata de esconder un triste presentimiento. Ve que está llegando el fin de la cristiandad.
En efecto, el shogun Iemitsu, en la primavera del 1.633 destituye al gobernador Unemedono, acusado de negligencia en la persecución de los cristianos. Su cinismo y su soberbia se habían estrellado contra el tesón de los cristianos y había caído en la apatía. En su lugar el shogun ha puesto dos gobernadores, para que se vigilen el uno al otro. Se llaman Soga Matazayemon e Imamura Denshiro.
Los nuevos gobernadores se dirigen a Nagasaki con propósitos brutales, para dar la última embestida. Traen ideas nuevas. Han inventado un tormento terrible: el de la horca y hoya. Han preparado un formulario de apostasía satánico, para que el cristiano apóstata caiga en la desesperación y no haya lugar a equívocos. El renegado invoca sobre sí los castigos divinos si su apostasía no es sincera. Han generalizado el efumi, es decir, la práctica de pisar el crucifijo o la imagen de la Virgen María.
Magdalena se multiplica para no dejar caer en la desesperación a los extenuados y atemorizados cristianos. Espera siempre con ansia la visita de alguno de los misioneros que andan por Ómura o por otras partes de Japón. Pasan meses sin que se vea un sacerdote.
El 4 de julio de ese mismo año 1.633 han cogido al dinámico padre Domingo de Erquicia, que aparecía de vez en cuando por esos parajes. El 24 de agosto lo someten al suplicio de la horca y hoya, juntamente con otros 13 cristianos. Ahora lo suple con esporádicas visitas el padre Jordán de San Esteban, también dominico, que anda escondido por los montes de Ómura. Tres veces ha venido a los montes de Nagasaki desde que apresaron al padre Domingo. Magdalena ha aprovechado la ocasión para confesarse.
En una de esas raras visitas, probablemente a finales del mes de julio en que el padre Jordán se había trasladado de Ómura a los montes de Nagasaki para curarse de una enfermedad, el celoso dominico invita a Magdalena a inscribirse en la tercera orden dominica y a vestir simbólicamente el hábito blanco de terciaria. En aquel tiempo era común pertenecer a dos o más órdenes terceras. Magdalena acepta a condición de continuar vistiendo el hábito de terciaria agustina recoleta. Se siente profundamente agustina y no puede renunciar a su querido hábito, que le había regalado el padre Vicente. Lo llevará hasta el momento del supremo sacrificio.
Pocos días después, precisamente el 4 de agosto, mientras celebraba la fiesta de santo Domingo juntamente con su hermano en religión Tomás de San Jacinto, lo sorprenden los guardias, que desde hace tiempo lo acosaban. Eran los únicos dominicos que quedaban en Japón. Ambos morirían en el tormento de la horca y hoya a mediados de noviembre de aquel mismo año.
17. Una víctima propiciatoria
En los montes de Nagasaki no se encuentra ya sacerdote alguno. Magdalena, como una sacerdotisa, trata de suplir la falta de sacerdotes. Entre tanto la persecución se hace cada vez más dura. Durante el suplicio de la horca y hoya algunos cristianos, incluso algún misionero, han renegado de la fe. Carabinas de cristianos son conducidas a las aguas sulfurosas de Unzen. Llega la desbandada. Las apostasías se multiplican.
No basta ya la palabra encendida de Magdalena. Hace falta una víctima, que sirva de ejemplo y de testimonio, y restituya la fortaleza a los atemorizados cristianos. Ella, la "sacerdotisa", como la llama un testigo, se ofrecerá como víctima. Su ejemplo podrá servir quizá para frenar aquel triste desfile de apóstatas. Quiere además humillar a los tiranos. Por otra parte, no logra borrar de su recuerdo a su familia, a sus padres espirituales, a tantos terciarios que están gozando de la dulce compañía de Dios. Quiere encontrarlos y encontrar a su Amado. En su pecho arde una llama que la empuja irresistiblemente hacia Cristo.
Pero ¿cómo hacer? Los guardias sienten hacia ella un temor reverencial. Mil veces han tenido ocasión de apresaría y no han querido hacerlo. Su juventud, su delicadeza les provoca una mezcla de compasión, de ternura y de temor reverencial. Ninguno había osado jamás poner las manos sobre ella. Era demasiado hermosa y delicada para arrastrarla con la masa de los cristianos desharrapados que eran conducidos cotidianamente a las cárceles y después al suplicio.
Si quiere ser arrestada y condenada a muerte, tendrá que denunciarse a sí misma. Lo ha pensado mucho y lo hará. Sus amigos le suplican que no los abandone. Pero su espíritu victimal, sus ansias de ser como Jesús, hostia propiciatoria, sus anhelos de ir a gozar de la compañía de sus padres espirituales, pueden más que los ruegos de los amigos.
Un buen día de septiembre, a primera hora de la mañana, se viste con el habito de terciaria, se arregla como quien va a una fiesta, y, después de despedirse de los terciarios y cristianos, baja decidida a la ciudad. En su mano lleva un pequeño hato. Todos se preguntan: "¿qué puede llevar Magdalena dentro de ese hatillo ?".Pero nadie osa preguntárselo.
No es difícil imaginar cómo serían aquellas despedidas. ¡Abrazos y lágrimas, consejos encendidos de Magdalena, últimas tentativas para retenerla, aclamaciones a la Judit del pueblo de Nagasaki, sumergido en angustias de muerte!
La valerosa catequista se presenta a los guardias, vestida de terciaria. Un verdadero desafío. No tendrán otro remedio que apresaría. Los guardias se sienten atemorizados. Le dicen - escribe el cronista dominico Aduarte - "que es mujer moza y flaca, y no podía sufrir tan terribles tormentos [...] y, aunque ella replicó y quisiera quedar presa, no la oyeron, y ni la quisieron prender".
18. La prisión
Magdalena no se da por vencida. También ella tiene derecho a entregar su sangre por Cristo. Y con el misterioso hatillo en la mano y el hábito como bandera se presenta directamente a los jueces. Alega que es cristiana, que los guardias no la han querido apresar y que quiere ser juzgada. Los jueces registran su misterioso hatillo. Encuentran en él - refiere un testigo - "un libro espiritual escrito por fray Luis de Granada [se trata seguramente de la Guía de pecadores, publicada pocos años antes en Nagasaki] y un calendario para saber las fiestas de precepto". Los jueces le hacen notar que todo eso está prohibido por las leyes, y se lo confiscan. Esa misma mañana mandan meterla en una de las jaulas.
Las autoridades tienen sumo interés en hacer apostatar a aquella joven. Sus padres eran nobles y ella tenía mucha fama en Nagasaki. Le dicen que es joven y bella, le ofrecen riquezas, prometen casarla, refiere un testigo "con uno de los principales señores" de Japón. Responde Magdalena "que ya estaba casada, que era esposa de Cristo nuestro Señor". Nada le hará apartarse de su Amado.
De las promesas pasan las autoridades a las amenazas y a las torturas. Esperan poder doblegar a la indómita e intrépida joven, aplicándole los tormentos que ya han doblegado tantas voluntades. En primer lugar la cuelgan de los brazos, dejándola varias horas suspendida en el aire. "Parecióles a los jueces - escribe el cronista dominico - que con el dolor, descoyuntados los brazos, habría mudado intento, y volviéronla a preguntar si quería dejar la ley de los cristianos... Respondió... que estuvieren ciertos que, ni por este ni por otros muchos mayores que la diesen, dejaría la ley cristiana".
Pasan después al tormento más horrible. Le meten "cañas tostadas entre las uñas de los dedos de las manos -prosigue el padre Aduarte y confirman varios testigos - y le mandan que con los dedos así clavados y acañaverados arase o arañase la tierra, cosa horrenda aun para referirse. Pero no fue bastante a la que tenía en su ayuda al Omnipotente".
Los verdugos pierden la paciencia y una y otra vez la introducen boca abajo en una tinaja llena de agua, hasta dejarla extenuada y sin respiración. A continuación le aplican el tormento del agua ingurgitada. Le hacen beber grandes cantidades de agua, introduciéndosela a presión con un embudo, hasta que queda "como una pipa llena". Después presionan saltando sobre su vientre. El agua vuelve a salir teñida de sangre - añade el referido cronista - "por boca, oídos, ojos y narices".
Los tiranos se dan por vencidos. Se ven obligados a volver a Magdalena a la jaula. Durante todo aquel mes de septiembre, Mag4alena se dedica a prepararse para el martirio. Los amigos que van a visitarla la ven "alabando al Señor", "llena de alegría por sus tribulaciones", como declararán durante el proceso.
19. El martirio
A principios de octubre de aquél año 1.634 comunican a Magdalena la sentencia dictada por los gobernadores Matazayemon y Denshiro. La han condenado a morir en el terrible tormento de la horca y hoya. Con ella han condenado al mismo suplicio a sus 10 compañeros de prisión.
En una mañana fresca de octubre sacan los soldados a los condenados a muerte y los colocan cada uno en un caballo. Las víctimas llevan una soga al cuello y las manos atadas. Como es costumbre, abre la comitiva un alguacil, proclamando a voz en grito el bando de la sentencia de muerte. Sigue Magdalena, encabezando el grupo "como una capitana", dirá un testigo ocular. Va vestida con su hábito negro y la correa de las terciarias agustinas recoletas. De sus espaldas cuelga un letrero donde está escrita la sentencia de muerte y el motivo: "ha sido condenada a muerte por no querer renegar de la ley de Cristo".
Magdalena, por su juventud y belleza, por su intrépido valor, por sus encendidos discursos a los verdugos y a los cristianos que han acudido a ver pasar la comitiva, atrae la mirada de todos.
Mientras sube la pendiente que conduce al "Monte santo" o "Monte de los mártires", encuentra a sus amigas Isabel Cordeira, Regina Ferreira y su hijo Antonio, Antonia Braga, a sus amigos portugueses que tantas veces le han ayudado con limosnas cuando andaba escondida por los montes, y a otros muchos conocidos. Serán testigos maravillosos durante el proceso. Magdalena les sonríe y los invita a rezar por ella. Un testigo referirá que les dijo en lengua japonesa: "Saraba oratio tamina sur" (los que quedáis aquí, encomendadme a Dios). Y prosiguió su camino entonando himnos al Señor.
Llegada la comitiva al lugar del martirio, los verdugos cuelgan en la horca a Magdalena cabeza abajo y con los brazos atados contra el cuerpo, como si fuera una momia. Medio cuerpo hasta la cintura ha quedado introducido en el pozo que está debajo de la horca. Con un cuchillo le han hecho unas incisiones en la sien, para que no muera enseguida por congestión. Tapan el pozo con unas tablas, para dificultar la respiración. La sangre empieza a fluir a la cabeza. Los ojos y la nariz están para estallar.
Los verdugos esperan inútilmente alguna señal. No se oyen sino los débiles suspiros de la víctima, que habla con el Señor. "Invoca - refiere un testigo - a la Virgen María, madre de Dios, y a Jesús". Pasan las horas y los días y Magdalena sigue viva, en profunda oración. Tiene todavía suficiente humor para decir a los verdugos, como referirá uno de los testigos: "Queréis oír una cantiga? Y habiendo respondido los soldado que sí, cantó en lengua japonesa mil cánticos de alabanzas a Dios".
Sumida en altísima contemplación, como a Jesús en la Cruz, se le oyó decir -refiere otro testigo -: "Tengo sed".
Ella responde: "que su sed no era de esa agua, y que
Cristo nuestro Señor le daría del agua que ella deseaba".
Trece días lleva ya en el martirio. Los gobernadores de Nagasaki están nerviosos. Sospechan de los verdugos. Prohiben que se ayude de cualquier manera a la víctima. Todos están maravillados de que dure tanto tiempo. Los cristianos ven en ello un prodigio de Dios.
Dicen documentos antiguos que los verdugos, para evitar las sospechas de las autoridades, le dieron aquel día por la tarde un golpe en la cabeza. Y para que todo se pareciese más a la muerte de Cristo, el cielo se llenó de densos nubarrones. Esa noche - añaden los testigos del proceso - un fuerte aguacero inundó el pozo y Magdalena muere ahogada. Los soldados queman el cuerpo y esparcen las cenizas por el mar, para que no caigan en manos de los cristianos.
La muerte de Magdalena ha causado una profunda impresión no sólo en los cristianos de Nagasaki, sino también en los paganos. Un sentimiento de temor ha invadido el ánimo de las autoridades, como afirman los testigos. Los soldados que la vigilaron durante el martirio cuentan a los portugueses, llenos de estupor, el comportamiento prodigioso de la joven Magdalena. Hablan de prodigios sucedidos durante aquellos interminables trece días.
Los cristianos recordarán durante mucho tiempo el martirio de la terciaría agustina recoleta. En la colonia portuguesa que ha sido deportada a Macao, no se habla de otra cosa. Todos se encomiendan a su intercesión.
20. El proceso de beatificación
Los agustinos recoletos, que andaban misionando por Filipinas, no podían dejar caer en el olvido a los religiosos y terciarios que con tanta heroicidad habían derramado su sangre por Cristo en Japón. En 1.637 envían a Macao al entonces postulador de la orden padre Agustín de Jesús María. Lleva plenos poderes para investigar sobre los mártires, tanto agustinos de la antigua observancia como recoletos, y para promover, si lo cree oportuno, la instrucción de un proceso eclesiástico.
En Macao hay cientos de soldados y comerciantes portugueses y japoneses que habían asistido a diversos martirios. Una gran colonia portuguesa había sido deportada un año antes, es decir en 1.636, a aquella ciudad y varios japoneses habían sido desterrados a causa de la fe. El celoso postulador, después de oír a cientos de testigos directos, comprende que hay que hacer un capítulo aparte del martirio de Magdalena. Todos hablan de ella. Están todavía impresionados y enamorados de la figura de esa joven, que supo sacrificar su hermosura por amor a Cristo y dio a todos ejemplo de fortaleza y de valor.
En efecto, el padre Agustín, después de haber acabado a finales de 1.637 un proceso general sobre los diversos mártires agustinos (terciarios y religiosos), entre los que se hallan Vicente y Francisco, Melchor y Martín, que habían sido 105 guías espirituales de Magdalena, quiso que se instruyera un proceso especial sobre la joven catequista. Lo que cuentan los que la habían conocido y habían asistido a su martirio es tan excepcional que merece tratarse por separado. Con ello podría quizá obtener más rápidamente su beatificación.
El caso es tan singular, que el postulador, padre Agustín, pide al entonces gobernador o administrador de la diócesis de Macao, el dominico Pedro de San Juan, que, "dada la gravedad de la causa", asista personalmente al interrogatorio de los testigos. Se contenta el postulador con que sean interrogados 41 testigos, pero advierte que ha tenido que renunciar a más de 200 testigos directos. Se trata de los portugueses y japoneses "desterrados por la fe" de Nagasaki en 1.636 y que se habían refugiado en Macao.
El proceso se instruye con gran solicitud desde el primero de febrero al 20 de marzo de 1.638 en el convento de los dominicos de Macao. Declaran los 41 testigos. Casi todos conocían personalmente a la joven Magdalena y habían asistido a su martirio.
Interesante la declaración de sus amigas Isabel Cordeira, Antonia Braga, Lucía Borges, Regina Ferreira y otras. Todas recuerdan a Magdalena vestida con el hábito negro y correa de las terciarias agustinas recoletas. La habían visto muchas veces en compañía del padre Vicente, pues era su catequista. Declara también gente importante de negocios y militares de rango que vivían en Nagasaki.
Muchos testigos la han visto personalmente mientras era conducida al lugar del martirio, vestida con el hábito de terciaria agustina recoleta.
Cuentan detalles interesantísimos sobre su apostolado. Dicen que andaba predicando el evangelio por los montes, que "no conoció varón", que era una especie de sacerdotisa". Añaden que se entregó voluntariamente a los jueces y refieren las promesas que le hicieron los tiranos para que renegase de la fe; los tormentos que le aplicaron con él mismo fin; las circunstancias de su prisión y martirio. Dicen que estaba alegre y contenta en la cárcel; que iba al lugar del martirio "capitaneando" al grupo de mártires y cantando salmos de alabanza a Dios; que pidió a los cristianos la encomendasen al Señor; que, metida cabeza abajo en el pozo, invocaba a la Virgen y a Jesús y entonaba cánticos al Señor; que se obraran maravillas durante su martirio; que duró en el tormento, sin desfallecer, 13 días y una noche; que murió ahogada en una noche de grandes aguaceros.
Un día serán publicadas las actas del proceso para edificación de los devotos de Magdalena.
21. La familia agustino recoleta en el Japón
Magdalena de Nagasaki es, sin duda, la figura más significativa de la familia agustino recoleta que constituyeron los heroicos misioneros Vicente de San Antonio y Francisco de Jesús. Estaba constituida por hermanos donados, una especie de religiosos con votos privados de obediencia y castidad que vivían en comunidad.
Venían después los terciarios y terciarias, que procuraban vivir la vida religiosa en el mundo. En aquel tiempo hacían voto de obediencia y de castidad, como ciertos miembros de instituciones modernas, y se dedicaban a obras de apostolado y de caridad entre los cristianos. Eran generalmente catequistas y ayudaban a los padres en el ministerio pastoral. A este grupo pertenecía Magdalena.
En último lugar venían los cofrades de la cintura o de la Virgen de la Consolación, ligados también en cierto modo a la Orden. Eran generalmente gente casada, que no podía dedicar todo su tiempo al apostolado.
Sería difícil decir cuántos terciarios y cofrades agustinos recoletos hubo en Japón. El padre Francisco de Jesús, en una carta escrita en 1.630 desde la cárcel de Ómura, calcula en unos 300 el número de terciarios y cofrades martirizados, sin contar a los que pudieron huir de la persecucion.
En 1.637 se instruyó en Macao el proceso al que nos hemos referido antes para probar el martirio de 77 terciarios y cofrades de la Virgen de la Consolación agustinos recoletos, y de tres hermanos profesos. Todos ellos murieron en Omura en 1.630 quemados vivos unos, degollados otros. Vicente de San Antonio, en una carta escrita desde la cárcel, nos da el nombre de cada uno de estos ilustres mártires.
Magdalena conocía, sin duda, a muchos de ellos. Con ser tan joven, era la hermana mayor, la que daba a todos aliento y ponía una nota de juventud y de alegría cuando se reunían en grupo. Y cuando la mayor parte había derramado su sangre por Cristo, se ofreció ella como víctima y sufrió un martirio doloroso y cruel, como ninguno de los terciarios lo había padecido. Por eso bien merece el honor de los altares.
Hoy, desgraciadamente, no quedan terciarios agustinos recoletos en el Japón. Los hermanos terciarios, sin embargo, se han multiplicado por otras partes del mundo. Son los herederos de aquellos gloriosos mártires japoneses, que después de trabajar en obras de apostolado y de caridad, sacrificaron su vida por Dios.
Romualdo Rodrigo, O.A.R
Roma 1987