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"Guardar el sábado es
legalismo"
Para responder a esta pregunta, debemos explicar primero en qué consiste el legalismo. El legalismo consiste básicamente en la pretensión del hombre de ganar su salvación mediante la observancia de la ley, o de cualquier otra manera aparte de Cristo. "El que está tratando de alcanzar el cielo por sus propias obras observando la ley, está intentando lo imposible" (Elena de White, El Deseado de Todas las Gentes, pág.143), "Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él" (Romanos 3:20). En los días de Jesús el legalismo estaba profundamente inserto en la religión judía. Pero Cristo supo separar lo que era su voluntad y lo que era la voluntad de los hombres, y lo hizo con su propio ejemplo. De hecho si guardar el sábado era legalismo, Cristo fue un legalista y también lo fueron sus discípulos. Pero sabemos que ello no es así. De hecho, Cristo dijo: "Si me amáis, guardad mis mandamientos" (Jn.14:15). La Biblia es clara en señalar que la obediencia es fruto de la salvación, no su causa. Dicho de otro modo, el cristiano hace lo correcto porque es cristiano, nunca con el fin de llegar a serlo. El árbol de manzanas produce manzanas porque es un árbol de manzanas, nunca con el fin de convertirse en un árbol de manzanas. Por ello, si guardamos el sábado no lo hacemos para ser salvos, sino porque hemos sido salvados por Cristo! Es interesante pensar en los fariseos como el ejemplo clásico del legalista. Sabemos que ellos eran hombres muy devotos y religiosos. ¿Por qué cayeron en el legalismo? Y en lo que dice relación con el sábado específicamente: ¿el problema del legalismo está en el sábado mismo o en los observadores del sábado? Cuando se observa el sábado de la manera equivocada y por los motivos equivocados el sábado deja de ser observado correctamente. La santa y perfecta ley no tiene nada que ver. El problema está, pues, en el hombre, quien continuamente trata de justificarse ante Dios por sus propios medios, rechazando la salvación que Cristo ofrece. Es necesario comprender que la Ley no puede salvarnos, pero puede mostrarnos nuestra necesidad de ser salvos. La Ley revela nuestras manchas de pecado, pero no puede limpiarlas (Sant.1:23-25). Sólo Cristo con su preciosa sangre puede purificar nuestras vidas (Gál.3:24,25). (DVM).
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