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| Se trata de una producción con el
sello de autor de Rob Cohen, un tipo que será recordado para los
restos por encabezar las listas de lo peor de cada año con The
Skulls y Daylight, pánico en el túnel, películas tan increíbles
(son imposibles de creer) como este modelo de no-integridad artística. |
| La
sociedad secreta a la que hace mención el título es una que
opera en las sombras formando a las elites dirigentes. Según reza
en la presentación del film se sabe que al menos tres presidentes
de USA han sido miembros de estos tradicionales y oscuros ententes.¡Dios
mío, esto parece serio! No se asuste , en esta sociedad
clandestina el más malo asusta menos que Benji y el más feo se
parece a Brad Pitt.Es
que esta película está destinada básicamente al público
adolescente, ya desde la elección de los actores- Joshua Jackson
es reconocido básicamente por su papel en Dawson´s Creek, Leslie
Bibb es una modelo que surgió de un concurso televisivo y Paul
Walker nunca interpretará al
ciudadano Kane ( esperemos) pero hace que Tom Cruise parezca feíto-hasta
la estética que utiliza es nada más que un producto dirigido al
consumo de esas pobres y torturadas mentes en formación.Autos
carísimos y veloces, chicas ídem, relojes incomprables, un chico
pobre y noble, un negrito cargado de buenas intenciones ( que como
es el mejor actor muere rápidamente) y un millonario bellísimo
pero hueco y un poco gil son los hilos conductores de un guión
tan débil que ni vale la pena resumir, total ,la historia es lo
de menos, aquí no importa lo que se cuenta sino como se lo
muestra.La
dirección a cargo de Rob Cohen es una perlita: parece que le
diera a los actores indicaciones tales como “Pongan caras de
asustados!!!, Griten!!! Ahora todos con rasgos de preocupación!!!
Bien, sigan así que los teens no se dan cuenta de nada...”Si
en una película lo mejor son los músculos del protagonista y la
banda de sonido , estamos en problemas.Este lamentablemente es el
caso.Hágale
caso a uno de los protagonistas que dice “nada secreto puede ser
bueno”.Se ve que el pobre había leído cuidadosamente el guión
original. |
| The Skulls
puede que sea mejor que las anteriores películas de Rob Cohen,
uno de esos "artesanos" más o menos anónimos del
negocio de hacer dinero con el formato cine en Estados Unidos. Y
hay dos posibilidades: que lo sea porque el guión está mejor
estructurado; que se deba a que el guión cuenta algo medianamente
llamativo. También debe ser posible que las dos se den cita en
una película que habla de las sociedades secretas que, por lo
visto, pueblan las universidades de las elites estadounidenses. De
hecho, se cuenta que al menos tres presidentes pertenecieron a
esas hermandades cimentadas en el poder, la riqueza, la fidelidad
hasta la tumba y cierta clase de éxito (o mejor: éxito de
clase). Luke
(Joshua Jackson) y Caleb (Paul Walker) son dos recién
incorporados a una sociedad llamada The Skulls (Los
Calaveras): aplicado y humilde estudiante el primero; hijo del
presidente de la secta el segundo. De tanto en tanto, la descripción
de los personajes se iguala con la minuciosidad del relato de los
rituales (dicen que John Pogue, el guionista, estuvo a punto de
ingresar en una de esas sectas), que contribuyen a expresar la
psiquis de Caleb. Pogue utiliza el modelo de adolescente
atormentado por la figura del padre que encarnó James Dean en Rebelde
sin causa. La diferencia es que mientras Nicholas Ray hizo de
su protagonista un joven que ansiaba una figura paterna sólida,
el hijo del presidente de Los Calaveras está harto de la protección
que siempre le dispensa su padre, aunque carece del valor para
plantarle cara. Significativa resulta, en este sentido, la escena
en la que Caleb ensaya golpes de boxeo contra su sombra. En
el caso de Luke McNamara, en cambio, el retrato vuelve a rebajarse
a los habituales cánones de previsibilidad hollywoodense. Es un
hijo de esa "meritocracia" norteamericana que se empeña
en vendernos que (y cito) "el éxito lleva a la riqueza y ésta
a la clase", aunque ésta se pague con la pérdida de sus
amigos humildes (luego tendrá que echar mano de ellos) y del
"plebeyo" deporte del remo. La
puesta en escena de Rob Cohen (La vida de Bruce Lee,
Dragonheart) combina momentos planos, rutinarios, previsibles
con otros de un histrionismo subrayado y llamado a impacientar: cámaras
que caen desde el cielo, bamboleos "para-señalar-la-turbación"
o secuencias como aquella en la que el protagonista entrena,
enfervorizado, en el gimnasio. Como si el director quisiera
hacerse notar con futesas. Pese a todo, hay instancias de lucidez,
sobre todo a la hora de recalcar el secretismo de las
sociedades retratadas: el instante en que los candidatos son
marcados con un hierro al rojo vivo mientras se los obliga a
mantener la boca cerrada; o aquel en que uno de los jerifaltes de
la organización le pregunta al protagonista si quiere recuperar
su vida para, a continuación, montar la imagen del coche soñado
por Luke. |
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