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Fuente: fotogramas.es
>> Para los que les guste
apostar sobre seguro.
nOTA; 3 DE 5
Lo mejor: una fotografía
luminosa, neónica, obra de Soderbergh bajo el seudónimo de Peter Andrews.
Lo peor: un epílogo
innecesario.
No es extraño que “Ocean’s Eleven” esté
poblada de cámaras ocultas y espectadores demiurgos: como un doctor Mabuse
groovy, Soderbergh cumple con este encargo convirtiéndolo en un ejemplar ejercicio
de estilo sobre las estrategias de la manipulación. Al director de “Traffic”,
que se adapta a las condiciones ambientales como un termostato inteligente,
le falta la intención abstracta, casi metafísica, que hacía de “Mission:
Impossible” una película clave en el subgénero de las falsas apariencias,
pero a cambio se dedica en cuerpo y alma a dotar a su thriller cleptómano de
una sofisticación líquida y aterciopelada, espléndida en su alicatada
estilización visual. La impostura no es nueva en el cine de Soderbergh,
porque con cada nueva película la pone en práctica o reflexiona sobre ella.
Desde “sexo, mentiras y cintas de vídeo”, donde una doble mirada –la del
director, la del protagonista- sacaba a la luz los secretos más ocultos de
unas cuantas puritanas almas norteamericanas, hasta “Ocean’s Eleven”, donde
esa misma doble mirada le quita la máscara a los mecánicos, matemáticos
giros narrativos del thriller “cool”, Soderbergh ha sabido apostar por el
mimetismo como el que está jugando a un juego que controla de antemano.
Así las cosas, “Un romance
muy peligroso”, que investigaba las posibilidades estéticas del thriller
sexy de los 70, y “El Halcón Inglés”, ensayo radical que hubiera hecho las
delicias de Nicholas Roeg, eran prólogos formalistas a la espera de este
lujoso y fluido remake de “La cuadrilla de los once”. Lejos de la mafiosa
endogamia del original, la película de Soderbergh prefiere dispersar sus
afectos por un reparto excepcional, que funciona a la vez como bonito
conjunto decorativo y como eficaz intérprete coral. Es cierto que en el
retrato de grupo se pierde la chispa individual –hay personajes que ni
siquiera existen, son únicamente pretextos argumentales: a saber, Julia
Roberts–, pero la química del azar los cruza y los separa con la astucia
narrativa de “Traffic”. Es cierto, también, que la aproximación de
Soderbergh al thriller setentero está tan obcecada en alejarse de la
vulgaridad que toma demasiada distancia, que congela la identificación del
público con los personajes. En ese sentido, si hay algo de qué acusar a
“Ocean’s Eleven“ es de ser excesivamente fría y premeditada. Por poner un
ejemplo ludópata, esta película debería haberse parecido más a una timba de
póquer que a una partida de ajedrez. |