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Fuente: fotogramas.es
>>Para fans del género sin
prejuicios.
nOTA; 2 DE 5
Lo mejor: la estética,
incluyendo a James Marsden.
Lo peor: el delirante final
indigno de un giallo.
La oleada de terror más o
menos teen sigue dando frutos extraños, mutaciones no del todo conseguidas,
pero gratificantes. Por ejemplo, Rumores que matan es, probablemente, uno de
los films más desperdiciados de los últimos tiempos. Lo tiene todo, o casi
todo: protagonistas jóvenes y atractivos (especialmente James Marsden, que
podría ser un Ripley ideal, de no mediar su transformación en el superhéroe
Cíclope de los esperados X-Men); una estética sofisticadamente siniestra y
posmoderna, con inmensos lofts en el Soho neoyorquino y clubs nocturnos de
lo más interesantes; personajes aparentemente maduros y complejos, que
practican el sexo, el Pop Art y el consumo de alcohol con naturalidad...
Incluso un arranque inicial lleno de malicia y perversidad (produce Joel
Schumacher, y se nota un aire a lo Línea mortal).
Pero que nadie
se alarme. Rápidamente, todo se dirige hacia el espectro puramente
psicotrónico. El canibalismo referencial se transforma en un curioso
fenómeno de autofagia pop americana y, tal como advierte repetidamente el
protagonista, todo se parece cada vez más a un episodio de Se ha escrito un
crimen. Hasta convertirse literalmente en uno. El inenarrable final, tiene
además el interés sociológico de ofrecer una nueva muestra de la retorcida
moral de los 90, en la que denunciar a los amigos y traicionar a los
benefactores constituye todo un discurso sobre la honestidad difícil de
tragar... Si uno comete el error de tomárselo en serio.
En definitiva, Rumores que
matan es un placentero y estúpido pasatiempo, cuyas inquietantes imágenes (y
protagonista) permanecen en la retina más tiempo que las de otras películas,
sin duda, mucho mejores, pero, también, sin duda, mucho menos interesantes. |