GIGANTES EN
LA LITERATURA Y EL ARTE. GIGANTES
Y CABALLEROS EN LAS PAGINAS DE LA NOVELA CABALLERESCA ESPAÑOLA
Por Sandro A. Patrucco.Pontificia Universidad Católica del Perú
Las novelas de caballería ocupan un papel de primerísima
importancia en la cultura española de la época de la conquista. Sus temas tienen cierta
familiaridad con los romances populares que encandilaban al pueblo y que se difundieron
como parte de la tradición literaria oral. No es extraño entonces que aun los
conquistadores menos cultivados sintieran una enorme predilección por estas narraciones.
La imprenta sirvió para que las novelas de caballería cobraran una inusitada audiencia e
incluso las dotó de una mayor credibilidad (Leonard 30). Esta influencia de las
narraciones de caballería ha sido dejada muy en claro por testimonios de finales del
siglo XVI, cuando los quejumbrosos enemigos de estas novelas argüían que engañaban a
los lectores, quienes brindaban a estos libros tanta importancia como a la Biblia
(Menéndez y Pelayo II, 58) . Las crónicas, por su parte, elaboradas con un lenguaje y
referentes mucho mas cultos sólo podían competir con esta literatura popular en los
niveles mas aristocráticos, y, a la larga, se vieron profundamente influidas por ellas en
algunos aspectos. Recordemos que un cronista de la talla de Fernández de Oviedo había
escrito en su juventud una novela de caballeresca titulada Don Claribalte. No faltaron
tampoco quienes exigieron una actitud censora hacia estos textos de parte de las
autoridades. Personajes de la talla de Vives, Cano, Arias Montano, fray Luis de Granada, y
otros mas, hicieron sentir su desaprobación mediante numerosos textos y comentarios. Sin
embargo, la Inquisición, institución que habría de ser la llamada a resolver problemas
de este cariz, mostró una indulgencia verdaderamente inexplicable. La novela caballeresca
española fue recibiendo una serie de importantes aportes de muy distinto origen, como
podrían ser el ciclo carolingio y la temática clásica, la crónica troyana, el ciclo de
las cruzadas y la materia de Bretaña, aderezados con componentes de la historiografía
española, todo lo cual abriría paso a la novela de caballería indígena, como llamó el
mismo Menéndez y Pelayo a las obras ya maduras producidas en España. Esta evolución
sería robustecida por los cambios sociales ocurridos durante la Baja Edad Media en la
península.
Así, una obra como Tirant lo Blanc, considerada por los críticos
como una de las más realistas de las obras de caballerías (Vargas Llosa XXIII),
posiblemente por su estilo de gusto burgués y su temprana aparición dentro del genero en
España, nos describe al adversario de Tirante, como un gigante en vías de formación.
Sin embargo, el poco éxito editorial del Tirant lo Blanc apenas permitió que se
convirtiera en un modelo a seguir hasta que cayó en manos de Montalvo.
El Amadís de Gaula, la más famosa de las novelas caballerescas
españolas, aparecida hacia 1508 en Sevilla, fue un hito indudable para la lengua
castellana y resultaría mucho mas importante que sus predecesoras; es más, su impacto
sobrepasaría el ámbito literario e imprimiría su sello no sólo en el campo de la
fantasía sino en el espacio de los hábitos sociales (Menéndez y Pelayo 127, II). Su
aceptación y aprecio por parte de los lectores, propició el surgimiento de más de doce
novelas sobre el Amadís, a manera de continuación, y varios autores, robándosela al
personaje y a sus descendientes, lograron publicar títulos dentro de la serie,
aprovechando el éxito de las primeras partes escritas por Montalvo.
En las paginas del primer Amadís encontramos a los gigantes
convertidos en personajes centrales de su trama, e inclusive la estructura de la obra gira
bruscamente desde el momento en que el caballero protagonista vence al rey de Irlanda, el
gigante Abies. A partir de entonces el Doncel del Mar se convierte en Amadís, hijo del
rey Pedión y puede casarse con su amada Oriana (Durán 106). "No fue Abies tan
grande que nunca hallo cavallero que el mayor no fuesse un palmo y sus miembros no
parecían sino de un gigante" (Montalvo lib 1, fol XVIII, cap IX) el único gigante
contrincante del Amadís, pues aparte de mencionarse en sus páginas al gigante Madamán,
el envidioso, a Lindoraque, el gigante de la montaña defendida y al Endriago, hijo del
incestuoso ayuntamiento del gigante Bandaguido con su hija, no pasa desapercibido el
enorme Ardán Canileo, rey gigantesco "que apenas fallava cavallo que lo traer
pudiesse" (Montalvo II, LXI; II, 525; Avalle Arce 224) de saltante apelativo que
denotaba su característico aspecto, que más tarde serviría para establecer un prototipo
de gigante en América pues "el rostro avia grande y romo de la fechura de can, y por
esta semejança le llamaban Canileo" ( Avalle Arce 283) lo que lo relacionaría con
los canibales, que usualmente sólo se ha vinculado a los cinocéfalos de Plinio y
Mandevilla, sin percatarnos de que el Amadís serviría como fuente importante para la
difusión de la idea de los caníbales.
En el Palmerín de Oliva (1544) los gigantes son verdaderos seres
sobrenaturales y los episodios en los que participan se muestran reiterativos. Igualmente
en el episodio siguiente de las complicadas genealogías de los caballeros andantes, El
Palmerín de Inglaterra, narra el combate del héroe con el gigante Farnaco, su hermana
Eutropa y su gigantesco sobrino Dramusiano, situación que sólo se resolverá con la
llegada del liberador Caballero de la Fortuna (Anónimo, I-VII, 233-268).
Los gigantes en las novelas de caballería, se convertieron en un
tópico durante el ocaso del género, en obras muy tardías, pero indicadoras de los
rumbos que los autores proponían. Surgen así obras como el Roman des Romans, el
Solucionario del caballero del sol, y el Solucionario de don Belianís de Grecia, libros
en los que se pretendía seguir los avatares de las miles de tramas sueltas que habían
ido dejando los novelistas de las interminables sagas de cada caballero, para darles fin y
descanso final. Uno de los temas a los que más se recurre para este propósito es
precisamente a los numerosos episodios de enfrentamientos con los gigantes, que son
aderezados con las más dislocadas ocurrencias. No debe extrañarnos, pues, que Cervantes
no desechara la burla de este tema en su Quijote. Vemos así cómo la imaginación
desmedida del demente caballero de la Mancha confundía los molinos de viento con
"treinta o pocos más desaforados gigantes (... ...) de brazos largos, que los suelen
tener algunos de casi dos leguas..." (Don Quijote VIII).
La relación de las novelas de caballería con América es
múltiple y diversa, y no debemos olvidar que un polígrafo como Feliciano de Silva, autor
de un par de tomos tardíos del Amadís, fuera padre del opulento conquistador Diego de
Silva y Guzmán, quien, no obstante su romántica filiación, fue más cauteloso que audaz
(Riva-Agüero 11). El Plinio del Nuevo Mundo, Gonzalo Fernández de Oviedo, importante
personaje relacionado con América también escribiría al menos una novela de
caballería, el Don Claribalte (1519), una de las pocas obras que alcanzaron a tener una
reedición durante la vida del notable cronista. Enmarcado dentro del ambiente de los
Amadices, combatirá como ellos, con nigromantes y gigantes y terminará como emperador de
Constantinopla (Gerbi 252-8).
Fernández de Oviedo no volvería a escribir otro libro de
caballerías y aún mas, se convertiría en uno de los más enconados detractores del
género. Sin embargo, en sus crónicas se filtrarán algunos de los imaginativos pasajes
de sus fantasiosos párrafos juveniles, como cuando refiriéndose a los gigantes, nos dice
que Inglaterra fue poblada de gigantes, derrotados y expulsados por Bruto el troyano
(Fernandez de Oviedo fol XXX, V; Gerbi 106, n 19), lo que es referencia directa a la
novela de la materia de Bretaña, El Román de Brut.
Estos ejemplos resultan interesantes para verificar el influjo que
el imaginario caballeresco tuvo en el Nuevo Mundo, estableciendo puentes entre la
literatura ficcional y las crónicas. En una obra más bien temprana del siglo XVI, el
Libro segundo de Palmerín que trata de "los grandes fechos de Primaleón" (cap
CXXXIII, p 142), publicada en Sevilla en 1512, aparece el monstruo denominado Patagón,
"muy inteligente y gran amante de mujeres", ser con figura de perro, grandes
orejas, dientes descomunales y pies de ciervo. María Rosa Lida descubrió la relación
entre esta novela de caballería, publicada siete años antes de la expedición de
Magallanes al sur del continente, y el bautizo de los gigantescos habitantes de aquella
región como patagones. El nacimiento del nombre dependería de una alusión literaria y
no de características especiales de dichos seres, como sus enormes zapatones rellenos de
paja o sus grandes y deformes pies, como muchos autores habían conjeturado antes del
descubrimiento de la notable investigadora (Lida 321-3).
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A nuestro parecer, la figura literaria del
gigante Patagón sería una reutilización del autor del Libro segundo del Palmerín del
personaje aparecido en el Amadís con el nombre del gigante Ardán Canileo, personaje
inspirador que posee características muy similares al monstruoso Patagón y que
insospechadamente terminaría siendo, a la larga, el abuelo nominativo de los de aquella
tribu nómada de las Tierras del Fuego, que desde el encuentro magallánico serían
bautizados con el nombre del personaje de la novela: patagones. La asociación
lingüística se le habría ocurrido a Pigaffeta al recordar el texto caballeresco y
constatar en la realidad, la extraña figura de aquellos hombres de enormes proporciones y
estado salvaje, tan solo comparables al furioso gigante de la novela.
Esto
demuestra que muchas de las mesnadas descubridoras vieron el Nuevo Mundo durante los
primeros momentos con los ojos de las narraciones de caballería, como tan fehacientemente
lo ha probado Ida Rodriguez Prampolini en su Amadises de América. En los casos
mencionados acerca de los gigantes, no podemos encontrar procesos de retroalimentación
entre la novela de caballería y la crónica, como los hallados por Leonard con los
tempranos relatos colombinos sobre las amazonas --inspiradores de los episodios
caballerescos de la reina Calafia, que a su vez lanzaron a los conquistadores a la
búsqueda en América, de lo que habían leído u oído leer en sus ratos de descanso y
más adelante lo consignaron en sus crónicas. Sin embargo, sí nos atrevemos a afirmar
que la novela caballeresca promovió, en el caso preciso de los gigantes, el afán de
encontrarlos y aún nombrarlos, a imagen y semejanza de los hechos hazañosos de los
caballeros andantes.
Es indudablemente notorio que las novelas que los conquistadores
leyeron, hablaban, unas veces menos y otras más, de estos imaginarios seres. El
conquistador que escuchaba estas narraciones estaba indudablemente predispuesto a ver
personas más altas que lo normal, y a malinterpretar cualquier relato que los indios
contaran en la naciente interlingua de los traductores de la conquista
"Fábula de Polifemo y
Galatea"
Un monte era de miembros eminente
este que --de Neptuno hijo fiero--
de un ojo ilustra el orbe de su frente,
émulo casi del mayor lucero),
cíclope a quien el pino más valiente,
bastón, le obedecía, tan ligero,
y al grave peso junco tan delgado
que un día era bastón y otro cayado.
Luis de Góngora
Paisaje con Hércules y Caco, Nicolas
Poussin (1660). "El pasaje procede de la "Eneida" de
Virgilio. Hércules, quien ha vencido al gigante Caco, lanza su cuerpo desde lo
alto del monte Aventino de Roma, en una de cuyas cavernas habitaba el monstruo. A pesar de
su habitual fidelidad a los autores clásicos, Poussin renuncia a representar a Caco con
tres cabezas que escupían fuego, y le otorga aspecto humano. Por oposición al Paisaje
con Polifemo, que destila armonía, esta obra representa la violencia y la inquietud, a
pesar del apacible aspecto de las náyades en primer término."
Don
Francisco de Goya nos ha querido dejar este recuerdo, el trabajo lo
llamó Gigante. Desprovisto de armas, desnudo, solo con sus pensamientos
en mitad de una noche oscura parece querer desmitificar la
imagen del semi-dios transmitida por las mitologías europeas. La sola contemplación de
este cuadro mueve más a la compasión que a cualquier miedo o temor que pudiese despertar
en un ser humano la visión de un ser tan aterrador...
EL COMBATE DE LOS GIGANTES.
Cuento
popular
Un
antiguo cuento germánico narra la historia de gigantes escandinavos y cómo el engaño,
la astucia y la inteligencia son las armas más comunes para salir airoso de situaciones
difíciles. En 1891, Karl Grun recogía este relato en su Les
Esprits elémentaires, Verviers.:
Había una vez, en Finlandia, al norte
de Escandinavia, un gigante colosal. Armado con un tronco de árbol, recorría la región
helada que se extiende hacia el polo. Nada resistía sus golpes. Por eso era
universalmente temido y todos los habitantes se sometían a su imperio. Un día, fueron a
decirle que en una de las islas Lofoten, en la costa de Escandinavia, vivía un gigante
todavía más grande que él. Decidió inmeiatamente ir a combatir con él, y agarrando su
tronco de árbol, saltó al mar para dirigirse a la isla. Era de una estatura tan elevada
que caminaba de pie en el mar y el agua solo le llegaba al vientre. La mujer del otro
gigante, al ver avanzar al enemigo, le dijo:
-Tú eres más fuerte y más grande que
él y lo vencerás fácilmente. Pero en semejante combate incluso el vencedor sufre
heridas más o menos peligrosas, cosa que no deseo en absoluto, pues no quiero que
maltraten al padre de mis hijos. Métete en la cama; yo respondo de lo demás.
El gigante se acostó, pues, y fingió
que roncaba. Lo hizo tan bien que los árboles de la ribera tempblaban y se curvaban bajo
su aliento. En ese momento el enemigo abrió la puerta de la casa del durmiente y gritó
con una voz terrible:
-¿Dónde está?. Veamos si se atreve a
medirse conmigo!.
Pero la mujer lo detuvo con un gesto,
diciendo en voz baja:
-Mimardo volverá pronto, pero no hagas
tanto ruido: mi hijo más pequeño duerme.
El gigante de Finlandia miró la cama y
retrocedió estupefacto. Luego giró sobre sus talones y regresó precipitadamente a su
guarida pensando:
-No es posible... si el hijo es
semejante coloso, el padre debe ser un monstruo.
Y los dos vecinos vivieron en buena
inteligencia.
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