Alvaro Vega Sánchez
El nuevo Código Municipal, promulgado el 18 de mayo de 1998, crea la figura del Alcalde, quien será elegido por votación popular directa a partir del año 2002.
Esta medida, pordría contribuir con el cambio político que requiere el país. Sobre todo a forjar un nuevo liderazgo, garantìa de eficiencia y honestidad en el manejo de la cosa pública; es decir, un liderazgo con verdadera vocación política.
La elección directa del Alcalde -y su eventual sustitución en caso de incompetencia vía plesbicito-, permite un mayor protagonismo del elector. A su vez, relativiza a la "partidocracia", que ha convertido el "padrinazgo" y las componendas entre cúpulas en las vías de acceso por excelencia a los puestos de dirección política, legitimando, muchas veces, un liderazgo sin aptitudes y capacidad para la gestión pública.
El periódico "El Heraldo" en recientes publicaciones ha documentado el "manejo político" -más bien politiquero- en el otorgamiento de puestos en las Municipalidades del país. Se denuncia también la oligarquización de los Concejos Municipales en algunas comunidades rurales y casos de nepotismo, como el de un cantón, donde la mayoría de los que integran el Concejo Municipal son parientes e impulsan obras de infraestructura para su propio beneficio; caso paradigmático, por lo demás, de la gestión pública en el país.
El cambio cualitativo en el sistema político costarricense exige la erradicación de estos vicios de nuestra celebrada "democracia representativa". Para ello son fundamentales medidas y acciones, como las propuestas por el nuevo Código Municipal, el proceso de concertación en marcha, a fin de fortalecer una cultura de participación ciudadana. Insistimos en la necesidad de escuchar y dejar hablar a la gente. Vendría bien convertir en principio lo que Deleuze considera una de las enseñanzas fundamentales de Foucault: "la indignidad de hablar por los otros".
Si la legitimidad política del Alcalde o Alcaldesa es resultado de una amplia y crítica voluntad popular, podemos cifrar esperanzas en el surguimiento a futuro de un nuevo liderazgo político. Más autónomo; menos mediatizado por los partidos electoralistas, que han perdido el sentido de lo político al servicio del bien común; más compenetrado de los problemas concretos y cotidianos de las comunidades; más sensible al problema humano; más atento al clamor de las gentes. Se trata del perfil de un "liderazgo natural", que no necesita de "maquillajes" ni grande inversiones en propoganda para legitimarse.
Las municipalidades y los partidos políticos
dispuestos a depurarse, a pasar por el crisol, tan necesario ante los grandes
desafios nacionales, pueden convertirse en espacios que den cabida y cultiven
este perfil de liderazgo que tanto necesita el país hoy.