
SANTA TERESA DE JESÚS EN EL INFIERNO
Santa Teresa de Ávila refiere que, estando un día arrebatada en espíritu,
Nuestro Señor se dignó asegurarle su eterna salvación, si continuaba
sirviéndolo y amándolo como lo hacía; y para aumentar en su fiel
sierva el temor del pecado y de los terribles castigos que trae, quiso
dejarle entrever el lugar que habría ocupado en el infierno, si hubiese
continuado en sus inclinaciones al mundo, a la vanidad y al placer.
"Estando un día en oración, dice, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar
metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían
aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio; mas aunque yo viviese
muchos años, me parece imposible poder olvidárseme. Parecíame la entrada a manera de un callejón
muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y obscuro y angosto. El suelo me parecía de una
agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor, y muchas sabandijas malas en él. Al cabo estaba una
concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho.
Todo esto era delicioso a la vista en comparacion de lo que allí sentí: esto que he dicho va mal encarecido.
Esto otro me parece que aun principio de encarecerse cómo es; no lo puede haber, ni se puede
entender; mas sentí un fuego en el alma, que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera
que es, los dolores corporales tan incomportables, que por haberlos pasado en esta vida gravísimos, y
según dicen los médicos, los mayores que se pueden pasar, porque fue encogérseme todos los
nervios, cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he tenido, y aún algunos, como he
dicho, causados del demonio, no es todo nada en comparación de lo que allí sentí, y ver de que había
de ser sin fin y sin jamás cesar. Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma, un
apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible, y con tan desesperado y afligido
descontento, que yo no sé cómo lo encarecer; porque decir que es un estarse siempre arrancando el
alma, es poco; porque ahí parece que todo os acaba la vida, mas aquí el alma mesma es la que se
despedaza. El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior, y aquel desesperamiento
sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quien me los daba, mas sentíame quemar y
desmenuzar, a lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor. Estando
en tan pestilencial lugar tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse, ni echarse, ni hay lugar,
aunque me pusieron en este como agujero hecho en la pared, porque estas paredes, que son
espantosas a la vista, aprietan ellas mesmas, y todo ahoga: no hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas.
Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se
ve. No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno, después he visto otra visión de cosas
espantosas, de algunos vicios el castigo: cuanto a la vista muy más espantosas me parecieron; mas
como no sentía la pena, no me hicieron tanto temor, que en esta visión quiso el Señor que
verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera
padeciendo. Yo no sé como ello fue, más bien entendí ser gran merced, y que quiso el Señor que yo
viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia; porque no es nada oírlo decir, ni
haber ya otras veces pensado diferentes tormentos, aunque pocas (que por temor no se llevaba bien
mi alma), ni que los demonios atenazan, ni otros diferentes tormentos que he leído, no es nada con
esta pena, porque es otra cosa: en fin, como de dibujo a la verdad, y el quemarse acá es muy poco en
comparación de este fuego de allá. Yo quedé tan espantada, y aún lo estoy ahora escribiéndolo, con
que ha casi seis años, y es ansí, que me parece el calor natural me falta de temor, aquí donde estoy; y
ansí no me acuerdo vez, que tenga trabajo ni dolores, que no me parezca nonada todo lo que acá se
puede pasar; y ansí me parece en parte que nos quejamos sin propósito. Y así torno a decir, que fue
una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho; porque me ha aprovechado muy mucho; ansí
para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a
padecerlas y dar gracias al Señor, que me libró, a lo que ahora me parece, de males tan perpetuos y terribles.
Después acá, como digo, todo me parece fácil, en comparación de un momento que se ha de sufrir lo
que yo en él allí padecí. Espántame cómo habiendo leído muchas veces libros, adonde se da algo a
entender de las penas del infierno, cómo no las temía, ni tenía en lo que son. ¿Adónde estaba? ¿Cómo
me podía dar cosa descanso de lo que me acarreaba ir a tan mal lugar? Seáis bendito, Dios mío, por
siempre, y como se ha parecido que me queríades. Vos mucho más a mí, que yo me quiero. ¡Qué de
veces, Señor, me libraste de cárcel tan temerosa, y cómo me tornaba yo a meter en ella contra vuestra
voluntad! De aquí también gané la grandísima pena que me da las muchas almas que se condenan, de
estos luteranos en especial (porque eran ya por el bautismo miembros de la Iglesia), y los ímpetus
grandes de aprovechar almas, que me parece cierto a mí, que por librar una sola de tan gravísimos
tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana".
¡Supla la fe en cada uno de nosotros la visión, y que el pensamiento de las "tinieblas exteriores",
donde serán echados los condenados como basura y escoria de la tentación, nos detenga en las
tentaciones y haga de nosotros verdaderos hijos de la luz!