EL ODIO SALVAJE DEL INFIERNO




Entonces el Rey dijo a los que servían: "Atadle los pies y las manos y echadle en las tinieblas de afuera." Allí habrá llanto y crujir de dientes;

Mt. 22:13


Respecto al infierno, he aquí la doctrina católica tal y como aparece en el catecismo:

1033. "Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: 'Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él' [] Jn 3,15.]. Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos. Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra 'infierno'."

1035. "La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, 'el fuego eterno'. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira."

1036. "Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: 'Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas �qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran' [Mt 7,13-14 .]: Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con El en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde �habrá llanto y rechinar de dientes�. [Lumen Gentium 48.]"


Y esto es no lo que algunos medios de comunicación dijeron que S. S. el Papa Juan Pablo II había afirmado. Leamos sino el texto íntegro de la catequesis papal sobre este asunto:

El infierno como rechazo definitivo de Dios

1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en �un infierno�.

Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.





2. Para describir esta realidad, a sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico, que se precisará progresivamente. En el Antiguo Testamento, la condición de los muertos no estaba aún plenamente iluminada por la Revelación. En efecto, por lo general, se pensaba que los muertos se reunían en el sheol, un lugar de tinieblas (cf. Ez 28, 8; 31, 14; Jb 10, 21 ss; 38, 17; Sal 30, 10; 88, 7. 13), una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7, 9), un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18; Sal 6, 6).

El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.

Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será juzgado �de acuerdo con sus obras� (Ap 20, 13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde �será el llanto y el rechinar de dientes� (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como la gehenna de �fuego que no se apaga� (Mc 9, 43). Todo ello es expresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, en la que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Le 16, 19-31).

También el Apocalipsis representa plásticamente en un �lago de fuego� a los que no se hallan inscritos en el Libro de la vida, yendo así al encuentro de una �segunda muerte� (Ap 20, 13 ss). Por consiguiente, quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a �una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder� (2 Ts 1,9).

3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de, la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: �Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno� (n. 1033).

Por eso, la �condenación� no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La �condenación� consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.

4. La fe cristiana enseña que, en el riesgo del �sí� y del �no� que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya �no�. Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios (cf. concilio IV de Letrán: DS 800-801). Para nosotros, los seres humanos, esa historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo �sí� a Dios.



La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento del infierno -y mucho menos la utilización impropia de las imágenes bíblicas- no debe crear psicosis o angustia; pero representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar �Abbá, Padre� (Rm 8, 15; Ga 4, 6).

Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano. Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia, como lo atestiguan, por ejemplo, las palabras del Canon Romano: �Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa ( ... ), líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos�.

Catequesis de S. S. el Papa Juan Pablo II sobre el Infierno 21 de Julio de 1.999



Esta es la frase que tantos ríos de tinta ha hecho correr: "El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios"

Nótese que no niega que sea un lugar sino más bien afirma que lo verdaderamente importante es el estado en que se encuentra el que definitivamente está alejado de Dios. Es decir, lo importante del infierno no estriba en si está allí o acá sino en qué consiste su verdadera naturaleza: la separación definitiva de Dios

"Una flor sobre su tumba se marchita. Una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios." San Agustín

Pensemos en procurarles algún alivio del modo que podamos. �Cómo? Haciendo oración por ellos y pidiendo a otros que también oren. Porque no sin razón fueron establecidas por los apóstoles mismos estas leyes; digo el que en medio de los venerados misterios se haga memoria de los que murieron. Bien sabían ellos que de esto sacan los difuntos gran provecho y utilidad. San Juan Crisóstomo





La justificación del infierno es muy simple. Dios es justo. Si un hombre puede estar eternamente feliz en el paraíso por sus buenas acciones, por su caridad, etc, también es justo que por sus malas acciones, su desamor y otros malos actos de los que no se arrepiente sea condenado a un lugar dantesco como el descrito en la Escritura y confirmado por el propio Jesús en numerosos pasajes. Dios es tan dadivoso con los buenos como castigador con los malvados. Dios es justo por definición. Si al bueno le da la felicidad, al malo le da la infelicidad, si al bueno le da x, al malo le da justo lo contrario de x. Funciona como una ecuación. Si fuese de otra forma, no sería justo. Y recuerdo que el amor es imposible si no existe una escrupulosa justicia. Me encuentro mucha gente que no acaba de aceptar la existencia del infierno. El infierno es LA AUSENCIA DE DIOS. Donde Dios se manifiesta existe la paz, la felicidad, la alegría y la vida. Su ausencia da lugar a monstruosidades. En el infierno están reunidos aquellos que libremente renegaron de Dios -y en consecuencia de todo lo que Él significa.

Ahora escuchemos a S. S. el Papa Juan Pablo II en su audiencia de 21 de Julio de 1.999

"La fe nos enseña que, al final de la existencia terrena, quienes han acogido a Dios en sus vidas y se han abierto a su amor, gozarán de la plena comunión con Él en el cielo. El cielo, descrito con tantas imagenes, no es una abstracción ni un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con Dios."

Este hecho es una evidencia bíblica irrefutable. Tanto el Antiguo Testamento como el mismo Jesús confirman la existencia de ese lugar horrible al que van los malvados irreparables. "Pobre Judas, más te valdría no haber nacido", dijo el Mesías justo antes de iniciar su Pasión. Como explicar este hecho? Vayamos por partes. El hombre tiene toda una vida para buscar a Dios. Cuando lo encuentra, tiene hasta el último segundo de vida para arrepentirse de sus pecados y aceptar la misericordia divina. HASTA EL ÚLTIMO ALIENTO, Dios esperará por el sí del hombre para entrar en Su reino. Si este sí, finalmente, no llega, entonces entramos en otra situación completamente diferente. Durante la vida, el hombre puede cambiar de santo a malvado y viceversa. Sin embargo, una vez que abandona el cuerpo., el alma se vuelve eterna e inmutable. Inmutable. Este hecho implica la imposibilidad de cambiar aunque se quiera. Si un asesino muere sin arrepentirse, permanecerá en su condición criminal ad perpetuam. Una vez aclarados estos puntos, la necesidad del infierno es evidente. Su duración ilimitada es consecuencia de la incorruptibilidad del alma. El castigo aplicado es proporcional a la condición malvada del alma, que, como dije, nunca cambia. Ahora entremos en el tema que nos ocupa. Tenemos un alma arrinconada en ese lugar del que Dios está ausente. Dios es amor, y el amor es Dios, dijo en alguna ocasión San Pablo. En consecuencia, el amor no existe en los abismos infernales, lugar en el que no se deja sentir la presencia benéfica del Creador. El odio es la ley imperante. Odio mortal contra Dios, contra los hombres, contra los diablos y contra uno mismo por el mero hecho de existir. El dolor del castigo sufrido y la irreversibilidad de la situación acrecientan aún más el odio. Y cuanto más odio, más dolorosa se torna la existencia en el abismo, conformando un dantesco circulo vicioso del que no existe salida posible. Odio sobre odio.

Las almas condenadas son almas odiantes. Un odio visceral que es superior incluso al dolor más brutal. La prueba de todo esto la ejemplifica Satanás. Este querubín malvado padece los rigores del infierno desde tiempos inmemoriales. El dolor es una constante en su existencia maldita. Pero lejos de ablandarse ante este sufrimiento -cosa imposible dada la inmutabilidad del alma- se dedica a extender el dolor y el odio por allí donde pasa. Y esto es posible por lo dicho anteriormente: el odio es tan salvaje que supera incluso a todo dolor que pueda inflingirsele.

La omnisciencia de Dios alcanza a toda la creación, incluído el infierno, pero en este lugar no se deja sentir Su presencia benéfica. Cuando Jesús se disponía a abandonar este mundo nos dejó el Espíritu Santo para que a través de Su guía el amor se expandiese al mundo con toda su potencia. En el infierno no existe nada parecido. Bien al contrario, el espíritu del maligno lo barre todo con su halo de odio visceral, inundando cada molécula del abismo. El amor simplemente no existe. Hablar de amor en el infierno es como hablar de castidad en un burdel: un absurdo. En su lugar existe un odio tan vívido y palpable que ninguna criatura puede substraerse a él. El odio lo impregna todo, se respira y pasa a formar parte de las criaturas que pueblan el abismo. Es un sentimiento tan real que incluso el alma más caritativa que tuviese la desgracia de caer en semejante cloaca no tardaría en convertirse en un engendro criminal dispuesto a desollar viva a la humanidad entera. Y es que donde falta DIOS, sólo queda el desamor.

Por otro lado, este odio tiene otras connotaciones interesantes. Siempre me pregunté como podrían las almas celestiales vivir a gusto sabiendo que sus padres, sus hijos, sus amigos o sus allegados están sufriendo en el infierno. La respuesta es simple: si estos ángeles visitasen a sus familiares del infierno, no encontrarían en ellos más que un cúmulo de instintos asesinos contra el universo entero del que no se salvarían ni ellos mismos.







EL INFIERNO



Dadas las dudas que demuestra mucha gente sobre el tema del infierno, expondré brevemente su fundamentación. El infierno es el lugar inferior, como su nombre indica, al que irán las almas que no tienen posibilidad de redención. Este es un tema recurrente. Para empezar debo confesar que la existencia del infierno me resulta especialmente repugnante. En algún momento llegué a sostener su inexistencia. Era lo más cómodo y elegante para mi conciencia. Sin embargo esta postura no se sostenía. Las referencias bíblicas al infierno son tan abrumadoras que habría que cambiar completamente la Escritura para no mencionarlas. La tradición de la Iglesia sobre el tema tampoco deja lugar a dudas; y los numerosos testimonios milagrosos resultaban elocuentes: Fátima, Santa Teresa, Santa Faustina, etc. Por lo tanto hube de concluír que, inequívocamente, el infierno estaba ahí. Y estaba ahí como morada del diablo, de sus cómplices y de todos aquellos que en vida trataron de imitarlos.

Las preguntas más habitual contra esta tesis es: �Qué sentido tiene la existencia del infierno?, �Si Dios es misericordioso, como permite la existencia de semejante lugar?, �Que crimen podría justificar la condenación de alguien a la tortura eterna? Empecemos por la última cuestión. Supongamos un reo al que se encuentra culpable de un crimen y se le condena a diez, veinte, treinta o los años que sean. Si el juício fue justo, nadie negará la necesidad de la condena como forma de reparar el daño causado. Esto es una cuestión de justicia simple que cualquiera puede comprender y a la que, en general, tiende el ser humano. El hombre, por alguna razón que no sé muy bien a qué atribuir, tiende a buscar ese equilibrio natural que conduce a la justicia. Este ejemplo típico de la vida real sería el equivalente a la estancia en el purgatorio durante un tiempo determinado para aquellos pecadores que, sin llegar a ser irrecuperables, no encontraron aún el estado de pureza necesaria para pasar a disfrutar de más altos designios.

Si el crimen es especialmente grave, además de reparar el daño causado, se considera necesario apartar al sujeto de la sociedad, aislarlo para evitar daños mayores. Es lo que ocurre con los condenados a reclusión a perpetuidad o incluso a la pena de muerte. En estos casos, estos sujetos se consideran ya totalmente irrecuperables, sujetos que muestran una tendencia cuasi instintiva hacia el mal y a los cuales la sociedad no puede tolerar en libertad sin exponerse a perjuicios considerables. Este estado de cosas justificaria la condenación al infierno. Esta condenación sería eterna a causa de la naturaleza indestructible del alma, que no se corrompe ni muere.

De todas formas, -dirá mucha gente- esta situación sólo justificaria el aislamiento de ese condenado, pero no los tormentos que la Escritura describe. El mismo Jesús advirtió a Judas: A AQUEL QUE ENTREGUE AL HIJO DEL HOMBRE MÁS LE VALDRÍA NO HABER NACIDO... En diversos lugares de la Escritura se menciona el castigo del fuego. Un fuego espiritual que no consume la carne, pero resulta doloroso. En el Apocalipsis se menciona explícitamente el lago de azufre y vidrio fundido en el que se sumergirán las almas condenadas. La pregunta de como se justifica esta cuestión habría que enfocarla en una perspectiva global. Si aceptamos que es plausible la idea de que las almas justas serán elevadas a un paraíso de eternas delicias, parece justificado que aquellas otras almas corrompidas por la maldad sean enviadas a un lugar opuesto. Opuesto en todo con una precisión matemática. Al Reino de la Luz, se le opone el abismo de oscuridad; al del amor, el del odio; al de la libertad, el del la esclavitud; al de la paz, el de la furia; y al del sosiego, el del dolor. Presiento que muchos aún no estarán convencidos. Aducirán la misericordia divina en sus cavilaciones. Y, efectivamente, la misericordia de Dios permite que el destino de muchos cambie drásticamente. Pero Dios es justo, porque no sería bueno si no fuese justo, y la bondad a su vez implica justicia. Y a esa bondad infinita es a la que debemos la existencia de un camino directo hacia Dios. Ese camino es Jesús. Todos los hombres y mujeres, de cualquier pueblo, raza, lengua e incluso religión, tienen la posibilidad de llegar a Dios por medio de la justicia. El reino de Dios es el reino de los justos, y todo el que es justo tendrá acceso a él. Pero Dios, en su bondad extrema, conociendo las dificultades de mantener una vida íntegra en esta existencia terrena, nos ofrece un medio para purificarnos a través de la fe. Al comulgar, pasamos a formar parte del cuerpo místico de Jesús, quien carga entonces con nuestras culpas liberándonos de todo aquello que enloda nuestras almas. Este es el regalo que Dios nos hace para que todos, sin excepción, podamos alcanzarlo. Hasta el último segundo de vida es posible recurrir a la fe para limpiar el mal que anida en nosotros y pasar a formar parte del reino de los justos. Repito, HASTA EL ÚLTIMO SEGUNDO DE VIDA, es posible rectificar, sólo es necesario arrepentirse de las faltas cometidas en el pasado y aceptar la tabla de salvación que Dios nos ofrece a través de la fe en Su Hijo, Jesucristo. Y es en este último punto donde se expresa la inmensa misericordia divina aludida anteriormente. Si, a pesar de todas estas posibilidades de salvación, seguimos persistiendo en nuestros errores y rechazamos la gracia que Dios nos ofrece, ya sólo nos restaría aguardar la inexorable justicia divina.

La redención solo es posible en base a la libertad. Y consiste en una elección por el bien y el rechazo explícito del mal. Esta decisión, para que sea realmente libre, debe tomarse durante la vida física de las personas, porque en esta existencia no hay pruebas definitivas de la existencia o inexistencia de Dios. Es por lo tanto una elección libre, pues todo aquel que por cualquier motivo no desee aceptar a Dios y su plan de justicia, amor y eternidad, siempre podrá negar al Creador escudándose en que no existe. Una vez abandonada esta existencia terrenal y descubierta por fin la auténtica naturaleza de la vida, ya no seria posible tomar una decisión realmente libre porque entonces ya conoceríamos la existencia cierta de Dios y nuestra decisión se vería coartada por el deseo de alcanzar el paraíso o el temor de quedar fuera. Así pues, la única posibilidad de decidir libremente la tenemos en esta vida terrena. Hasta el último minuto, en el ÚLTIMO SEGUNDO, es posible aún rectificar y pedir perdón por los errores cometidos y poder así alcanzar la unión definitiva con el Creador. Aquellos que se resistan a dar este paso, habrán demostrado de forma veraz su condición irreparablemente malvada y habrán de abandonar definitivamente toda esperanza de redención.

�Tengo tiempo hasta el último segundo de mi existencia física? Se preguntará mucha gente. O sea, mientras tanto puedo estar fastidiando, destrozando, violando, asesinando etc,etc.. que si llego a ese segundo y pido perdón alcanzo la unión definitiva con el Creador... La respuesta a esta cuestión es que se puede hacer todo eso que acabo de exponer, y pedir perdón en el último segundo. Pero cuidado: además de pedirlo, es necesario ARREPENTIRSE SINCERAMENTE de todos los pecados mencionados, de lo contrario, la petición de perdón seria una mera farsa. Por otro lado, suponiendo que se arrepintiese en el último segundo, tendría que pasar necesariamente por el purgatorio porque no tendría tiempo material de reparar los pecados con la oración y los sacrificios que compensasen las malas obras. De todas formas, y como último recurso, que nadie deje de pedir perdón, siempre será mejor que nada, pues una vez que se está en el infierno se está condenado allí de por vida y ya no habrá opción de arrepentirse y salir de el; no existe evidencia de que puedan redimirse las almas que están en el infierno. La razón es que no se cambia. Un criminal que muere sin arrepentirse seguirá con sus intenciones criminales ad perpetuan. Al parecer, la capacidad de modificar nuestras condiciones morales solo es posible en esta vida y en el purgatorio. Por lo tanto, debemos atenernos a la frase de Dante. "Todo aquel que entre aquí debe perder toda esperanza." Quiero incidir en la necesidad del arrepentimiento. Si se tiene, el alma se salva, si no, no se salva. No es posible el fingimiento, Dios conoce los pensamientos más intimos de todos nosotros, por lo tanto es imposible engañarlo y Su juício es siempre justo. En cuanto al purgatorio, si uno se arrepiente en el último segundo, no es posible, por falta de tiempo, compensar las maldades cometidas anteriormente por medio de la oración y los sacrificios. Por lo tanto, se iría al purgatorio un tiempo proporcional a los pecados. La diferencia estriba en creer o no creer. La fe puede salvarnos, aún en el último segundo.

Otra pregunta frecuente es: si Dios conoce nuestros pensamientos más ocultos, �por qué permite que unos hombres sean malos y otros no? Si sabe que alguien va a obrar mal, �por qué lo permite? Parece como si Dios estuviese jugando con nosotros... O sea, que señala a dedo quién es bueno y quién es malo, y el que es malo se condena eternamente... Por tanto, no existiría libertad, sería todo predestinación absoluta, sin posibilidad de obrar libremente... Esta pregunta conlleva un error clásico, confundir predestinación con precognición. Dios conoce todo lo que sucede, sucedió y sucederá, porque es omnisciente y omnipotente. Tambien es todo amor. Y el amor por el prójimo implica respetar su libertad. Dios respeta tanto nuestra libertadd que nos da opción incluso de tirarnos de cabeza al infierno. Para comprobarlo no hay más que leerse algunas páginas de internet que tanto abundan: no tardaríamos en descubrir la cantidad de blasfemos, malvados, pervertidos y satanistas que libremente eligen por destino la eternidad en el infierno. Dios conoce esta realidad, y a través de Su Hijo, Jesucristo, nos dió el medio para que sepamos lo que nos conviene y lo que no. Pero aún así, hay gente que libremente decide despreciar el modelo a seguir que nos indicó Jesús a través de su vida, que reniegan de la posibilidad de redimirse a través de Su sacrificio, y libremente eligen su destino infernal. Y como ya dije, el respeto a la libertad del prójimo es esencial en el amor. El amor implica libertad, y la libertad mal dirigida conduce inexorablemente al infierno.

Y que nadie se engañe, en el Infierno no hay drogas, alcohol y otras perversiones, sino !Fuego!. Ya se que suena pueril y es fácil de ridiculizar esta idea, pero eso es exáctamente lo que hay, aunque se trate de un fuego de naturaleza diferente al terrenal, que quema sin consumir a las almas, recuerdese que el alma no es material. Las almas que están en el Infierno conocen exáctamente la existencia de Dios, y uno de sus mayores dolores es conocer que han malgastado su vida terrenal dedicandose a los vicios y perversiones en lugar de a conocer y amar a Dios.

En el Purgatorio el fuego a que están sometidas las almas no es muy inferior al del Infierno -según han contado algunos que han podido comunicarse desde allí-. La diferencia con el Infierno es que las oraciones que nosotros rezamos por las almas del Purgatorio tienen el efecto de aliviarlas el sufrimiento, y además su dolor se ve atenuado por la certeza de que llegarán al Cielo.


POR QUE SE ESCONDE SATANÁS?

Si analizamos el tema del diablo, llegamos a varias conclusiones sorprendentes. La primera es que todas las referencias que tenemos de este sujeto provienen de la Biblia; aunque también existen los equivalentes a este engendro en las otras religiones importantes. Pero siempre son referencias que provienen de la Divinidad, advertencias con respecto a la maldad ilimitada del diablo. Y es que las referencias provenientes del bando infernal prácticamente no existen. Parece como si Lucifer tuviese pavor a mostrar su rostro auténtico. Y esto es estrictamente lógico. Todos aquellos que tuvieron oportunidad de visitar el abismo y volvieron para contarlo describen los mismos horrores espantosos que harían temblar incluso al hombre más templado. Horrores que el diablo no tiene interés ninguno en propalar entre la humanidad. Prefiere promover la ignorancia, o mejor aún, la incredulidad y la mofa a respecto su persona y de sus dominios plagados de patetismo. Y es que este bicho es tan malvado que utiliza cualquier medio imaginable para embaucar a los humanos con el fin de atraerlos hacia su cloaca inmunda. Es como la tela de una araña que atrae con engaños sutiles a las almas desprevenidas para hacer de ellas unos despojos sangrantes. Las artimañas son múltiples y muy refinadas, y todas tienen un denominador común: la ignorancia, cuando no la blasfemia y la manifiesta animadversión hacia Dios. Todo engaño vale con el fin de atraer a los pobrecillos de mentes frágiles y de moral enclenque. El medio más socorrido es el de la perversión de los instintos naturales. Cuestiones como el sexo, el egoísmo, la avaricia sin límites y esa especie de odio congénito hacia el prójimo que padece mucha gente son utilizados con resultados devastadores. El proceso siempre es el mismo. Una vez negada la posibilidad de Dios, o ridiculizada su mera existencia con artimañas diversas, la conclusión es obvia: "aprovechar" la vida al máximo. Si alguno de los presentes vio la película "Asesinos Natos", sabrá a lo que me refiero. Es la existencia consagrada a la satisfacción más brutal de los instintos primarios. Y todo vale, desde matar a los propios padres, violar a todo el que se ponga a tiro, matar a diestro y siniestro, y encumbrarse a uno mismo hasta las estrellas para edificar otro patético becerro de oro que, inevitablemente, habrá de sucumbir finalmente ante la muerte inexorable. Pero, como diría Dostoievski, "si Dios no existe, todo está permitido".

La segunda artimaña utilizada por el maligno para atraer víctimas propiciatorias es el engaño puro y duro. "San Juan 4: 1 Amados, no Creáis a todo Espíritu, sino probad los Espíritus, si son de Dios. Porque muchos falsos profetas han salido al mundo. 2 En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo Espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne procede de Dios, 3 y todo Espíritu que no confiesa a Jesús no procede de Dios. Este es el Espíritu del anticristo, del cual habéis Oído que Había de venir y que ahora ya Está en el mundo." En este pasaje bíblico se habla de un espíritu que trató de embaucar al apóstol San Juan. Tengo evidencias de que actualmente se está utilizando el fenómeno de los extraterrestres con finalidad parecida. Me consta que a mucha gente esto le parecerá increíble o incluso ridículo; pero los resultados no dejan lugar a dudas: todo este fenómeno da lugar a la proliferación del ateísmo. Hoy por hoy no existe ninguna evidencia de la existencia de vida inteligente fuera de la Tierra. Si yo afirmara que en un planeta de la estrella Alfa-Centauro existe una civilización inteligente que nos visita periódicamente, que hace experimentos con nosotros, que iniciase la vida en la Tierra a partir de una pareja de clones y que incluso fuese responsable de la creación del mismísimo universo, mucha gente no dudaria en asentir a pies juntillas. Sin embargo, si afirmase que existe una Entidad Ominpotente y Omnisciente, el Principio Creador del universo que llamamos Dios, automáticamente toda esa pandilla de "progres" y pseudocientíficos que identifican racionalidad con ateísmo esbozarían una sonrisa compasiva; a pesar de que ambas hipótesis son igualmente indemostrables. De alguna forma, el fenómeno extraterrestre da una base científica (ficticia) a una gran parte de los ateos actuales.

Existe una tercera artimaña para embaucar a los más pardillos: el satanismo. Resulta racionalmente absurdo, pero su existencia es irrebatible. Existen multitud de grupúsculos de adoradores del maligno que, a la manera de iglesias de la maldad, agrupan a los que libremente escogen la via del mal. Siempre me pregunté que podía impulsar a estos pobres desgraciados a meterse en semejante atolladero, y la única explicación que encontré fue la de la odio visceral. Una especie de instinto perverso que les induce a provocar la maldad sin límites a sus semejantes. Esta gente me recuerda de alguna forma a los experimentos que hace décadas se hacían con ratas para probar sus respuestas al placer y al dolor. A estos animales se les insertaba un electrodo en el paleocórtex, en el llamado centro del placer. Cada vez que pulsaban un pedal, un estímulo eléctrico estimulaba sus cerebros con una sensación orgiástica. Esta sensación era tan intensa que incluso llegaban a hacer cosas que no harían ni siquiera muertas de hambre. Se comprobó que eran capaces de saltar sobre una parrilla electrificada con tal de alcanzar el pedal que accionaba el electrodo del paleocórtex. Por la contra, las ratas que sólo recibian un estímulo de comida, acababan muriendo de hambre por no tener estímulo suficiente para saltar sobre la parrilla electrificada. De esta misma forma interpreto la conducta de esta gente. No encuentro otra explicación a un disparate tan descomedido como vender la propia alma al diablo. Y es que esta "gente", si se puede llamar así, encuentra el mayor placer de su vida en el sufrimiento, en la degradación, en la humillación y en el infinito mal ajeno. Cuantas veces habremos leído en la prensa las inenarrables atrocidades que se cometen con multitud de niños que son asesinados por medio de torturas dantescas durante rituales satanistas. Es posible que alguien aduzca que todo esto se trata de una degeneración congénita, que no son responsables, sinó víctimas. Quizás para las ratas de laboratorio estos argumentos fuesen válidos; pero estas razones no valen cuando se trata de seres racionales. Las tendencias naturales aberrantes existen en la humanidad desde el origen de los tiempos: la homosexualidad, el canibalismo, el incesto, la piromanía, el parricidio, la cleptomania, el asesinato compulsivo, etc, y como tales tendencias son aceptables. Pero la voluntad, no el instinto, debe gobernar nuestras existencias. En ningún caso son justificables las prácticas aberrantes amparandose en que sean una tendencia natural. El propio Jesús lo afirmó inequívocamente en cierta ocasión: SI TU OJO DERECHO TE ESCANDALIZA, ARRÁNCALO Y TIRALO LEJOS, ES MEJOR PARA TI QUE SE PIERDA UNO DE TUS MIEMBROS Y NO QUE TODO TU CUERPO SEA ECHADO AL INFIERNO...


Dios es amor, y el amor, implica justicia. Es simplemente contradictorio decir que amas a alguien si lo tratas injustamente. De ahi se deduce la existencia del infierno como lugar al que van a parar los inicuos. Si al justo le concedes la eternidad en un lugar paradisíaco, a un injusto le corresponde exactamente lo contrario. Dios concede tantos dones como castigos. El funcionamiento es idéntico al de una balanza. Si admites que el infierno no es aceptable para un injusto, debes entonces aceptar que tampoco lo es el Cielo para un justo. En la Biblia se refleja claramente la personalidad de Dios como un Ser Justo por definición. No sé las razones de este seguimiento tan estricto de la justicia por las que se rige Dios. Me imagino que será alguna característica de Su Naturaleza. pero es indudable que se atiene escrupulosamente a ella. El infierno es una realidad, tanto bíblica como racional, aunque a muchos protestantes les resulte tan dura que prefieran saltarse varios cientos de páginas de la Biblia y simplemente negarlo. Eso sin duda es más placentero, pero no se atiene a la realidad.







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