EL SUFRIMIENTO EN EL CRISTIANISMO



Sea alabado nuestro Señor Jesucristo.

Nuestra religión tiene por señal la Cruz, que trazamos sobre nosotros en señal de nuestra Fe en un Dios, en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Trazamos esa señal de la Cruz sobre nosotros para significar que aceptamos la Cruz, esto es, el sufrimiento que Dios nos quiera mandar en nuestras vidas.

San Luis de Montfort muestra que, en el Calvario, había tres cruces: la de Cristo y la de los dos ladrones, para enseñarnos que todos los homnbres sufren.

Sufren los inocentes, como Cristo. Sufren los pecadores arrepentidos, como el buen ladrón. Sufren los pecadores empedernidos y rebelados, como el mal ladrón.

Todos sufren. Todos sufrimos.

De hecho, es imposible en esta vida no sufrir, porque si nuestra vida es un gran bien y es muy buena, sufrimos por el hecho de que sabemos que podemos perderla en cualquier momento, y que la perderemos, sin duda alguna, un día.

La felicidad exige, para ser completa, absoluta seguridad, lo que no existe en este mundo.

Definiendo la felicidad del Cielo en versos sublimes, Dante Alighieri -que tiene muchas cosas malas- escribió:

"Oh gioia ! Oh ineffabile allegrezza !

Oh vita integra d'amore e di pace !

Oh sanza brama sicura ricchezza !

("¡Oh júbilo! ¡Oh inefable alegría !

¡Oh vida íntegra de amor y paz!

¡Oh, sin deseos,

segura riqueza!")

Repara en el último verso: la felicidad absoluta exige la posesión del bien absoluto, -lo que nos elimina todo deseo nuevo -y la posesión de ese bien absoluto deber ser con seguridad perfecta e inexpugnable.

Sin embargo, en esta vida no podemos tener eso. Por lo tanto, una felicidad sin Cruz, en esta vida es imposible.

Vamos entonces al meollo de la cuestión: ¿Por qué el sufrimiento?

Dios creó al hombre en estado de inocencia y santidad, y lo colocó en el paraíso terrestre, en el Edén del que hablan las Sagradas Escrituras, para probarlo.

Obedeciendo, él tendría la felidiad absoluta "sanza brama, sicura ricchezza" como dice Dante.

Adán pecó, y con el pecado vino el sufrimiento como castigo. El primero, y más duro, la muerte. Después todos los demás males: las enfermedades, la ignorancia, la pobreza, las contrariedades, etc.

Dios, sin embargo, bondadosamente quiso devolver al hombre lo que había perdido. Por eso prometió un Salvador que pudiese pagar la deuda del hombre.

¿Cuál era esa deuda?

Desobedeciendo a Dios, Adán y Eva cometieron un gran mal.

Toda ofensa es proporcional a la dignidad de la persona ofendida. Si doy una bofetada en el rostro de un bebé, él sólo llora por el dolor, pero no comprende la ofensa. Si doy la misma bofetada a un adulto, él sufre más con el insulto que con el dolor físico del golpe recibido. Si doy el mismo golpe a una chica, porque normalmente es más débil, para evitar represalias, aumento la malicia a mi acto. Si la mujer en que golpeo es una vieja, la culpa crece. Si esa vieja es mi propia madre, la culpa crece aún más. Por lo tanto, la culpa crece en proporción a la persona ofendida.

La culpa de Adán era entonces proporcional a Quien él ofendió. El ofendido, fue el propio Dios infinito. Por lo tanto la culpa de Adán fue infinita y merecía un castigo infinito. La única cosa que podemos hacer infinita es el pecado.

Todos los pecados que practicamos merecen castigo infinito. Es por eso que, quien muere en pecado grave, va para el infierno eterno, que es como un infinito en el tiempo.

Alguien puede decir que el pecado de Adán, comiendo un fruto prohibido, le parece una cosa infantil, pero si piensas eso te estás engañando totalmente.

Si examinas más de cerca el pecado de Adán, verás lo grave que fue, porque estaba lleno de malicia.

En primer lugar, Adán desobedeció conscientemente, y no como un niño. Él sabía que debía su ser, la vida y todo a Dios, y a pesar de ello, como ingrato y rebelde desobedeció.

En segundo lugar, es preciso analizar cual es su razón para desobededer. Y la razón es que él creyó al demonio que le dijo que Dios era un mentiroso, y que comiendo el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, se volvería como Dios, autosuficiente. Por lo tanto, al aceptar lo que que le dice el demonio bajo la forma de serpiente, Adán llamó a Dios mentiroso, cometiendo una blasfemia. Queriendo volverse como Dios -de cierta forma igual a Dios- Adán pecó por un orgullo casi infinito.

Además, Adán sabía que comiendo aquel fruto él simplemente lo digeriría. ¿Cómo podía esperar entonces obtener un efecto infinito -hacerse como Dios- simplemente comiento un fruto? Adán sabía que todo efecto tiene que ser inferior a su causa.

¿Entonces cómo esperaba alcanzar un efecto infinito de una causa -el fruto prohibido- finita? Adán cometió por consiguente un acto de magia, que consite exactamente en querer alcanzar efecto mayor de causa menor. Sin embargo, Adán sabía que esto era imposible. Él confió entonces en que el demonio lo convertiría en Dios, al darle él la señal de que aceptaba su auxilio, esa señal fue comer el fruto prohibido.

Por consiguiente, el pecado de Adán fue de satanismo, por pedir y rogar a Lucifer una cosa, en vez de pedirla a Dios, nuestro Señor.

Habría que explicar aún que el pecado de Adán fue de practicar la Gnosis, pero esto llevaría la explicación demasiado lejos y con una utilidad dudosa.

De todos modos, Adán mereció un castigo infinito que no podía pagar, porque el mérito del hombre, al contrario de la culpa, es siempre finito, ya que depende simplemente de nosotros, que somos finitos.

Para pagar la deuda de Adán era preciso un mérito infinito que sólo Dios puede tener.

Por lo tanto, el hombre jamás podría salvarse y jamás podría recuperar la felicidad absoluta que había perdido.

Dios, entonces, por Su infinita bondad, solucionó el problema. Determinó que Su Hijo, el Verbo de Dios, se tornase hombre. Éste fue Jesucristo, Hijo de Dios, Sabiduría de Dios encarnada. Jesús es Dios y hombre. Él tiene dos naturalezas en una sola Persona, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo.

Siendo Dios, Él tiene inteligencia y Voluntad divinas. Siendo hombre perfecto, Él tiene cuerpo y alma como nosotros. Su alma humana tiene inteligencia humana (por eso aprendió a hablar), voluntad humana, y sensibilidad. Él también tiene cuerpo como el nuestro. Y es una sóla Persona en dos naturalezas.

Siendo Dios, todo lo que Él hacía tenía valor infinito. Siendo hombre, asumiendo la culpa de todos nuestros pecados, Él pagaba nuestras culpas. Por eso Dios se encarnó, para sufrir el castigo que debía caer sobre nosotros. Él tomó la responsabilidad de mis pecados y de tus pecados, mi querido amigo. Cuando somos bautizados, aceptamos que los sufrimientos y la sangre de Él paguen nuestras culpas.

Él nos dio también así un ejemplo de un valor infinito, que debemos imitar.

Si comprendemos cuan malos somos, y cuanto merecemos ser castigados, aceptamos todos los sufrimientos que Dios nos da. Si comprendemos como Dios nos ama, queriendo sufrir en nuestro lugar, querremos imitarlo, sufriendo también en lugar de los otros, para que Dios los perdone.

En verdad, todo bien que recibimos, sólo lo recibimos porque alguien sufre por nuestros pecados.

Así es nuestro Dios. Así también deben ser sus hijos.

La felicidad, más que en el gozo de los bienes, consiste en amar tanto a los otros que aceptemos sufrir para que ellos sean felices.

Si tienes hijos, comprenderás perfectamente eso. Si tienes aún a tus padres, comprenderás que tu felicidad será mayor cuanta más felicidad les dieses a ellos, incluso -y principalmente- con tu sufrimiento.

Más aún. Los bienes que podemos tener en este mundo son de tres tipos:

1 Bienes materiales: riquezas, placeres;

2 Bienes inmateriales, como premio de nuestras acciones valerosas y de nuestros trabajos, como honores o prestigio y la consideración social;

3 Bienes intelectuales, como el saber.

Ahora bien, ninguno de esos bienes nos da la felicdad perfecta, porque todos ellos pasan.

El dinero y las riquezas no nos dan la felicidad completa, sino más bien inquietudes, porque son bienes que embriagan como el vino, mi querido amigo, cuanto más se tiene más se quiere, la avaricia es como un pozo sin fondo. (¡Una vez oí una canción que decía que dos personas muy pobres eran tan felices que hacían brindis con las copas llenas de agua! El "vino" de la felicidad está en la copa de nuestro corazón. Ciertamente, amigo, no eres la persona más rica del mundo y tuviste momentos de felicidad. Pero estos momentos no te vinieron de la riqueza).

Los placeres son fugacísimos y frustrantes para quien en elllos pone el fin de su vida. Mira tantos artistas de cine, astros de cualquier tontería moderna, llenos de dinero y de placer, que se matan de desesperación y de infelicidad (Marilyn Monroe e Elvis Presley son dos ejemplos bien conocidos).

Honor, gloria y prestigio de poco valen en este mundo. Cuando Napoleón -un hombre que recibió honores, prestigio y gloria como nadie en este mundo- cierta vez era ovacionado por la multitud en un desfile, el embajador de Dinamarca -lugar que nunca tuvo un gran prestigio- le comentó al emperador francés: "¡Majestad, esto sí que es la gloria!"

A lo que Napoleón respondió:

"Excelencia, los hombres se vengan de los aplausos que nos dan". Y Napoleón murió en el exilio, en una isla minúscula perdida en el Atlántico...

El saber, a pesar de que permanezca en nosotros hasta que nos quedemos esclerotizados o atontados, sólo vale si es trasmitido a los demás. El saber es como una canción: sólo vale si es dada a los otros, si es cantada para los otros. ¿De qué nos vale saber mucho, si no practicamos lo que sabemos que es cierto, y si vivimos por ello en contradicción, condenados por nuestro propio saber? El saber sólo vale con la caridad, con el amor a Dios y al prójimo. La felicidad consiste en dar y non en recibir.

Por eso, en este momento en que te escribo, soy feliz porque estoy pasándote lo poco que sé y que tengo.

Mayor sería la felicidad si, para hacerte bien, tuviese que hacer algún sacrificio. Porque entonces sería como Cristo, que por amor a nosotros sufrió tanto.

Todos los bienes terrenos son poco -¡qué digo!- son nada, comparados con el bien infinito que es la posesión de Dios. Sólo tenemos felicidad en el deber cumplido, y cumplido con sacrificio. Si quieres saber más del tema, te recomiendo una obra excelente sobre este tema "la Carta circular a los amigos de la Cruz", de San Luis de Montfort.

Para acabar, cito unos lindos versos de Camões:

"Tu, que descanso buscas con cuidado,

en el mar de esta vida, tempestuoso,

no esperes hallar ningún reposo,

sino en Jesucristo crucificado."



Como ves, fue imposible hablar de la cruz y del sufrimiento sin hablar del Crucificado.

"Gesu dolce, Gesu amore..."

como decía Santa Catalina de Siena.





In Corde Jesu, semper,








La forma nueva de vivir el sufrimiento


Mateo (10, 37-42)

En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija mas que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá».

¿Por qué la cruz?

Jesús, en el Evangelio, nos habla de la necesidad de tomar la propia cruz. Pero ¿cómo hacer comprender esta palabra a una sociedad, como la nuestra, que opone el placer? Partamos de una constatación. En esta vida, placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que a la elevación de una ola en el mar le sigue una depresión y un vacío capaz de succionar a quien intenta alcanzar la orilla. El hombre busca desesperadamente separar a esta especie de hermanos siameses, de aislar el placer del dolor. A veces se hace ilusiones de haberlo logrado, pero por poco tiempo. El dolor está ahí, como una bebida embriagadora que, con el tiempo, se transforma en veneno.

Es el mismo placer desordenado que se retuerce contra nosotros y se transforma en sufrimiento. Y esto, o improvisamente y trágicamente, o un poco cada vez, en cuanto que no dura mucho y genera hartura y hastío. Es una lección que nos viene de la crónica diaria, si la sabemos leer, y que el hombre ha representado en mil formas en su arte y en su literatura. «Un no sé qué de amargo surge de lo íntimo de cada placer y nos angustia incluso en medio de las delicias», escribió el poeta pagano Lucrezio.

El placer en sí mismo es engañoso porque promete lo que no puede dar. Antes de ser saboreado, parece ofrecerte el infinito y la eternidad; pero, una vez que ha pasado, te encuentras con nada en la mano.

La Iglesia dice tener una respuesta a este que es el verdadero drama de la existencia humana. Ha habido, desde el inicio, una elección del hombre, hecha posible por su libertad, que le ha llevado a orientar exclusivamente hacia las cosas visibles ese deseo y esa capacidad de gozo de la que había sido dotado para que aspirara a gozar del bien infinito que es Dios. Al placer, elegido contra la ley de Dios y simbolizado por Adán y Eva que prueban del fruto prohibido, Dios ha permitido que le siguieran el dolor y la muerte, más como remedio que como castigo. Para que no ocurriera que, siguiendo a rienda suelta su egoísmo y su instinto, el hombre se destruyera del todo a sí mismo y a su prójimo. (¡Hoy, con la droga y las consecuencias de ciertos desórdenes sexuales, vemos cómo es posible destruir la propia vida por el placer de un instante!). Así al placer vemos que se le adhiere, como su sombra, el sufrimiento.

Cristo por fin ha roto esta cadena. Él, «en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz» (Hb 12, 2). Hizo, en resumen, lo contrario de lo que hizo Adán y de lo que hace cada hombre. Resurgiendo de la muerte, Él inauguró un nuevo tipo de placer: el que no precede al dolor, como su causa, sino que le sigue como su fruto; el que halla en la cruz su fuente y su esperanza de no acabar ni siquiera con la muerte.

Y no sólo el placer puramente espiritual, sino todo placer honesto, también el que el hombre y la mujer experimentan en el don recíproco, en la generación de la vida y al ver crecer a los propios hijos o nietos, el placer del arte y de la creatividad, de la belleza, de la amistad, del trabajo felizmente llevado a término. Todo gozo. La diferencia esencial es que es el placer en este caso, no el sufrimiento, el que tiene la última palabra.

¿Qué hacer entonces? No se trata de ir en busca del sufrimiento, sino de acoger con ánimo nuevo el que hay en la vida. Podemos comportarnos con la cruz como la vela con el viento. Si lo toma por el lado adecuado, el viento la hincha e impulsa la barca por las olas; si en cambio la vela se atraviesa, el viento parte el mástil y vuelca todo. Bien tomada, la cruz nos conduce; mal tomada, nos aplasta



EL DOLOR

"Todo aquel que peca se convierte en esclavo del pecado"

Jn 8,33

En esta frase, Jesucristo nos advierte sobre las consecuencias del mal, y el dolor es una de ellas. El dolor no es un valor en si mismo. Es un camino. El ejemplo lo tenemos en la Pasión de Jesús: la Crucifixión es un medio de salvación para la humanidad.

"Vine a dar Mi vida en rescate por la de muchos". Mt. 20, 28

El dolor humano es generalmente más difícil de aceptar por afectarnos directamente, pero tiene el mismo sentido purificador. Si analizamos la mayor parte del dolor del mundo nos damos cuenta de que tiene un origen humano (guerras, hambre, genocidios, etc).

Existen otros males cuyo origen es más difícil establecer y que atribuímos a Dios. Son males sin causa aparente que no comprendemos. La voluntad de Dios resulta entonces inasequible a nuestro entendimiento y dudamos de Su Justicia porque no la comprendemos, pero existe una lógica que solo la Mente Divina conoce, de la misma forma que una hormiga no comprende los actos humanos...

El mal es un producto de la libertad humana. La libertad humana encaminada en el sentido erróneo produce dolor.

El dictador comunista Pol Pot asesinó a un tercio de la población de Camboya.

Otro dictador, Adolf Hitler mandó a seis millones de judíos a la cámara de gas y provocó una guerra en la que murieron 55 millones de personas.

El conquistador mongol Gengis Kan (1162-1227) fue un caso de maldad extrema. Ya a los 13 años asesinó a sangre fría a un hermanastro tras una discusión. En sus guerras se empleó con saña y crueldad refinadas. En cierta ocasión le preguntó a un oficial de su guardia: "¿Qué cosa en el mundo proporciona la mayor felicidad?" Tras meditar un poco, el soldado dijo: "La abierta estepa, un día claro, un caballo ligero y un halcón en el puño para saltar sobre las liebres." Gengis Kan replicó: "No, el mayor placer del hombre es aniquilar a los enemigos y verlos caer a sus pies, tomar sus caballos y bienes, y oír los lamentos de sus mujeres. Esto es lo mejor..." Y sin duda sabía de lo que hablaba, ya que se calcula que en sus correrías conquistadoras exterminó al 10% de la población de Asia oriental.

Ante estos personajes históricos de tamaña monstruosidad, puede alguien dudar de la existencia de ese otro engendro de maldad suprema que el propio Jesús definió: ESE ERA HOMICIDA DESDE EL PRINCIPIO.





DIOS Y EL SUFRIMIENTO


El mal es creado por el hombre, y surge del mal uso de su libertad.

Profundizando: Dios hizo al hombre bueno, como a toda Su creación. Y tanto lo amó (y lo ama) que estableció con él una relación de infinito respeto. En definita, una relación de LIBERTAD.

A partir de ahí surge el mal, a partir de la tendencia del hombre a ser Dios... en definitiva, estamos hablando del pecado original del que nos habla el Génesis en forma de "fábula".

Así, el hombre emplea mal su libertad, se convierte en su propio amo, él crea el concepto de justicia, amor, libertad, caridad... SIN CONTAR CON DIOS.

En definitiva, lo que hay es un ALEJAMIENTO de Dios, que es lo que introduce el pecado en el mundo... y , en consecuencia, el SUFRIMIENTO.

¿Dios podría actuar contra el sufrimiento? LO HACE!!, pero no nos damos cuenta de ello. Me explico: nos gustaría verlo más presente. Por ejemplo, nos gustaría que si nuestro coche fuera a estrellarse contra un muro, viniera Dios y lo quitara.

...naturalmente, Dios no va a hacer eso, aunque podría hacerlo!, PERO ESO SERÍA TOMARNOS A GUASA, no sería esa relación de respeto de la que hablo. Luego Dios, "permite" que el coche se estrelle, lo cual indica que DIOS PERMITE EL SUFRIMIENTO.

Pero el permitirlo no quiere decir QUE NO LUCHE POR EVITARLO. Lo hace de mil maneras posibles, pero siempre RESPETANDO LAS REGLAS DEL JUEGO. Hace llamadas a través de personas, surgen los profetas (del antes, de hoy y de mañana), incluso envía a su propio Hijo, al cual luego matamos.

Entonces... ¿Para qué crea Dios al hombre si no puede evitar el sufrimiento? Y si no puede evitar el sufrimiento, quiere decir que no es Todopoderoso ¿No?:

Dios sí que puede evitar el sufrimiento. De hecho lo evita, pero en este mundo no lo puede hacer de forma absoluta, ya que respeta la libertad del hombre. Digamos que, al crear al hombre y aquellas normas de juego, sabía que habría sufrimiento en el mundo. Crear al hombre era un "mal menor", pesaba más en la balanza la relación de Amor con el hombre que el sufrimiento que podría causar. Por eso DECIDIÓ CREARLO.

Ese sufrimiento dejará de existir en la vida futura en la que tanto creemos y de la que tanto también dudamos.

Las catástrofes, las enfermedades...son cosas que están ahí, en la Naturaleza, guiadas por una Ley Natural impuesta al principio de todo, con las que convivimos. Su poder de hacer sufrimiento es evidente, aunque también relativo.

Pero ni Dios es el Gran Microbio, creador y productor de enfermedades, ni es el Gran Antibiótico que limpia los pulmones de bichitos.




DIOS ANTE EL DOLOR HUMANO

"Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios..." (Ex 3,7-8)

¿Dónde está Dios?

Creo que para hablar del sufrimiento es necesario dividirlo en dos tipos, según su origen: el sufrimiento causado por la naturaleza misma, dónde encontramos las enfermedades, los niños que nacen con alguna deficiencia, las tragedias naturales, etc.; y por otro lado, el sufrimiento causado por la injusticia del hombre, es decir por el egoísmo, la avaricia, la inconciencia y la insensibilidad de muchos; entre estos sufrimientos encontramos: la pobreza extrema, el hambre de millones, los actos deshumanizaste como lo son la prostitución, los asesinatos, los niños utilizados para la pornografía, el desempleo "sistemático", etc.

La presencia de Dios en ambas situaciones es evidente. Él se ha revelado así, a lo largo de la historia humana, la misma historia de salvación. Esto lo constatamos en los diálogos que Dios ha sostenido con el hombre a través de profetas, reyes y su mismo Hijo, Jesucristo. Nuestra fe no nos muestra un Dios ajeno a la historia humana; él sufre con el que sufre y goza con quien ha encontrado la felicidad verdadera; Jesucristo se compadece del enfermo y por eso lo sana, así como también se goza porque su Padre le ha querido revelar su Verdad a los pequeños y humildes. Pero esta presencia de Dios no es igual en ambas situaciones del sufrimiento. Sabemos que la presencia de Dios es también Palabra de Dios; es decir, dónde Dios está, ahí está su Palabra. Así, la Palabra divina tiene mensajes muy distintos para cada una de las situaciones de sufrimiento que enumeramos arriba.

En el caso del sufrimiento por la naturaleza misma, Dios está presente para consolar, para dar fortaleza y esperanza, para animar con el consuelo y la Paz que su Espíritu nos da. Así, quien sufre en este sentido, encuentra en la Presencia de Dios la fuerza y la Paz para seguir caminando, asumiendo su sufrimiento como medio de santificación, de entrega, con la conciencia de compartir los sufrimientos que Cristo padeció por nosotros. El que sufre no deja de esperar el milagro que lo saque de esa situación, pero sabiendo que su fe lo lleva a mirar más allá del bienestar físico.

La presencia de Dios es tranquilidad que cura la herida más profunda que un sufrimiento puede causar, la desesperación, y llena al hombre con la Luz que conduce por el sendero de la paz y el consuelo. En cambio, la presencia divina en las situaciones de injusticia posee un carácter muy distinto. Su presencia es Palabra de denuncia, es presencia que interpela el corazón del hombre como lo hicieron los profetas (Amós, Oseas, Jeremías) ante las injusticias de los poderosos; su Palabra clama justicia. Quienes sufren por estos motivos pueden encontrar su identidad en el mismo Jesucristo que sufrió la muerte por las injusticias y las envidias de su pueblo; para ellos la presencia de Dios es aliento, esperanza, apoyo para iniciar la denuncia de las injusticias. Han de saberse inspirados por el Espíritu Santo para no perder la esperanza, sabiendo que su misma vida es ya un testimonio que denuncia la injusticia y clama justicia silenciosamente, su misma vida es Palabra de Dios que clama un cambio, una conversión.





LA RELIGIÓN Y LOS SUFRIMIENTOS



Para mucha gente sincera y bien intencionada el obstáculo que les impide creer reside en la existencia del mal y del dolor, tan corrientes en la vida del mundo.

¿Cómo se puede creer en ese Ser Divino, se preguntan, ante éste mundo atormentado, un mundo sacudido por tempestades e inundaciones, por el hambre, por la peste, los terremotos y el rayo, por temibles y mortales enfermedades, por la muerte en las formas más crueles?

Y protestan; para llegar a un resultado tan poco divino: tu Dios ha de ser un Arquitecto sumamente imperfecto.

Existe una respuesta a éste obstáculo y en ningún sitio se ha explicado con más sencillez o con palabras mas bellas que en el enorme grito salido del corazón recogido en el libro de Job.

He aquí alguien que ha entendido el auténtico significado y el fin de la breve duración de la vida del hombre sobre la tierra.

Pero en ésta época materialista en que vivimos obsesionados por la búsqueda del placer y empujados por un hambre insaciable de distracciones, olvidamos que el mero disfrute no es la única razón ni el único fin de la existencia.

Si aceptamos a Dios y nuestra propia inmortalidad, entonces entendemos que nuestras vidas no están, destinadas a ser un paseo, sino un tiempo -demasiado corto- de preparación; un momento (en términos de eternidad) de prueba y resistencia en que, por así decirlo, procuramos mantener el equilibrio en el umbral del futuro.

Estarnos destinados a sufrir y, cuanto más intentemos apartarnos del sufrimiento, más sufriremos.

Uno de los hombres más sabios y humildes que ha existido, Thomas Kempis, escribió: «En tanto que el sufrir te parezca intolerable y trates de huir del sufrimiento estará el mal siempre contigo y las tribulaciones a las que tratas de escapar te seguirán por todas partes».

Con nuestra aceptación de las molestias y el sufrimiento, del desengaño y la desgracia, con ese beber hasta las heces la copa del dolor superamos la prueba de nuestra sumisión a la voluntad de Dios.

Tomamos conciencia de la vanidad de nuestros deseos y de la de los tesoros terrenales que con tanta vehemencia buscarnos y anhelamos.

Y, fortalecidos en el espíritu, nos rendimos. Esto ocurrió con Job cuando alzó la voz para gritar ese sublime y tremendo acto de fe: «Hágase en mi tu voluntad. Aunque me matase, seguiría confiando en El».

Luego sigue jubiloso y arrebatado por una nueva visión. «De oídas ya te conocía, pero ahora te han visto mis ojos».

Es este «ojo que ve», esa infusión interior de luz, lo único capaz de mostrarnos a Dios, porque ni siquiera en el último análisis, aún cuando podamos razonar y profundizar interiormente con ayuda de nuestros débiles procesos de pensamiento ni siquiera entonces arañaríamos la superficie del Infinito.





LA REVELACIÓN DE DIOS VIENE SOLAMENTE DEL CORAZÓN



Dios ve las "desgracias" del mundo en su auténtico contexto, un contexto que ni tú, ni yo, ni siquiera los ángeles podemos captar con claridad, pero que Dios tiene muy claro.

Haciendo una comparación bastante osada, podríamos asemejarlo a un novelista que ve las vicisitudes de sus personajes dentro del gran plan de su novela: es necesario que Robinson naufrague para que llegue a ser un hombre libre, creador de un mundo en su isla, protagonista de una historia que merezca la pena. ¿Es malvado el escritor Daniel Defoe? A Robinson no le gusta naufragar ni estar sólo. Pero para el lector todo tiene otro sentido una vez cerrado el libro.

El mundo es un libro del que somos lectores, personajes y hasta coautores en cierta medida. Pero un día se acabará la historia, se cerrará el libro, el mundo de tiempo y espacio acabará.

Ese día, los que pusieron sus ojos en Dios, podrán ver toda la historia desplegada ante ellos. Todo tendrá su sentido, incluido el sufrimiento.

¿Y que hacer mientras tanto con los males, desgracias y sufrimientos? Pues lo que hizo Cristo: mitigarlos, curarlos, paliarlos... pero recordando que tienen un sentido.

Desde luego no somos nosotros quienes debemos decirle a Dios lo que es bueno. En realidad lo razonable es justo lo contrario, que Dios, si espera que nos comportemos con arreglo a lo que piensa que es bueno, al menos nos lo explique. Quiza pueda decirse que, aunque no entendamos perfectamente el concepto de bueno que Dios tiene, si tenemos una idea totalmente funcional proporcionada por Él a traves de, por ejemplo, los Diez Mandamientos, para comportarnos conforme a lo que es bueno. Otra evidencia diáfana está en la naturaleza. La naturaleza es obra divina, y en ella se manifiesta la voluntad del Creador. Lo que contradice a las leyes naturales contradice también a Aquel que dictó esas leyes.














VOLVER