EL INMENSO PODER DE LA ORACIÓN





Dios concede a algunas personas el carisma de poder comunicarse con las almas que han pasado el umbral de la muerte. Conozco personalmente varios casos de algunas personas que han visto a familiares difuntos que venían a visitarlas. Es un fenómeno que se reproduce con cierta frecuencia. Mucho más raros son los casos de personas que pueden hablar directamente con estas almas. Un ejemplo singular es el de María Simma, una mujer austíaca que durante la mayor parte de su vida estuvo en contacto directo con las ánimas del Purgatorio. Estas almas venían a su encuentro para pedirle oraciones y sacrificios que les permitieran completar su purificación final y ascender al encuentro de Dios.

LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO

De esta página quiero destacar esencialmente una circunstancia que pocos toman en consideración: el enorme valor de las oraciones y sacrificios que hacemos por los demás. María Simma nos confirma que incluso el más pequeño acto de caridad puede resultar tan inmenso a los ojos de Dios que sea suficiente para salvar la propia alma o la de otra persona a la que va dirigida la obra piadosa.

El mismo Jesucristo nos indica que la oración es tan potente que puede hacer huir hasta al más poderoso de los demonios del infierno. (San Marcos 9, 16-29)

Es evidente que hay una desproporción entre el inmenso valor que tiene una oración, y el escaso aprecio que le concedemos.

El profeta Daniel fue arrojado al foso de los leones por negarse a dejar de rezar sus oraciones tres veces al día, a pesar de la prohibición del rey Darío. (Daniel 2)



Jesús nos dice: Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis. (San Mateo 21, 22)

Jesucristo oraba mucho, incluso noches enteras. (San Lucas 6, 12)

San Pablo nos apremia a estar en oración constante. (Romanos 12, 12; Efesios 6, 18; Filipenses 4, 6; Colosenses 4, 2)

El apóstol Santiago nos dice textualmente que: La oración ferviente del justo tiene mucho poder. (Santiago 5, 6)

Y San Pedro nos indica el valor de la oración y también el del sacrificio hecho por amor: Sed, pues, sensatos y sobrios para daros a la oración. Ante todo, tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados. (1 Pedro 4, 7-8)



Estas palabras reinciden en lo dicho anteriormente: un pequeño acto de caridad es suficiente para compensar muchas maldades.

Este hecho debería llenarnos de alegría. Por un lado sabemos que la oración y los sacrificios pueden servirnos para limpiar nuestros propios pecados. Y al mismo tiempo nos indica el enorme poder que tienen para otras personas a las que van dirigidas las oraciones.

Las almas del Purgatorio ya no pueden beneficiarse de sus propias oraciones, pues al morir se les acabó el tiempo de merecer. Ahora sólo nosotros podemos ayudarlas. Acordarse de estas pobres almas es un acto de caridad que cualquier cristiano mínimamente concienciado debe realizar regularmente a lo largo de su vida. Por otro lado, Jesucristo nos advierte claramente que:



con la medida con que midáis se os medirá. (San Mateo 7, 2)



Por consiguiente, si no rezas aquí, en el mundo terrenal, para liberar a tus hermanos sufrientes del Purgatorio, no esperes un trato diferente cuanto tú mismo te encuentres en esa situación. Los teólogos están de acuerdo en que el dolor más duro que puede sufrirse en la Tierra es el más suave del Purgatorio, esto puede darte una idea de la situación en la que se encuentran estas almas. La oración y los actos de penitencia son los medios que tenemos para ayudarlas a liberarse. Y los teólogos también están de acuerdo en que son muy pocas las almas que pasan directamente de este mundo al Cielo. Por lo tanto, es casi seguro que tú mismo te encontrarás en esta misma situación algún día y tendrás tanta necesidad de oraciones y sacrificios como tienen ellas ahora. Si no rezas y haces sacrificios por caridad con tus hermanos del Purgatorio que tanto lo necesitan, al menos hazlo por tu propio interés, pues Dios es justo y tratará a cada persona según hayan sido sus obras.







LA ORACIÓN

"Aconteció en aquellos días que Jesús salió al monte para orar, y pasó toda la noche en Oración a Dios". La Biblia relata como fue el preludio de la Crucifixión de Jesús. Pasó orando "TODA LA NOCHE", dice textualmente la Escritura. Resalto esta cuestión especialmente para los protestantes, que tanto gustan de reírse de la oración, a la que despectivamente califican de "rezadera". ¿Será que el Mesías estuvo de "rezadera" toda una noche porque no conocía aún el particular punto de vista de Lutero y sus acólitos sobre la oración? Más bien habría que pensar en el significado profundo de esta actitud de Jesús.

La Iglesia Católica nos dice que la oración es la comunicación con Dios. El hecho mismo de orar implica la existencia de un Interlocutor. El orante se dirige a Aquel que sabe que lo escucha en cualquier lugar donde se encuentre. Para los ateos este acto de alabanza por los dones recibidos o de petición de alguna gracia la Divinidad puede resultar incompresible. Incluso, en ciertas sociedades comunistas, el hecho de hablar solo podría haberse considerado un síntoma inequívoco de "locura religiosa", locura "tratada" en unidades especiales de ciertos psiquiátricos de la extinta Unión Soviética. Ciertamente, en la oración nos dirigimos a Alguien que no se manifiesta de forma sensible; pero del que conocemos ciertamente Su presencia omnisciente. La alegría de conocer la presencia de nuestro Interlocutor en la oración sólo es comparable a la perplejidad que la oración misma causa en los ateos.

El hecho de poder dirigirnos directamente al Creador supone sin ninguna duda la principal ventaja de un cristiano a la hora de encarar las adversidades de la vida diaria. Frente a la desorientación, a la desidia y a la desesperación que inevitablemente aquejan a los descreídos ante la magnitud de los problemas de la existencia, los creyentes disponemos de un antídoto infalible contra la adversidad. El hecho mismo de la fe provoca, en principio, la relativización de los problemas vitales. Aquellas obstinaciones que parecen ocupar por completo la existencia de nuestros semejantes ateos, semejan insignificantes, cuando no ridículas, al tamizarlas por el filtro de la fe: ninguna causa llega nunca a ser tan nefasta que pueda superar la alegría infinita de conocer al Creador. Por otro lado, sabemos que Él está ahí, esperando y escuchando; deseando ayudar en aquello que le pidamos por medio de la oración. Sólo en estos momentos, arrodillados frente al Sagrario, meditando en la Infinitud divina, puede uno darse cuenta del desvalimiento ilimitado de aquellos que renuncian a los dones del Creador.

Existe un segundo factor a tener en cuenta en la oración: su poder redentor. La oración tiene el mismo poder purificador de los sacrificios del cuerpo, como el ayuno o las mortificaciones voluntarias por alguna buena causa. Nuevamente percibo la perplejidad de los ateos al leer estas líneas. Masoquismo, dirán muchos. Sin embargo la doctrina de la Iglesia es clara en este punto. El dolor en si mismo no tiene justificación, pero sí es aceptable en pos de una buena causa. Incluso los ateos pueden comprender esto si reflexionan un poco: ¿que padre no se arriesgaría a sufrir graves quemaduras por rescatar a su hijo en un incendio? La oración tiene el mismo poder, y resulta tan necesaria que incluso una plegaria puede decidir la salvación de un pecador. La Virgen María advertía sobre esto en su aparición de Fátima: "Muchas almas se pierden porque nadie reza por ellas." Sin ánimo de polémica, me atrevería a afirmar que de estas almas aludidas por Nuestra Madre, la mayoría pertenecieron en vida a acólitos de sectas protestantes, las mismas que tanto se ríen cuando se les menciona el Rosario, las Novenas y las Procesiones. Pobres almas que descubrieron -a destiempo- el valor ilimitado de una simple oración.




SACRIFICIO Y ORACIÓN


Las oraciones equivalen a los sacrificios. Y los sacrificos son necesarios para pagar nuestros pecados, tal como hizo Jesús en la Cruz por nosotros. La proporción de rezos y sacrificios -ayuno, abstinencia, etc,- necesarios, dependen del estado del alma del individuo en cuestión. Cuanto más pecaminosa, más sacrificios precisará para limpiarse. De la misma forma que un ladrón es metido en la cárcel para que pague sus crímenes, nosotros seremos enviados al purgatorio para limpiar nuestros pecados.

Existe la posibilidad de limpiarlos todos o parte en esta vida, por medio de la oración y los sacrificios. Otros que, como los ateos, simplemente se niegan a solicitar el perdón de Dios, están destinados a arder eternamente en el infierno. Alguien dirá que esto es cruel y vengativo, pero yo digo que no es más que lo que merecen por el estado de su alma. Dios da la opción de rectificar incluso en el último minuto de vida, pero si rechazas esta gracia, tu alma ya no podrá cambiar más pues una vez que abandona el cuerpo se vuelve eterna e inmutable. Por lo tanto, será para siempre un alma pecadora y, por consiguiente, merecedora de castigo también por siempre. La elección es tuya.



ALABADO SEA DIOS

Hoy, tomando el sol en la costa, observaba el mar plácido, las rocas cubiertas de algas, los pájaros diversos, el paisaje lejano, y me senti invadido por un irrefrenable deseo de expresar mi gratitud al Creador. Como había gente alrededor y no era cuestión de que mi integridad psíquica quedase en entredicho, decidí que lo mejor sería expresar este deseo de una forma más recatada, en esta página. Me temo que a la mayoría les parecerá una tontería, y otros no dudarían en mandarme al manicomio, pero en aquellos instantes junto al mar me sentí invadido plenamente por el Espíritu Santo. Y entonces comprendí la razón de las alabanzas a Dios. ALABARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS, dice el primer mandamiento. Y aquel instante de éxtasis me dio la clave que buscaba: se trata de una cuestión de amor. Aquel instante sentí sobre mi un reflejo -si, solo un tibio reflejo- de la inmensidad de ese Amor Absoluto del Creador. Solo me cabe compararlo con la ternura que se siente por un niño de pocos días que duerme plácidamente en tus brazos. Y entonces sentí la necesidad de dar respuesta a ese amor ilimitado. Me habría puesto a gritar mi alegría a pulmón libre, pero la gente de mi entorno me habría catalogado sin dudarlo como un demente (me imagino que gran parte de los lectores de este artículo ya lo están haciendo). En fin, será mejor abreviar. En resumen, la alabanza a Dios, es la respuesta al amor divino hacia nosotros. De la misma forma que decimos palabras bonitas a la novia, la esposa o el hijo, las alabanzas son el equivalente de las mismas hacia Dios. Un acto de gratitud plenamente justificada que sin duda Él sabrá apreciar en lo que vale.





DIOS: CONOCERLO ES AMARLO

Desde hace algún tiempo siento la intensidad del Espíritu de Dios que me inunda el alma. Es una sensación de plenitud, alegría y éxtasis que parece querer convertirse en paroxismo ilimitado.

Resulta muy difícil definir este estado, el cual supongo una sombra de lo que sienten los que han alcanzado el paraíso. Es como una luz muy intensa e infinita en la que se cae libremente hacia un vacío luminoso de paz absoluta. En algún lugar de esta realidad se presiente la Fuente del Amor Absoluto.

Es como si esta misma luz muy intensa que me envuelve se transformase al mismo tiempo en una ola amorosa, que se funde con la luz y ésta, a su vez, traspasa mi cuerpo fundiendose con ella. Es un Océano de luz amorosa en el que habitan las amorosas almas de los elegidos. Esa es la definición más aproximada -aunque extremadamente remota- que puedo hacer de Dios.






LA IDEA DE LA ORACION

La oración se dirige hacia algo que está por encima del hombre, algo que se encuentra en un nivel superior a uno mismo. Así como en los Evangelios, el lenguaje de las parábolas transmite un sentido desde un nivel superior a uno inferior, la oración es la transmisión de un significado de un nivel inferior a uno superior.

Los Evangelios vienen a ser una serie de instrucciones concernientes a un desarrollo psicológico preciso y preestablecido del cual el hombre es capaz; y si el hombre comienza la tarea de cumplirlo, estas instrucciones le abrirán los ojos y le permitirán ver en qué dirección yace todo su sentido completo. La obtención de este nivel del hombre se llama cielo o el reino de los cielos, y este reino está en el hombre mismo y es una posibilidad latente de su propia evolución interior, o del renacimiento de sí mismo. El hombre al nivel en que se encuentra, es como una criatura que no ha despertado y recibe el nombre de Tierra.

Estos son los dos niveles, el superior y el inferior, y entre ambos hay grandes diferencias, tan grandes como las distinciones que existen entre una semilla y una flor. Así ocurre que la comunicación entre ambos niveles es difícil.

La misión de Cristo fue la tender un puente, la de conectar y establecer en sí mismo una correspondencia entre estos dos niveles, el divino y el humano. A menos que este contacto sea establecido por unos cuantos hombres a intervalos, fracasaría toda comunicación con lo superior, y el hombre quedaría sin la menor idea o enseñanza que lo pueda elevar; o sea que quedaría a merced de sus instintos, de sus propios intereses, de su violencia y de sus apetitos animales. De este modo permanecería huérfano de cualquier influencia que le pueda elevar por encima de una condición de barbarie.

LA NECESIDAD DE LA PERSISTENCIA EN LA ORACIÓN

Antes de continuar, quisiera hacer referencia a un libro que leí hace algunos años, de autor anónimo y que me viene a la memoria con ocasión de este tema. Se titula "El peregrino ruso", un impresionante relato de un caso extremo de búsqueda interior de algo superior, a través de la oración continua y que no dejará de sorprender tanto a creyentes como a ateos.

Las preces no tienen una fácil respuesta. Existen barreras. No se obtiene ayuda con facilidad. En muchas partes de su enseñanza Cristo dice a sus discípulos que oren de continuo, pero en ninguna les dice que las preces tienen una fácil y pronta respuesta. No es cosa simple obtener respuesta desde un nivel superior a los pedidos que provienen de uno inferior. Tan solo la persistencia y la intensidad pueden hacer que un nivel superior responda. Cristo enseñó que en relación a las oraciones y a la obtención de ayuda por medio de ellas, la situación es más o menos la misma que en los asuntos del mundo, cuando un hombre pide una ayuda que los demás no quieren proporcionarle. Pero en el caso de las plegarias no se trata de renuencia, sino de una dificultad inherente a la naturaleza misma de las cosas. Lo inferior no tiene ningún contacto con lo superior. Hay que comprender este punto muy claramente: lo inferior no tiene ningún vínculo con lo superior. Dios y el hombre no se encuentran al mismo nivel. Toda la concepción del aspecto invisible del universo, o del mundo espiritual, que implica la enseñanza de los Evangelios, es que existen niveles superiores e inferiores, que estos niveles son distintos los unos a los otros y que todo se halla arreglado en un orden de lo que está arriba y de lo que está abajo, o sea, arreglado en un orden de niveles. Lo de abajo no tiene relación con lo de arriba. A fin de poder llegar a lo que está arriba es necesario pasar por muchas dificultades en el camino. Y esto es lo que causa que a uno le parezca que hubiera renuencia de parte de lo superior para contestar a lo inferior. Pero no es que la haya; las cosas así parécenle a la mente humana y así las ilustra Cristo en los términos que emplea en sus comparaciones, aquellas que denotan la necesidad de hacer grandes esfuerzos a fin de poder obtener una respuesta a las oraciones.

Parecería que el hombre que reza honestamente, el hombre que reza con sinceridad, tuviese que lanzar algo a cierta altura, por medio de la intensidad de su propósito, antes que pueda esperar que alguien le escuche o antes de obtener una respuesta; y fracasando en su intento, fracasando en su esfuerzo para hacer el pedido correctamente, frustrado en su empeño para lanzar aquello a una altura adecuada, llegase a pensar que está orando en vano y rezando a quien no quiere responderle. Así, el hombre se siente descorazonado. Pero debe seguir insistiendo. La oración del hombre, su propósito, su pedido, tienen que ser algo en lo que habrá de persistir; tiene que seguir pidiendo aún cuando no obtenga respuesta. Como dice Cristo: "Es necesario orar siempre y no desmayar". En el original, esta expresión "no desmayar" significa "no portarse mal". El hombre tiene que orar continuamente y no portarse mal con relación a todas las dificultades que hay en la oración.

Cristo a veces habla sobre la actitud del hombre que reza. Es inútil rezar con una actitud errada, de modo que el hombre tiene que hurgar en sí mismo y advertir desde donde está elevando sus oraciones, porque no habrá comunicación alguna con un nivel superior por medio de lo que en él es insincero y falso. Únicamente aquello que es sincero, aquello que es genuino puede tocar un nivel superior. Por ejemplo, cualquier muestra de vanidad, presunción o arrogancia detiene de manera inmediata toda comunicación con los niveles superiores.

Por este motivo es por el que tanto se habla acerca de la purificación de las emociones en los Evangelios, ya que la mayor impureza en el hombre, y aquella que más directamente se destaca en las parábolas y dichos de Cristo, proviene de los sentimientos de propia justicia, de mérito particular, de valor propio, de superioridad, etc. Esto se muestra en la parábola dirigida a "unos que confiaban en sí como justos y menospreciaban a otros".

Para orar, para tomar contacto con un nivel superior, el hombre tiene que saber y sentir que es nada en comparación con aquello que está sobre él. Pero debe verlo sinceramente y no solo percibirlo como si al mirar las estrellas se diese cuenta de cuán pequeña es la Tierra. Esto último es sentirse pequeño en cuanto a una magnitud física, y el hombre lo que tiene que hacer es sentirse pequeño en cuanto a una magnitud psicológica. A menos que el hombre sienta que es nada, todas sus oraciones serán inútiles en un aspecto práctico. El hombre es puro en su vida emocional en proporción a sus sentimientos de nanidad, de su propia ignorancia y de su desamparo. Cristo expresa con exactitud la misma idea cuando habla de las cosas que uno hace de sí mismo, y no movido por la propia vanidad:

"Y cuando oras, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en las sinagogas y en los cantones de las calles en pie, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su pago. Más tú, cuando oras, éntrate en tu cámara y cerrada tu puerta ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará".

Entrar en la cámara y cerrar la puerta significa ir a la casa de sí mismo, a la habitación más íntima, y cerrando las puertas a todo lo externo, rezar desde aquel ser interno que no es el siervo del público o un mito social inventado por el medio ambiente, o un buscador de recompensas y de tributos o elogios externos. Es ir más allá de cualquier conexión con la vanidad y la presunción. Únicamente el hombre interior del individuo es quien puede obtener respuesta a las oraciones y comunicarse con un nivel superior. El aspecto externo y mundano del hombre, el hombre presumido, no puede orar.

El hombre tiene que purificarse liberándose de sí mismo en su vida emocional, o sea que tiene que desarrollarse emocionalmente. Tiene que comenzar a amar a su prójimo. Esta es la primera etapa del desarrollo emocional que Cristo enseñó. ¡Y cuán difícil es! Cuán difícil es comportarse conscientemente con los demás, aun con aquellos a quienes uno cree que ya ama. ¿Podéis decir que amáis más allá de vuestro amor propio? Solo las emociones que están por encima del amor propio y de las particulares emociones pueden comunicar con algo que sea en verdad más que uno mismo. Después de todo, es solamente lógico que encaremos la siguiente pregunta: ¿cómo podrá una emoción centrada en el amor propio vincularse con otras gentes? Solo pueden comunicarse con uno mismo. De suerte que ya podéis apreciar la razón por la que se insiste en "amar al prójimo".



LA RESPUESTA A LAS ORACIONES

Refiriéndose a las oraciones, Cristo dice: "Pedid y se os dará". Pero el hombre debe saber lo que significa pedir. La plegaria es el medio de obtener una respuesta desde un nivel superior del universo, de manera que sus influencias desciendan y penetren momentáneamente lo que es un nivel inferior.

Consideremos pues lo que significa pedir. Visto con corrección, el universo es la respuesta a una súplica. El hombre de ciencia trabaja confiadamente creyendo que obtendrá una respuesta del universo físico como resultado de sus experimentos, de sus teorías y de sus esfuerzos, los que constituyen la suma de la súplica. Esto es orar en una forma. Esta oración obtiene una respuesta si acierta con el medio adecuado de pedir. Lo que significa que la súplica ha sido formulada bien. Pero dar con una forma adecuada de suplicar es algo que requiere tiempo, trabajo y esfuerzo, y también lleva el sentimiento de certeza en lo desconocido, o sea fe. Por ejemplo, mediante sus persistentes ruegos, el hombre de ciencia ha descubierto y ha establecido comunicación entre la vida humana y las fuerzas de la electricidad, de la electromagnética, fuerzas que corresponden a otro mundo, a un inframundo, al orbe de los electrones. Esta es una respuesta a sus súplicas. En cierto sentido, constituye una comunicación con otro mundo.

En la actualidad podemos percibir que estamos viviendo en un universo hecho a medida, algo que es sumamente complejo y que yace más allá de nuestra comprensión; pero nos hallamos seguros de que reaccionará ante nuestros esfuerzos. Tal es, en verdad, nuestra actitud hacia el universo y es algo acerca de lo cual no abrigamos dudas. Estamos seguros que si tratamos la manera de cómo hacer de cómo hacer algo comenzaremos también a recibir los resultados. Al preparar la comida obtendremos una respuesta que corresponde exactamente a la forma como hacemos este determinado ruego. Si los resultados que alcanzamos no son lo que esperamos, estamos recibiendo una réplica inadecuada; pero inadecuada no porque el universo esté en un error, sino porque la manera como hemos hecho la súplica, nuestra formulación, ha sido errada.

Como no sabemos cómo pedir correctamente, tenemos que aprender a cocinar mejor, o sea que debemos enseñarnos a pedir de una manera mejor. Pedir es suplicar. Si no viviésemos en un mundo visible e invisible, en un universo que responde al bien pedir (cualquiera que sea la naturaleza de la respuesta, ya sea buena, ya sea mala) ni el hombre de ciencia ni el hombre en demanda de ayuda interior podrían obtener una solución. Sin embargo, no siempre es fácil lograr esta. Es preciso llenar determinados requisitos. Con respecto a las oraciones en su calidad de súplica o de pedido, es menester que no sean mecánicas ni una simple repetición, o al pensar que la "mucha parlería" dará resultados; no es la cantidad sino la calidad de las oraciones lo verdaderamente importante. La mera repetición de las palabras no da ningún resultado. Cristo dijo: "Y orando, no seáis prolijos" (no uséis repeticiones vanas).

El hombre tiene que poseer cierta idea de lo que está pidiendo, y tiene que persistir en su súplica y creer que le será posible obtener resultados. Así como el hombre de ciencia utiliza un particular modo de oración dirigida al universo natural, eleva su ruego una vez que ha captado la idea de que puede descubrir algo y la siente como una posibilidad; y una vez y otra modifica su súplica por medio de la corrección en los errores que comete en su experimento; emplea todo su ingenio hasta obtener una solución adecuada y que corresponda a su ruego. Igualmente, el hombre que ora al universo espiritual tiene que poseer la misma fe, la misma paciencia, la misma inteligencia y poder de inventiva. El hombre tiene que trabajar y esforzarse en inventar con respecto a su propio desarrollo interior, de similar manera a la que un hombre de ciencia hace otro tanto para lograr un resultado o un descubrimiento.

El hombre de ciencia obtendrá una respuesta si las cosas están bien con relación a su súplica; así mismo, el hombre que reza obtendrá una respuesta si su ruego es el que le corresponde hacer correctamente. Pero tiene que conocerse así mismo y comprender qué es lo que está pidiendo. Pedir algo imposible, solicitar lo que solo nos ha de provocar daño, es pedir incorrectamente.

LA SUPLICA EN LAS ORACIONES

¿Qué es lo que vamos a pedir en nuestras plegarias? En la oración que Cristo formuló para sus discípulos cuando ellos le preguntaron cómo debían rezar, todo deseo personal queda aparentemente descartado. Pero como todo cuanto se dice en los Evangelios, esta oración trata acerca de la manera como alcanzar un nivel superior en la posible evolución del hombre; a esta evolución se le llama el reino de los cielos, y esta oración tiene una cualidad que no es de este mundo; no debe extrañarnos que así sea. Sin embrago, si tomamos en cuenta el objetivo que persigue, nada puede ser más personal. El Padre Nuestro trata acerca de la evolución de uno mismo. La primera frase marca el nivel superior: "Padre, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino". O sea que es un pedido para establecer una comunicación entre lo superior y lo inferior. Se pide una conexión entre el Cielo y la Tierra. Esta es la primera súplica; y es necesario entender que esto denota alcanzar cierto estado emocional preciso a fin de que estas palabras puedan pronunciarse con alguna intensidad de significado. En otras versiones se dice: "Padre Nuestro que estás en los cielos". Un hombre puede demorar un minuto, una hora o toda una vida antes de alcanzar la percepción emocional del significado que tienen estas palabras, las que hay que pronunciar conscientemente. Luego viene la súplica por el pan de cada día, y este pan no significa el pan al pie de la letra sino una cosa transustancial. Se ignora el significado de la palabra original, pero no cabe duda que su intención es "espiritual"; se solicita pan o alimento espiritual que nutra la comprensión del hombre en su lucha por alcanzar un nivel superior.

Después viene el pedido de ser perdonado así como perdonamos a los otros; y esto significa que para poder alcanzar un nivel superior es absolutamente necesario cancelar, ante todo, las deudas ajenas que llevamos asentadas en aquel libro de cuentas que existe en nuestra memoria, imaginando lo que el prójimo nos debe con su conducta hacia nosotros, su falta de consideración, etc. El no perdonar a nuestros deudores es mantenerse sujeto y encadenado a la "tierra". Nos aprisionamos a nosotros mismos, nos mantenemos ahí donde estamos si es que no podemos cancelar nuestras deudas; y así como perdonamos a quienes nos adeudan, así seremos perdonados por los muchos errores y fracasos suscitados en el crecimiento de nuestra comprensión, o sea en nuestra evolución. Luego viene el extraño pedido de no caer en tentación. Pero es preciso darse cuenta de que ningún hombre puede realizar un desarrollo interior sin ella, y que la naturaleza de esta clase de tentación es muy distinta a lo que las gentes por lo general consideran que es, al asociarla con la carne y las debilidades provocadas por esta. Por ejemplo, siempre estamos sujetos a la tentación de los malos entendidos, de la errada comprensión. Cuando el hombre se coloca en el sendero del desarrollo interior indicado en los Evangelios, se ve tentado por toda suerte de dudas y falta de creencia; debe pasar por las más extraordinarias dificultades de compresión interior. Sus poderes de razonamiento humano le fallan por completo porque tal razonamiento está basado en la evidencia que proporcionan los sentidos; únicamente la fe, la certeza de que hay algo, únicamente la convicción de que el camino en que se encuentra conduce a alguna parte; en breves palabras, solo su fe puede auxiliarle. Pues fe quiere decir no solo certeza de que existe algo que yace más allá de las pruebas de los sentidos, sino que es también una convicción de las posibilidades latentes aun antes que uno las haya realizado; de esta suerte, Cristo expresa en una parte: "Y todo cuanto pidáis creyendo, tened fe que lo habéis recibido y lo tendréis". Aquí es preciso tomar nota de que hay que tener algo antes de poder recibirlo; es preciso obrar como si se tuviera ya aquello que aún no se posee, y así se recibirá. Esto parece sumamente raro. Pero todo cuanto tiene relación con el establecimiento de un contacto con un nivel superior, y todas las instrucciones acerca de la naturaleza del esfuerzo que hay que hacer, parecen siempre raras.

Consideremos: ¿no pensaría un semilla que las instrucciones para llegar a ser una flor son cosa rara? Pasar desde un nivel aun al comienzo de otro nivel, es pasar por medio de tentaciones muy difíciles de las que no tiene la menor idea quienquiera que se sienta satisfecho de sí mismo. Pero la llave para la comprensión del Padre Nuestro yace en la primera frase. Es una oración que está destinada a llegar a un nivel superior: "Venga a nosotros tu reino". O sea, déjame entrar en tu reino; que la voluntad del cielo, la voluntad de un nivel superior, se haga en mí como tierra. Y la súplica, aquella de no ser tentado en exceso, más allá de las propias fuerzas, se refiere a este empeño de seguir adelante, pues muchos son los obstáculos que hay en el camino. Y como se han representado los hechos en el Antiguo Testamento, Dios lucha contra el hombre y trata de subyugarlo y aun de destruirlo. Esta es la forma como se expresa la lucha individual para elevarse por encima del propio nivel y alcanzar uno superior. Parece que aquello mismo a que uno eleva sus súplicas se convirtiese en un enemigo, un ser que continuamente se opone a cada paso que uno da. Pero si recordamos que alcanzar un nivel superior significa la transformación de uno mismo, el renacimiento de uno mismo, entonces la idea se hace bastante clara. Tal cual es, el hombre no puede llegar a un nivel superior. No puede acercarse a Dios tal cual es. El nivel superior tendrá que oponérsele en tanto permanezca siendo la misma clase de hombre.

Ahora bien; todas estas súplicas son tocante a cómo llegar a otro estado, a otra condición. El Padre Nuestro trata íntegramente acerca de una finalidad. No trata acerca de cosas de la vida. En pocas palabras demuestra que el significado esencial de la oración debe ser tocante a esto; y que esto es en lo que tiene el hombre que pensar primordialmente cuando ora, y suplicarlo más que cualquier otra cosa, suplicar lo que es necesario para alcanzar el objetivo. Porque este es el objetivo supremo. Cristo lo definió diciendo: "Buscad primero el reino de Dios...", o sea el nivel más elevado que le es posible alcanzar al hombre. Tal es lo que el hombre tiene que pedir verdaderamente en sus plegarias. Y desde que tal es el objetivo supremo de toda oración, el hombre debería vincular cualquier objetivo inferior que motive su súplica, con este objetivo supremo. Pues este es el significado supremo del hombre, y le conduce al nivel más elevado a que le es posible llegar.

"El Nuevo Hombre" de Maurice Nicoll.





ORACIÓN Y COMUNICACIÓN

Orar es comunicar, efectivamente una comunicación de abajo arriba, una comunicación que parece imposible desde nuestro mundo físico-químico, que no podemos "explicar" mas que por el Misterio en un acto de fe. Pongo explicar entre comillas porque desde luego una explicación científica no la vamos a obtener y ahí ya hablamos en un lenguaje inexistente o falaz para el no creyente.

Ese puente que nos tiende Jesucristo, en realidad Él mismo como Dios encarnado se hace "puente", viene de arriba hacia abajo y digamos que nos "informa", nosotros quisiéramos cruzarlo, pero como de momento no podemos lo hacemos con nuestra mente y con nuestro espíritu orando.

Este concepto no es originario del Cristianismo por supuesto, está en las más ancestrales religiones. Los tratadistas suelen denominarlo "Axis mundi", o Eje del mundo y es todo intento de conexión Tierra-Cielo, Humano-Divino... Puede venir expresado por un monolito en las culturas megalíticas, por una montaña sagrada en tantas religiones (Sinaí, Carmelo, Tabor, Calvario en el judeocristianismo), el humo de un sacrificio que se eleva a los cielos, nuestro mismo incienso que proviene del culto judío, la Escala de Jacob por la que suben y bajan los ángeles, las Pirámides que incluso, la de Keops, "mide" la distancia al Sol, las torres de una catedral que además de servir de vigías se alargaban todavía más mediante un chapitel coronado por una cruz, serían miles los ejemplos. Pero la oración perfecciona todo esto, no es ya un símbolo físico o literario, es un acto de fe en la mente del hombre que mira hacia Dios.

Por cierto, en las lenguas sajonas la palabra "Asbrug" de donde derivan todas las formas de decir "puente": Brücke, Brug, Bridge, Brave... tiene ese significado de "Eje del mundo", unión de lo humano a lo divino.








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