La agonía del IV ejército
Para liberar a este ejército cautivo, Hitler llama a su mago
militar, al estratega que le disputa la gloria del plan de Sedán, al artillero
que ha aplastado Sebastopol, al maniobrero que ha impedido que se levantara el
sitio de Leningrado, al feldmarschall Erich von Manstein.
El 21 por la noche, en Vítebsk, Manstein recibe orden de tomar el mando del grupo de ejércitos Don. El enunciado de su misión muestra a qué distancia de las realidades se encuentra aún el mando supremo, y también en qué decadencia ha entrado el pensamiento militar alemán. Manstein debe "detener la ofensiva enemiga y restablecer las posiciones como estaban antes". El general "Taponar y Volver a Empezar", Gamelin, se ha convertido en el maestro de su vencedor.
Manstein no se apresura. Mejor que entregarse al azar de un vuelo en medio de tormentas de nieve, viaja en su tren de mando y llega sólo el 24 a Starobelsk, C.G. del grupo B, que él debe desmembrar para formar el suyo. Allí, mide la gravedad de la situación, la dificultad de su tarea y la pobreza de medios que se le dan para cumplirla.
A las órdenes de Manstein se ha puesto el VI ejército (encerrado en Stalingrado y clavado al suelo por la orden de Hitler), el III ejército rumano (que sólo tiene intacta el ala izquierda) y el IV ejército rumano (más destruido aún que el III). Dispone todavía de los restos del 48 cuerpo blindado y del destacamento de ejército Hollidt, formado por una amalgama de tropas alemanas y rumanas. Finalmente, varias divisiones blindadas están en camino. Dos, la 23 procedente del Cáucaso, y la 6ª que llega de Francia, van a reconstituir al sur de Stalingrado el IV Panzerarmee, encargado de desbloquear a Paulus, Otra, la 17, se unirá después.
Concentradas y reposadas, tales fuerzas ya serían insuficientes para la doble tarea consistente en detener la ofensiva soviética y salvar al VI ejército. Pero están fatigadas, incompletas y dispersas. Los refuerzos procedentes de Francia y del Cáucaso se arrastran por vías férreas dislocadas, con los hombres sufriendo el infierno del frío en vagones abiertos a todos los vientos. Las demás unidades están diseminadas en un campo de batalla de 800 km, que va desde el Don, en el que Hollidt apoya su ala izquierda, hasta la estepa calmuca, donde la 16 división motorizada prosigue en el vacío su misión de enlace entre el Cáucaso y el Volga. Es una pena que el Ejército Rojo se detenga en el Chir, ante un residuo de ejército formado por fugitivos interceptados en su huida, soldados de la Luftwaffe, hombres con permiso del ejército Paulus, etcétera, en vez de correr hasta Rostov, donde cortaríán las líneas de retirada del grupo de ejércitos A. Pero la estrategia soviética, metódica, no trata de quemar las etapas, no se precipita sobre las ocasiones demasiado brillantes, y tampoco valora con exactitud el desgaste de su formidable adversario del año anterior. El mando soviético podría imponer a Manstein una batalla desesperada por Rostov. Le deja respiro para una tentativa suprema por Stalingrado.
Esa tentativa suprema, el mariscal Eriómenko declara que habría tenido éxito si se hubiera llevado con audacia. «Hasta el 24 de diciembre —dice— no tuvimos en el sector de Kotiélnikovo más que fuerzas poco importantes. El LI ejército era muy débil y el 4º cuerpo de caballería representaba una densidad de menos de un pelotón por kilómetro... Ya el 4 de diciembre, la 6ª Panzer, completa y fresca, puesto que llegaba de Francia, habría podido abrirse camino hasta los cercados... Una vez más, los hitlerianos fueron víctimas de su rutina. Manstein nos regaló diez días.»
Manstein había empezado por preparar una maniobra
sabia. En la curva del Don, Hollidt debía atacar para recobrar Kalach. El 48
cuerpo blindado, reconstituido con la 2ª Panzer, debía salir de la cabeza de puente que había conservado ante Nizhni-Chirkaia
para apoyar el ataque principal hecho por el 47 cuerpo blindado, partiendo de
la región de Kotiélnikovo. Pero la agrupación Hollidt está toda ella absorbida
por la defensa del Chir, y, lejos de poder participar en la ofensiva, el 48
cuerpo es expulsado de su cabeza de puente. En. vez de un empujón concéntrico,
el intento de desbloqueo se reduce a un esfuerzo único del 57 cuerpo. Fijado para el 2 de diciembre, el ataque se aplaza hasta
el 8, y luego hasta el 12, por la lentitud desesperante de los transportes.
Además, existe un conflicto de concepciones entre Manstein y Hitler. El desbloqueo de Stalingrado se considera por los dos diferentemente.
El mariscal quiere recuperar al VI ejército para reintegrarlo en las fuerzas móviles del frente oriental. Lo ve saliendo por la brecha abierta, yendo a reconstituirse en la región de Rostov. Análogamente, ve el grupo de ejércitos A retirándose del Cáucaso hasta el Don. Con la masa de maniobra reconstituida por el acortamiento del teatro de operaciones, Manstein cree posible romper la ofensiva soviética y quizás infligir al ejército rojo la derrota decisiva tan esperada. Aspira a dirigir el conjunto de la batalla, y, cuando demuestra la necesidad de un jefe supremo del frente oriental, no hay duda sobre quién piensa.
Ese papel, nadie discute que Manstein sea el más, y quizás el único capaz de desempeñarlo. La hora militar de Hitler ha pasado. Si es cierto que, al comienzo de la guerra, tuvo admirables inspiraciones; si es cierto que sin duda salvó a la Wehrmacht en el invierno 1941-1942; si también es cierto que el plan de su campaña de verano representaba su última probabilidad de evitar a Alemania una derrota global, también es cierto que él es ya para sus ejércitos el mayor peligro y el más cruel enemigo. Todo pensamiento estratégico se ha borrado de su cerebro, sin dejar más que la voluntad feroz y ciega de guardar todo lo que ha conquistado. Desbloquear Stalingrado no representa para él la recuperación de un ejército para recobrar la iniciativa de las operaciones, sino sólo la posibilidad de conservar el pie que ha puesto en el Volga.
La marcha hacia Stalingrado empieza brillantemente. De las dos divisiones blindadas del 47 cuerpo, la que viene del Cáucaso, la 23, se ha reducido a una cuarentena de tanques, pero la que viene de Francia, la 6ª, está completa. El primer choque la lleva a la cortadura del Aksaj, que franquea el 13. A su derecha, a pesar de su debilidad, la 23 avanza a lo largo de la vía férrea, en que se ha logrado acumular 3000 t de víveres y de carburante para los sitiados. El 19, se alcanza el Mishkova. 130 de los 180 km que separan al IV ejército blindado del VI ejército están franqueados, y los liberadores ven en el cielo los proyectores de los que defienden Stalingrado.
Manstein, sin embargo, no se hace ilusiones. Sabe que los acontecimientos que se precipitan ante Rostov no le dejan más que un tiempo estrechamente limitado. La única probabilidad del VI ejército es que se ayude a sí mismo, saliendo rápidamente al encuentro de Hoth. Manstein se lo ordena, multiplica las conversaciones radiofónicas con Paulus, y preocupado por las reticencias de éste, envía a la bolsa a un oficial de su estado mayor, el comandante Eismann, que vuelve confirmando el singular estado de espíritu en que se encuentran el jefe del VI ejército y su jefe de estado mayor. Su tesis es que ellos no tienen nada que ver con el cerco, y por tanto que tienen derecho a esperar que les liberen. Estiman que la movilidad del centenar de tanques que les quedan se limita a una treintena de kilómetros, de modo que se quedarían parados por falta de carburante, condenados a una destrucción total, si atacaran antes de que Hoth hubiera llegado al menos a esa distancia. Eismann replica en vano que el riesgo que rehúsan asumir no es nada al lado del riesgo de morir de hambre o de pudrirse en el cautiverio. Paulus y Schmidt son inconmovibles, y cuando Manstein invoca la autoridad del mariscal von Manstein, ellos invocan una autoridad más alta, la del Führer.
En efecto, la salida de la guarnición de Stalingrado, es Adolf Hitler quien la prohíbe. A Zeitzler, que se la pide mañana y noche, le responde que considera que el VI ejército ha salido de la dificultad, y que, lejos de admitir el abandono de Stalingrado, piensa extender sus conquistas sobre el Volga. Un día, creyendo haberle convencido, Zeitzler le pone a la firma la orden de abrir brecha. Hitler firma y luego añade con su propia mano esta condición que lo destruye todo: «bajo la reserva expresa de que el ejército continuará manteniendo la línea del Volga...».
Por lo demás, la cuestión está zanjada. Una
nueva catástrofe hiere a las armas del Eje y sella el destino del ejército
sitiado en Stalingrado.
Tras la derrota rumana, el frente casi se ha estabilizado al oeste del Don. Sigue el curso del río hasta Veshenskaia, vuelve hacia el Sur, se une al Chir, siguiéndolo hasta su confluencia, y vuelve a encontrar el Don al norte de Potiómkinskaia. Muy helados, los cauces de agua no tienen el menor valor de obstáculo.
Las posiciones defensivas son inexistentes y la estepa sólo opone su nieve al avance de los tanques. El termómetro baja a -30º - -35º, con gran sorpresa de los italianos, a quienes sus aliados habían asegurado que el frío no superaba los -6º en el sur de Rusia. Insuficientementte vestidos, mal alimentados, los hombres se encogen. A veces, el sol crea una magia de nieve pero el tiempo normal es una niebla helada, que sólo se levanta para descubrir un cielo plomizo.
Desde el Este hacia el Oeste, el frente está sostenido por los restos del III ejército rumano, el destacamento de ejército Hollidt, el VIII ejército italiano y el II ejército húngaro. Nadie disimula que el eslabón más débil de esa larga cadena es el italiano. Hitler se inquieta por ello, en el informe del 12 de diciembre, pero no existe ninguna fuerza alemana disponible para «encorsetar» las divisiones del general Gariboldi. Estirados en 270 km de frente, cuatro cuerpos de ejército italianos, 29, 35, 2º y cuerpo alpino, esperan un choque cuya preparación leen ya con claridad los estados mayores.
Se produce el 16 de diciembre. El 1 ejército soviético de la guardia cruza el Don en la niebla y cae sobre el centro del frente italiano. De nuevo, la estepa se llena de masas en dispersión. Un testigo, el general alemán Fretter-Pico, describe el efecto surrealista que producen bandas de soldados «sin más armas que una guitarra», que van al Oeste cantando, a pesar del rigor del frío. Hitler telegrafía a Mussolini pidiéndole que lance un llamamiento a sus soldados para que dejen de huir. El Duce, irritado, no contesta.
Ya el 16 por la noche, los rusos han avanzado 25 km. Los días sucesivos, la ofensiva se amplía. En la derecha rusa, el VI ejército soviético marcha hacia Voroshilovgrado y Stalino. A la izquierda, el III ejército de la guardia y el V ejército blindado extienden el ataque al frente del Chir. Envuelto, el grupo Hollidt combate en condiciones difíciles. Están amenazados los pasos del Donets inferior, Kámensk, Shatinsk y Forchstadt. Rostov está en peligro. ¡ Está a la vista un super Stalingrado de un millón de hombres!
La situación del IV Panzerarmee es especialmente aventurada. Mientras se desploma el frente alemán, mientras el avance ruso amenaza Rostov, se aferra a la hondonada del Mishkova, esperando que el ejército Paulus se decida a salir de Stalingrado. El carácter sagrado de una misión consistente en salvar a 200000 camaradas mantiene la moral, pero Hoth no deja de advertir que se sostiene por un pelo, y que su retirada es sólo cuestión de horas si el VI ejército no sale a su encuentro. Dos días antes de Navidad, un llamamiento del grupo de ejércitos precipita esa retirada: Manstein, al informar a Hoth de la situación al oeste del Don, le pide que se prive de una de sus divisiones blindadas para tratar de restablecer el combate en la región de Morozovskaia. Hoth,, consciente del peligro, designa la más fuerte, la 6ª. Esta se pone en camino en dirección a Potiómkinskaia, en medio de una tormenta de nieve, llevándose la última probabilidad de salvar a los sitiados de Stalingrado.
Se ha dejado pasar Navidad, y luego la ración
de pan se ha reducido de 200 a 100 gramos. El 1 de enero, el servicio sanitario
señala los primeros fallecimientos por inanición. Se ha demostrado que el VI
ejército no puede ser aprovisionado por vía aérea. Para mantener la promesa de
su culpable jefe, la Luftwaffe hace en vano un heroico esfuerzo, y acepta
pérdidas que, con 536 transportes, 149 cazas y 123 bombarderos, harán de
Stalingrado una batalla aérea tan costosa como la batalla de Inglaterra. Pero
las condiciones meteorológica son especialmente desfavorables: cuando el cielo
está claro sobre Stalingrado, suele estar cubierto en la región de Rostov, e inversamente, de tal modo que el funcionamiento del puente aéreo se ve
estorbado o a la salida o a la llegada. Al tomar los rusos Tazinskaia y
Morozovskaia, los aeródromos de salida se trasladan a Salsk, Novocherassk, y
Cheretkovo, lo que dobla la distancia y reduce el rendimiento de los aparatos.
¡ La media diaria de las entregas, durante todo el sitio, no superará las 94 t,
menos de la quinta parte de la promesa de Göring!
Para entregarle las hojas de roble de su cruz de comendador, Hitler hace salir de la bolsa al general Hube. «Mi Führer —le dice Hube—, usted ha hecho fusilar a generales del ejército. ¿ Por qué no hace fusilar al general de aviación que le prometió aprovisionar Stalingrado ?»
Se ha desvanecido toda esperanza de liberación. Hoth se ha batido en retirada, al principio paso a paso, con la cólera en el alma, y luego precipitadamente. El comienzo de 1943 encuentra al IV ejército blindado en el Kuberle, a 200 km de Stalingrado.
En la bolsa, la situación es indecible. La ración de pan se ha reducido a 50 gramos. El carburante es tan raro que los únicos vehículos autorizados son los sidecars. Los únicos heridos evacuados son los que tienen fuerzas para arrastrarse hasta los aeródromos. La nieve está salpicada de montículos, que son los cadáveres de hombres muertos de hambre y de frío.
El 8 de enero, una bandera blanca flota ante las avanzadas. Tres parlamentarios soviéticos vienen a ofrecer a Paulus una capitulación honorable. Por orden de Hitler, Paulus la rechaza y ordena responder con el fuego a todo nuevo intento de conversaciones. Al día siguiente, los rusos atacan. Los alemanes se defienden desesperadamente. La baza de la batalla es el aeropuerto de Pitomnik, por donde pasa la mayor parte del tráfico aéreo. Los rusos se apoderan de él el 16. El aprovisionamiento ya sólo es posible por el mal terreno de aterrizaje de Gumrak, y luego, cuando también es tomado, mediante paracaídas. Los cuatro quintos de la bolsa están perdidos. Los alemanes son rechazados hacia el Volga, encerrados en su conquista fatal, las ruinas de Stalingrado. El 24 de enero, Paulus se dirige a Hitler. La prolongación de la resistencia, dice, carece de sentido. 18000 heridos yacen sin cuidados en los sótanos. Aumenta el tifus. Se han agotado las municiones y los víveres. El jefe del ejército pide, en consecuencia, la autorización de capitular, y el jefe del grupo de ejércitos, Manstein, apoya su petición en una conversación telefónica de tres cuartos de hora con Hitler. Este permanece intratable. «Prohíbo toda capitulación. El ejército debe resistir hasta el último cartucho. Su heroísmo es una contribución inolvidable a la salvación de Occidente.»
El 25, se reanudan los ataques rusos. El 26, el LXII ejército se une con el XXI en la colina Mamai. El VI ejército alemán queda cortado en dos. En el Norte, lo que queda del 51 cuerpo se hace fuerte en la fábrica de tractores. En el Sur, los restos de otros cuatro cuerpos se amontonan en la parte central de la ciudad, con Paulus que instala su último cuartel general en el sótano del Univermag de la plaza Roja. Con prisa de acabar, los rusos bombardean furiosamente las ruinas de Stalingrado. No responde ningún cañón, pero cuando los soldados intentan avanzar, los últimos cartuchos les cierran el camino. El 30, Hitler nombra a Paulus Generalfeldmarschall.
«Nunca —dice a Keitel— se ha rendido un mariscal alemán.» Del jefe que ha elevado el Führer a la más alta dignidad militar, en consecuencia, sólo espera una cosa: su suicidio. Ignora que Paulus ha prohibido precisamente esa puerta de salida a los oficiales, diciendo que deben compartir la suerte de sus soldados hasta el final.

La bandera Roja de la victoria ondea ya en la
Stalingrado
El 31, la lucha ha terminado prácticamente. Uno de los últimos mensajes por radio del VI ejército describe así la situación: «Los soldados vagabundean: pocos combaten todavía; el mando ya no se ejerce...». Un momento después, a las 5 h 45: «Los rusos están ante el bunker; destruimos la emisora...». Luego por tres veces, la señal «C.L.» que significa: «Esta estación no emitirá más...». Los rusos, en efecto, alcanzan el Univermag, cuyo sótano abriga al más reciente mariscal, el primer mariscal de la derrota, creado por Hitler. Nadie tira. Un parlamentario soviético avanza y exige una capitulación. Le llevan al bunker, de donde sale un Paulus esquelético, casi indiferente. Sí, capitula. No, no tiene nada que añadir al grito de lealtad, al Heil Hitler! que lanzó todavía ayer. El modelo de los jefes de estado mayor parte en silencio hacia el cautiverio.
Conocemos, en su texto estenográfico, las imprecaciones de Hitler: «Uno se mata con el último cartucho... Desprecio a un soldado que se rinde, como Giraud... 20000 personas se suicidan al año en Alemania, y es absurdo que un general no sea capaz de hacer lo que hace una mujer ultrajada... Ya no haré más mariscales... El heroísmo de decenas de millares de soldados queda empañado por la cobardía de uno solo... Veréis que antes de ocho días los rusos harán hablar por la radio al Paulus y al Seydlitz. Incitarán a los hombres de la bolsa, incitarán a toda la Wehrmacht a rendirse».
Paulus no tuvo tiempo de incitar a rendirse a los «hombres de la bolsa»: los últimos capitularon el 2 de febrero. Hitler se engañaba igualmente sobre la fecha en que Paulus invitaría al ejército y al pueblo alemán a deponer las armas. El Nationalkomitee Freies Deutschland sólo fue fundado el 13 de julio de 1943, bajo la presidencia del conde Bismarck-Enkel y del general von Seydlitz. El plebeyo Paulus tardó más tiempo que esos hombres históricos en unirse a la resistencia exterior alemana. No se decidió hasta después del 20 de julio de 1944.
Principal, Operación Barbarossa, la batalla de Ucrania, la batalla de Mosku, Stalingrado, 1943-1945: contraofensiva sovietica, la batalla de Berlín, Alexei Fiodorov, links