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Rush Limbaugh dio más a la libertad de expresión de lo que sus enemigos nunca le reconocerán
Controvertido y detestado por la izquierda, este popular conductor perdió su batalla contra el cáncer pero su legado dentro de la radio conservadora norteamericana cuando retó al totalitarismo de Washington en los medios electrónicos perdurará pese a los intentos de sus enemigos por destruirlo. Los sucesores de Rush Limbaugh están obligados a defender esta valiosa herencia
FEBRERO, 2021. En América latina, Rush
Limbaugh era prácticamente un desconocido, aunque los pocos que
sabían de él lo detestaban por considerarlo un "reaccionario", un
redneck y un sujeto que representaba lo peor del American Way
of Life. Lo repudiaban, sencillamente, por lo que habían
escuchado de él, no por haberlo sintonizado, fenómeno que se da a la
inversa: hay mucha gente cruzando el Bravo que admira a Biden sin
tener idea de su verdadera plataforma política.
Obviamente contaba mucho el hecho de que sus más feroces críticos de
este lado no hablan inglés o, de hacerlo, jamás se molestaron en ver
sus videos y dedicarle algo de tiempo a sus opiniones. Es lo que
alguna vez Jean Francois Revel llamó "el odio prejuiciado", es
decir, el aborrecer a algo o a alguien simplemente por lo que la
demás gente opina de esa persona (síntoma endémico desde hace mucho
tiempo en nuestros países pero que hoy ya está también trepanando a
la sociedad norteamericana).
No vamos a apuntar aquí que Rush Limbaugh era un persona
desprejuiciada. Ninguno de nosotros estamos exentos de serlo. Pero
ese comentarista radial era honesto consigo mismo, con sus puntos de
vista, y no los cambiaba como quien cambia de ropa interior. Y sobre
todo era honesto con sus escuchas, sabía que mentirles podría
representar un doloroso desliz en ratings. Asimismo, quien escuchaba
su emisión sabía exactamente cuál era el producto ofrecido, una
dieta de comentario político diferente al que maneja el resto de los
medios norteamericanos. En tal sentido Rush Limbaugh, ante todo, era
un experto en marketing: encontró un nicho de mercado que lo
retribuía diariamente con 20 millones de personas que lo
sintonizaban diariamente; ningún comentarista radial, ni siquiera
Howard Stern, quien hoy trabaja en la radio satelital, se le
acercaba.
Limbaugh falleció hace unos días a la edad de 70 años, víctima de un
cáncer que le habían detectado en enero del año pasado. Sus médicos
lauguraron a Limbaugh que viviría hasta octubre del año pasado
pero logró sobrevivir cuatro meses más. Su último programa al aire
fue el 2 de febrero.
El éxito de su programa radial se debió además al vencer el
autoritarismo del Estado norteamericano (sí, allá también existe).
Desde tiempos de
Franklin D. Roosevelt se impuso la llamada
"Fairness
Doctrine", una legislación que obligaba a las difusoras de radio a
dar "equidad" de tiempo a los radioescuchas que no estuvieran de
acuerdo con lo que el locutor decía al aire, algo que quitaba
dinamismo a las emisiones de comentario, debate y opinión. Lo que
hicieron las emisoras comerciales fue enviar esos espacios a sus
horarios de madrugada. Finalmente, en 1987 la "Fairness Doctrine" fue
echada abajo.
Durante décadas la izquierda manejó monopólicamente la televisión y
los medios impresos de manera que los norteamericanos solían recibir
información totalmente manipulada y tendenciosa: debido a la "fairness
doctrine", los magnates de la prensa no habían promovido los
programas de debate en la radio, algo totalmente irónico pues esa
legislación tenía el propósito de beneficiar a la izquierda.
Limbaugh fue un hombre empapado en la radio desde su
infancia. Nacido en 1951 en Missouri, a los 18 años desertó de la
escuela y obtuvo un empleo como DJ en una difusora de AM de música
pop. Sin embargo a los pocos años sus ambiciones rebasaron ese
empleo y desempeñó varios más como productor, e incluso trabajó con
los Reales de Kansas City. Regresó a la radio como comentarista en
una difusora de Sacramento cuando fue abolida la "fairness
doctrine". Entonces Limbaugh pidió un préstamo y fundó su propia
empresa radiofónica llamada Excellence in Broadcasting, esto en
1988.
El programa fue un éxito inmediato lo que dio lugar a que Limbaugh
incursionara brevemente con un segmento en TV, algo insólito para un
comentarista de tendencia conservadora. Pero el experimento duró
apenas un año: Rush era más un personaje de la radio hablada.
En esos tiempos los medios norteamericanos eran mucho más tolerantes
que en la actualidad de modo que Rush apareció como invitado en los
programas de David Letterman y Jay Leno e incluso la revista TIME
llegó a llamarlo uno de los 100 personas más influyentes del año.
La influencia de Limbaugh era enorme: se estima que sus programas
pesaron mucho para que los demócratas perdieran la mayoría en el
Senado y el Congreso en 1995 durante el gobierno de
Bill
Clinton. Pero cuando el conductor fue de los
primeros en destapar los líos de faldas del entonces presidente con
la becaria Mónica Lewinsky, los Clinton y la izquierda comenzaron a
tomarle un odio profundo, inmisericorde, al conductor.
La izquierda trató de sabotear el programa de Limbaugh desde todos
los ángulos. Cuando el conductor se refirió a los soldados enviados
a Irak como "soldaditos", el alboroto fue atronador en torno a esa
"falta de respeto" al punto que varios anunciantes fueron orillados
a retirarle su patrocinio (asunto por demás paradójico si
consideramos cómo ese espectro político recibió con escupitajos a
los soldados que regresaban de Vietnam).
Hubo más boicots pero ninguno afectó gran cosa la popularidad del
programa, simplemente porque Limbaugh nunca perdió su principal
activo, la fidelidad de sus fans. Y sobre todo, el conductor
hábilmente creó su propia empresa para no estar a merced de un
gerente que lo presionara para cambiar el giro de su programa o que
un día decidiera despedirlo por decir algo incómodo al gran poder.
The Limbaugh Show nunca bajó en ratings, incluso cuando
varios inversionistas crearon Air America, una emisión de
corte ultraliberal destinado a ser la "competencia" a Limbaugh. Pero
pese a haber tenido como invitados a personalidades como Jane Fonda,
Bruce Springsteen y al ex vocalista de
R.E.M.
Michael Stipe, el experimento duró menos de un año al aire,
sencillamente porque en Air America la gente escuchaba las
mismas peroratas que en los otros medios mientras que la propuesta
de Limbaugh era fresca, irrepetible y única. Desafortunadamente y
ahora que ya no está, esa ventaja podría dar la puntilla al fin del
reinado de la radio conservadora en Estados Unidos. Los siguientes
meses serán decisivos para evitar que ello ocurra.
Descanse en paz Rush Limbaugh. Su contribución a la libertad de
expresión en la radio es enorme una vez que c cayó la idiótica
mordaza que había resultado en que el espectro radiofónico fuera una
rockola, entretenida, sí, aunque sin propuestas de fondo. Pero la
izquierda, desagradecida como siempre, nunca le dará ese
reconocimiento a Rush Limbaugh.
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