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Y DEMÁS/Controversias
Miren, mejor dejen a
don Porfirio en París
En un país saturado de
problemas, traer de vuelta a México los restos de Porfirio Díaz viene
a ser una bronca gratuita que, en realidad, no necesitamos. El ex
dictador cumple un siglo descansando apaciblemente en Montparmasse; para
bien suyo y nuestro, procuremos que las cosas sigan así
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AGOSTO, 2015. Este año se cumple un siglo de la muerte de uno de los hombres más importantes en la historia de México. No fue el dechado de impecables virtudes que la atribuyen unos, ni el monstruo que se regocijaba fabricando pobres, como sostuvo por muchos años la versión oficial (es decir, la priísta). Lo innegable es que Porfirio Díaz supo responder con creces al reto que le presentó la historia, algo fácil de comprobar con una comparación entre la forma en que encontró a México al tomar el poder y cómo lo dejó en 1910. No era un país perfecto, pero sí económicamente sólido, mucho más estable y encarrilado hacia el progreso, algo que se veía como una marcianada en 1875.
¿Cuántos presidentes surgidos de o ligados al PRI podrían jactarse de lo mismo? Si mucho uno, dos a lo más (y no, entre ellos no se encuentra Lázaro Cárdenas)
Y como sabemos que este tipo de aniversarios traen de vuelta las discusiones en torno al porfiriato --si es que alguna vez se fueron-- un grupo de activistas ha pedido que los restos del caudillo salgan del pequeño mausoleo en el cementerio parisino de Montparnasse, y regresen a México para reposar específicamente en Oaxaca, su estado natal.
Quienes han tenido oportunidad de visitar ese cementerio dicen que el
mausoleo frecuentemente tiene banderitas mexicanas y flores y que alguien debe estarle dando constante mantenimiento. A la distancia se escucha el intenso tráfico parisino y el esporádico ulular de las ambulancias.
La capital luz sufrió varios toques de queda en la primera guerra, la invasión nazi en la segunda, ha sufrido innumerables atentados --el más reciente el pasado enero contra la revista satírica
Charlie Hebdo-- pero el eterno descanso de don Porfirio Díaz no ha sido interrumpido los últimos cien años, a excepción de la vez que unos sujetos arrojaron pintura verde al
mausoleo hace lustros.
Ese incidente sería menor en caso que se consiguiera el retorno de los restos de Porfirio Díaz a México, mucho más en Oaxaca.
¿Para qué buscarnos más problemas, que no bastan los que nos cargamos los mexicanos a cuestas? En primer lugar, aparte de las protestas que enloquecerían aún más el tráfico en la capital mexicana, el retorno de los restos no hará cambiar su postura a los antiporfirianos y quizá podría radicalizar más a los proporfiristas. Es cierto, el pobre de don Porfirio abandonó este país, todavía con vida, en 1910, como manera de apaciguar a quienes exigían su salida del poder. Para sus detractores poco importa que el desgarriate real empezó en México luego que el oaxaqueño ya se encontraba a miles de kilómetros de distancia de su país, todo dentro de una guerra civil tan absurda que actuó en sentido inverso al de otros procesos similares que terminaron, en vez de atizarse, una vez que cayó el dictador.
Cuando finalmente empieza a apaciguarse el país en 1929 con la alianza entre los grupos que buscaban hacerse del poder (lo que llevó a la
formación del Partido Nacional Revolucionario y de ahí al PRI décadas después) don Porfirio ya llevaba 14 años
reposando en Montparnasse.
La verdad --y en una pregunta remitida tanto a antis como pro Porfis-- ¿qué gana el país con el regreso de sus huesos a México? Todo lo que ocurra traerá consigo una reacción poco saludable: si se desea llevarlo a la Rotonda de los Hombres, perdón, Personas Ilustres, no queremos ni imaginar a las huestes que bloquearán la entrada para impedirlo. Si se quiere llevarlo a Oaxaca será inevitable la protesta de, por ejemplo, los CNTEs, los cuales desde hace rato ya hicieron suyo el Monumento a la Revolución (¡mandado erigir por el caudillo, ironía de ironías!) o bien colocarían barracas si es que se desea que sus restos reposen ahí junto a los de don Lázaro y de don Plutarco, enemigos
irreconciliables, por cierto.
A donde vayan a parar los huesos de don Porfirio Díaz en territorio mexicano habrá protestas, buena parte de ellas por
pura demagogia, por supuesto, pero protestas al fin. Y, por lo demás, todo constituiría un acto macabro: Díaz ya no puede responder a agresión alguna aunque haya quienes griten injurias impublicables a su osamenta como si ésta aún tuviera vida.
El retorno de los restos de don Porfirio contó con el VoBo del gobierno foxista pero al comenzar las predecibles protestas ya no tocó el tema, y hasta hoy el priísmo, ya de vuelta en Los Pinos, no ha pronunciado palabra. Quizá sea un silencio de tácita aceptación, tal vez el asunto no le interesa al gobierno federal, algo que en otros tiempos habría desatado un tsunami de discursos demagógicos. O sencillamente el presidente prefiere no opinar de algo que
desconoce en absoluto; no vaya a ser que le pregunten cuáles libros ha leído al respecto.
Poco después de la caída del imperialismo soviético en 1991 y tras comprobarse con ADN que se trataba de los restos de toda la familia Romanoff, incluida Anastasia (sorry, denuncioconspiradores), éstos fueron enterrados con honores en San Petesburgo, la antigua capital rusa. A excepción de un grupito de viejitos añorantes del estalinismo, las protestas fueron mínimas. Desafortunadamente en México no estamos preparados para ese tipo de reconciliaciones con el pasado.
Díaz decía que México no estaba listo para la democracia, y lo que pasó al poco tiempo de embarcarse en el Ypiranga le dio la razón; de hecho, a 100 años de su muerte, seguimos sin estar listos para la democracia. Con todo y costoso Instituto Nacional Electoral.
Un favor, entonces. Dejen que Porfirio Díaz Mori siga descansando en su mausoleo de Montparnasse. En alusión a esa conocidísima canción que interpretaba Pedro Infante, esta sería la tonada de don Porfirio desde París: "México lindo y querido/si muero lejos de ti/que digan que estoy dormido/y que me dejen aquí".
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