Hace unos días, gracias a la Internet, nos enteramos de la siguiente
noticia: científicos japoneses han obtenido una variedad de ranas de
piel transparente, lo cual permite ver el funcionamiento de sus órganos
sin necesidad de abrirla. El objetivo de esta alteración es la lucha
contra el cáncer. También dicen que es para evitar que los adolescentes
estadounidenses se traumen al realizar el consabido diseccionamiento de ranas
que es parte de su formación, según el tópico difundido
por Hollywood. Y se rumora la pronta obtención de ranas luminosas…
Por cierto, estas alteraciones
de especies vivientes no deberían asustarnos en lo más mínimo.
Los seres humanos hemos venido alterando la naturaleza desde que asumimos
el papel de especie superior. La papa fue originalmente un tubérculo
venenoso que fue transformado en la planta que salvó de la hambruna
a Europa. Y tanto los lindos perritos pekineses como los peligrosos pitbulls
son productos de incontables cruces entre canes.
De un modo u otro, podemos
concluir que el ser humano está habituado a convivir con los productos
modificados de la naturaleza. Está habituado a manipularla – a largo
o mediano plazo – y obtener así un resultado. Casi nadie parece haberse
percatado que de los cerdos grasosos de antaño hemos pasado a los
esbeltos porcinos de la actualidad. Y nos parece bien consumir más
carne y menos grasa.
Sin embargo, la sola mención
de la expresión manipulación genética provoca siempre
una sensación de alerta. Causa cierto rechazo la idea de que en el
futuro próximo aparezcan otras especies o variedades demasiado exóticas
de las ya existentes.
Este temor, a mi parecer, es
injustificado. La manipulación genética no es más que
el mismo proceso que hace miles de años produjo al perro pekinés
y a la papa, sólo que con más tecnología y velocidad.
Si podemos vivir comiendo cerdos menos grasosos, igual podemos convivir con
ranas de piel transparente (digo, es un decir, no debe ser una visión
muy agradable en verdad).
¿A qué le tememos,
realmente? Todo parece indicar que esta actitud recelosa frente a la manipulación
genética no es más que una nueva versión del complejo
de Frankenstein: que nuestras creaciones se vuelvan contra nosotros.
Pero hay más aún.
Si bien es cierto que ciertos alimentos transgénicos (o mutantes) no
han resultado completamente inocuos, también lo es que cualquier tipo
de alimento, animal o vegetal, puede tener efectos colaterales. La caigua
que en Perú comemos rellena puede ocasionar ceguera si se consume en
exceso. El cerdo contaminado puede contagiarnos una mortal cisticercosis.
Y todo ello sin manipulación genética de por medio.
Puesta la peligrosidad de la
naturaleza modificada en su verdadera perspectiva, la pregunta ¿a qué
le tememos cuando hablamos de manipulación genética? casi cae
por su peso.
Tememos la manipulación
genética del hombre.
La tememos, por que no es lo
mismo volver comestible un tubérculo, criar una nueva mascota o conseguir
mejor carne, que obtener un nuevo ser humano, nuevo en cuanto gozaría
de todas las ventajas de las que el homo sapiens carece: longevidad, inmunidad,
inteligencia aumentada…
Lo que tememos es que aparezca
una nueva especie de ser humano, que primero nos mire por sobre el hombro
y luego nos reemplace. A diferencia de la situación anterior, en la
cual la manipulación genética no afectaba al ser humano, en
el futuro la manipulación genética logre lo que para algunos
es un sueño y para otros una pesadilla: la aparición de OTRA
ESPECIE INTELIGENTE en nuestro mundo. Adiós al rey de la creación.
Adiós a nuestro lugar en la cúspide de la cadena evolutiva (si
es que alguna vez estuvimos en él, claro está).
Como lo advirtieron Frankenstein
, El Horla, Slan, Gattacca, los X-Men y tantas
otras obras de la ciencia-ficción, de un modo u otro ha de aparecer
un nuevo tipo de ser humano, otra especie inteligente. Lo que algunos esperaban
de la evolución (proceso a muy largo plazo y difícilmente demostrable)
podría lograrse dentro de poco gracias a la ciencia. Por lo pronto,
ya tenemos la secuencia completa del genoma humano. Ya sabemos por donde
empezar…
¿Podrán coexistir
ambas especies? ¿Dominará una a la otra? ¿La exterminará?
Dado el comportamiento del ser humano actual, incapaz de coexistir pacíficamente
consigo mismo, parece que la respuesta es obvia: es muy probable que el superhombre
del futuro (¡Nietzche, equivócate por favor!) prescinda de nosotros.
Daniel Salvo, setiembre de 2007