Un hombre
bajo, de manos pequeñas y ademanes vacilantes, se acercó hacia
mí. Detuvo su marcha y permaneció callado un minuto, rígido,
como si ignorara la línea siguiente de un guión. Tendríamos
serios obstáculos para comunicarnos, advertí al instante. A
las tres y media de la madrugada no me permito decir tonterías.
-Es extraño -dijo
finalmente-. He estado soñando con usted.
-No me fastidie -repliqué.
Encendí un cigarrillo.
-Sé que esto lo agota
-insistió. Luego volvió a su oscuro silencio.
-Lo hago por el dinero. -Estaba
captando los pensamientos de una mujer acodada en el balcón de un
edificio próximo.
-Estoy en condiciones de
financiarlo, sea lo que fuere -dijo el hombre-. A mi no me importa el dinero,
puedo gastar cualquier suma. Ellos pagan lo que sea, si el material es de
buena calidad. -El comentario tenía una fuerte carga; deseaba, necesitaba
que yo descubriera quién era por mí mismo; pero a él
no podía leerlo.
La muchacha del balcón
se quedó un momento mirándonos. No pasaba de los veinte; era
rubia, delgada, de ojos achinados, probablemente verdes. Leo las mentes,
pero no tengo visión telescópica. La gente no piensa de continuo
en su propio color de ojos.
-¿Cómo me usaría?
¿Tiene algo armado o está improvisando?
-Cubro todas las posibilidades
-respondió; no me escuchaba; sólo escuchaba el discurso que
había preparado-. No se sabe nunca dónde se mete uno. Pagan
bien, de todos modos.
-Sea lo que fuere, la quiero
a ella también -dije señalando a la chica del balcón.
-¿Para qué?
-dijo el hombre sin mirarla.
-Tiene un talento complementario
al mío -mentí-. No puedo actuar sin ella.
-¡Santo Rosario! -exclamó
el hombre-. Seríamos una multitud, ¿para qué?
-Sólo tres -corregí.
-¿Ella lo sabe?
-No, es decir, sí;
ahora lo sabe.
-¿En qué consiste
el talento de ella?
-Es bloqueadora de campo.
En un radio de doce a quince metros nadie podría captarme ni neutralizarme.
-Usted es un telépata
corriente. Tal vez no me sirva. Tengo miles como usted.
Le di una larga calada al
cigarrillo y le contesté de mal modo. -Usted debería saberlo.
¿Me va a reclutar o no? Dijo que soñó conmigo.
-Sí. Estoy dispuesto.
¿Esta bien diez mil?
-Diez mil para cada uno.
La incluimos a ella o no hay trato.
Aunque no nos gustara, estábamos
involucrados en esa guerra. Se manejaba así. Tipos como ese recorrían
las villas y las noches reuniendo potenciales combatientes. Ni siquiera estábamos
seguros de cuántos lados tenía el polígono. Apunté
a la muchacha con el dedo índice, severo, convencido de que ni siquiera
nos abriría la puerta.
-Lo pensé mejor -dijo
el hombre-. No la necesitamos. Tengo un equipo abierto en el que hace falta
uno corriente como usted. -Me pregunté cómo lograría
disuadirlo, ahora que había empezado a calcular los beneficios que
sacaría de una complementaria como esa.
-De acuerdo. Dijo que el
dinero no era problema; ahora se comporta como un vulgar usurero. Mantengo
los diez mil; yo me hago cargo de ella.
-Ese es un punto de vista
interesante; no perdemos nada intentándolo.
¡Basura! A mi no me
importa el dinero, puedo gastar cualquier suma. Todos son iguales; cada día
que pasa se parecen más a nosotros.
Se dirigió hacia la
casa y se detuvo debajo del balcón. La muchacha sacó medio
cuerpo afuera, tal vez atacada por la curiosidad; eso fue suficiente. El
hombre sacó un cilindro del bolsillo interior del abrigo y disparó
media docena de tractores finos como hilo de coser. La chica quedó
enredada en la malla, inmóvil. Él la izó un par de metros
y luego la bajó como si se tratara de un globo inflado con helio,
atascado en las ramas medias de un árbol.
-¿No es un poco grosero?
-protesté.
-Brusco es una palabra más
precisa -se defendió-. No conozco un método mejor.
Contemplé a la muchacha,
deteniéndome en su cabello rubio y la boca sensual. Sentí el
despertar de anhelos largamente reprimidos, pero advertí de inmediato
que no era el lugar ni la hora de satisfacerlos.
-No es momento para escarceos
sexuales -me dijo el hombre, como si fuese capaz de leer mis pensamientos.
-¿Quién es
el telépata, aquí? -repliqué. La chica, que se había
tomado el asunto muy filosóficamente, señaló los hilos
de la malla, que le impedían ponerse de pie.
-Disuelva la red -ordenó.
Era la primera vez que escuchaba su voz. Me enamoré de inmediato de
ella. Era perfecta.
El hombre se comportó
dócilmente. Invirtió la polaridad del campo y los hilos se
disolvieron en el aire o volvieron a introducirse en el cilindro; no soy capaz
de precisarlo.
-Hemos sido reclutados -dije.
-¿Hemos sido reclutados?
-repitió ella-. Se habla de la guerra, pero se sabe muy poco. Me gustaría
conocer sus nombres. Ya que vamos a morir... es desagradable que una cosa
así ocurra entre desconocidos. Soy Rita.
-Nadie muere en las guerras
telepáticas -dijo el hombre-. A lo sumo sufrirá la pérdida
del talento.
-Mi nombre es Zurich -dije.
-¿Zurich? Parece un
nick -dijo Rita.
-Me llamo Joel Green -dijo
el hombre-. Créale, se llama Zurich.
-Pero usted no se llama Joel
Green -apunté-. ¿De dónde sacó el nombre? ¿De
una novela? ¿Ubik?
-El de Ubik era Joe Chip
-aclaró Rita. Se sacudió algunas imaginarias motas de polvo
de la manga del abrigo-. ¿Cuándo empieza la acción?
Joel Green (su verdadero
nombre era Josué de Campos y Oliveira; había nacido en Curitiba
de madre alemana y padre portugués) nos condujo hasta un edificio
de más de treinta pisos. Las luces encendidas en casi todos ponía
en evidencia que la guerra se seguía librando pese a lo avanzado de
la hora. Los guardias ubicados detrás de un gran mostrador semicircular
se pusieron en actitud alerta cuando vieron bloqueados sus esfuerzos de rutina
por determinar la identidad de los recién llegados. Conocían
a Green de vista, pero eso no suele ser ninguna garantía para los psicos;
una apariencia se puede modificar con cirugía, con cavilación
especular, con inductores... Al fallar la comprobación olieron dificultades.
Los guardias eran unos simples hurgadores de nivel dos, sin mayor talento,
capaces de verificar identidades, pero de ningún modo aptos para desflorar
el anticampo que generaba Rita. Nos detuvimos y esperamos. Al cabo de unos
segundos fue obvio que Green había logrado generar una serie de contraseñas
creíble
s, ya que los tipos sonrieron
estúpidamente y nos dejaron pasar.
Usamos un ultrarrápido
para llegar al piso veintiocho. A nuestro alrededor, en decenas de cajas
de dos metros cúbicos, operadores de todas las cuerdas, con la mirada
perdida en campos de batalla virtuales, libraban la guerra más silenciosa
de la Historia. Rita se quedó observándolos. En sus ojos había
un trazo de reprobación. Sería anticampo, pero tenía
todos los vicios de los empáticos. Le preocupaba la simetría
de las cajas, con los talentos encadenados en su interior; ni siquiera había
protestado por los abusivos modales de Green al reclutarla.
-Los relevamos cada dos horas
-dijo Green, adelantándose a las críticas de Rita. Tal vez
en el futuro lograra descubrir las razones de su desconfianza hacia los cubículos.
-¿Quién está
a cargo de las operaciones? -preguntó. La pregunta ponía en
evidencia un conocimiento de los códigos que no hubiera imaginado
cuando la vi en el balcón por primera vez. Se sentó en una butaca.
Desde esa posición podía ver a cinco precognitores liados en
una discusión acerca de cual era la interpretación correcta
de una trama. Cada uno de los cinco aportaba un hilo de color y según
fuera el orden de entrada y los nudos de los cruces se obtenía una
configuración distinta. El desacuerdo se originaba en que no había
ni siquiera dos coincidencias.
-Olvídese de ellos
-dijo Green. Al ver que yo permanec&iaccute;a en silencio, escudado tras un
gesto de censura, trató de animarme con un argumento ridículo-.
Vamos ganando.
Desde el principio de la
guerra habíamos sabido que los bandos en pugna no eran terrestres;
necesitaban carne de cañón fresca y la Tierra estaba en condiciones
de proporcionarla. Tras descubrir que la Tierra estaba llena de talentos,
desembarcaron con la solemnidad propia del caso. Embajadores. Intercambio.
Se marchaba hacia una apertura irrestricta del conocimiento. Confianza mutua,
simpatía. Nada dijeron de guerras; parecían tan pacíficos
como lamas.
-¿Se puede empezar
a trabajar? -La ansiedad de Rita cortó el hilo de mis reflexiones.
-No es tan sencillo -dijo
Green-. Cuando estos equipos sean relevados dentro de unos pocos -observó
su reloj- cuarenta y cinco minutos, haré un plenario de precognitores
para que determinen si ustedes están en condiciones de formar parte
del equipo.
El comentario decepcionó
a Rita. Yo, en cambio, lo había sabido desde un principio.
-Nos acepten o no -dijo Rita-,
vamos a hacerlo. Seremos un equipo independiente, Zurich y yo. Reclutaremos
talentos para reconquistar la Tierra. Usted nos ayudará, Green.
-¡Está loca!
Tal cosa no es posible. Yo trabajo para ellos, no por mi cuenta.
-¿Alguien quiere café?
-dije para diluir el humor ambiente, espeso como jalea. Había descubierto,
por el olor, no gracias a ningún poder meta psíquico, que alguien
estaba dedicado a la tarea de prepararlo.
-Está bien -dijo Rita-.
Haremos una tregua de un par de minutos.
Green se detuvo ante Rita,
tal vez lamentando haberla traído. La elaboración de las líneas
estratégicas en una guerra tan peculiar no era tarea de aficionados.
Green parecía serlo. Me preocupaba la forma en que iba improvisando
sobre la marcha, en la mayoría de los casos sin un conocimiento real
del asunto. Todos dimos un salto cuando un alarido se elevó desde
uno de los cubículos.
-Perdimos una torre -susurré.
-No es para tomarlo a la
ligera -dijo Rita-. Esta gente sufre.
-Señorita -dijo Green
educadamente-. Creo que me equivoqué con usted. Estaría mejor
escribiendo poemas románticos o trabajando en un taller de costura.
-Rita deseó por un momento contar con un talento activo, alguna forma
de telekinesis que le permitiera desprender las paletas del ventilador y
usarlas como guadañas en el cuello de Green. No sintió culpa:
era evidente que en el interior de Green habitaba un ser sin emociones y ni
siquiera un rostro. El monstruo había tomado posesión del cuerpo
para manipularlo y a través de él lograba reclutar personas
con talento para la guerra. Avancé un paso y vi por primera vez a la
criatura alojada en el interior de Green: tenía forma de pera y un
color bilioso; cuatro orificios simétricos, semejantes a bocas circulares
de bordes rugosos demostraban que los organismos, tras evolucionar durante
centenares de miles de años tienden a los diseños sencillos
y funcionales.
-¡Déjela en
paz! -exclamé cuando hube logrado hacer retroceder la apatía
que me embargaba.
-Será mejor que se
vaya -insistió Green-. Me equivoqué, lo admito.
-No, no se equivocó,
señor monstruo del espacio exterior -dijo Rita. Pero fue lo último
que dijo. Una mano invisible, sin duda manejada por uno de los talentos que
nos rodeaban, le apretó la garganta, dejándola fuera de combate.
Por primera vez en la noche empecé a sospechar que mi decisión
había sido errónea, o al menos precipitada. Era evidente que
esa banda se aprovecharía de mi talento inusual, enmascarado por mi
condición de telépata ordinario, pero no me importó;
lo intolerable era que se ensañaran con la chica.
Sonó una chicharra.
Una horda de talentos frescos se aproximó a los cubículos
y fue ocupando los lugares de los que iban concluyendo sus tareas. No parecía
haber gran diferencia con un cambio de turno en una oficina pública.
Vi algunos mutantes muy extraños, pero también mucha gente
de aspecto corriente. Lo que marcaba la diferencia era el arrobamiento de
algunas expresiones, y la fatiga, visible en los cuerpos tanto como en los
rostros y las mentes.
-¿Estarán en
condiciones de ponernos al corriente? Lucen agotados. -Miré a Green
quien, inexpresivo, miraba a los talentos como si fueran seres de otro planeta.
-La guerra necesita soldados frescos, pero de ningún modo soldados
inexpertos.
-¡Dios mío!
-exclamó Rita, recuperánddose-. ¿Cómo pueden
ser tan apáticos, tan insensibles? -Green dirigió la atención
hacia la muchacha; la había imaginado desmayada, o por lo menos tiritando
asustada en un rincón. En lugar de eso descubrió a una Rita
resuelta, dispuesta a dar batalla.
-¡Señorita!
¡Maldita sea! -Green estaba de pésimo humor. Tal vez había
descubierto algo peligroso para él y su situación en la trama.
Anticipé el movimiento, pero él contra anticipó. Paró
mi ataque mental, y con un sencillo puñetazo en la mandíbula
dejó inconsciente a Rita.
-Así no vamos a ninguna
parte. Usted insistió en reclutarla. Ahora no soporta su autonomía.
-Ni siquiera había logrado averiguar quienes eran los de nuestro bando
y quienes los enemigos en la guerra en la que nos habíamos involucrado.
Tampoco era cierto que Green hubiera deseado reclutar a Rita; yo se la había
impuesto. No obstante, estaba tan desorientado que ni siquiera era capaz
de recordar cual era mi talento específico.
Uno de los relevados, alto
como un álamo, se arrodilló ante Rita con el propósito
de reanimarla. Tal vez ni siquiera había visto el puñetazo,
por lo que imaginaba que, como en casi todos los casos, Rita estaba fuera
del juego por un ataque psíquico. Era un empático accidental:
su talento se conectaba en casos fronterizos, y Rita lo era, aunque el no
había averiguado en qué cuerda jugaba. Green lo tenía
catalogado como telekinético o inductor de pánico, por lo
que retrocedió, apoyando el cuerpo exterior contra la pared. El cuerpo
interior se acurrucaba de un modo patético; en el fondo era un cobarde,
fuera de la especie que fuese. El empático no le prestaba atención.
Sacó un mazo de cartas plastificadas del bolsillo y empezó
a disponerlas en torno a la cabeza de la muchacha. Las imágenes de
las cartas representaban catástrofes naturales o paisajes imaginarios
de los mundos de los invasores. La llegada de los extraterrestres había
disparado un mórbido culto a lo fantástico, semejante al que
existiera en el se
gundo y tercer cuarto del siglo
XX.
-Ayúdeme -dijo-. Mantenga
a raya a este cerdo para que no vuelva a atacar a Rita.
-No es un cerdo. Adentro
hay otra cosa. ¿No se supone que estamos del mismo lado? -Mi protesta
no tenía sentido.
-¿Se supone? Estas
alimañas cambian de bando con la misma facilidad con que cambian de
cuerpo. -Luego, como reaccionando con retardo, dijo: -Miró adentro.
¿Qué vio?
-Un peroide, verdoso, de
cuatro bocas.
-Un scap. Extraño.
Es un cuarto de la Fraternidad, una especie de sargento reclutador. ¿Los
reclutó a ustedes?
-Hace un par de horas -dije.
Varios operadores, a medida
que iban abandonando sus puestos y eran reemplazados, se aproximaban al cuerpo
inerte de Rita. Tendían lazos de todo tipo y se sorprendían
por la historia que fluía desde la mente de la chica. Ignoraba cuanto
duraría esa parte del ciclo. Los talentos de toda cuerda y laya (telépatas,
precognitores, empáticos, telekinéticos, inductores) ya eran
una docena. Green, acurrucado entre el piso y la pared, doblado en un ángulo
extravagante, parecía haber perdido el control de la situación,
quizás confinado por la acción conjunta de bloqueadores y depresores.
No me quedaba claro por qué todos se habían puesto de acuerdo
en contra de Green. Después de todo él era de su bando, y
Rita una absoluta desconocida.
-No funciona -dijo finalmente
el empático recogiendo las cartas.
-Está liquidada -dijo
un precognitor-. Le quedan cinco o seis minutos de vida.
Recibí atónito
la información. ¿A qué jugaba Green, o la entidad que
había tomado posesión de él? ¿Cuál era
nuestra función en la trama? Rita, si correspondía aceptar
como ciertas las palabras del precognitor, moriría por nada, sin haber
entrado siquiera en combate, como consecuencia del capricho de un oficial
de baja categoría.
-En caso de emergencia -dijo
el empático -estamos facultados para destituir y hasta destruir al
reclutador. Tal vez ignore cuántas batallas paralelas se están
librando en este mismo momento.
A continuación me
tocó presenciar una escena increíble. Dos de los talentos
se situaron frente a Green. Sin tocarlo, iniciaron un proceso que, sin lugar
a dudas, lo tenía por objeto. La envoltura exterior del scap parpadeó
dos o tres veces y luego se desarmó. Las partes, módulos independientes
de lo que hasta un minuto atrás había sido Green, se desparramaron
serenamente, sin producir sonido alguno, como si se tratara de piezas de
material blando. El tronco, despojado de extremidades y cabeza, fue asimilándose
más y más al peroide contenido en su interior.
El empático se ubicó
frente a mí, eclipsando lo quedaba de Green, y me tendió la
mano.
-Soy Burgueño.
-Zurich -respondí-.
¿Qué se proponen?
-Cortarlo al medio, por el
Ecuador. El scap que se esconde en interior del peroide es la peor alimaña
del Universo. ¿Sabe qué significa la expresión "caballo
de Troya"?
-No.
-Usted leyó la mente
del peroide, pero hace tiempo que el scap lo devoró, como hacen ciertas
orugas, desde adentro. Del peroide sólo queda la carcasa.
-Se podría haber defendido.
-Me sorprendía la ineficacia del primer invasor. Eso había
estado sucediendo mientras Green nos reclutaba, cuando enredó a Rita
en el balcón y nos condujo hasta el Edificio Central.
-No supo qué ocurría
hasta que fue demasiado tarde. Y nos vimos imposibilitados de intervenir;
esta fase de la batalla es aguda. Estuvimos erigiendo una barrera térmica,
todo el turno. Cayeron dos de los nuestros, ¿oyó el grito?
Era difícil de digerir.
El significado de los lances se me escapaba. Pero no traté de indagar
a Burgueño. El tipo tenía un flanco sucio, algo en sus gestos
que me repugnaba. Por eso no me sorprendió que, anticipándose
a mi vibración, se abriera de par en par, poniendo su intimidad en
exposición, y dando por supuesto que mi talento lo sacudiría
como a una vieja alfombra apolillada. Apostaba a que de esa sacudida no se
desprendería ni una escama de podredumbre.
A partir de ese gesto de
Burgueño asistí a varios hechos simultáneos, aunque
aquí tendré que narrarlos consecutivamente. La información
a la que tuve acceso me permitió conocer los pasos previos a mi reclutamiento
y el de Rita. Green había detectado el anticampo de la muchacha;
a mí sólo me quería para encubrir su interés
por ella. Tenía a cientos como yo, o como lo que yo aparentaba ser.
Pero carecía de antis en el equipo, por lo que le estaba resultando
complicado neutralizar a los scaps. Era una explicación embrollada.
¿Por qué querría neutralizar Green a los scaps si él
era uno de ellos? Posiblemente en el interior del scap que había adentro
del peroide que se escondía en el tórax de Green hubiera un
galac o un representante de una especie no catalogada. La guerra se extendía
como una mancha de tinta, convocando a cuanto entusiasta con talento psico
hubiera suelto por el Universo.
Mientras Burgueño
me desorientaba con la avalancha de datos confusos, los talentos abrieron
al medio lo que quedaba de Green; cortaron en dos al peroide y extrajeron
un erizo negro que empezó a rebotar como una bola de cemento adhesivo
en cuanto logró desprenderse. Así que esa era la verdadera
apariencia del scap. Ahora entendía por qué enmarañaban
mi percepción y yo no lograba ver otra cosa que peroides: los scaps
están revestidos por una película estéril, refractaria
a la lectura psíquica de tercer nivel. Sorprendido por la brusca exposición,
el scap había enloquecido, si tal expresión era aplicable a
su morfología.
Al ver al erizo rebotando
contra el piso y paredes, como una pelota de squash, interrogué con
la mirada a Burgueño. -¿Qué trata de hacer? -dije.
-¿El scap? Salir de
la armadura, supongo. Bernardo la va a romper como si fuera un diente podrido.
Él es Bernardo -dijo señalando al inductor que se restregaba
las manos como si las tuviera sucias de barro-. Ojalá fuera siempre
así de fácil.
El tercer hecho simultáneo
había comenzado fuera de mi vista y progresaba a mis espaldas. Lo
advertí cuando la mente de Burgueño se cerró para mí
de un modo absoluto. Rita había recuperado el conocimiento y el campo
antitelepático que generaba era suficiente para obliterar a todos los
talentos. Únicamente el scap, supuestamente ciego y mudo, logró
atravesar la coraza con un claro mensaje, un mensaje que me estaba dirigido.
-Mienten -transmitió
el scap-. Yo soy tu bando. Ellos son los enemigos.
Tengo dos o tres palabras
para describir lo que siguió: espeso, turbado; un cuerpo cayendo desde
cierta altura en un tanque lleno de miel. Había perdido el hilo entre
laberintos de ojos ciegos, ojos que miraban sin ver. Otras tres. Pegajoso,
lento, rancio. Buscó ayuda en Rita, al mismo tiempo sorprendido y feliz
de que la muchacha hubiera entrado en acción, infringiendo el destino
aciago que le pronosticaran. Pero Rita había desaparecido, tal vez
tragada por la vorágine de talentos que fluían desordenadamente
entre los cubículos, reemplazándose unos a otros, y en algunos
casos sólo chocando como policías de Keystone en un viejo film
mudo. Burgueño, con las manos en la cintura, ajeno por un momento al
ajetreo, parecía desafiar al scap.
-Creo que lo suyo es pura
paranoia -dijo-. En realidad no puede ser algo permanente; pronto se pondrá
bien y podrá volver a sus juegos.
-¿Cómo le dice
algo así? -protesté-. No es humano. ¿Pretende sacar
ventaja de su confusión?
-¡Cállese, Zurich!
Usted no tiene nada que ver con nuestra guerra, desconoce los códigos;
ni siquiera llegó a entrar en ella, por lo que no tiene sentido que
se obstine en salir. No moleste.
Resignado, busqué
una butaca. Rita apareció de la nada y se sentó a mi lado.
Puso la mano sobre mi rodilla y la apretó. El aviso me recorrió
eléctricamente, pero la mente de ella seguía siendo una gran
mancha de ruido.
-No puedo leerte -murmuré.
-Es más seguro entre
dientes -respondió del mismo modo.
Sonreí. -¿Qué
son?
-Perms, una especie de un
planeta sin sol, raro, ¿no? Un planeta que vagabundea entre sistemas.
Son psicos, pero de baja categoría, aunque bastante hábiles
e ingeniosos. Se metieron en la guerra entre scaps y galags, sin que nadie
los llamara...
-¡No, no! -exclamé
sin alzar la voz. Un grito susurrado equivale a un pensamiento en una caverna
submarina. Estábamos a mitad de camino a cualquier parte, por lo que
me asaltó un mal presentimiento. -Podrías ser más coherente.
-No te va a gustar.
-Entonces lo explico yo.
Green me reclutó por dinero, diez mil. Yo impuse tu presencia como
condición excluyente.
-¡Muy gentil! -Rita
me contempló como se mira al último imbécil. -Eso demuestra
que no entendiste nada. Tu destino es ser la penúltima bola; sólo
se trata de que estés en el lugar preciso en el momento justo; golpear
en el ángulo exacto y la misión estará cumplida. A nadie
le importará tu trayectoria a partir de ese momento.
-¡Ratas! -exclamé,
esta vez sin pudor. Pero la oficina había quedado vacía. Mientras
hablábamos, un servicio mágico se ocupó de eliminar
todo rastro de los psicos humanos y alienígenas que infectaban el lugar.
Rita me miraba con atención.
-¿Entendiste lo que
dije? No llegarás al final del camino.
-Sí, entendí.
La pregunta es otra. ¿Por qué no puedo leer tu mente? Les mentí,
ocultando la verdadera naturaleza de mi talento: no existe bloqueo para
mi penetración.
-Soy otra cosa -dijo Rita,
escueta.
-¿Otra cosa? ¿De
que estás hablando? ¿Cuántas otras cosas que yo no conozca
pueden existir?
Por toda respuesta, Rita
muestra su verdadera apariencia: ya no es una muchacha sino un apretado
tulipán, con los pétalos sesgados como paneles de acero. Observo
hipnotizado que la pulida superficie es recorrida por una pulsación
lenta, irregular que desemboca en una ávida, creciente dilatación.
Al abrirse como una flor, muestra complejos sistemas microscópicos,
órganos artificiales de calidad y precisión insuperables.
Me siento caer desde gran altura. Los estambres son antenas receptoras de
las señales emitidas por una entidad superior, nacida en un planeta
que gira en torno a una estrella que no es el Sol, y que en este momento
se halla suspendida a diez mil kilómetros de la Tierra, espiando
nuestros movimientos. Rita-tulipán recibe un trillón de terabites
en un nanosegundo. Esa información comprimida explica el origen,
naturaleza y finalidad del Universo; se necesitarían eones para decodificarla,
pero la entidad se compadece de nosotros y condensa y resume el contenido.
El Universo, dice, no tiene objeto
, es producto del azar. Es
cíclico, dice. Las dimensiones del Universo, dice, se anudan, entrelazan,
complementan formando un continuo consecutivo en el que principio y fin,
adentro y afuera, pasado, presente y futuro carecen de sentido. ¿Eso
es todo? Poco más. Las criaturas que lo habitan son malformaciones
del espacio y el tiempo, accidentes sin propósito ni razón.
¿Esta guerra? Esta guerra es inútil, como cualquier otra, como
todos los actos individuales o colectivos de las criaturas que infectan el
Universo. Scaps, humanos, galacs, perms. Los actos, pasiones, vidas, muertes
de trillones de especies no tienen importancia para el Universo, Dios, si
lo desean, en última instancia. Luego, la entidad calla. No necesita
tiempo, pero se apiada de nosotros y produce una pausa antes de ejecutar
la fase siguiente.
Los estambres se transforman
en pinzas. Actuando con celeridad y eficacia, me sujetan, me inmovilizan,
aproximándome a la corola, que se cierra paulatinamente. Un estambre
sufre otra transformación: ahora es un escalpelo. Las pinzas me ubican
en posición y el escalpelo se desliza por mi vientre, trazando una
línea perfecta que rueda por la cintura, dibuja la espalda, se une
en el ombligo y se muerde a sí misma. Cuatro estambres, convertidos
en mandíbulas, sujetan las extremidades, otros dos rodean el cuello.
Halan en direcciones opuestas y dividen el cuerpo en dos, separando la mitad
superior de la inferior. Una forma toroide, una dona violeta con manchas
rojas, ve la luz por primera vez. Es un coc-dí. La entidad superior
me obsequia ese conocimiento. ¡Es increíble! He alojado un coc-dí
en mi interior, gobernando mis actos, manipulándome. Ahora, cortado
en dos por el escalpelo de la entidad superior, aunque no privado de la capacidad
para percibir el entorno, asisto a la segunda fase del proceso. Los estamb
res mutan una vez más,
convirtiéndose en instrumentos aptos para tratar con la morfología
del coci-dí. Abrazaderas, buriles, marras, cuñas, escoplos.
Ya sé lo que sigue, por supuesto. ¿Quién es el operador
solapado, hundido en las profundidades del coci-dí? ¿La entidad
superior, acaso? No me permito pensar tonterías. En el interior del
coci-dí habita una rugosa perla negra, un garbanzo capaz de tragar
la luz circundante. Se llama a sí mismo Freber.
-No es el último -susurra
Rita. ¿Rita? Hemos recuperado la realidad consistente. Han desaparecido
el tulipán de pétalos acerados y los estambres cortantes de
la entidad superior. Pero no Freber.
-Aquí, desde el interior
de Freber -dice un pensamiento filoso, enfocado como un láser hacia
el centro de mi glándula pineal-. Soy Uno, el indivisible.
-¿Terminará
esto alguna vez? -Observo a Rita. Estamos sentados en butacas gemelas, las
manos enlazadas como alas de tórtolas.
-Es parte de la guerra -responde
ella, enigmáticamente-. ¿Te diste cuenta, al iniciarse el combate,
que nos estamos haciendo cargo de realidades alternativas, ajenas a nuestra
experiencia? ¡Cuidado!
Desprevenido, siento que
la ola me sacude, me arrastra. El desplazamiento sólo puede medirse
en unidades combinadas, ya que todo el continuo espacio-temporal ha sido
afectado. Comprendo la analogía de las muñecas: una dentro
de otra hasta agotar el infinito. No obstante, una última muñeca
debe ser indivisible. Ínfima, casi teórica, oscilando en el
límite entre lo sí y lo no existente. El presente también
es un punto capaz de contener a todo el pasado. El futuro será, por
lo que en este instante no existe. Y aún así es capaz de incluir
el presente, punto fluctuante, cuanto de eternidad. Debo decírselo
a Rita: el conocimiento es poder; dura menos tiempo que el salto de una partícula
a otro plano de realidad, pero el que lo posee alcanza la victoria.
-No -dice Rita-. Ahogado.
-¿Ahogado? -El edificio
ha quedado vacío; las luces apagadas y las máquinas detenidas
proveen una configuración casi irreal. ¿Qué puede parecerme
irreal, a esta altura del relato?
-Ahogado -repite Rita, a
mi lado-. Tablas.
-¿Tablas? ¿Me
he esforzado tanto para lograr unas míseras tablas?
Un hombre bajo, de manos
pequeñas y ademanes vacilantes, se acerca hacia mí. Se detiene
y permanece callado un minuto, rígido, como si ignorara la línea
siguiente de un guión. Tendremos serios obstáculos para la
comunicarnos, advierto al instante. A las tres y treintiuno de la madrugada
me permito cualquier tontería.
-Es extraño -dice
finalmente-. He estado soñando con usted.
-No me fastidie -replico.
Enciendo un cigarrillo.
-Sé que esto lo agota
-insiste. Luego vuelve a su oscuro silencio.
-Lo hago por dinero. -Capto
los pensamientos de una mujer acodada en el balcón de un edificio
próximo; es prometedor. Sólo debo deshacerme del hombre. -Pero
ya tengo demasiado, y no creo que su guerra valga la pena. -Antes de que el
hombre logre descubrir que he movido los brazos, le aprieto el cuello con
una mano y le aferro los tobillos con la otra. Tiro. Separo. Un hombre idéntico,
pero más pequeño, salta del interior hueco e insiste, reanudando
la cantilena.
-Estoy en condiciones de
financiarlo, sea lo que fuere -dice el hombre-. A mi no me importa el dinero,
puedo gastar cualquier suma. Ellos pagan lo que sea, si el material es de
buena calidad.
Repito la operación,
doce, mil veces. Los últimos hombres son más pequeños
que hormigas. Las medias carcazas dotan al paisaje de una textura fantasmal.
Rita, riendo, me alcanza una lupa y dos pinzas de filatelista. Con mucho
cuidado separo uno más. Podría ser un ángel, pero no
lo es. Repite su discurso, inaudible ya, con obstinación. Parece que
hay una guerra en alguna parte y que el Universo no tiene propósito,
pero no estoy seguro de que haya dicho eso. Rita se ríe, y sin que
yo logre impedirlo, aplasta al último hombre, el indivisible, con el
taco de su bota.