(Ha sido preciso que me adapte a una serie de expresiones difíciles
que sólo puedo emplear yo, en mi caso particular. Son necesarias
para explicar mis actitudes intelectuales y mis conformaciones naturales,
que se presentan de manera extraordinaria, excepcionalmente, al revés
de lo que sucede en la mayoría de los "animales que ríen").
Mi espalda, mi atrás,
es, si nadie se opone, mi pecho de ella. Mi vientre está contrapuesto
a mi vientre de ella. Tengo dos cabezas, cuatro brazos, cuatro senos, cuatro
piernas, y me han dicho que mis columnas vertebrales, dos hasta la altura
de los omóplatos, se unen allí para seguir –robustecida– hasta
la región coxígea.
Yo-primera soy menor que yo-segunda.
– (Aquí me permito, insistiendo
en la aclaración hecha previamente, pedir perdón por todas
las incorrecciones que cometeré. Incorrecciones que elevo a la consideración
de los gramáticos con el objeto de que se sirvan modificar, para los
posibles casos en que pueda repetirse el fenómeno, la muletilla de
los pronombres personales, la conjugación de los verbos, los adjetivos
posesivos y demostrativos, etc., todo en su parte pertinente. Creo que no
está demás, asimismo, hacer extensiva esta petición
a los moralistas, en el sentido de que se molesten alargando un poquito
su moral; que me cubran y que me perdonen por el cúmulo de conveniencias
atadas naturalmente a ciertos procedimientos que traen consigo las posiciones
características que ocupo entre los seres únicos).
Digo esto porque yo-segunda
soy evidentemente más débil, de cara y cuerpo más delgados,
por ciertas manifestaciones que no declararé por delicadeza, inherentes
al sexo, reveladoras de la afirmación que acabo de hacer; y porque
yo-primera voy para adelante, arrastrando a mi atrás, hábil
en seguirme, y que me coloca, aunque inversamente, en una situación
algo así como la de ciertas comunidades religiosas que se pasean
por los corredores de sus conventos, después de las comidas, en dos
filas, y dándose siempre las caras –siendo como soy, dos y una.
Debo explicar el origen de esta
dirección que me colocó en adelante a la cabeza de yo - ella:
fue la única divergencia entre mis opiniones que ahora, y sólo
ahora, creo que me autoriza para hablar de mí como de nosotras, porque
fue el momento aislado en que cada una, cuando estuvo apta para andar, quiso
tomar por su lado. Ella –adviértase bien: la que hoy es yo-segunda–
quería ir, por atavismo sin duda, como todos van, mirando hacia donde
van; yo quería hacer lo mismo, ver a dónde iba, de lo que se
suscitó un enérgico perneo, que tenía sólidas
bases puesto que estábamos en la posición de los cuadrúpedos,
y hasta nos ayudábamos con los brazos de manera que, casi sentadas
como estábamos, con aquéllos al centro, ofrecimos un conjunto
octópodo con dos voluntades y en equilibrio unos instantes debido
a la tensión de fuerzas contrarias. Acabé por vencerla, levantándome
fuertemente y arrastrándola, produciéndose entre nosotras,
desde mi triunfo, una superioridad inequívoca de mi parte primera
sobre mi segunda y formándose la unidad de que he hablado.
Pero no; es preciso sentar una
modificación en mis conceptos, que, ahora caigo en ello, se han desarrollado
así por liviandad en el razonamiento. Indudablemente, la explicación
que he pensado dar a posteriores hechos, puede aplicarse también a
lo referido; lo que aclarará perfectamente mi empecinamiento en designarme
siempre de la manera en que vengo haciéndolo: yo, y que desbaratará
completamente la clasificación de los teratólogos, que han
nominado a casos semejantes como monstruos dobles, y que se empecinan, a
su vez, en hablar de éstos como si en cada caso fueran dos seres distintos,
en plural, ellos. Los teratólogos sólo han atendido a la parte
visible que origina una separación orgánica, aunque en verdad
los puntos de contacto son infinitos; y no sólo de contacto, puesto
que existen órganos indivisibles que sirven a la vez para la vida
de la comunidad aparentemente establecida. Acaso la hipótesis de la
doble personalidad, que me obligó antes a hablar de nosotras, tenga
en este caso un valor parcial debido a que era ése el momento inicial
en que iba a definirse el cuerpo directivo de esta vida visiblemente doble
y complicada; pero en el fondo no lo tiene. Casi sólo le doy un interés
expresivo, de palabras, que establece un contraste comprensible para los
espíritus extraños, y que en vez de ir como prueba de que en
un momento dado pudo existir en mí un doble aspecto volitivo, viene
directamente a comprobar que existe dentro de este cuerpo doble un solo motor
intelectual que da por resultado una perfecta unicidad en sus actitudes intelectuales.
En efecto: en el momento en
que estaba apta para andar, y que fue precedido por los chispazos cerebrales
"andar", idea nacida en mis dos cabezas, simultáneamente, aunque
algo confusa por el desconocimiento práctico del hecho y que tendía
sólo a la imitación de un fenómeno percibido en los
demás, surgió en mi primer cerebro el mandato "Ir adelante";
"Ir adelante" se perfiló claro también en mi segundo cerebro
y las partes correspondientes de mi cuerpo obedecieron a la sugestión
cerebral que tentaba un desprendimiento, una separación de miembros.
Este intento fue anulado por la superioridad física de yo - primera
sobre yo - segunda y originó el aspecto analizado. He aquí
la verdadera razón que apoya mi unicidad. Si los mandatos cerebrales
hubieran sido; "Ir adelante" e "Ir atrás", entonces sí no existiría
duda alguna acerca de mi dualidad, de la diferencia absoluta entre los procesos
formativos de la idea de movimiento; pero esa igualdad anotada me coloca
en el justo término de apreciación. Cuanto a la particularidad
de que hayan existido en mí dos partes constitutivas que obedecieron
a dos órganos independientes, no le doy sino el valor circunstancial
que tiene, puesto que he desdeñado ya el criterio superficial que,
de acuerdo con otros casos, me da una constitución plural. Desde
ese momento yo-primera, como superior, ordeno los actos, que son cumplidos
sin réplica por yo - segunda. En el momento de una determinación
o de un pensamiento, éstos surgen a la vez en mis dos cerebros; por
ejemplo "Voy a pasear", y yo-primera soy quien dirige el paseo y recojo
con prioridad todas las sensaciones presentadas ante mí, sensaciones
que comunico inmediatamente a yo-segunda. Igual sucede con las sensaciones
recibidas por esta otra parte de mi ser. De manera que, al revés
de lo que considero que sucede con los demás hombres, siempre tengo
yo una comprensión, una recepción doble de los objetos. Les
veo, casi a la vez, por los lados –cuando estoy en movimiento– y con respecto
a lo inmóvil, me es fácil darme cuenta perfecta de su inmovilidad
con sólo apresurar el paso de manera que yo-segunda contemple casi
al mismo tiempo el objeto inmóvil. Si se trata de un paisaje, lo
miro, sin moverme, de uno y otro lado, obteniendo así la más
completa recepción de él, en todos sus aspectos. Yo no sé
lo que sería de mí de estar constituida como la mayoría
de los hombres; creo que me volvería loca, porque cuando cierro los
ojos de yo-segunda o los de yo-primera, tengo la sensación de que
la parte del paisaje que no veo se mueve, salta, se viene contra mi y espero
que al abrir los ojos lo encontraré totalmente cambiado. Además,
la visión lateral me anonada: será como ver la vida por un
huequito. Ya he dicho que mis pensamientos generales y voliciones aparecen
simultáneamente en mis dos partes; cuando se trata de actos, de ejecución
de mandatos, mi cerebro secundo calla, deja de estar en actividad, esperando
la determinación del primero, de manera que se encuentra en condiciones
idénticas a las de la garrafa vacía que hemos de llenar de
agua o al papel blanco donde hemos de escribir. Pero en ciertos casos, especialmente
cuando se trata de recuerdos, mis cerebros ejercen funciones independientes,
la mayor parte alternativas, y que siempre están determinadas, para
la intensidad de aquéllos, por la prioridad en la recepción
de las imágenes. En ocasiones estoy meditando acerca de tal o cual
punto y llega un momento en que me urge un recuerdo, que seguramente, un
rincón obscuro en nuestras evocaciones es lo que más martiriza
nuestra vida intelectiva, y, sin haber evocado mi desequilibrio, sólo
por mi detenimiento vacilante en la asociación de ideas que sigo,
mi boca posterior contesta en alta voz, iluminando la obscuridad repentina.
Si se ha tratado de un sujeto borroso, por ejemplo, a quien he visto alguna
vez, mi boca de ella contesa, más o menos: "¡Ah el señor
Miller, aquel alemán con quien me encontré en casa de los Sánchez
y que explicaba con entusiasmo el paralelogramo de las fuerzas aplicado a
los choques de vehículos".
Lo que ha hecho afirmar a mis
espectadores que existe en mi la dualidad que he refutado, ha sido principalmente,
la propiedad que tengo de poder mantener conversación ya sea por
uno u otro lado. Les ha engañado eso de lado. Si alguno se dirige
a mi parte posterior, le contesto siempre con mi parte posterior, por educación
y comodidad; lo mismo sucede con la otra. Y mientras la parte aparentemente
pasiva trabaja igual que la activa, con el pensamiento. Cuando se dirigen
a la vez a mis dos lados, casi nunca hablo por estos a la vez también,
aunque me es posible debido a mi doble recepción; me cuido mucho
de probables vacilaciones y no podría desarrollar dos pensamientos
hondos, simultáneamente. La posibilidad a que me refiero sólo
tiene que ver con los casos en que se trate de sensaciones y recuerdos,
en los que experimento una especie de separación de mí misma,
comparable con la de aquellos hombres que pueden conversar y escribir a
la vez cosas distintas. Todo esto no quiere decir, pues, que yo sea dos.
Las emociones, las sensaciones, los esfuerzos intelectivos de yo-segunda
son los de yo-primera; lo mismo inversamente. Hay entre mí –primera
vez que he escrito bien entre mí– un centro a donde afluyen y de
donde refluyen todo el cúmulo de fenómenos espirituales, o
materiales desconocidos, o anímicos, o como se quiera.
Verdaderamente, no sé
cómo explicar la existencia de este centro, su posición en
mi organismo y, en general, todo lo relacionado con mi psicología
o metafísica, aunque esta palabra creo ha sido suprimida completamente,
por ahora, del lenguaje filosófico. Esta dificultad, que de seguro
no será allanada por nadie, sé que me va a traer el calificativo
de desequilibrada porque a pesar de la distancia domina todavía la
ingenua filosofía cartesiana, que pretende que para escuchar la verdad
basta poner atención a las ideas claras que cada uno tiene dentro
de sí, según más o menos lo explica cierto caballero
francés; pero como me importa poco la opinión errada de los
demás, tengo que decir lo que comprendo y lo que no comprendo de mi
misma.
Ahora es necesario que apresure
un poco esta narración, yendo a los hechos y dejando el especular
para más tarde.
Unos pocos detalles acerca de
mis padres, que fueron individuos ricos y por consiguiente nobles, bastará
para aclarar el misterio de mi origen: mi madre era muy dada a lecturas
perniciosas y generalmente novelescas; parece ser que después de
mi concepción, su marido y mi padre viajo por motivos de salud. En
el ínterin, un su amigo, médico, entabló estrechas
relaciones con mi madre, claro que de honrada amistad, y como la pobrecilla
estaba tan sola y aburrida, éste su amigo tenía que distraerla
y la distraía con unos cuentos extraños que parece que impresionaron
la maternidad de mi madre. A los cuentos añádase el examen
de unas cuantas estampas que el médico le llevaba; de esas peligrosas
estampas que dibujan algunos señores en estos últimos tiempos,
dislocadas, absurdas, y que mientras ellos creen que dan la sensación
de movimiento, sólo sirven para impresionar a las sencillas señoras
que creen que existen en realidad mujeres como las dibujadas, con todo su
desequilibrio de músculos, estrabismos de ojos y más locuras.
No son raros los casos en que los hijos pagan esas inclinaciones de los padres:
una señora amiga mía fue madre de un gato. Ventajosamente,
procuraré que mis relaciones no sean leídas por señoras
que puedan estar en peligro de impresionarse y así estaré segura
de no ser nunca causa de una repetición humana de mi caso. Pues, sucedió
con mi madre, que, en cierto modo ayudada por aquel señor médico,
llegó a creer tanto en la existencia de individuos extraños
que poco a poco llegó a figurarse un fenómeno del que soy retrato,
con el que se entretenía a veces, mirándolo, y se horrorizaba
las más. En esos momentos gritaba y se le ponían los pelos
de punta. (Todo esto se lo he oído después a ella misma en
unos enormes interrogatorios que le hicieron el médico, el comisario
y el obispo, quien naturalmente necesitaba conocer los antecedentes del suceso
para poder darle la absolución.) Nací más o menos dentro
del período normal, aunque no aseguro que fueran normales los sufrimientos
por que tuvo que pasar mi pobre madre, no sólo durante el trance
sino después, porque apenas me vieron, horrorizados, el médico
y el ayudante, se lo contaron a mi padre, y éste, encolerizado, la
insultó y le pegó, tal vez con la misma justicia, más
o menos, que la que asiste a algunos maridos que maltratan a sus mujeres
porque le dieron la hija en vez de un varón como querían.
Madre me tenía una cierta
compasión insultante para mí, que era tan hija suya como podía
haberlo sido una tipa igual a todas, de esas que nacen para hacer pucheritos
con la boca, zapatear y coquetear. Padre, cuando me encontraba sola, me
daba de puntapiés y corría; yo era capaz de matarlo al ver
que a mis llantos, era de los primeros en ir a mi lado; acariciándome
uno de los brazos, me preguntaba, con su voz hipócrita: "Qué
es lo que te ha pasado hijita". Yo me callaba, no sé bien por qué;
pero una vez no pude ya soportarlo y le contesté, queriendo latiguearlo
con mi rabia: "Tú me pateaste en este momento y corriste, hipócrita."
Pero como mi padre era un hombre serio, y aparentaba delante de todos quererme,
y le habían visto entrar sorprendido, y, por último, merecía
más crédito que yo, todos me miraron, abriendo mucho la boca
y se vieron después las caras; un momento después, al retirarse,
oí que mi padre dijo en voz baja: "Tendremos que mandar a esta pobre
niña al Hospital; yo desconfío de que esté bien de
la cabeza; el doctor me ha manifestado también sus dudas. Caramba,
caramba, qué desgracia." Al oír esto, quedé absorta.
No me daba cuenta de lo que
podía ser un Hospital; pero por el sentido de la frase comprendí
que se trataba de algún lugar donde se recluiría a los locos.
La idea de separarme de mis padres no era para mí nada dolorosa;
la habría aceptado más bien con placer, ya que contaba con
el odio del uno y la compasión de la otra, que tal vez no era lo menos.
Pero como no conocía el Hospicio, no sabía qué era lo
preferible; éste se me presentaba algunas veces como amenazador, cuando
encontraba en mi casa alguna comodidad o algún cariño entre
los criados, que hacían que tomara ese ambiente como mío; pero
en otras, ante la cara contraída de mi madre o una mirada envenenada
de mi padre, deseaba ardientemente salir de aquella casa que me era tan hostil.
Habría prevalecido en mí este deseo de no haber sorprendido
una tarde entre los criados una conversación en la que se me compadecía,
diciéndome a cada momento pobrecita y en la que descubrí además
algunos espantables procedimientos de los guardianes de aquella casa, agrandado,
sin duda, extraordinariamente, por la imaginación encogida y servil
de los que hablaban. Los criados siempre están listos a figurarse
las cosas más inverosímiles e imposibles. Decían que
a todos los locos les azotaban, les bañaban con agua helada, les colgaban
de los dedos de los pies, por tres días, en el vacío; lo que
acabó por sobrecogerme. Fui lo más pronto que pude donde mi
padre, a quien encontré discutiendo en alta voz con su mujer, me puse
a llorar delante de él, diciéndole que seguramente me había
equivocado el otro día y que debía haber sido otro el que me
había maltratado, que yo le amaba y respetaba mucho y que me perdonase.
Si lo habría podido hacer, me hubiera arrodillado de buena gana para
pedírselo, porque había alcanzado a observar que las súplicas,
los lamentos y alguna que otra tontería, adquieren un carácter
más grave y enternecedor en esa difícil posición; hombres
y mujeres pudieran dar lo que se les pida, si se lo hace arrodillados, porque
parece que esta actitud elevara a los concedentes a una altura igual a la
de las santas imágenes en los altares, desde donde pueden derrochar
favores sin mengua de su hacienda ni de su integridad. Al oírme, mí
padre, no sé por qué me miró de una manera especial,
entre furioso y amargado; se paró violentamente. Creo que vi humedecerse
sus ojos. Al fin dijo, cogiéndose la cabeza: "Este demonio ya a acabar
por matarme", y salió sin regresar a ver. Pensé que era ése
el último momento de mi vida en aquella casa. Después de poco,
oí un ruido extraordinario, seguido de movimiento de criados y algunos
llantos. Me cogieron, y a pesar de mis pataleos me llevaron a mi dormitorio,
donde me encerraron con llave, y no volví a ver a mi mas grande enemigo.
Después de algún tiempo supe que se había suicidado,
noticia que la recibí con gran alegría puesto que vino a comprobar
una de las hipótesis dulces que contrapesaban y hacían balancear
mi tranquilidad, en oposición a otras amargas anunciadoras de un
cambio desgraciado en mi vida.
Cuando tuve 21 años me
separé de mi madre que era entonces todavía mujer joven. Ella
aparentó un gran dolor, que tal vez habría tenido algo de verdadero,
puesto que mi separación representaba una notabilísima disminución
de la fortuna que ella usufructuaba.
Con lo que me tocó en
herencia me he instalado muy bien, y como no soy pesimista, de no haberme
ocurrido la mortal desgracia que conoceréis más tarde, no
habría desesperado de encontrar un buen partido.
Mi instalación fue de
la más difíciles. Necesito una cantidad enorme de muebles
especiales. Pero de todo lo que tengo, lo que más me impresiona son
las sillas, que tienen algo de inerte y de humano, anchas, sin respaldo
porque soy respaldo de mí misma, y que deben servir por uno y otro
lado. Me impresionan porque yo formo parte del objeto "silla"; cuando está
vacía, cuando no estoy en ella, nadie que la vea puede formarse una
idea perfecta del mueblecito aquél, ancho, alargado, con brazos opuestos,
y que parece que le faltara algo. Ese algo soy yo que, al sentarme, lleno
un vacío que la idea "silla" tal como está formada vulgarmente
había motivado en "mi silla": el respaldo, que se lo he puesto yo
y que no podía tenerlo antes porque precisamente, casi siempre, la
condición esencial para que un mueble mío sea mueble en el
cerebro de los demás, es que forme yo parte de ese objeto que me
sirve y que no puede tener en ningún momento vida íntegra e
independiente.
Casi lo mismo sucede con las
mesas de trabajo. Mis mesas de trabajo dan media vuelta –no activamente,
se entiende, sino pasivamente–; así que su línea máxima
es casi una semicircunferencia, algo achatada en sus partes opuestas: quiero
decir que tiene la forma de una bala, perfilada, cuyo extremo anterior es
una semicircunferencia. Una sintetización de la mitad del Mar Adriático,
hacia el golfo de Venecia, creo que sería también sumamente
parecida a la forma exterior de las tablas de mis mesas. El centro está
recortado y vacío, en la misma forma que la ya descrita, de manera
que allí puedo entrar yo y mi silla, y tener mesa por ambos lados.
Claro que podía obviar la dificultad de estas innovaciones con sólo
tener dos mesas, entre las cuales me colocaría; pero ha sido un capricho,
que tiende a establecer mi unidad exterior magníficamente, ya que
nadie puede decir: "Trabaja en mesas", sino "en una mesa". Y la posibilidad
de que yo trabaje por un solo lado me pone en desequilibrio: no podría
dejar vacío el frente de mi otro lado. Esto sería la dureza
de corazón de una madre que teniendo un pan lo diera entero a uno
de sus dos hijos.
Mi tocador es doble: no tengo
necesidad de decir más, pues su uso en esta forma, es claramente
comprensible.
La diversidad de mis muebles
es causa del gran dolor que siento al no poder ir de visita. Sólo
tengo una amiga que por tenerme con ella algunas veces ha mandado a confeccionar
una de mis sillas. Mas, prefiriendo estar sola, se me ve por allí
rara vez. No puedo soportar continuamente la situación absurda en
que debo colocarme, siempre en medio de los visitantes, para que la visita
sea de yo entera. Los otros, para comprender la forma exacta de mi presencia
en una reunión, de sentarme como todos, deberían asistir a
una de perfil y pensar en la curiosidad molestosa de los contertulios.
Y este dolor es nada frente
a otros. En especial mi amor a los niños acaba por hacerme llorar.
Quisiera tener a alguno en mis brazos y hacerle reír con mis gracias.
Pero ellos, apenas me acerco, gritan asustados y corren. Yo, defraudada,
me quedo en ademán trágico. Creo que algunos novelistas han
descrito este ademán en las escenas últimas de su libros, cuando
el protagonista, solo, en la ribera (casi nunca se acuerdan del muelle),
contempla la separación del barco que se lleva una persona amiga o
de la familia; más patético resulta eso cuando quien se va
es la novia.
En casa de mi amiga de la silla
conocí a un caballero alto y bien formado. Me miraba con especial
atención. Este caballero debía ser motivo de la más
aguda de mi crisis.
Diré pronto que estaba
enamorada de él. Y como antes ya he explicado, este amor no podía
surgir aisladamente en uno sólo de mis yos. Por mi manifiesta unicidad
apareció a la vez en mis lados. Todos los fenómenos previos
al amor, que aquí ya estarían demás, fueron apareciendo
en ellos idénticamente. La lucha que se entabló entre mí
es con facilidad imaginable. El mismo deseo de verlo y hablar con él
era sentido por ambas partes, y como esto no era posible, según las
alternativas, la una tenía celos de la otra. No sentía solamente
celos, sino también, de parte de mi yo favorecido, un estado manifiesto
de insatisfacción. Mientras yo - primera hablaba con él, me
aguijoneaba el deseo de yo - segunda, y como yo - primera no podía
dejarlo, ese placer era un placer a medias con el remordimiento de no haber
permitido que hablara con yo-segunda.
Las cosas no pasaron de eso
porque no era posible que fueran a más. Mi amor con un hombre se
presentaba de una manera especial. Pensaba yo en la posibilidad de algo
más avanzado: un abrazo, un beso, y si era en lo primero venía
enseguida a mi imaginación la manera cómo podía dar
ese abrazo, con los brazos de yo - primera, mientras yo-segunda agitaría
los suyos o los dejaría caer con un gesto inexpresable. Si era un
beso, sentía anticipadamente la amargura de mi boca de ella.
Todos estos pensamientos, que
eran de solidaridad, estaban acompañados por un odio invencible a
mi segunda parte; pero el mismo odio era sentido por ésta contra mi
primera. Era una confusión, una mezcla absurda, que me daba vueltas
por el cerebro y me vaciaba los sesos.
Pero el punto máximo
de mis pensamientos, a este respecto, era el más amargo... ¿Por
qué no decirlo? Se me ocurrió que alguna vez podía
llegar a la satisfacción de mi deseo. Esta sola enunciación
da una idea clara de los razonamientos que me haría. ¿Quién
yo debía satisfacer mi deseo, o mejor su parte de mi deseo? ¿En
qué forma podía ocurrírseme su satisfacción?
¿En qué posición quedaría mi otra parte ardiente?
¿Qué haría esa parte, olvidada, congestionada por el
mismo ataque de pasión, sentido con la misma intensidad, y con el
vago estremecimiento de lo satisfecho en medio de lo enorme insatisfecho?
Tal vez se entablaría una lucha, como en los comienzos de mi lucha,
como en los comienzos de mi vida. Y vencería yo-primera como más
fuerte, pero al mismo tiempo me vencería a mí misma. Sería
sólo un triunfo de prioridad, acompañado por aquella tortura.
Y no sólo debía
meditar en eso, sino también en la probable actitud de él
frente a mí, en mi lucha. Primero, ¿era posible para él
sentir deseo de satisfacer mi deseo? Segundo, ¿esperaría que
una de mis partes se brindase, o tendría determinada inclinación,
que haría inútil la guerra de mis yos?
Yo - segunda tengo los ojos
azules y la cara fina y blanca. Hay dulces sombras de pestañas.
Yo - primera tal vez soy menos
bella. Las mismas facciones son endurecidas por el entrecejo y por la Boca
imperiosa.
Pero de esto no podía
deducir quién yo sería la preferida.
Mi amor era imposible, mucho
más imposible que los casos novelados de un joven pobre y obscuro
con una joven al vez había un pequeño resquicio, pero ¡era
tan poco romántico! ¡Si se pudiera querer a dos!
En fin, que no volví
a verlo. Pude dominarme haciendo un esfuerzo. Como él tampoco ha
hecho por verme, he pensado después que todas mis inquietudes eran
fantasías inútiles. Yo partía del hecho de que el me
quisiera, y eso, en mis circunstancias parece un poco absurdo. Nadie puede
quererme, porque me han obligado a cargar con éste mi fardo, mi sombra;
me han obligado a cargarme mi duplicación.
No sé bien si debo rabiar
por ella o si debo elogiarla. Al sentirme otra; al ver cosas que los hombres
sin duda no pueden ver; al sufrir la influencia y el funcionamiento de un
mecanismo complicado que no es posible que alguien conozca fuera de mí,
creo que todo esto es admirable y que soy para los mediocres como un pequeño
dios. Pero ciertas exigencias de la vida en común que irremediablemente
tengo que llevar y ciertas pasiones muy humanas que la naturaleza, al organizarme
así, debió lógicamente suprimir o modificar, han hecho
que más continuamente piense en lo contrario.
Naturalmente, esta organización
distinta, trayéndome usos distintos, me ha obligado a aislarme casi
por completo. A fuerza de costumbre y de soportar esta contrariedad, no
siento absolutamente el principio social. Olvidando todas mis inquietudes
me he hecho una solitaria.
Hace más o menos un mes,
he sentido una insistente comezón en mis labios de ella. Luego apareció
una manchita blancuzca, en el mismo sitio, que más tarde se convirtió
en violácea; se agrandó, irritándose y sangrando.
Ha venido el médico y
me ha hablado de proliferación de células, de neoformaciones.
En fin, algo vago, pero que yo comprendo. El pobre habrá querido
no impresionarme. ¿Qué me importa eso a mí, con la
vida que llevo?
Si no fuera por esos dolores
insistentes que siento en mis labios... En mis labios... bueno, ¡pero
no son mis labios! Mis labios están aquí, adelante; puedo
hablar libremente con ellos... ¿Y cómo es que siento los dolores
de esos otros labios? Esta dualidad y esta unicidad al fin van a matarme.
Una de mis partes envenena al todo. Esa Haga que se abre como una rosa y
cuya sangre es absorbida por mi otro vientre irá comiéndose
todo mi organismo. Desde que nací he tenido algo especial; he llevado
en mi sangre gérmenes nocivos.
...Seguramente debo tener una
sola alma... ¿Pero si después de muerta, mi alma va a ser
así como mi cuerpo...?
¡Cómo quisiera no morir!
¿Y este cuerpo inverosímil,
estas dos cabezas, estas cuatro piernas, esta proliferación reventada
de los labios?
¡Uf!