Transcurren
otros milenios. Nuevamente, la Tierra explora el espacio, y descubre los restos
de la nave en el asteroide. Afortunadamente, los cuerpos de Néstor
y Angel se han conservado muy bien, lo que permite a la avanzada ciencia terrestre
volverlos a la vida.
En la Tierra, ambos protagonistas
atestiguan los cambios ocurridos. La gente utiliza singulares trajes transparentes
que en realidad constituyen poderosísimos exoesqueletos: permiten a
sus usuarios volar, comunicarse, respirar bajo el agua… y apreciar la generosa
anatomía de nuestras(os) descendientes. La humanidad vive en un planeta
cuya superficie asemeja un jardín edénico, pleno de vegetación
y saltos de agua.
Pese a esta visión
tan bucólica, existe una tecnología apenas explicada, pero que
parece ser un atisbo de la nanotecnología cuyas posibilidades son
motivo de especulación en la actualidad: misteriosos lagos llenos no
de agua, sino de diminutas máquinas cuyas funciones específicas
escapan a la comprensión de los hombres del pasado. No olvidemos la
nave espacial que encontró a Néstor y Angel.
Sin embargo, resulta fácil
olvidarla. La mayor parte de los acontecimientos se desenvuelve en escenarios
prácticamente carentes de sofisticación tecnológica.
Jardines, el fondo del mar (y las ruinas de un barco hundido), maquinarias
manipuladas por chimpancés al aire libre… Eugenio Alarco logra crear
un futuro aparentemente estereotipado pero con inquietantes singularidades.
La sociedad se divide entre los Grandes, los Paradigmas y los ciudadanos comunes
y corrientes. Todos son inmortales, gracias a los avances médicos producidos
después de siglos de investigación y al transplante de órganos,
aspecto en el que esta novela resultó profética.
Los inmortales que pueblan
la Tierra no nacen así: provienen del mundo de los mortales, seres
viciosos y muy dados a volar colocándose alas mecánicas sobre
las espaldas. Cuando un mortal es considerado “digno”, es llevado al mundo
de los inmortales, para volverse uno de ellos. Huelga decir que en el mundo
de los mortales los inmortales son una especie de leyenda.
La inserción de Néstor
y Angel en esta nueva sociedad ocurre vertiginosamente. Su llegada es celebrada
por todos, especialmente por las mujeres. El ambiente bucólico descrito,
que incluye flores gigantes que sirven de lecho, permite a los visitantes
disfrutar de la hospitalidad de las inmortales en todos sus sentidos…
Empero, ambos terrestres
empiezan a ocasionar problemas. Néstor cuestiona la moral de los inmortales.
Angel, dinámico y agresivo, no se encuentra a gusto en un mundo tan
bucólico y pacífico.
Néstor empezará
pronto a generar una corriente de opinión adversa debido a sus opiniones
sobre la cultura imperante. Se le cuestionará el hecho de ser un habitante
del pasado, es decir, las épocas de violencia, guerra, ignorancia y
hambre. En la persona de Néstor, se juzga al hombre contemporáneo.
Angel, quien prácticamente
se ha separado de Néstor, busca emociones más fuertes que las
proporcionadas por la facultad de vuelo o las diversiones artísticas
de los inmortales. Nuevamente, uno de los visitantes del pasado será
objeto de cuestionamiento por la nueva sociedad, que le considera un peligro
para los demás, especialmente para las doncellas (Angel parece tener
una libido bastante elevada, incluso para los permisivos estándares
del mundo de los inmortales).
Al final, ambos serán
sometidos a una especie de juicio popular en el cual participan, además
de los Paradigmas, algunos de los Grandes, quienes obtienen tales títulos
por su sabiduría antes que por algún procedimiento político.
Angel será desterrado a uno de los mundos de los mortales, al cual
será trasladado en una nave espacial junto a su pareja, Crisálida,
mientras que Néstor será absuelto y elevado al rango de inmortal.
Pero, sorprendentemente, éste último toma la extraña
decisión de elevarse a las alturas, hasta el mismo límite de
la atmósfera, donde su traje de poder será destruido, lo que
ocasionará su muerte.
La magia de los mundos tiene una continuación, Los
mortales, publicada en 1966.
Daniel Salvo, setiembre de 2005