Bernardo Provenzano.

Bernardo Provenzano: el último bastión de la "Cosa Nostra".
Las
familias de casi toda Sicilia están dispuestas a ofrecer a Bernardo Provenzano
una cama limpia, una comida
caliente y todo su respeto. Horas después, mucho antes de que el sol despunte
sobre la isla, el huésped s
e
marcha sigilosamente, y los anfitriones no salen a hacer alarde de que han
albergado en su casa al "capo máximo" de la mafia siciliana.
A veces, agregan los investigadores, las familias apenas tienen un atisbo fugaz
del aspecto de un hombre a quien se les pide que hospeden como señal de su
lealtad a la Cosa Nostra.
Prófugo desde 1963, el presunto jefe mafioso sigue frustrando a los
investigadores, en gran medida -dicen- gracias a su habilidad para escoger bien
sus contactos y a su disposición de cambiar constantemente de escondites, aun al
costo de no ver a su esposa y a sus dos hijos desde hace casi ya una década.
Nadie en el ámbito de la ley sabe qué aspecto tiene hoy el capo de 68 años de
edad. La cirugía plástica, un par de anteojos o quizás una barba pueden haber
alterado drásticamente la imagen que de él ha trazado la policía con ayuda de
una computadora. Ésta muestra a un hombre de nariz ancha, frente elevada y ojos
pequeños e incisivos.
La única fotografía suya que tienen las autoridades es de cuando era un joven
vecino de la aldea de Corleone.
Aunque
prácticamente todos sus compinches han sido capturados durante la guerra contra
la mafia desencadenada en Italia en la última década, se cree que Provenzano
sigue manejando las actividades del hampa y ha transformado la Cosa Nostra en
algo mucho más difícil de combatir.
La mafia también sufrió serios reveses cuando algunos mafiosos encumbrados
decidieron aprovechar el nuevo programa oficial de protección para quienes
denunciasen a sus secuaces, que les valió estipendios mensuales, viviendas,
empleos y nuevas identidades para ellos y sus familias. Los colaboradores
ayudaron a la policía a pescar otros peces gordos.
Pero al parecer, Provenzano reestructuró la mafia retornando a su actitud más
secreta de hace décadas para mantener a la policía a raya. Hay una nueva
generación integrada por hijos y nietos, de sangre familiar, porque es más
difícil acusar a un miembro de la familia. También se reintegraron a las filas
de la Cosa Nostra muchos veteranos que purgaron sus sentencias de 10 ó 15 años,
asestadas a centenares de hampones en el juicio masivo realizado en 1986-87.
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CAPO DE CAPOS
La última aparición pública de Bernardo Provenzano se remonta
al verano de 1963. El pistolero mafioso acudió al hospital Bianchi de Bentivegna
(Sicilia) con la camisa y la cara ensangrentadas, aunque dijo al doctor que las
heridas de bala se las produjo en un incidente rutinario, «mientras paseaba, sin
darse cuenta».
Apenas unos días más tarde, exactamente el 18 de septiembre, la policía le
atribuía el homicidio de un mafioso local acribillado a tiros y desprovisto de
cuatro dedos en la mano izquierda. Era la firma ritual y ceremoniosa de un
ajuste de cuentas al estilo corleonés. Era, sobre todo, el bautismo de sangre de
Bernardo Provenzano.
Cuarenta años después de aquella vendetta, el homicida permanece en paradero
desconocido y gobierna en algún lugar de Sicilia los hilos de la Cosa Nostra.
Las autoridades italianas han prometido una recompensa de 2,5 millones de euros
a quien ayude a entregarlo, pero la tentación de delatar a Provenzano supondría
un suicidio y una manera implícita de condenar a la propia estirpe hasta el fin
de los tiempos.
Entre otros motivos porque el principio sagrado de la omertà (complicidad del
silencio) ha permitido a don Bernardo convertirse en el mayor prófugo de la
historia de Occidente. Ni el más esquivo de los genocidas nazis ni el más hábil
de los ladrones de bancos ha protagonizado impunemente cuatro décadas de
rebeldía.
La hazaña contribuye a edulcorar el retrato de un mafioso arquetípico y
legendario, pero sería desproporcionado juzgar al capo de Cosa Nostra con
indulgencia o romanticismo. Porque Binnu Provenzano ha ordenado decenas de
delitos, ha ejecutado otros tantos y estuvo involucrado en las matanzas del
1992, cuando la mafia siciliana se llevó por delante las vidas de los jueces
Falcone y Borsellino.
La trayectoria criminal del superboss puede contabilizarse en las seis cadenas
perpetuas que lleva emitidas el Tribunal de Palermo mientras prosiguen
desesperadamente las tareas de captura.El condenado, 70 años, es demasiado mayor
para expiarlas, pero cualquiera de los magistrados antimafia se conformaría con
ajustarle las esposas y resolver el maldito enigma espectral.
De otro modo, Bernardo Provenzano, apodado El Tractor a fuerza de arrasar vidas
ajenas, podría convertirse en un fantasma, y su caso, en la quintaesencia de la
incompetencia policial. Porque los investigadores están convencidos de que el
número uno de la mafia se refugia en un pueblo de Sicilia, probablemente cerca
de Corleone, donde residen como si nada la mujer y los dos hijos.
Volvieron a casa en 1992, precisamente cuando se produjo el relevo jerárquico en
la cúpula de la Cosa Nostra. Totò Riina, capo dei capi fue arrestado
espectacularmente a iniciativa del juez Caselli, de modo que la gran familia
corleonesa bendijo el relevo de Bernardo Provenzano por la gracia de Dios.
El reconocimiento honraba la capacidad camaleónica del prófugo.Nadie mejor que
él, invisible, inexistente, etéreo, podría conducir los negocios de la Familia
una vez clausurada la época del terror y escarmentadas de sangre las
instituciones italianas. «Con Provenzano», decía el ex fiscal antimafia Bruno
Siclari, «la Cosa Nostra ha regresado a hacer política, a frecuentar los
salones, a iniciar un camino de pacificación que pretende recuperar el prestigio
perdido».
La estrategia de redención colectiva puede leerse en algunos de los escritos de
los que la policía se ha incautado gracias al testimonio del arrepentido Giuffrè.
Están escritos en una vieja Olivetti, aluden frecuentemente a la protección
divina -«que Dios nos ayude, que Dios nos guarde, que Dios nos guíe»- y
mencionan una serie de consejos útiles en ambientes políticos e institucionales.
«Me informas», escribe Provenzano a un subordinado, «de que tienes un contacto
político de buen nivel y que gracias a él podríamos emprender grandes empresas.
Y me pides consejo...Hoy por hoy no debemos fiarnos de nadie. ¿Acaso no pueden
ser impostores? ¿Y si fueran esbirros? ¿Y si fueran infiltrados? Querido amigo,
si uno no sabe la vía que debe emprender, tampoco podrá caminar».
El tono paternalista de la carta, secuestrada hace dos años y prueba documental
incontestable de la existencia de Binnu, sorprendería extraordinariamente al
mentor originario del superboss. Se llamaba Luciano Liggio, era un pastor
siciliano y adquirió el rango de padrino a fuerza de acumular cadáveres en las
guerras internas.
El gran jefe corleonés necesitaba alinear un ejército de pistoleros leales, de
modo que Totò Riina y Bernardo Provenzano, los otros dos miembros de la llamada
Santísima Trinidad, se ofrecieron como voluntarios a finales de los años 50.
Ahora sabemos con plena certeza que El Tractor se granjeó la confianza de Liggio
a costa de eliminar un puñado de magistrados, esbirros, matones y capos
mafiosos. Unas veces disfrazado de policía o de sacerdote. Otras, a cara
descubierta, cuando el ajuste de cuentas era personal y requería todas las
connotaciones rituales. Así se explica que el propio Luciano Liggio, sorprendido
de la voracidad de Provenzano, confesara a los más allegados del clan una
opinión personal desmentida de mitad para adelante por la experiencia de los
años sucesivos: «Binnu dispara como Dios, pero tiene el cerebro de una gallina».
La sentencia se produjo unos días antes de llevarse a cabo un proceso
sobrecogedor en Bari (1969). Liggio, Riina, presente, y Bernardo Provenzano,
ausente, estaban acusados de toda clase de crímenes, delitos e intimidaciones,
aunque los magistrados se abstuvieron de castigarlos después de recibir la
siguiente notificación anónima: «Queremos advertir simplemente que si un
caballero de Corleone es condenado, vosotros saltaréis por el aire, seréis
destruidos, masacrados igual que ocurrirá con todos vuestros familiares. Nadie
debe ser condenado en este proceso.En caso contrario, la condena mortal la
recibiréis vosotros y vuestros familiares. Ya lo dice un proverbio siciliano: el
hombre avisado está medio salvado».
El proverbio en cuestión mantiene a Bernardo Provenzano bastante prevenido de
las últimas redadas y pesquisas. La policía ha conseguido arrestar a casi todos
los lugartenientes y ha eliminado muchas fuentes de financiación. Incluso estuvo
a punto de arrestar al gran padrino en el gélido febrero de 2002.
«SANTA BRIGIDA SE MUERE»
Fue entonces cuando los servicios de inteligencia italiana detectaron una
suculenta conversación del tesorero de Provenzano, Pino Lipari.Decía más o menos
así: «Santa Brígida se está muriendo y no tiene otro remedio que recuperarse en
un hospital [ ] Si Santa Brígida tuviera dos cojones debería entregarse y decir:
"Aquí estoy".Ya no tiene nada que perder, porque se está muriendo. Si se
presentara libremente, ahorraría muchos problemas a tantos padres de
familia.Joder».
Santa Brígida, naturalmente, era el sobrenombre en clave de Bernardo Provenzano.
Así es que los policías italianos, en algunos casos vestidos de médicos,
rastrearon capilarmente los centros hospitalarios donde podría alojarse el
prófugo. Especialmente en Sicilia y en algunas localidades del Norte del país
más o menos sospechosas.
La redada se prolongó durante varios días, pero no hubo resultados concretos ni
consiguieron identificar a nadie que pudiera resultar sospechoso. Es decir, un
siciliano prototípico de 1,70 y casi 70 años, achacoso, moreno, propicio a
hablar en dialecto, escrupuloso en el modo de actuar, provisto de una cierta
cultura, aunque tuviera que dejar el colegio a los 16 años para buscarse la vida
como temporero.
La gran tragedia es que los policías serían incapaces de reconocerlo aunque lo
tuvieran delante. Han pasado 40 años desde aquella aparición en el hospital
Bianchi
Diario El Mundo, 21 de Septiembre 2003
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