El joven escritor entierra su pluma en la arena

Buenas noches a todos, compañeros y masas de público ansiosas de ver desnudo a mi amigo Rodrigo. Ahora él me ha pedido que diga unas palabras sobre su trabajo, así que mientras leo, lo único que espero que no llueva, sean los botellazos ni que los amigos de Magnolia comiencen a comerse la pintura de las paredes. Para todo en esta vida hay tiempo, y el tiempo, como lo dijo Carlos Fuentes en Diana o la cazadora solitaria, es cabrón porque prueba que el juego de la creación se derrota así mismo, cosa que debería entender muy bien cualquiera que pretenda ser escritor.

Conocí a Rodrigo en una nubosa tarde de 1998, allá en los patios de la Escuela de Escritores de Sogem y como él es fans de José Agustín, lo conocí justamente hablando con José Agustín junior, un chavito pacheco, medio “cool” y ablandado, con el que Rodrigo solía compartir chistes. Ese día Rodrigo habló hacia todo el salón y dijo que ya tenía un libro y que todos podíamos hacer cola y no amontonarnos porque, de seguro, conseguiríamos un ejemplar de ¿Los elegidos de dios? y seguramente, autografiado. Descubrí que con Rodrigo tenía un amigo en común en la UNAM, Ernesto Emiliano, un joven poeta y cuentista que me había deslumbrado con un cuento titulado “Zafra” y que, sin temor a equivocarme, puedo decir que es lo más rulfiano que se ha escrito en mi generación.

Ésta generación de escritores a la que pertenecemos, se caracteriza por búsquedas y exigencias estilísticas dispares: Unos escriben cuentos sobre estrellas de cine, otras chavas, poemas con reminiscencias bíblicas, otros, sueñan con su propio cortometraje, otros, (pobrecillos) escriben como García Márquez y a otros nos dá por jugar con la subjetividad propia y la ajena, el tú y el yo en proyecto, el mejor sitio para imaginar y recordar, ese tiempo improbable que no ha pasado ni habrá de pasar: el presente.

“No venero, ni temo ni admiro a los jóvenes, pero los amo, me niego a decirles una palabra para que hagan lo que en realidad no quieren hacer”. Dice Fernando Savater en su libro sobre la anarquía y otros enfrentamientos. Éstas mismas palabras me llegan a mí cuando veo los trabajos de Rodrigo. Y digo esto porque lo primero que surge en sus textos es la emoción que quiere decir a los cuatro vientos su incertidumbre, su tanteo existencial, su rutina, su poesía y tal vez, su imposibilidad. Creo que lo único que le faltaría a Rodrigo Arteaga, sería concebir la poética como nos lo recordó Italo Calvino en sus seis propuestas para el próximo milenio: “La palabra une la huella visible con la cosa invisible, con la cosa ausente, con la cosa deseada o temida, como un frágil puente tendido sobre el vacío”. Es decir que Rodrigo tiene buena intención, pero debe recordar que no sólo de buenas intenciones está hecha la literatura. Su intención, sin embargo, es honesta y su propuesta  lúdica, etérea, invita a la sensación de levedad. Creo que hay escritores de silencio y escritores de grito. Desde el primer poeta moderno, Baudelaire, hasta Paco Ignacio Taibo II o José Agustín son escritores de grito. Rulfo, Borges o Gaston Bachelard son escritores de silencio, es decir que su recorrido por las palabras fue precisamente para callarlas todas, en cambio, la estirpe del grito, las dijo el primer día y las seguirá diciendo con ese carácter panfletario hasta el día de su muerte, espero que así sea el caso de Rodrigo, en tanto domine y reconozca cada vez más su voz personal, su humor y sus parábolas anti morales, como  bien puede constatar cualquiera que lea ¿Los elegidos de dios? y ahora, en éste Rompe cabezas, se demuestra también con un sentir emparentado al panfleto de la poesía callejera y el cuento dedicado al chavo banda; Rodrigo sabe que su público lector no tiene por qué ser culto, sino que tiene que ser (o al menos así lo supongo yo) alguien que haya gozado de las caricaturas del Santos contra la Tetona Mendoza, las pachecadas de Jis, el texto breve de Monterroso y es porque de esto nos hablan sus textos: Mosca: “zumba que zumba, que ya te zumbaré” o “Estoy en un cuarto con deformes” o el que creo el texto más logrado del libro: “Poeta de la nada”, texto de cierto  alcance,  extremadamente preocupado por la creación poética, el juego tipográfico y la poesía visual, en fin, creo que Rodrigo ha iniciado la senda, y si es fiel a ella, lo mejor de la poesía le llegará sola, se le impregnará al cuerpo y algún día, lejano tal vez, pero probable, llegará a reconocer que “la poesía es el segundo esqueleto del hombre”, como dijo Efraín Huerta, no me queda nada más que agradecer la amistad de Rodrigo y Magnolia y compartir éste momento, y bueno, como se dice en estos casos, pues a chupar.

 

Marcos García Caballero
3 de mayo 2002
 

 

REGRESAR

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1