PRÓLOGO

Siempre he pensado que el riesgo que corre la narrativa al ser tocada por las manos del poeta es que su consistencia se verá alterada y transformada al grado de lo mágico. La palabra estará acompañada por los ecos propios del poema, y el ritmo, que es la manera en que se manifiesta el oleaje de la música, encontrará su cauce en los puertos inteligentes de la prosa. Cuando el poeta se acerca a la prosa, la recorre, y después de sentirla, la deja fluir desde sus neuronas, la página tiembla: los instrumentos de la ópera de la inteligencia, como le llamó Henrríquez Ureña a la prosa, son tocados por la mano del secreto. Algo se revela más allá de la anécdota, de la postal descriptiva o dialogada. Las palabras entran como música, la música entra como imágenes, las imágenes como ideas y éstas, al fin, como verdad. Verdad delimitada por el infinito del texto, de la página construida bajo la luz de la melódica sabiduría. Para el poeta el mundo es un lugar de milagros cotidianos. Natura es el primer contacto con la poesía. De ahí se desprende la creación: el poeta ha entendido la manera en que la naturaleza es, y más allá del entendimiento, su emoción. Puede entonces copiarla y después crear. Es aquí donde el poeta nace y comienza su recorrido a través de la palabra para estar tocando, constantemente, a la poesía. Y cuando el poeta trae estas armas y se acerca a la narrativa, la prosa se viste de gala.

Este es el caso de El Blues de la paga...$, libro que recoge cinco años de búsqueda narrativa del poeta Marcos García Caballero. Trece narraciones, que nos ponen frente a las páginas de un poeta que se acerca al mundo a través de la narrativa y se aleja de éste a través de sus silencios. ¿Cuento, relato, crónica, ensayo? Estos textos, libres de títulos, como sucede con la música que está libre de las partituras, están en contacto directo con la poesía. Y qué es la poesía sino aquello que todos conocemos, pero, como dijo Borges, ninguno sabemos definir. Es aquí donde se comprueba que la poesía no solamente se manifiesta a través de los versos, sino a través de todo cuanto existe, y también de todo aquello que no existe. En este caso, los textos que nos presenta Marcos García están en contacto con la poesía, sobretodo, por el puente de la filosofía. 

Las trece narraciones dilucidan en su cauce las preguntas y respuestas prístinas del hombre desde la boca de los niños o los adolescentes, desde los sueños de rebeldía, desde los viajes que se hacen por el mero gusto de partir y hacen al viajero soberano de la búsqueda y no de la huida, como decía Baudelaire “sólo son viajeros de verdad, los que parten por el gusto de irse”. Así el viajero y el escritor (personajes no de novelas o cuentos, sino de la vida) se encuentran cara a cara, con ese gusto inculcado por lo desconocido y resuelven el mundo con sus soledades de la mano. Diferentes ciudades sirven de escenario para el transitar venenoso de los personajes que en estas narraciones se apilan uno tras otro en una pirámide que lleva a la punta de lo desconocido. Y de ahí se baja por salto propio, con las mismas dudas, pero, para un lector ávido del saber, planteadas de diferente manera.

Marcos García, desnuda la línea que hay entre los hemisferios de su cabeza y recorre en breves y eternos instantes los temas de la condición humana. Más allá, Marcos García, el poeta, el escritor, el personaje, sin temor  a represalias nos confiesa: “Yo pertenezco al clan de los que no se les cae la camiseta, de los que se burlan del sistema y protestan contra las injusticias aunque tengan la mierda del infierno hasta el cuello y que platican con alegría en sus reuniones”. Nos habla con los ojos bien abiertos y de pronto, sin saberlo, aparece el espejo. Poeta y escritor honesto, que habla de esas cuestiones de la vida que por dulces y enajenantes, nos conducen al morir. Irónico en los adjetivos que utiliza frente al sujeto y más sarcástico cuando los utiliza para acuchillar los verbos. Uno como lector está de pronto en el principio del vacío y sin darse cuenta conoce que el vacío está hecho también de luz, porque ¿qué son las preguntas sino luz?  y de pronto Marcos se revela en esa estirpe del filósofo noble al que Nietzsche llamó poeta, y nos dice: el hombre es voz y vacío, ¿cómo acallar su hambre, cómo poblar su vacío?. Y es en estas cumbre desde donde se ve con claridad todo el valle en el que se extiende su narrativa. Surge desde su sentir como poeta, para hablarnos sin trampas ni tropos, tal cual es, festejando la vida, a veces con humor o a veces con tristeza, quizá, desde el cuarto donde se preparan sus poemas.

Pero también Marcos García nos muestra lúcidamente el manejo del simbolismo, como es el caso del ajedrez en el cuento Los presos. Con una narración nítida y fluida, con un ritmo inquebrantable a manera de un tic tac en una bomba de tiempo, Los presos se coloca entre uno de los mejores cuentos de la literatura mexicana, pensando en escritores del calibre de Rulfo, Arreola o Efrén Hernández. Los presos que trata esos temas de la condición humana, los temas literarios y por ende universales, rompe los parámetros del tiempo y del espacio, y queda solo, aislado de su autor preguntándonos ¿frente a quién se sufre la derrota?

El blues de la paga...$ es un libro donde lo cotidiano se cristaliza y se hace tangible, donde la sabiduría de este joven escritor se muestra como un corazón que late fuera del pecho de la humanidad, arrancado por las manos de una mujer que esconde su belleza en cada latido para mostrarnos una de las caras del sentido del ser. Estas trece narraciones abren las puertas a otros mundos que generalmente se olvidan por la corriente del tiempo, al cual nos hemos esclavizado; y de pronto el blues, con sus tonos cortados de la saudade, con ese olor a tabaco y whisky, en una noche de juerga, cuando el mundo cabe en nuestros bolsillos o en los ojos de una mujer, es un ritmo que nos paga con una constante y transitoria epifanía. 

México, D.F. agosto de 2002
Arturo Valdez Castro

 

 

Marcos García Caballero, escritor desconocido hasta en su colonia, nació en 1973. Se inició en la literatura con los cuentos de Juan Rulfo, las novelas de aventuras de Emilio Salgari y las historietas de Boogie el aceitoso por si solo, lo cual no es solamente bueno ni solamente malo, sino solamente es por sí solo, aunque claro que alguien le prestó esos libros. En Aguascalientes participó en 1993 en el taller de poesía coordinado por Ricardo Esquer y publicó reseñas, cuento y poesía en la revista Talleres, donde recientemente ha publicado su mejor ensayo: Noticias de DADA. Ha colaborado en programas culturales para jóvenes en la ciudad de México, como el concurso de fotografía llamado “el perseguidor de imágenes”  en honor a Julio Cortázar. Se ha desempeñado profesionalmente para el INEGI en cuatro ocasiones, ha sido maestro particular, baterista profesional, barman y disk Jockey. Ha participado en eventos literarios de la ciudad de México y Tlaxcala. En el año 2002 participó como invitado en las Jornadas Lopezvelardeanas en Zacatecas. Ha publicado ensayo, crónica y poesía en Alforja Revista de poesía, Oráculo, El financiero, Reforma, en portales de Internet, etcétera. En el año 2000 ganó el premio Ciudad capital por un trabajo dedicado a Efraín Huerta. En 2001 publicó su primer libro de poemas bajo ediciones Alforja, llamado Infinitos dispersos que ha corrido con buena suerte entre los lectores, los críticos, sus amigos y sus maestros José Vicente Anaya, Óscar de la Borbolla, Maricruz Patiño y Evodio Escalante. Esto quiere decir la mitad del tiraje, porque la otra está en su casa y sirve para detener libros de otros autores. Es egresado de la Escuela de Escritores de México (SOGEM) y ha colaborado en trabajos de apoyo a las bases del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Actualmente trabaja en una novela colectiva y estudia clases de italiano en la oficina cultural de la Embajada de Italia, porque dice, desde Dante hasta Tabucchi no están bien traducidos al chilango, en fin, el también teje algo en el silbante telar del tiempo.

  

 

  

El Blues de la paga...$

(narrativa breve 1997-2001)

A favor de la pequeña diferencia
y contra la demasiada indiferencia.

 Marcos García Caballero

 

 Dicho sea de paso, por aquí debe responderse a quienes virtuosamente
se preguntan cuál es el valor educativo de las historias de aventuras.
Pues precisamente la narración prepara al hombre para que haya algo
que educar en él; en otro caso, bastará con amaestrarle.
 

 Fernando Savater, La Aventura Africana

 

 UNA TARDE DE CLASE CON EL PROFESOR X

 

A Gabriel Michel

—¿Es cognocible el universo? Y de no ser así, ¿cómo podemos saberlo? —Preguntó el maestro de filosofía a sus alumnos de primer año.

            Con rapidez, una mano desde atrás del salón se alzó esperando que el maestro la observara.  El profesor x dejó el gis sobre la repisa del pizarrón, se acomodó sus gafas de montura negra brillosa y preguntó:

            —¿Si?

            —Es una ambigüedad maestro —respondió el alumno—, ¿en primer lugar que es lo que usted entiende por la palabra cognocible, aparte, por supuesto, de todo aquello que se puede conocer? Todo aquello que existe es cognocible por el ser humano; si el universo existe, ergo, el universo es cognocible.

            Otra mano, cercana a la del primer compañero que había participado, se levantó. El profesor x, que por primera vez se enfrentaba con este grupo y por tanto todavía no retenía los nombres de la lista de educandos que había hojeado mientras tomaba un café aguado en una de las mesas de la cafetería del campus, solo se limitó a decir:

            —¿Si? Por favor, compañero.

            —Me parece —dijo el alumno—, que la frase encierra de antemano cierta ironía... si en todo caso llegáramos tristemente a concluir la incognocibilidad del universo, dado este encuentro de palabras, nos quedaríamos sencillamente cruzados de brazos: “muy bien, el universo es incognocible, ya no podemos hacer nada”  ¿Me entiende usted profesor?

            Otra mano, ubicada en la primera fila de asientos del apretado salón se levantó, pero antes de seguir escuchando los comentarios de los alumnos el profesor x decidió hacer una pausa. Sonrió, se acomodó de nuevo los lentes pensando que tal vez necesitaban un ligero ajuste en alguno de los tornillos y dijo:

            “Muy bien, muy bien, me alegra que todos estén interesados en participar... —se aclaró la garganta y continuó— aclaremos un poco la cosa, primero, para que yo no pase ante sus ojos como un  profesor recién egresado con tintes provocadores que tiene que llenar los cuarenta y cinco minutos de clase...  esta pregunta con la que acabo de iniciar, siento decirles aunque a algunos de ustedes les pese, no es un mero pasatiempo basado en insulsas retóricas, no... lo que sucede, es que en el departamento de filosofía de la universidad hemos advertido que nosotros los profesores, nos hemos limitado hasta ahora, en las clases de filosofía, a dar un simple repaso, profundo si les parece, o superficial o apresurado o como quieran, pero finalmente un mero recuento de lo que a nuestro juicio, han sido los momentos históricos más significativos o representativos de la materia que nos ocupa... con no poco asombro hemos descubierto también  que la mayoría de los alumnos terminan el semestre conociendo  un montón de datos, fechas históricas o grandes citas, que en la mayoría de los casos no les sirven para mayor cosa... Uno de los filósofos que estudiaremos durante esta clase, el muy ilustre Emmanuel Kant dijo: “El hombre no puede aprender filosofía; puede únicamente aprender a filosofar.”  La frase, si ustedes lo quieren, puede ser discutible, pero esencialmente me parece profunda,  ya que muestra que la filosofía no es algo ya hecho, que la filosofía no es una meta, es decir, que no son los libros, no son los conocimientos ya logrados dentro de una área específica de conocimientos a la cual pudiéramos ir haciendo nuestra hasta lograr, tener sobre ella cierto dominio. Ninguna filosofía es la Verdad con mayúscula, sino el camino interminable hacia ella, y ningún filósofo tampoco tiene la Verdad,  sin embargo, como tal se dirige y se orienta gracias a ella. Por eso, como principio e decidido mencionarles esta frase y me ha interesado escuchar sus opiniones, porque si nos guiamos por esta otra frase de Kant y descubrimos que el hombre solo puede aprender a filosofar y no filosofía como tal, a mí como profesor me interesa mucho más que ustedes aprendan a filosofar en vez de que se ataranten la cabeza si yo se las llenara de datos, fechas y frases célebres... Por eso la pregunta se mantiene: ¿Es cognocible el universo? Y de no ser así, ¿cómo podemos saberlo? Es decir, filosóficamente ¿podemos atrapar al universo y toda su comprensión en una gran teoría cosmológica? ¿Por dónde podríamos empezar? ¿hay alguien por ahí?”

            Las manos en el salón, aunque con más lentitud, volvieron a levantarse. El profesor x sonrió, miró su reloj y descubrió que ya se le acababa el tiempo de la clase para los demás asuntos que faltaban por enunciar, así que alzó la voz entre el barullo que crecía dentro del salón para llamar de nuevo la atención y se dispuso a dictarles a los alumnos una serie de títulos de libros que tendrían que comprar o de cualquier modo, consultar en la biblioteca de la facultad. Les dictó también los objetivos de la primera unidad de estudio y para concluir  dijo: “esto ha sido todo por hoy, muchas gracias por su atención, para la próxima clase, de tarea, cada quien va a traer lo que considere que puede ser un problema filosófico... quiero que lo piensen muy bien para que lo desarrollemos en clase.”

            Los alumnos salieron del aula, unos lentamente, otros apresuradamente. El profesor x acomodó algunos papeles dentro de su portafolios y fue el último en salir del salón. Con paso ágil y apresurado enfiló por uno de los largos pasillos de concreto que dirigían a la salida de la facultad, que estaba rodeado por grandes prados hermosos   que en ese momento eran rociados por las mangueras y que por un instante estuvieron a punto de mojarlo, tuvo que dar un pequeño brinquito y desde luego las gafas se le resbalaron de nuevo por la nariz y estuvieron a punto de caérsele al suelo. Pensó que arreglar esos lentes era una de sus más inmediatas prioridades.

            En ese momento sintió un dedo que le picaba en el hombro, era uno de los alumnos que habían recibido su última clase y que por sus palabras y gestos se veía muy motivado:  “Oiga profesor, discúlpeme que lo interrumpa, pero déjeme decirle que su clase me gustó mucho... ha sido la mejor clase de todo el día, usted con su sola presencia y sus palabras logró que todos le pusiéramos la mayor atención, ahorita de seguro todos se han de estar haciendo bolas la cabeza con la tarea que usted dejó para la próxima clase...”

            El profesor x sonrió y dijo: “pues claro, de eso se trata, a mí no me interesa que vean la filosofía como un montón de libros incomprensibles, sino como un modo de ver la vida, como formas de interpretarla.”

            El alumno se apresuró a decir: “Pues mire maestro, inmediatamente que usted dijo cual iba a ser la tarea a mi se me ocurrió una idea y se la quiero comentar...  a propósito de su frase “¿es cognocible el universo? y de no ser así ¿cómo podríamos saberlo?”  Pues a mí se me ocurrió  que podríamos empezar como lo hizo el filósofo Descartes, que comenzó por dudar de todo, hasta que se dio cuenta de que no podía dudar solo de algo; de que estaba dudando y así descubrió que si estaba dudando por lo menos podía estar seguro de que si dudaba estaba pensando, y así  estableció su famoso: “pienso, luego soy” así nosotros podríamos empezar  por dudar de todos los conocimientos científicos hasta descubrir una base de la cual no pudiéramos dudar y comenzar a trabajarla desde el punto de vista filosófico, ¿no cree usted profesor?”

            El profesor x se dio cuenta que el alumno estaba tratando de impresionarlo con sus conocimientos previos de filosofía y que para completar su idea, de última hora se le había ocurrido eso de que “podríamos dudar de los conocimientos científicos” y fue ahí donde lo atacó: “mira, desgraciadamente los conocimientos científicos están claramente definidos, sistematizados y comprobados, si no, no existiría la ciencia, respecto a lo que yo dije: ¿es cognocible el universo? y de no ser así ¿cómo podríamos saberlo? Desgraciadamente el universo es mucho más grande de lo que tú en tu vida entera podrías llegar jamás a imaginar, y la filosofía no empieza jamás por una cosmología, sino por otras cosas que ya veremos en clase. Además, ¿qué importa si el universo se expande o se contrae? Creo que a mi esposa, que se dedica al negocio de las agencias de viaje le importaría mucho más el asunto.”

            El profesor x terminó de decir estas palabras y le cerró un ojo al alumno, que se quedó desconcertado. Siguió su camino por el pasillo de concreto y se acordó de nuevo del problema de los lentes. Detuvo su camino y se los quitó para examinarlos, se los colocó frente a la altura de los ojos y observó que efectivamente no solo uno de los tornillos estaba flojo, sino que el plástico de una de las patas estaba roto cerca de una de las monturas. “Así que eso es” murmuró, pero lo olvidó momentáneamente, su mirada cambió de dirección y se dirigió hacia el cielo, “hacia esas praderas del espacio donde se intersectan  la cognocibilidad del hombre y los abismos de lo desconocido, hacia allá donde brillan las estrellas, de las cuales venimos y eventualmente tendremos que volver.”   Se quedó unos instantes reflexionando en estas palabras, sonrió de nuevo ya que le pareció que aún no perdía su espontaneidad poética. Después continuó su camino.

   

LA INTIMIDAD PERDIDA DE SUSANA

 

A Priscila, por supuesto, a Gerard y los enanos

 

En 1987 yo tenía trece años y mis amigos lo mismo. Nuestra gran aventura consistía en tomar el metro en la terminal de Taxqueña y bajarnos hasta Nativitas, para consumir grandes tortas sin chile y jugar con nuestro balón por la calle espantando un poco a los transeúntes. Por aquella época los Broncos de Denver jugaron el super tazón  contra los Gigantes de Nueva York y perdieron por paliza. Eso me hizo sentir desolado. Como señal de protesta ya no jugué después con el balón cuando nos bajábamos en Nativitas. Era poco más que el fin del mundo. Mis amigos se burlaban diciendo: “Ya no seas maricón como tu ídolo John Elway, eres igual que el: Elway, el güey.” 

            Pero pronto llegaron las vacaciones de dos meses, después de las cuales, nos transformaríamos en adultos de segundo año de secundaria y podríamos hacerles novatadas a los niños de primero, como raparles la cabeza o echarles polvos pica-pica debajo de la camisa del uniforme.

            En el barrio corría un rumor que decía que Susana, mi ex novia, saldría de la ciudad con su familia y que irían a vacacionar a Nueva York. Días después, cuando regresábamos de jugar fútbol americano con otros amigos, Héctor y yo íbamos por la calle pasándonos el balón y de pronto Héctor pensó exactamente lo mismo que yo:

            —Oye, ¿y ya se habrá ido a Nueva York tu novia?

            Miré tistemente hacia el balcón del cuarto piso de su casa y contesté:

            —No güey, ya no es mi novia, pero quién sabe, a lo mejor ya se fue.

            Decidimos averiguar si realmente ya se había ido así que subimos los cuatro pisos de escaleras y nos quedamos mudos frente a la puerta. Héctor dijo: “toca el timbre güey.”   Me eché a reír histéricamente y le dije: “oye, no mames, cómo me dices que toque el timbre, que tal que sale  y me dice ¿qué haces aquí? Acuérdate que ya no es mi novia.”  Pero Héctor, el muy socarrón, se me quedó viendo y después dijo con sabiduría: “inventa un pretexto.”  Toqué  el timbre con el dedo temblando de la emoción aunque no se me ocurrió mejor pretexto  más que decirle que quería hablar con ella. Pero la puerta permaneció cerrada. Toqué otra vez, y luego otra, y otra, y la puerta nunca se abrió. Así que bajamos las escaleras seguros de que no había nadie en la casa y por la calle seguimos pasándonos el balón. De pronto a Héctor se le ocurrió:

            —Imagínate güey... que entraramos a su casa.

            —¡Ay no mames güey, nos pueden meter a la cárcel! —Le dije, pero por dentro sentía que la sola idea me hacía hervir la sangre y poco a poco este pensamiento fue cobrando forma en nuestras cabezas.

            Al fin de semana siguiente, como todavía no llegaba nadie al departamento, decidimos meternos a él durante la noche. Como pretexto, le pedí permiso a mi mamá para que me dejara dormir en casa de Héctor. “Sí hijito, te doy permiso.” Respondió mi madre.

            Llegué a casa de Héctor en la tarde y lo encontré mirando un programa de concursos en la tv. Le dije: “ya apaga esa mierda, tenemos que planear bien cómo diablos vamos a entrar en ese departamento.” Héctor me hizo caso y apagó la tele. Comenzamos a planear cómo íbamos a entrar al departamento haciendo dibujos y estrategias, pero más se nos fue el tiempo pensando que íbamos a hacer cuando estuviéramos dentro. Yo me sentía emocionado y super excitado. Héctor hablaba de pintar en la pared mensajes satánicos y robarnos el televisor, la ropa, los adornos de la casa, rasgar los sillones con cuchillos y dejar ahí el cadáver de un gato crucificado.  A mí eso me parecía un exceso, le decía que sí solo por seguirle la corriente. Secretamente pensaba sólo en entrar para dormirme en la cama de Susana, meterme dentro de sus sábanas,  ser un transgresor de su intimidad, como si de solo palparlas fuera como sentir la piel de ella, desnuda, casi escuchando su risita de niña.

            A las dos de la mañana salimos de casa de Héctor, ridículamente vestidos de negro, como lo habíamos acordado para parecer ninjas,  llegamos al edificio y subimos los cuatro pisos de escaleras. A pesar de que Héctor tenía la misma edad que yo parecía un profesional en lo que respecta a meterse en una casa ajena; ni una risita le salió, ni un sólo comentario nervioso ni nada por el estilo. Incluso cuando se metió por la ventana, debajo de la cual había un vacío de cuatro pisos de alto, ni siquiera se arredró.

            Ocultándome tras los barandales escuché el ruido de su salto al caer dentro del departamento. El primero se oyó como un golpe seco y después otros ruidos más leves, después lo escuché gritar: “¡ay güey en la madre!”

            —¿Qué te pasó? —Pregunté en voz baja.

            —Me lastimé con un mueble.

             —Serás pendejo.

            Pasaron como quince segundos.

            —¿Qué pasó güey?

            —Es que me duele mucho, creo que me rompí un hueso.

            —Pásame las mochilas —Me dijo.

            Aventé las dos mochilas negras por la ventana y le dije:

            —hazte a un lado que ahí te voy.

            Me trepé en el barandal y me agazapé a la ventana, me incorporé y di un salto. Por suerte caí en blandito sobre un sillón. Todo estaba en completa obscuridad. Cuando me  acostumbre a la falta de luz, vi a Héctor a unos metros de mi agarrándose la pierna, me arrastré hacia él y como sabía que no podíamos prender ninguna de las luces que daban a la calle le dije: “vamos al baño a ver qué te pasó güey.” Yo había entrado a esta casa un par de veces y por tanto no me fue difícil dar con el baño, ahí saqué una vela de nuestras mochilas y alumbré la pierna de Héctor. En la espinilla tenía un raspón hinchado que manaba hilillos de sangre.

            —Se ve chiquito güey, pero me duele como la chingada —Dijo Héctor.

            Traté de calmarlo con palabras y busqué  detrás del espejo del labavo una gasa o un curita que pudiera servir para protegerle la herida. Quiso la suerte que encontrara precisamente lo que buscaba. Le limpié la sangre con agua y  sequé con una toalla, después le coloqué el curita. “Ya güey, no te preocupes, no se te va a salir el corazón.”

            Cuando se paró del suelo creí que ya se había repuesto del susto porque dijo: “bueno, ahora sí, a lo que venimos güey.”  Y comenzamos a registrar la casa.

            Héctor entró al cuarto de los papás y yo al  de mi ex novia. Abrí la puerta y me quedé casi petrificado, en verdad sentía emoción al entrar a su cuarto, era como penetrar a un bosque fantástico lleno de sorpresas. Yo nunca había entrado a este cuarto. Cuando venía a su casa, Susana me recibía  en la sala, me decía que sus papás no verían con buenos ojos el que yo entrara a su cuarto.

            En la pared había posters de Luis Miguel y de Bon Jovi, que para mi gusto eran igual de horrendos y tarolas. Miré la cama e inmediatamente me arrojé sobre ella, la destendí, me metí adentro y empecé a jugar con las almohadas diciendo: “Susana, Susana, ¿por qué ya no me quieres?” Luego me quedé callado y miré hacia el techo. Sentí algo parecido a un deseo de fumar, aunque en ese entonces todavía no lo hacía. Luego me paré y me vi en el espejo de la cómoda, sobre la cual había unas gafas oscuras, pulseras, peines, anillos, pinturas de labios y demás objetos propios de mujeres. Recordé entonces las cartas de amor que yo le había escrito a Susana cuando éramos novios y pensé que tal vez ella todavía las tendría, así que las busqué en un escritorio que estaba al lado. Con nerviosismo al recordar mi calidad de ratero, las busqué en los cajones, haciendo un desbarajuste con los lápices, plumas, papeles, folders y demás artículos, pero de repente sentí que en realidad no tenía porqué meter mis narices en la intimidad de Susana y dejé de hacerlo pensando: “no cabrón, esto no.”

            Después alcé la vista y sonreí. Descubrí un retrato de Susana enmarcado en la pared. Susana se veía con una expresión triste pero muy bonita con su pelo suelto y sus ojitos cafés entrecerrados. Decidí que ese cuadro me lo iba a llevar como recuerdo, lo metí en mi mochila y salí del cuarto para buscar a Héctor.

            Entré al cuarto de los papás de Susana y vi a Héctor tendido sobre la cama viendo las noticias en la televisión.

            —¿Qué comes? —Pregunté.

            —Atún y Coca cola güey.

            Miré su mochila en el piso. Me dijo: —Ya está todo güey.

            —¿Qué? ¿Cómo que ya está todo güey?

            —abre la mochila.

            Y en efecto, abrí su mochila, y adentro descubrí un montón de collares, anillos, alhajas, adornos y relojes seguramente de la mamá de Susana. Le dije a Héctor: “¡Estás loco güey estúpido, ni creas que te vas a llevar todo eso!”  “¿Cómo que no? ¿Pues entonces a qué venimos güey?”  Tuvimos una pequeña discusión al respecto y terminé convenciendo a Héctor que devolviera todo. “Bueno, —me dijo— por lo menos no me vas a negar que me lleve esto.”  En ese momento se puso una chamarra de piel negra de aspecto muy caro del papá de Susana, en realidad no se le veía mal aunque un poco grande, así que le dije: “bueno, si tanto te gusta llévatela.” 

            Después fui a la cocina, abrí otra lata de atún y me serví un poco de Coca cola en un vaso de cristal. Regresé al cuarto de los papás y me acosté a un lado de Héctor para mirar la tv. Poco a poco dejamos de hacerle caso a las noticias y empezamos a platicar, no recuerdo ya de qué hablamos pero si recuerdo que nuestra platica nos acercó profundamente. Esta era otra más de nuestras aventuras juntos, una de esas cosas que no se olvidan nunca. Acostados en la cama de los papás de Susana, Héctor y yo nos hicimos amigos para siempre.

            Poco después salimos de la casa, fijándonos bien que nadie nos viera. No dejamos las paredes pintadas con mensajes satánicos ni rasgamos los sillones de la sala con cuchillos. El saldo fue únicamente: la cama de Susana destendida, las alhajas que no nos llevamos desordenadas en el suelo, dos latas de atún, medio litro de Coca cola, una chamarra de piel y el retrato.

            Cuando regresamos a casa de Héctor celebramos nuestro gran golpe maestro. El se sentía feliz con la chamarra de piel y yo con el retrato de Susana. Después se lo enseñé y me dijo:

            —¡ah! Te trajiste un cuadro de tu vieja, no mames.

            —No güey, acuérdate, ya no es mi vieja.

            Me quedé viendo el retrato de Susana, ahora que lo veía con luz eléctrica se veía mucho más bella, insoportablemente bella. Pensé que el mundo no sabe lo que una niña de trece años puede ocasionar en un niño de trece años.

            Héctor se me quedó viendo y notó mi estado de ánimo. Me preguntó:

            —¿Todavía estás triste porque perdieron los Broncos de Denver?

            —Sí —respondí.

            Después nos quedamos dormidos.

De las rivalidades amorosas: "SAMANTHA"

  

No hay respuesta para la realidad. No existe. Mi generación sigue diciendo solamente: "así es... así es..." Cuando todo se torna negro y bilioso mi corazón ansía desenvolverse y encarnar sobre otra piel femenina como en la que ahora he hundido la mirada. Para que todo oscile como si se tratara de un péndulo del cual puedo brincar hacia la otra orilla donde su mano morena y abierta parece llamarme. Carajo, me parece inaudito aún que nos cite a los dos a la misma hora, lo cual se torna ridículo cuando se toma en cuenta que el set de grabación lo hemos dejado sólo hace un par de horas. Comprendo bien que si el sexo es nuestro negocio no debería importarme y debería dejar de hacer aspavientos para sólo engancharme otro cigarro a la boca mientras espero... y ellos follan como locos, porque como dice que yo soy el bueno, me deja para el final.

 *          *            *

Será quizá sólo un par de semanas desde que esta latinoamericana con rasgos negroides apareció por el set. Desde arriba venían los chismes morbosos de siempre: que era la mejor, que en las fotos había salido estupenda y que como en el caso de todas las nuevas, deberíamos volvernos locos los que usamos las cámaras. Como siempre se dice lo mismo, casi desde que entré al negocio entendí inmediatamente que sería la única forma de mantenernos con la ilusión de este trabajo de mierda: he visto desfilar cerca de cuarenta mujeres y una cantidad similar de hombres y aunque al principio era divertido y fascinante filmar a otros haciéndolo, con el tiempo me he acostumbrado a ver sus caras largas al final de las tomas y sus consecuentes renuncias un día después de que, a fin de mes, los de arriba sueltan la pasta. Fue cuando empecé a sentirme como un estúpido desilusionado y para animarlos a lograr una buena escena les receté a todos gritando: "¡Hey, hey, que así es la cosa, que así es... así es...". 

 *          *            *

Por lo tanto  siento todavía más estúpido aún el que me haya enamorado de ella. Y supongo que aquello surgió no precisamente cuando yo estaba detrás de la cámara filmando el clásico close-up genital o su lengua desvaneciéndose en el enfoque imaginando la lujuria doméstica del que lo verá editado y  musicalizado algunas semanas después, sino desde el momento en que nos presentamos y le explicamos cual sería el proceso, como tenía que actuar, etc. Y desde ese momento me empecé a sentir como turbado por su mirada, porque era al mismo tiempo lujuriosa y pura, sensual y casta, dominante y retraída. Estaba que echaba chispas por entrarle a la cosa caliente y después de su escena con este imbécil, se cubrió con una manta, inmediatamente pidió una tasa de café y fue en ese momento en el que realmente se presentó, puesto que dijo que "era para los nervios y no perder la fogocidad". Lo cual me deslumbró por la confianza y timidez con que lo expresaba, tomando además en cuenta su calidad de extranjera y su hábil y gracioso acento inglés. No tardé yo, estúpido, en ser el que le tenía la manta lista y su tasa de café. En los descansos comencé a platicar con ella y a llamarla por su fabuloso nombre: Samantha. Supe que venía de Venezuela (sólo a partir de entonces he trazado un mapa imaginario en mi mente para imaginar donde diablos queda ese lugar), y comenzamos a entablar cada vez más una relación íntima, que espero que haya pasado inadvertida para los demás, pues no faltaría el gracioso que me tildaría de lo que realmente soy: un estúpido, y que para corroborarlo sólo hace falta que me vean con el cigarro enganchado en la boca, esperando mi turno, oyendo el rechinido de su cama del otro lado de la puerta y sintiendo como el humo del cigarro me entra por la nariz y se evapora en lo poco que me queda de paciencia.

 *          *            *

No puedo, ni por un momento, dejar de comprender que entre ellos haya surgido alguna especie de atracción también infrecuente, puesto que el imbécil en cuestión es precisamente el único que ha aceptado su papel de semental pagado rompiendo récord entre sus semejantes y según él con una virilidad a la cual todos deberíamos envidiar. Ayer que ya no pude soportar la realidad de que nos citara a los dos al mismo tiempo, él me vio entrar a la casa y quiso saludarme, como siempre, como a cualquier compañero de trabajo, pero yo no le di la mano y escupí a suelo, pensando: "vete al diablo, maldito gilipollas". Por supuesto el tipo se enojó y me empujó del hombro mostrando una sonrisa idiota e intimidatoria, (lo cual le salió muy fácil pues él es musculoso y alto y yo más bien soy flaco y delgado, casi parezco intelectual) lo empujé yo también y terminamos intercambiando un par o algo así de puñetazos y, aunque tal vez a mí me dolieron más, supongo que por fin logré demostrarle que es un imbécil. Samantha nos interrumpió gritando algo en venezolano, nos separó, lo metió a él al cuarto y luego salió para decirme unas palabrejas cariñosas. Es extraño cómo se presentan las cosas, los golpes en sí pasaron casi desapercibidos por lo menos para mí puesto que volví a entender que nuestras vidas sólo giran en torno al sexo y que sólo el sexo es lo importante, me sentí como un estúpido de nuevo y recordé mis primeras relaciones sexuales de la escuela, que siempre eran con ese candor infantil que, ahora, a duras penas puedo evocar con ella, pero tal vez por eso me aferro desesperadamente a ella enamorándome: para no perder mi idea de lo que supuestamente yo, debe ser el sexo.

*          *            *

El cigarrillo se ha terminado por completo, siento un ligero ardor en los labios. Oigo que se abre la puerta y supongo que han terminado. Sin darme cuenta he dejado cuatro surcos con las uñas en la mesa mientras esperaba, que no prueban más que mi desesperación, mi desasosiego, el tumor que me duele en lo más profundo y que se llama Samantha. ¿Será siempre así la realidad? Para consolarme, mientras me voy incorporando del sillón removiéndome el pelo sólo puedo pensar que: "así es... así es...".

  

DIEZ MINUTOS (Suspiro)

                                                                                                                       

                                                                                                   Para Germán Castro Ibarra

 

Checas: Suspiras. Una y otra vez. Recuerdas la última cita y recuerdas estas mismas palmeras y esta misma playa estampadas en la pared, el mismo timbre del primer piso que los demás pacientes apachurran con la desesperación de un cura convocando a campanazos a sus devotos en una mañana que comienza con estallidos de bombas o con la ansiedad que sentirías al ver caminando a tu hijo sobre un techo de vidrio.

            La señorita del mostrador ha notado que en realidad no hojeas la revista que tienes en las manos, sino que en realidad transpiras furia gracias a que el doctor De la Fuente se ha retrasado diez minutos por atenderte. Te pide que esperes como disculpándose, ya que los dos saben a la perfección que es culpa suya por ser condescendiente con algún idiota que ha retrasado a todos. Sin darte cuenta casi gritando le respondiste que no hay problema, que no se preocupe, señorita, mientras mirabas las palmeras fijamente y estallando casi a carcajadas  porque en la revista que tiembla en tus rodillas aparecen unas palmeras iguales arriba de una güera que bebe cerveza y te comienzas a preguntar si en la playa con tu güera al lado, te acordarías de tu maldito dolor de muelas que no has revisado gracias al carnaval de asuntos que ahora recuerdas que te esperan en la oficina, donde hace menos de una hora te enfrentaste al "tarado de tu jefe", diciéndole que ya le baje, que ya le baje de güevos, imaginando a un grupo de hormigas con cascos de albañiles taladrando entre tus dos muelas que pelean por tener el mismo espacio en tu dentadura.

            Y recuerdas que tuviste que salir casi como  cobarde de la oficina, diciéndote que no eras cobarde, que si por ti fuera hasta hubieras puesto al jefe en ridículo frente a los demás compañeros de trabajo, puesto que es evidente que el jefe sólo demuestra que es jefe cuando se trata de defender la estupidez; la suya o la de cualquier otro, puesto que para ti todos no vienen mas que a demostrarla, a excepción claro, de tus dos secretarias que tienen las nalgas tan tiernas como las miradas que te lanzan cuando rara vez les dices que se vayan a descansar a su casa.

            La pelea entre tus dos muelas se incrementa y no puedes dejar de soltar un grito que tratas de que te ponga de buen humor pero es imposible: Cuando las hormigas descansan vienen otras a seguir con la chamba y agarran los taladros para seguir destruyendo a tu pobre encía y ya no puedes ni siquiera cerrar la boca porque el dolor ha llegado a la encía superior donde las hormigas se empiezan a colgar y escalar por tu saliva para sujetar el taladro y seguir con el trabajo haciendo ya casi imposible que te puedas concentrar en los dos paisajes de playa que tienes, el de enfrente, bajo una señora vieja con dos niños que berrean y te hacen ver como un idiota y el otro, el que tiembla en tus rodillas donde la güera sigue con su chela invitándote a la playa, a que dejes de sufrir...

            Pero no puedes pensar en eso puesto que recuerdas también que al salir de la oficina viste lo que no habías querido ver bien ayer en la noche: Marcela llegó tardísimo del laboratorio y dejó el coche afuera del estacionamiento de la universidad porque creyó que sólo tendría que imprimir un reporte y checar la correspondencia, pero resultó que algún mocoso (¿o algún estudiante?) se le ocurrió hacerle unas rayaduras al coche y Marcela llegó toda sonriente y mojada del pelo por la lluvia mientras tu te pudrías frente al televisor pensando que ya la neta, era re tarde  y te preocupaste, aunque no sabías si realmente era por la tardanza de Marcela o porque el tiempo es el tiempo y la noche sería larga hasta este momento en que todavía diez minutos te parecen el colmo; como si Marcela fuera tan cándida que no se imaginara que ya le has recomendado mil veces que el coche se guarda en el estacionamiento y tan efurecido como estabas saliste con ella a la lluvia (que tus compañeros de trabajo dicen que es tan poética), y viste con horror esas rayaduras en el coche y ella te vio con cara de perdóname, de no te hagas, que de todas maneras me amas, y tú le dijiste que nomás no la estrangulabas porque te dolían las muelas, y ella se rió y el comentario sólo sirvió para que barajara en tu cara incrédula un par de anécdotas que  no te decían nada y la quisiste besar, como antes, como en los viejos tiempos, pero el dolor de muelas te obligaba a reconocer su prioridad.

            Pero ahora ya nada de eso importa, sólo diez minutos se interponen entre tú y la salvación encarnada en la dudosa experiencia del doctor De la Fuente, porque si fuera bueno no tendrías nada que hacer aquí y estarías libre, tendrías unos buenos diez minutos de sobra en la oficina, por ejemplo, para llamar a tu secretaria y encargarle que  revise tu archivo personal y te sentirías tan feliz y con una vida tan exitosa que harías algo tan ridículo como decirle que se deje de mamadas, que no se haga la eficiente, que la retas a tirar con tu pelota de esponja a la canasta de basquetbol que tienes arriba del perchero de tu saco, y ella se reiría y diría: "¡Hay licenciado... por favor...!"  Y tu pensando en su tierno par de nalgas estarías a punto de invitarla a la cama, pero sólo a punto, porque aunque Marcela sea una tarada (o peor aún: una tacaña que no quiere pagar los diez pesos del estacionamiento), también en tu corazón a impuesto su prioridad. Y empiezas a sospechar que el doctor De la Fuente sabe todo esto y sólo se ha tardado diez minutos porque al paciente que atiende en estos momentos se le ocurrió empezar a contar su vida y el doctor De la Fuente lo escucha con una sonrisa que te dedica a ti y a tu vida con la güera de la cerveza en la playa.

            "Mi vida con la güera de la cerveza en la playa...", comienzas a pensar y por un movimiento inconsciente te rascas el cachete pero "¡aouch!", no lo hubieras hecho, porque el dolor lo sientes hasta el cuello como si fuera un ente con vida propia, como si fuera una antorcha al rojo vivo  atrapada bajo tus muelas a la que las hormigas acuden con rapidez para avivar su fuego, arrojándole pasto seco o gasolina y entonces el timbre vuelve a sonar, como si toda la Ciudad de México estuviera enferma de las muelas y te das cuenta de la futilidad de todas las cosas, de la estupidez de tu jefe por el asunto del Censo de Habitantes, de tu estúpida canasta de basquetbol en lo alto del perchero, de tus ineptas secretarias de mirada tierna que cuchichean en el baño sobre ti cuando cambian de turno, de la lluvia tan poética, de la rayadura que le hicieron al coche, de la tacaña de Marcela probablemente también, que siempre te insiste con el rollo de que quiere tener un hijo, y observas a los niños idiotas debajo de las palmeras, que lloran o ríen o cualquier tontería mientras la güera te sigue diciendo que te vayas a la playa a chupar y que tener hijos es una tontería, porque los hijos te joden la otra mitad de la vida que ya no pudieron joderte los padres y todo por un dolor de muelas que te obliga a tener la boca abierta como imbécil, dejando que las hormigas salgan y se vayan descolgando de las comisuras de tus labios y te caigan en los brazos, en el cuello, en el pecho, en la corbata, en los muslos, en las manos que miras con tus ojos atónitos, tus manos llenas de hormigas que se te caen hasta los zapatos y sientes que te vas, que un grito profundo te jala hacia adentro, donde sólo hay más hormigas taladrando y otras con ansias de estrenar nuevos platillos que darán a sus hijos y así sucesivamente a los hijos de sus hijos y escuchas una voz que dice desde la puerta del consultorio:

            —Pase por favor.

            Saltas como felino sobre su presa y te introduces en el consultorio hasta que te sientas en el sillón replegable del dentista con enormes ganas de hablar, aunque no puedes, simplemente no puedes y el doctor dice:

            —disculpe usted el olor a insecticida pero acabo de fumigar, con usted sólo tardaré diez minutos.

JOKER

  

                                                                                                A Stanley Kubrick

 

                                                                                                in memoriam

 

Muchos años antes de que Elías Canetti lo dijera en otro contexto refiriéndose a los escritores, Joker había nacido ya con esa caracteríztica: la de ser el custodio de las metamorfosis, pues sabía transformarse en todos los números y en todos los palos de la baraja inglesa, incluso en el poderoso as, que era superior incluso que el rey, así fuera el de corazones, tréboles, diamantes o espadas. Por eso a Joker le hubiera dado risa  que el contrincante de su dueño, Sergio Leone, dijera la frase:

            —En cualquier momento me saco el as de espadas de la manga, my friend.

            Stanley Kubrick era su dueño y le sonrió al viejo maestro al sentir en su mano al Joker. Por aquél entonces había conseguido permiso para rodar ya su última película en un barrio destartalado de Londres donde se llevarían a cabo las escenas de acción. En lo referente al casting, el actor que encarnaría al sargento Hartman ya se había ganado su papel gracias a una prueba en la que logró superar a sus competidores por su capacidad y habilidad innata para decir más groserías que nadie por unidad de tiempo. Lo que le faltaba a Kubrick era el nombre de su principal personaje; había jugado con el maestro Leone a las cartas los últimos días en América en casa de este último para relajarse y meditar al respecto. Pensando en las llamadas telefónicas que había tenido que concertar durante el día para asuntos técnicos del rodaje, dijo algo cansado:

            —Pues parafraseándote un poco, por un puñado de dólares no me voy a preocupar.

            El maestro Leone, después de hacer un gesto adusto, se sintió preocupado; Kubrick le había ganado tres de los últimos cinco juegos de la tarde. Como todo buen italiano tenía cierto resabio de gángster y no le gustaba perder frente a su contrincante.

            Era el momento de cambiar la última carta, Kubrick y Leone lo hicieron y  éste último, visiblemente preocupado, le dijo:

            —Muéstrate.

            —Maestro, por favor hágame el honor —dijo Kubrick con ironía.

            —Tercia de ases —musitó Leone al bajarse.

            —Flor imperial —dijo Kubrick decepcionando al viejo maestro, que ya sentía la despedida de un puñado de dólares.

            Mirándo al Joker de su flor imperial, Kubrick descubrió instantáneamente que así llamaría a su personaje y se lo comentó a Leone, que al saber el título de la película, se mostró interesado en su trama. El día de la premier de Cara de Guerra, Kubrick recordó ese juego de cartas y comentó a sus amigos gracias a quien se le había ocurrido el personaje principal. Y en medio de las copas se hizo un silencio, pues Leone había muerto pocos días antes. "Estoy en un mundo de pura mierda, pero estoy vivo, y no tengo miedo", había concluído Joker y con él, llovieron los aplausos en la sala al finalizar la película. Entre los presentes se encontraba Elías Canetti, que se acercó a Kubrick y le comentó algunas de las reflexiones que le inspiró la cinta.

El autor de La Conciencia de las palabras, pensó, curiosamente, que no le caería nada mal un juego de poker al llegar a su casa.

 

El Escualo de Ana Lilia

                                                 

                                                                        A Gabriela Bayona y

                                                                        Gabriela Sandoval, con  amor del adelantado.

 

                                                           

                                                                        “Todo el mundo parece haber

 leído a Freud, salvo Moby Dick”.

Faulkner

  

En el verano de 1976 se estrenó en las pantallas de todos los cines la película Jaws, que se tradujo en México como "Tiburón", y la publicidad que rodeó tal acontecimiento, usada más bien como estrategia de bombardeo militar sobre los posibles espectadores, hizo  que estos abarrotaran los cines rompiendo los récords de taquilla de aquel entonces, movidos por una exaltación que sólo puede ser explicada por un sentimiento emparentado con la morbidez. Y ese sentimiento soterrado en el inconsciente colectivo, logró entre otras cosas, que las playas fueran poco frecuentadas en dicho verano. Para la población urbana, recluída irremediablemente en las grandes ciudades, el mar no fue una posibilidad contemplada a la hora de decidir el rumbo que, año con año, deben seguir las vacaciones familiares.

            Uno de esos casos fue el de la familia Anaya, que decidió encauzar su desfogue de la rutina de la ciudad de México visitando la ciudad de Oaxaca. Paraje pintoresco que los padres de Ana Lilia, juzgaron conveniente para alejarse de los breves cataclismos y el estrés de la grande y atestada urbe. La decisión de viaje fue tomada casi de inmediato, a la mañana siguiente de aquel último viernes laboral cuando los padres de Ana Lilia la habían dejado encargada con la hermana del padre, pensando en gozar de la película que de tan comentada, había pasado por una suerte de fugaz apología cinematográfica en la oficina donde los padres de Ana Lilia, la madre en la tarde y el padre en la mañana, trabajaban cada vez con menos entusiasmo. Pensaron que como todo hecho relevante, terminaría convertida en los comentarios que rellenarían con sarcasmo la vida burocrática donde habrían de desempeñarse nuevamente dentro de dos semanas.

            Ana Lilia no estaba ni más ni menos acostumbrada a las salidas nocturnas de sus padres. Pero lo que definitivamente no podía soportar mas que a regañadientes, era el hecho de que la dejaran con su tía. Su desagrado se agudizó y frunció el ceño aguantándose las ganas de hacer un berrinche cuando los padres la dejaron en la puerta de la casa y la tía, con su extraño protocolo, había aceptado cuidar a la hija de su hermano. Y es que la casa en sí misma era fea, su decorado era deplorable: la antigüa sala estilo Luis XVI forrada de terciopelo rojo, la mesa central, hecha de metal de patas flacas y barrocas, el redondo espejo del recibidor donde Ana Lilia sólo podía observar el reflejo de un candelabro viejo y obsoleto, la tabla de la mesa del comedor, alrededor de la cual estaban dispuestas seis sillas, daban a la casa un carácter fantasmal y lúgubre ratificado por  la condición de soltera de la tía. Ana Lilia casi podría jurar que a su tía le quedaba perfecto el calificativo de "autista". Lo cierto es que la avispada Ana Lilia no estaba muy lejos de la verdad: su tía trabajaba en casa haciendo trabajos por encargo para una editorial y en sus ratos libres, en vez de refocilarse en compañía de amistades (que al parecer no tenía), permanecía con ánimo estoico en la misma casa. Cuando los padres se fueron, le ofreció a Ana Lilia algo de cenar y no es necesario añadir que no aceptó nada. Se subió a uno de los cuartos de arriba a ver la televisión. Pero una hora después  sintió nervios y como tibio consuelo buscó refugiarlos en compañía de su tía. Salió al pasillo y en la penumbra la llamó por su nombre. Al no escuchar respuesta su nerviosismo aumentó y extrañó a sus padres con todo el reproche del que una niña de seis años es capaz. Bajó las escaleras sin apoyarse en los barandales porque le daban miedo y al hacerlo sintió que bajaba hacia un barranco interminable sin ningún apoyo. Tía, ¿dónde estás? Balbuceó en voz baja, apocada por el miedo, hasta que la encontró sentada en la mesa de las seis sillas, armando un rompecabezas y hablando sola. Sus nervios se tornaron en algo peor, pues ahora era desconcierto lo que experimentaba como un espectro que la colocaba en posición equidistante de sus dudas. "Definitivamente mi tía es autista", pensó Ana Lilia, y la tía, por su parte, interpretó que la niña deseaba algo de comer y mientras seguía hablando sola en su presencia, repitiendo frases que constituían una especie de lenguaje críptico, le colocó en la mesa un vaso de leche y una cesta de panecillos dulces. Ana Lilia los aceptó como quien acepta su último recurso y le preguntó a su tía qué película habían ido a ver sus padres. Tiburón, dijo la tía, fingiendo una voz ronca que le salía muy bien y Ana Lilia tomó un trago de leche como si tragara saliva. Pensando en entretener a la niña, siguió hablando sola mientras armaba su rompecabezas haciendo juegos de palabras: "El tiburón  se fue en avión para llegar a tu balcón y darte una calentadita", "Tiburón que te ha de comer, mejor déjalo correr", "El Tiburón escapó del pelotón y por traidor lo fusilaron en el paredón", repetía la tía con risa entrecortada y Ana Lilia  pensó que su tía rápidamente había pasado de autista a loca irremediable. La comenzó a mirar con desprecio y el armazón imaginativo que urdió alrededor de la palabra tiburón comenzó a darle más miedo del que normalmente sentía al escuchar esa palabra. El tiburón nadaba derribando las puertas de su confianza y se hundía cada vez más, hasta que una imagen horrible quedó grabada con tinta indeleble en el fondo de su imaginación.

            Mientras tanto, en el cine, la madre de Ana Lilia, a la inversa de lo que se había imaginado, no la pasaba mucho mejor que su hija y la angustia que le producía la historia de la pantalla aumentaba un cosquilleo desagradable en el atavismo de sus miedos. El padre, en cambio, estaba fascinado con la historia y ya pensaba  urdir chistes simpáticos sobre la película para cuando regresaran a la oficina. Los peligros que el mar impone a los seres humanos es una metáfora de la condición humana que él había entendido muchos años atrás cuando había leído El viejo y el mar de Hemingway y ahora las condiciones eran óptimas para aterrizar esa metáfora con sarcasmo en la oficina. "El tiburón que yo tengo que vencer es el montón de papeles que me esperan en el trabajo", se dijo el padre de Ana Lilia, para figurarse ya después con alegría que la voracidad del tiburón de la burocracia se alejaba de él por dos semanas. Se le ocurrió llevar a su familia a la playa para que su hija  aprendiera a pescar y al salir de la función le comentó la idea a su esposa, en un tono de sorna al notar en ella la sensación de que la película de Spielberg la había partido del susto. Eso sí que no, no quiero saber nada del mar ni de la playa, le dijo la madre, y mientras regresaban en auto a recoger a Ana Lilia discutieron acerca del empleo que darían a  las dos semanas. El padre estaba firme en su postura y la madre en frontal oposición de la misma. Cuando llegaron a casa de la tía, la madre le preguntó en voz baja por Ana Lilia y ella le contestó que estaba dormida, como la madre suponía. Pero cuando subió a recogerla y Ana Lilia oyó la voz materna, bajó las escaleras corriendo, lista para irse. A todos les causó sorpresa que estuviera despierta a esas horas de la noche, y al momento  de las despedidas comentaron sobre las sorpresas que algunas veces dan los niños, tan inteligentes  que son  y tan llenos de energía. Mientras  escuchaba resignada los comentarios adultos, que no apaciguaban  en lo mínimo su inquietud, Ana Lilia jalaba del vestido a su madre dándole a entender que ya deseaba irse. Dale un beso de despedida a tu tía, dijo la madre. Ana Lilia cerró los ojos, tratando de disimular su desacuerdo y recordó los juegos de palabras de la tía (que a su parecer no eran propiamente "juegos de palabras"), su risa extraña y perturbada. Cuando abrió de nuevo los ojos sintió como si le hubieran raspado la mejilla con una estopa.

            Durante el camino a casa, los padres seguían en la misma discusión mientras la niña, en el asiento trasero del auto, observaba desfilar los postes de luz eléctrica de la avenida, ansiosa de llegar a dormir de verdad. Escuchaba los argumentos de la madre en refutación a los del padre y se sentía cercana a ella con mayor inmediatez de la acostumbrada. En su interior de esa forma recuperó la seguridad que había perdido: veía a su madre defendiéndola del peligro, regresándole la autoconfianza frente a lo que la había espantado: esa figura borrosa difícil de ubicar y por tanto más amenazadora que representaba la palabra tiburón, aunada a la conducta extraña de la hermana de su padre, una tipa loca que hablaba sola mientras armaba rompecabezas. Cuando su padre le preguntó si le gustaría ir a la playa, la madre intercedió por ella con un rotundo ¡No! Que Ana Lilia secundó con ruegos: No papi, a la playa no, por favor...

            La mañana del sábado, el jefe de la familia Anaya decidió dar gusto a las dos mujeres de su vida y condujo el auto sin chistar durante cinco horas rumbo a Oaxaca.

            La estancia en Oaxaca dio a la pareja la oportunidad del deseado y merecido descanso. En el  lujoso y gran hotel donde  se hospedaron tenían a la mano toda clase de servicios. Duarante el día paseaban por los sitios turísticos de Oaxaca y los fotografiaron usando a  Ana Lilia como modelo. Ella gustosa accedió a fotografiarse en los portones de la catedral, en las mesas de los restaurantes al aire libre, montada en un  caballo o junto a un carruaje negro del patio colonial de un museo. Por las noches, tuvieron que soportar que Ana Lilia durmiera en medio de ellos porque argumentó que no quería tener pesadillas y cuando ya estaba profundamente dormida, sin hacer ruido, se vestían de nuevo y bajaban a dar una vuelta por la ciudad o tomaban una copa en el bar del lobby del hotel. Al comienzo de la segunda semana, los padres repararon en la extraña conducta de Ana Lilia, que se colocaba su traje de baño y se untaba bronceador pero no se metía a la alberca  con ellos. Una noche le preguntaron por qué no lo hacía y les respondió que había escuchado a unos niños decir que en el agua había un tiburón y que le daba miedo. Con razón ha estado tan rara, pensaron los padres, y le dijeron que los niños lo habían dicho de broma, de juego nada más. Es imposible que  haya un tiburón en la alberca, los tiburones sólo viven en el mar y muy lejos de la playa, muy pocos tiburones son peligrosos, la mayoría no hacen daño, son tímidos los pobres. Y los peligrosos están muy lejos de México, casi se podría decir que no existen, dijo el padre. La madre la abrazó y le dijo no te preocupes hijita, yo te protejo de los tiburones, y papá nos protege a las dos, ningún tiburón te hará daño nunca. Te quiero mucho hijita. Ana Lilia, te quiero, te quiero mucho...

            Ana Lilia grabó las palabras de su madre en la mente y antes de dormirse se las repitió recordando sobre todo el tono amoroso con que se las había dicho. Sintió de nuevo cómo su madre la fortalecía y le regresaba la confianza. La imagen del tiburón se alejó de su conciencia y no volvió a pensar en él. Al día siguiente, confiada y contenta, se metió a la alberca dando un brinco espectacular para demostrar a sus padres que su miedo estaba erradicado y hasta hizo amistad con unas niñas que jugueteaban en la alberca. Esta vez fueron los padres los que tuvieron que convencerla de que saliera del agua, en la que Ana Lilia se sentía ahora como en su estado natural. Se despidió de sus nuevas amigas y prometieron verse en la alberca el día siguiente.

            La familia salió a comer y en la tarde dieron un paseo a pie por el centro de la ciudad porque al auto le quedaba poca gasolina. Tomaron nuevas fotografías y se instalaron a tomar café y refrescos después de haber comprado adornos y objetos en una tienda de artesanías. La madre se compró un collar de plata con una piedra roja y al colocárselo instó al marido a que diera sus comentarios. Te ves guapísima, dijo el marido cuando exhalaba el humo de su cigarro. Al anochecer,  las dejó en el hotel y fue a llenar el tanque del auto pues al día siguiente tenían que regresar; Ana Lilia a continuar con sus vacaciones y los padres a bucear entre papeles y oficios que se desparramaban de sus escritorios. Cuando estuvieron solas, la madre le preguntó a la niña cómo la había pasado en estas vacaciones. Muy bien dijo ella, Oaxaca es muy bonita, y la madre le preguntó qué deseaba hacer con el resto de sus vacaciones antes de que entrara a cursar el primer año de la primaria. Tal vez un curso de verano. Ajá, dijo ella, sí me gustaría.

            Sus amigas la esperaban en la alberca el día siguiente. Los padres le advirtieron que sólo nadara y jugara un rato, pues la habitación vencía a las doce y a esa hora tenían que salir a la carretera. Como no había nadado lo suficiente en sus vacaciones, Ana Lilia reclamó y bajó a la alberca velozmente, donde nadó y jugó con sus amigas hasta la una de la tarde. Sus amigas tenían una lancha inflable y las tres  jugaron a remar con sus manos, gritándo que estaban atravesando un peligroso y caudaloso río. Los padres la miraban desde la orilla de la alberca gritándole que ya saliera. Cuando por fin lo hizo, amenazó a sus padres con hacer un berrinche si no le compraban una lancha inflable y los padres sonrieron con disimulada condescendencia mientras la conducían a los vestidores. En la carretera, Ana Lilia seguía insistente en que quería su lancha inflable y el padre, con serenidad, dijo que más le convenía acostumbrarse de nuevo a la vida citadina. A propósito, dijo la madre, ¿dónde podríamos meter a Ana Lilia a un curso de verano? No Lo necesita, dijo el padre, siempre ha sacado las mejores notas y sus maestras dicen que es la niña más abusada  de su salón. Pero necesita distraerse en algo, tener una actividad que le fomente el interés en los estudios, dijo la madre. Tú estás libre por las mañanas, que se quede contigo, yo en la tarde tengo que hacer trabajo en la casa y no la puedo atender, la puedo dejar encargada con mi hermana, dijo el padre.  Al escuchar esto, Ana Lilia dejó escapar un grito histérico y se negó rotundamente, lo que desencadenó la confusión en el auto y el padre reclamó que no lo dejaban manejar. Mi tía es autista, se pone a  armar  rompecabezas sola, dice cosas raras, no me cae bien. Pero ¿por qué dices eso? Dijo el padre sorprendido. No, no, no, no quiero quedarme con ella, ¡quiero un curso de verano y una lancha inflable! Pero hay que comprender que con lo que acabamos de gastar  no vamos a tener mucho dinero, hija. ¡Yo quiero un curso de verano y una lancha! Siguió diciendo y así siguió la discusión. La madre se colocó en defensa de Ana Lilia y  dijo que no era buena idea dejarla en casa de su cuñada. Mirándola bien,  era una mujer rara que podía ejercer una mala influencia sobre la niña. Tu madre la maltrataba cuando era más chica, la ridiculizaba, por eso tiene ese carácter tan agrio, tu madre es la culpable. ¿Qué? ¡No menciones a mi madre muerta para culpabilizarla! Le dijo enojado el padre a su esposa, que replicó es la verdad, tu madre la trataba mal y Ana Lilia tiene razón. Bueno, bueno, ¿pero qué me dices de tus padres? No fueron muy generosos que digamos cuando tuvimos problemas económicos, ni fueron al bautizo de Ana Lilia pero eso sí, ¡Los fines de semana llegan a la hora de la comida sin avisar y yo los tengo que atender en vez de trabajar! Ah, ¿dices que no los soportas? Con razón, ellos me decían que desde que rechazaste el ascenso te volviste un flojo y ya no trabajas, ni en la casa ni en la oficina, donde dicen lo mismo a mis espaldas, creyendo que no me doy cuenta, es horrible soportar eso, la única que te defiende es mi secretaria y de puro milagro. ¿Que yo no acepté un ascenso? ¡Eso se decía, pero no era verdad, la realidad era que me querían reubicar y hacerme jefe de tu departamento, yo no acepté porque dije que ahí trabajabas tú y expliqué que no quería que mi relación contigo se mezclara con asuntos de trabajo! ¡Esa es la verdad! ¿Entonces por qué dice la gente que ya no trabajas? ¡Quiero un curso de verano y una lancha!, dijo Ana Lilia enmedio del descontrol y su voz fue la última en escucharse antes de que se impactaran contra un árbol al lado del camino.

            En el accidente murió la madre y Ana Lilia lloró durante tres días en los brazos de su padre, quien al no recibir apoyo de sus suegros, que pensaban que era un holgazán, nunca aceptaron cuidar a la niña cuando él tenía que trabajar, así que durante una temporada larga, extremadamente larga para Ana Lilia, tuvo que quedarse en casa de su tía, donde se sentaba en la sala de terciopelo rojo y veía el reflejo del  candelabro desde el espejo redondo del recibidor.

*          *            *

 En el verano de 1982, sin mayores tropiezos escolares que la mayoría de su grupo, Ana Lilia se había graduado con honores de la primaria. En la fiesta de graduación que se llevó a cabo en la escuela,  su padre la acompañó y los dos entraron al escenario formando una mancuerna que portaba con gallardía sus propios adminículos para la fiesta: el padre, desde luego enfundado en riguroso traje  oscuro y una corbata color sepia que combinaba con la etiqueta de una botella de vino tinto, que sería degustado después de los discursos y la obligatorias fotografías (para las cuales venía preparado) y  Ana Lilia, que venía luciendo un vestido nuevo color azul marino con escote blanco que permitía apreciar el collar  de plata con la piedra roja que también estrenaba  pues había esperado un momento en el cual, si su madre pudiera observarla, se sentiría orgullosa de compartirlo con su hija. También llevaba preparadas un par de cuartillas con un pensamiento que había escrito movida por la responsabilidad de representar el cuadro de honor de su generación. En tales cuartillas expresaba su sincero agradecimiento a la planta docente de maestros, directores y compañeros que la  habían acompañado en la base de su formación académica. Se internaron entre la gente. El padre conversó con algunos  maestros e intercambió chistes con los demás padres de familia. Ana Lilia fue a tomar su lugar entre sus amigos, para segundos después, escuchar al primer orador de la noche que fue el director de la escuela, que  convocó a todos a sentir el orgullo de la generación "que todo el equipo de nuestra escuela espera que mantenga firme el espíritu de alegría ante el conocimiento y la responsabilidad de ejercerlo con disciplina de cara al futuro que les espera y al que todos, estamos seguros,  afrontaran con la confianza que ha caracterizado a las generaciones anteriores." Cuando llegó el turno de los alumnos, Ana Lilia leyó sus cuartillas y caricaturizó una leve reverencia frente a los aplausos que provocó entre los presentes. Después de recibir su certificado, fue a incorporarse de nuevo a la plática con sus compañeros. Todos estaban ansiosos y con grandes expectativas enfocadas hacia el día de mañana, cuando iniciaría el viaje de generación en el que   festejarían el principio de sus vacaciones en el puerto de Mazatlán.

            En la mañana que el grupo de Ana Lilia había soñado como su propio puente a la pubertad, los recibió un flamante autobús alquilado y un par de choferes trasnochados con los cuales, el par de maestros que acompañarían al grupo en su viaje decidieron empezar a pasar lista a los más ansiosos, que desde las siete de la mañana esperaban la salida y no faltó la broma del  profesor barbudo que dijo que en la secundaria así se gastaban los horarios y que ustedes, bola de flojos, sólo hoy se atreven a cumplir, pero ya verán el año que entra... Los incipientes pubertos entraron al camión con objetos que ya los hacían pasar como tales: lentes oscuros, grabadoras y cámaras fotográficas profesionales cuyas exposiciones bajaron en número considerable antes de la partida. Ana Lilia llegó y subió al autobús con su maleta. Sus pantalones de mezclilla, zapatos tenis y playera blanca que se había puesto aquel día, coincidían con el ánimo de sus compañeros que, a pesar de todo, le gastaron bromas irreverentes, pues a su parecer, lo que no coincidía era su ropa con ella misma, que por lo general, iba a la escuela haciendo gala de sobriedad en el atuendo. Avanzó por el corredor del autobús sin hacer mucho caso a las bromas hasta que se instaló en uno de los asientos donde alrededor estaba su grupo de amigas. Prendieron una grabadora y comenzaron a girar en torno a los chismes que ocupaban sus vidas, que de momento solamente eran el viaje, el grupo y el futuro de cada cual. A mí me gusta Juan, confesó una. ¿Ese nerd con cara de sapo? ¡Que horror! Reviró otra. A mí se me declaró Roberto, le dije que me dejara pensarlo, murmuró una tercera. ¿A ti quien te gusta del salón? Le preguntaron a Ana Lilia, que desde su imperturbabilidad respondió eso qué importa, ya salimos de clase, tengo los teléfonos de todos... nadie me gusta, pero todos me caen bien.

            Horas más tarde, cuando el camión iba por la carretera, el grupo de Ana Lilia cantaba a coro las canciones de moda  y con frenesí inocente sacaban las manos por la ventanilla para despedirse de la gente que veían al costado del camino. Uno de los profesores que los acompañaban era el que impartía la clase de historia, que al pasar por Jalisco, comentó a todo el grupo las vicisitudes y las revueltas de la guerra cristera. Movido por la exaltación que le causaba el recuerdo de su lectura personal, comentó también que aquellos hechos dieron material para que un gran escritor, Juan Rulfo, escribiera su obra. Aunque sus comentarios se perdieron entre el relajo reinante, no faltaron los desadaptados que desearon oír más sobre el tema y el profesor de historia fue a sentarse con ellos. Tampoco faltó el escuincle latoso que le tomó una foto a Ana Lilia  cuando estaba dormida. El camión cruzó lentamente las interminables curvas de la carretera de la Sierra Madre Occidental hasta que se perfiló por la carretera de la costa rodeada de palmeras y en medio de un atardecer rojizo que todos celebraron, llegaron al hotel de Mazatlán.

            Los primeros días transcurrieron en constantes refriegas que los dos profesores, el barbudo y el de historia, tuvieron que resentir y tratar de impedir desde las trincheras de la responsabilidad que ocupaban, puesto que los muchachos salían por las noches de sus cuartos, algunos bajaban furtivamente al bar del lobby y pedían alcohol para emborracharse por vez primera, otros jugaban guerras de almohadazos, persiguiéndose por los pasillos y espantando a los demás huéspedes, otros hacían multitud de maldades a las camareras del hotel, como aventarles cubetadas de refresco desde el segundo piso, esconderles el carrito de la limpieza o hacerles propuestas indecorosas para su edad, más no para su terquedad de hacer del viaje a la playa una plataforma para instalarse en el desvarío. Ana Lilia y su grupo de amigas eran más tranquilas, desayunaban temprano, platicaban con los profesores, se asoleaban junto a la alberca y en las noches jugaban cartas, cantaban canciones o prendían una fogata junto a la playa  para adivinar nombres de películas.

            Una mañana Ana Lilia y su compañera de cuarto fueron al mar a recoger conchitas. Se colocaron sus trajes de baño  y se quitaron los huaraches en el elevador. Llegaron a la playa y recorrieron  la arena húmeda recogiendo las conchas que veían cuando el mar se retiraba y las hacía visibles por el hilillo de agua que las olas dejaban en su retroceso. Hacía poco viento y las palmeras estaban quietas como sonámbulos. Qué calor hace, le dijo su amiga después de un rato, cuando vio que una muralla de piedras se les atravesaba en el camino. Si quieres regrésate con las conchas, le dijo Ana Lilia, y se las dejó caer en el vestido que su amiga se  arremangó para envolverlas. No te tardes para que desayunemos juntas, le dijo la amiga y Ana Lilia contestó que no tardaba. Vio a su amiga alejarse con las conchitas en el vestido arremangado y luego volteó a la muralla de piedras del rompeolas, tenía deseos de cruzarla pues desde la llegada a Mazatlán, nunca había explorado detrás de esa muralla. Le dio coraje por haberse quitado los huaraches, porque eso significaba que tendría que dar un rodeo por la tierra y el pasto alejándose del mar para después encontrarse de nuevo cerca de él, pero no vaciló y eso hizo. Escaló por la tierra y el pasto, aguantándose el dolor que le causaban las piedras diminutas en la planta de los pies. Cuando llegó a la cima ya los traía  enlodados y sucios y, mientras trataba de limpiárselos, contempló todo lo que abarcaba su vista: de donde venía vio la zona hotelera y la gente que se veía diminuta e insignificante. Enfrente el inmenso mar, como una enorme sábana azul. Hacia donde iba, un campo de golf a la derecha y hacia abajo, una zona que no se parecía a la zona turística en  absoluto: estaba llena de lanchas y había basura tirada en el suelo: pensó en regresar, pero a lo lejos miró un grupo de pescadores sobre una tarima de madera y escuchó sus gritos, así que decidió ir a curiosear.

            Bajó rodeando la muralla de piedras  esquivando la basura hasta que llegó a la tarima que se sostenía sólida sobre el agua y la arena. Ahí un grupo de lancheros gritaba y festejaba. Se internó entre el bullicio y observó asombrada cual era la causa: los lancheros habían capturado un tiburón y lo tenían colgado de un garfio. El animal todavía dejaba escurrir gotas de sangre  y Ana Lilia volvió a extrañar sus huaraches, caminaba sobre la tarima con las puntas de los dedos alzados pues no quería atorarse entre los tablones de madera. Uno de ellos gritaba de júbilo: ¡Soy Chente, el cazador de tiburones! Ana Lilia se acercó hasta la bestia sometida y le preguntó a Chente si ya estaba muerto. Está bien muerto niña, contestó Chente, le clavé una punta así de grande y con un bat le rompí la madre. Ana Lilia miraba extrañada el ojo negro del tiburón y su boca entreabierta, para su alivio notó que el tiburón era más chico de lo que parecía. ¿De dónde vienes? Le preguntó Chente a Ana Lilia. De México, contestó, acabo de terminar la primaria. ¡Que me tomen una foto con mi nueva amiga!, gritó Chente y uno de los lancheros los fotografió  detrás del tiburón. Ya me tengo que regresar con mis amigos al hotel. Está bien niña, ¿cómo te llamas? Ana Lilia no respondió, se quitó lentamente el collar de plata con la piedra roja y le dijo a Chente que se lo regalaba. Él se sintió sorprendido, pero Ana Lilia le dijo que lo aceptara como un obsequio. El viento comenzó a soplar y de regreso Ana Lilia pensó que después de desayunar podría recoger conchitas de nuevo.

   

LOS PRESOS

 

A Joaquín Castro, gachupa

 

Martín giró la espalda haciendo a un lado la almohada y tomó el plato del suelo. Había dormido durante todo el día, muy a pierna suelta, soñando que manejaba su viejo Ford por la carretera  con su ex esposa, y que habían comentado con interés y todavía con una pasión inexplicable, sobre la razón por la cual las montañas a lo lejos tomaban un pigmento azuloso y gris, casi tan gris como el patio de la cárcel, que hoy, por suerte, no había tenido el infortunio de contemplar.

            El día anterior, del que ahora sólo se asomaba el cansancio aún a pesar del sueño,  había trabajado sus ocho horas obligatorias en los talleres del presidio haciendo tornillos y, sus compañeros, la mayoría desconocidos para él, al saber la noticia, se habían despedido  mostrándole una solidaridad sobre la que no deseaba cuestionarse si era efectivamente sincera o sólo un modo de mostrarla solemnemente en ocasiones como ésta; tal vez él hubiera actuado de la misma manera y no le habría importado nada, de hecho la noticia lo había hecho verse a sí mismo como si fuera otro, cuestión muy difícil de imaginar en otras circunstancias, pero que  era el comienzo de lo que su conciencia no había asimilado totalmente; pues verse como otro, soñar que otro es el que correrá con esa suerte, es lo que indudablemente  al principio, elabora en soledad el condenado a muerte.

            Si no hubiera sido por el hambre, no se hubiera despertado de la cama y habría dejado pasar el tiempo hasta que  se apagara la luz  de las celdas y vinieran  a buscarlo, pero recapacitó y se dijo que comer un plato de frijoles alumbrado por luz eléctrica era mejor a aceptar la muerte y seguir durmiendo tan tranquilo como si nada fuera a ocurrirle. Se sentó sobre la cama notando inmediatamente el cambio de temperatura de su cuerpo y recordó la dulzura de su madre muerta en una imagen reluciente, bajo la luz que se estampaba sobre la pared que lo dividía de la otra celda. La imagen estaba ahí y se esforzó por no olvidarla, aunque por momentos se convertía en la  del sueño, la de su ex esposa mirando a lo lejos las montañas azules.

            Al escuchar el sonido de la cuchara raspando sobre el plato, Saúl entendió que su vecino había despertado y, a pesar de que el tema había sido motivo de muchas pláticas anteriores, sintió deseos de hablar con su amigo por última vez y mediante un susurro que en realidad deseaba gritar, preguntó con vergüenza:

            —¿Martín?

            Aquél seguía comiendo y contemplando la imagen de su madre muerta y su ex esposa subida en el Ford alejándose por la carretera, hasta que en sus muelas   empapadas de caldo frío descubrió con dolor una piedra insignificante. Con una sonrisa miró al vacío y dijo:

            —¿Qué quieres?

            A Saúl se le iluminó el rostro al escuchar las palabras de Martín. Se arrastró en el piso hasta la pared que separaba las celdas y pegó su cara en los barrotes. Abrió la boca pero se dio cuenta que no tenía nada que decir y trató de disculparse diciendo después de aquél silencio:

            —Martín, Martín, de veras, mira, oye amigo, lo siento, de verdad...

            Martín oyó esas balbuceantes palabras mirando su plato de frijoles y con cierto hartazgo, sólo atinó a decir:

            —A ver, ¿qué cosa?

            —Bueno, ya sabes, este... sólo quería decirte... ¡sólo quería decirte lo que ya sabes! No sé qué  decir a parte de todo lo que ya hemos hablado.

            Sacó la mano por entre los barrotes y dijo en ese mismo balbuceante tono:

            —Dame la mano, amigo.

            Martín vio la mano, se bajó de la cama y se acercó a gatas a la pared que los dividía donde podía tomar la mano temblorosa que se le ofrecía, estuvo a punto de soltar el plato de frijoles pero dijo:

            —Mira, ¡qué bueno que me das la mano! ¡En este momento necesito una mano, alguien a quien darle algo como recuerdo de mi vida, algo que haga que nadie en este pinche mundo me olvide! Déjame darte este regalo...

            Del otro lado de la celda, Saúl puso cara de extrañamiento, se le arrugó la piel en medio de las cejas, dobló las piernas cruzándolas una sobre la otra y tomó el regalo que le daba Martín, regresó su mano y adentro de su celda abrió el puño, donde descubrió la piedra que Martín había encontrado en el plato de frijoles. Escuchó que éste soltaba una risita y dijo:

            —Pinche Martín...

            —Bueno, —dijo Martín—, es la hora de la verdad ¿no?

            Del otro lado de la pared no se escuchó voz alguna y Martín se sumió en la tristeza, porque de verdad era triste el silencio antes de la muerte, era como un estúpido presagio que ya no advierte nada mas que la desilusión humana. Se puso el plato de frijoles entre las piernas y dijo:

            —Saúl, hermano del alma, mi único amigo desde mi llegada a este asqueroso lugar, antes de que vengan por mí y me veas partir tenemos que rematar... (se arrepintió de esta palabra y dijo riendo): bueno, olvídalo, tenemos que jugar la última partida, la partida definitiva... y si quieres mientras tanto platicamos de lo que quieras.

            Saúl sabía perfectamente a lo que se refería Martín y se emocionó mientras corría por su descuidado lápiz con el que algunas veces se entretenía por las noches haciendo dibujos.  Puso la punta sobre el  suelo y dijo con orgullo:

            —Martín, no tengo que decirte que tú escojas.

            Del otro lado de la celda, Martín dijo con la boca llena de frijoles:

            —Pues por esta vez creo que me tocan las negras ¿no? Y se echó a reír.

            Saúl garabateó con su lápiz en el piso un bosquejo de tablero y dijo entusiasmado:

            —Me parece buena idea: Peón cuatro Dama.

            —Bueno... pues Caballo tres Alfil Rey— contestó Martín, dejando el plato a un lado y se golpeó con la cuchara en la cabeza mirando aquella imagen de su tierna madre y su ex esposa.

            Saúl dibujó en su tablero el próximo movimiento suyo y dijo:

            —Alfil Dama cuatro Rey.

            —Tu acostumbrada salida ¿eh? —dijo Martín, golpeándose de nuevo la cabeza al recordar el viento fresco y tonificante de la carretera soñada—, Peón cuatro Dama.

            —Peón tres Alfil Dama —contestó Saúl.

            —Peón tres Rey.

            —Caballo tres Torre Dama.

            —Pues  ante tan suculenta oferta me lo como: Alfil por Caballo.

            Saúl trataba de dibujar lo más rápido posible para que Martín no se diera cuenta que hacía trampa y dijo al fin:

            —Peón por Alfil.

            —Esto se pone interesante, —dijo Martín—, Enroque corto.

            —Peón tres Rey —contestó Saúl inmediatamente.

            —Dama dos Rey— dijo Martín chupando la cuchara de nuevo.

            —¿Qué traes contra mi pobre Peón? —dijo Saúl con un chillido para que Martín no escuchara las rayaduras de su lápiz en el piso— Dama tres Dama.

            —Así es el Ajedrez —dijo Martín cerrando los ojos—, Caballo cuatro Torre Rey.

            —Caballo tres Alfil Rey.

            —Pues Caballo por Alfil.

            —Peón por Caballo —dijo Saúl perdiéndose cada vez más, hasta que preguntó donde había dejado  su Dama.

            —Tu Dama no sé donde esté, pero te aseguro que muy lejos de aquí... y la que estás buscando está todavía más lejos: en el fondo de tu pinche imaginación —dijo Martín antes de recordarle que estaba en la tercera casilla de su propia columna y agregando:

            —Dama por Peón.

            —Caballo cinco Caballo Rey —dijo Saúl, imaginando que era una gran jugada.

            —Peón tres Caballo Rey —Escuchó Saúl desde el otro lado de la pared, observando en su piso como su gran ataque se iba desmoronando.

            —Alfil dos Rey —dijo.

            —Peón tres Caballo Dama —volvió a escuchar.

            —Alfil cinco Torre Rey —dijo con desesperación y escuchó de nuevo la cuchara raspando el plato y la voz de Martín que decía:

            —Dama siete Caballo Dama.

            —Enroque corto —dijo Saúl conteniendo las ganas de gritar al garabatear su jugada camuflando el ruido del lápiz con un chiflido.

            De inmediato escuchó la voz exaltada de Martín que decía: —¡No huyas maldito cobarde! ¡Alfil tres Torre Dama! Y la consecuente risita que con el silencio de Saúl, Martín disfrutó aún más.

            Humillado, Saúl dijo: —Torre Rey uno Caballo Dama.

            Del otro lado de la celda, Martín tomó de nuevo el plato de frijoles para inspirarse en la próxima jugada, ya que, por lo menos, él pensaba que era la jugada que valía la partida. Dejó pasar un rato y entre sus quijadas volvió a descubrir otra piedra en los frijoles y maldijo en silencio a los cocineros de la prisión, aventando la piedra a la pared donde veía aparecer y desaparecer a las únicas mujeres de su vida, que nosotros sabemos ya bien quienes son. Las protestas de Saúl no se hicieron esperar, pero Martín respondió que era una jugada importante y que lo dejara meditar.

            —A propósito —dijo— ¿Cómo van tus dibujos? Hace tiempo que no me cuentas nada sobre ellos.

            Del otro lado, la voz de Saúl reclamó que volvieran al juego.

            —Tú lo has dicho —dijo Martín observando ahora hacia la luz eléctrica del techo— Alfil por Dama.

            —Torre por Dama—, escuchó que decía la voz de Saúl.

            —Peón por Alfil —dijo Martín.

            —Torre uno Dama.

            —Alfil cuatro Alfil Rey.

            —Peón tres Alfil Rey.

            —Rey dos Caballo.

            —Caballo tres Torre Rey.

            —Rey tres Alfil.

            —Caballo cinco Caballo Rey —dijo la voz de Saúl cada vez más angustiada.

            —Pues Peón tres Torre Rey, gracias a tu insistencia —dijo Martín.

            —Pues ya qué —dijo Saúl—, Caballo tres Torre Rey.

            —Ya ves como soy —dijo Martín—, me lo como: Alfil por Caballo. Supongo que irás a Peón por Alfil ¿no es así?

            —Pues sí —dijo Saúl con desánimo.

            —Entonces para agilizar las cosas ahí te va: Rey cuatro Alfil.

            Saúl se equivocó y quiso hacer una jugada con la Dama que ya no tenía. Martín le contestó que le hacía una sugerencia: Rey uno Torre para evitar el jaque. Saúl estaba tan perdido a esas alturas que no le quedó más remedio que aceptar, ya que el peón era insalvable.

            —Pues Rey por Peón —dijo Martín metiéndose un frijol seco a la boca imaginando que no era un simple frijol sino otra cosa, un manjar más apetitoso como una fruta, una uva tal vez... ¡pero él cómo lo podía imaginar! Estaba condenado a muerte y esas cosas no se piensan en la víspera, tenía la oportunidad de imaginar una rica y suculenta uva jugosa y morada, imaginar que la apachurraba y veía salir el jugo; tenía esas y muchas otras opciones, pero mientras le caía por la garganta el frijol previamente masticado, siguió pensando que era un frijol seco y nada más.

            Del otro lado de la celda, Saúl hacía enormes esfuerzos por no perder el hilo de la partida, aunque sabía que a estas alturas iba perdiendo posición. Le quedaba un dejo de malicia lo suficientemente fuerte para vencer a su amigo aún en el día que iba a ser ejecutado. En el fondo no quería, por supuesto, la muerte de su amigo, pero sabía que el hecho daría mucho de qué hablar en el patio con los demás presos y eso, en  verdad, era demasiado importante en aquellas circunstancias.

            —Torre tres Dama —dijo—, pensando en proteger al Peón que iba detrás del otro recién perdido.

            —Torre uno Caballo Rey —contestó Martín.

            —Torre cuatro Caballo Dama.

            —Caballo dos Dama.

            —Peón cuatro Alfil Dama.

            —Me extraña que siendo araña te subas por el elevador —dijo Martín—, Peón cuatro Torre Dama.

            Tratando de abrirse paso, Saúl contestó: —Torre cinco Caballo Dama.

            —Sabes —dijo Martín— por eso me gusta la frase: ¡No pasarán! Ahí te va otro regalito para que te rompas la cabeza: Peón tres Alfil Dama.

            Con las manos en la frente primero, y luego tapándose la boca, Saúl exclamó:

            —No me queda de otra mas que Torre dos Caballo Dama.

            —Ya vas comprendiendo —dijo Martín contando los frijoles que le quedaban en el plato: eran veinte aproximadamente y dijo en el mismo tono: —Peón por Peón.

            —Torre tres Alfil Dama —exclamó  Saúl sintiendo de nuevo la angustia.

            —Peón cuatro Caballo Dama y... ¡ahí te voy! —Gritó  Martín.

            —Torre dos Caballo Rey —dijo Saúl cerrando un ojo. Ya sabía cual era la respuesta antes de hacer la jugada y ahora su angustia fue un poco convirtiéndose en furia cuando escuchó:

            —Pues me la como: Torre por Torre y tu vas a Rey por Torre por fuerza, así que ahí voy de nuevo:

            —Peón cuatro Rey.

            No le quedaba mas que el humillante Peón por Peón y eso hizo.

            Martín continuó bajando el número de frijoles del plato y Saúl escuchaba el maldito ruido de la cuchara cada vez con más odio y empezó a cuestionarse si en verdad le importaba o no la muerte de su amigo, que más pronto que nada dijo:

            —Pues me lo como: Caballo por Peón.

            —Rey dos Alfil.

            —Torre uno Rey.

            —¿Ya que hago maldita sea! —chilló  Saúl—, Peón tres Torre Rey.

            —Tienes muchas cosas que hacer, sólo piensa —dijo Martín pegándose de nuevo con la cuchara en la cabeza y riendo—, no creas que todo está perdido, déjame ayudarte: Caballo seis Dama y jaque.

            —Rey dos Caballo —dijo Saúl sintiendo la derrota.

            —Torre siete Rey y jaque, —balbuceó Martín y probó una cucharada más de frijoles aunque, por supuesto, no le supieron precisamente a gloria.

            Del otro lado, Saúl no quería admitir la derrota y no pensaba rendirse. Mientras pensaba con su lápiz cuál sería la mejor jugada para escaparse de aquella emboscada, comenzaron a sonar varias pisadas en el corredor de la cárcel y al escucharlas, Martín apresuró las cucharadas de frijoles fríos y se quedó con ganas de comer más, sin imaginar, o mejor dicho, sin poder imaginar que sería esa la última comida que habría de tocarle. Con algo de histeria que pensó que jamás afloraría desde que supo la noticia, le gritó a Saúl:

            —Apúrate mi hermano, que ya me voy,  me voy...

            A esas alturas, Saúl ya estaba pensando lo bien que se lo pasarían mañana a la hora de salir al patio él y los demás presos al comentar la muerte de Martín y por eso dejó que se acercaran más aquellas pisadas pero volvió a pensar en su amigo y le dió rabia, rabia por su muerte y rabia por la derrota en éste que era el único deporte que esporádicamente compartían. Abatido, dijo casi al azar:

            —Rey uno Alfil.

            —¡Rey por Peón! —Gritó histéricamente Martín sintiendo que se le abrían las cortinas de la muerte y que, aunque estaba perdiendo la calma evidentemente, no quería dejar escapar la visión del tablero y de las dos mujeres de su vida, que ahora las veía juntas manejando su viejo Ford y despidiéndose de él por la recta de la carretera. Aunque era el momento ideal para pensar en qué había hecho durante toda su vida,  recordar un momento alegre y feliz como las discusiones sobre por qué las montañas eran azules a lo lejos junto con su ex esposa, le dio rabia sentir que ellas se fueran en su viejo Ford y lo dejaran varado. Pensando en todo esto volvió a decir:

            —Saúl, Saúl, te lo ruego, tira por favor... por favor...

            Cuando Saúl dijo su tirada, que era una jugada imposible, (Peón cuatro Torre Rey porque ya estaba otro Peón en esa posición), los tres oficiales y un cura estaban ya frente a la celda de Martín y Saúl comenzó a llorar. Lloraba porque se sentía confundido, porque había perdido, en efecto, y porque iba a despedirse de su amigo de esa forma tan amarga, y también lloró porque el día de mañana, cuando la celda de al lado estuviera vacía después de llegar al patio, lo único que le quedaría en realidad sería un mal sabor de boca, un mal sabor en la boca, justamente, como cuando se muerde una piedra en medio de un plato de frijoles y esa piedra, era todo lo que únicamente su amigo había querido regalarle.

            Los oficiales sacaron a Martín de la celda y lo esposaron, el cura le susurró un par de palabras al oído y antes de que se lo llevaran a la silla eléctrica, Martín pidió que dejaran ver el rostro de su amigo. Se paró encorvado frente a los barrotes de la celda de Saúl, lo vio llorando y le dijo:

            —Bueno, aquí termina esta triste historia: Torre ocho Rey y jaque mate —dijo  ensombrecido, casi abatido.

            Saúl lo miró unos segundos y después bajó la cabeza casi metiéndola entre sus piernas cruzadas. Rompió el lápiz a la mitad y después tomó la piedrita que Martín acababa de regalarle y se la mostró:

            —Por fin...—dijo—, por fin has hecho una metáfora en tu vida, esta piedrita lo atestigua...

            Martín sonrió amargamente diciendo con las manos esposadas tras la espalda y encogiéndose de hombros:

            —Pues sí, tal vez tengas razón, por cierto, ¿no sabes por qué a la distancia las montañas se ven azules?

            —Es sólo una ilusión óptica, estúpido —dijo Saúl bebiéndose sus lágrimas.

            —Creí que era otra cosa —dijo Martín mirando hacia el pasillo por donde ya salían algunas manos que empezaban a aplaudir en señal de solidaridad.

            —Tal vez querías hacer una metáfora —dijo Saúl.

            —Quizá tienes razón, a ti es a la única persona que he matado y que sigue  con vida con esto del ajedrez mental ¿eh? Mi madre y mi ex esposa no corrieron con la misma suerte —dijo Martín mientras se lo llevaban y las palmadas de las otras celdas comenzaban a sonar cada vez más fuerte.

    

Breve relato de una noche sin rumbo

 

En febrero de 1995 me encontraba trabajando en mi primera novela. Era una porquería de trescientas cuartillas que me tenía como loco y bajo la nociva influencia de la excelente prosa de Jack Kerouac. Todas las tardes regresaba a casa de mi abuela después de trabajar y llenaba cuadernos enteros que garabateaba con frases que según yo, algún día iban a funcionar. Una noche de quincena lluviosa pasé al lado de una tienda de ropa y de inmediato reparé en un sombrero que estaba colgado en el fondo. Hablé con el muchacho que atendía y lo convencí de que me lo vendiera. El güey no quería y lo comprendí perfectamente: era un sombrero “oficial” de Indiana Jones. Hasta tenía grabado en el fondo un sello con la cara de Harrrison Ford con el sombrero y el también inseparable látigo ondeando en el aire. Salí de la tienda feliz y me fui a garabatear.

            Mi deseo en aquél entonces era ahorrar para volver a Europa, o si no volvía a Europa, viajar por todo México; algo saldría de todo eso y por lo menos el trabajo me hacía viajar de arriba para abajo de la ciudad de México, pero había un problema: estaba solo, desesperadamente solo y con la melancolía a cuestas de los buenos tiempos cuando vivía en Aguascalientes,  tenía mi propio departamento, y vagabundeaba con mi broder Joaquín por los bares todas las noches en busca de acción. Era tan tonto y lo ignoraba casi todo del arte de escribir, quería hablar de mis amigos y de nuestras vidas como si únicamente la fotografía de aquellos tiempos tuviera algún valor por sí mismo en terrenos literarios. Aún ignoro mucho del arte de escribir, pero he aprendido, por lo menos, que las buenas intenciones no bastan. Mis únicos oasis eran Rock 101, que en ese entonces estaba al borde de la desaparición, el Semanal de la Jornada, el Búho del Excélsior y el sombrero, que me congratulaba de sólo mirarlo: pensaba en todos esos jóvenes, hombres y mujeres maravillosos que me faltaban por conocer y con los cuales intercambiaría ideas y experiencias.

            Así estaban las cosas un sábado en la mañana en que no tenía nada que hacer; salvo masturbarme a la hora del baño, cuando suena el teléfono y escucho su voz carraspienta y misteriosa: era Joaquín que regresaba de una larga temporada de trabajar en las costas de Oaxaca y decía que tenía mil cosas que contar. Perfecto, le dije, me robo una botella de mi abuelo y voy a visitarte, ¿dónde te estás quedando? En casa de mi hermano, respondió, nos vemos en la noche.

            Su hermano... un antiguo colega me había dicho que el hermano de Joaquín era homosexual y que por eso ya no quería quedarse en su casa cuando venía de Aguascalientes a México. No importa, pensaba yo, tal vez me dé náuseas pero tengo que ver a Joaquín. Los viejos recuerdos estaban ahí y nuestro fanatismo por la amistad nos protegía del enemigo. “Yo pertenezco al clan de los que no se les cae la camiseta, de los que se burlan del sistema y protestan contra las injusticias aunque tengan la mierda del infierno hasta el cuello y que platican con alegría en sus reuniones”. Me había escrito en una carta Joaquín.

            Llegué pues a la casa de su hermano, subí las escaleras del edificio y toqué la puerta. Adentro del departamento se escuchaba música y se oían frases incomprensibles. Escuché la voz de Joaquín que decía: “¿quieeeen?” “Yo güey, abre” “¿Qué quiere?” Me dijo el muy mamón. “Traigo mezcal del que te gusta, abre la puta puerta”, le dije. “Deje el mezcal en el suelo y retírese”, reviró con voz solemne. Me empecé a sentir incómodo hasta que por fin abrió, vi su rostro asoleado y sus facciones asiáticas, sus ojos rasgados y su boca torcida,  me sentí contento, pero él no me hizo caso, no me abrazó ni nada que demostrara afecto y se fue corriendo a la cocina. Yo lo seguí y ahí entendí muy bien por qué no me había hecho caso. “Condongo —dijo Joaquín abrazándola por la espalda—, ella es Emberg”. Ella me saludó de beso en la mejilla y a mí casi se me sale la camisa y los pantalones disparados por la ventana; era una pelirroja inglesa con rastas y ojos azules y de un cuerpo que parecía sacado de las páginas centrales de Playboy, la había conocido en Mazunte y habían vivido juntos en Zipolite. “Ahora a ella le tocó cocinar —dijo Joaquín— tú préstame ese sombrerito y saca tres vasos para que el mezcal haga lo suyo”. Empezamos a beber y Joaquín barajó un poco esas anécdotas de Oaxaca, de repente hablaba en inglés con Emberg, ella no hablaba español. “A veces sí le entiendo todo, a veces nada más le doy el avión”, decía Joaquín. Después de que cenamos lo que hizo Emberg, llegó Francisco, su hermano, con una bola de gente y un tipo que traía una bicicleta. Momentos antes Joaquín me había confesado que Francisco tenía sida, así que cuando lo saludé de mano sentí escalofrío. Francisco ya murió ahora, pero en ese entonces se veía todavía muy bien y con carácter fuerte. “Así que tú quieres ser escritor” me dijo. Obviamente dudé, pero le respondí que sí. Sus amigos lo jalaban. Como que se notaba que su grupo y el nuestro no iban a congeniar. Joaquín y Francisco discutieron mientras Emberg, calladita y sin decir nada, revisaba una playera suya en el sillón, estaba tan callada que parecía que murmuraba. Yo la miraba con fascinación y estupor: era bellísima, claro, pero además parecía que tenía personalidad; eso y agregándole que era inglesa era ya decir demasiado: Joaquín se había sacado la lotería.

            Después de mucho rabiar, Francisco aceptó (quien sabe como cuántas veces antes) que nos quedáramos los tres a dormir en el cuarto de servicio de la azotea. No había comunicación, yo no sabía inglés lo suficiente para entablar una plática, pero después de que a Joaquín se le pasó la furia de su discusión con su hermano, me contó algo de la vida de Emberg. Me dijo que allá en Inglaterra, algunos chavos acostumbraban vagar para encontrar dónde vivir y si encontraban una casa vieja y/o abandonada, pras, una patada a la puerta y todos a dormir dentro. En España también lo hacen, allá les dicen los “ocupas”. Así era Emberg. También había participado como extra en una película árabe. Recordé entonces dos años atrás, cuando había ido a Europa. En Barcelona conocí a una tal Silvia en un bar, habíamos hablado mucho de rock y en ese entonces La Maldita había ido allá a dar un concierto y ella estaba fascinada, decía: “De México, La Maldita Vecindad, muy buenos”. Con ese grácil acento catalán. Después, ya borrachos, habíamos caminado por las Ramblas y yo intentaba besarla, cosa que le dije a mi novia de entonces en Aguascalientes, y lo dije como si hubiera sido todo un triunfo: “Sí, nos dimos unos besotes ya bien pedos”. Pero era mentira, nunca besé a Silvia, sólo besé la hoja donde me dejó su teléfono y que por supuesto, ya perdí.

            A las dos de la mañana seguíamos discutiendo. Joaquín me hablaba de lo fácil que es viajar y yo de lo difícil que es escribir bien. Joaquín no me entendía, el mezcal estaba por acabarse y la música de Led Zeppelin (que en ese entonces los dos soportábamos de buena gana) atronaba en el cuartito. De pronto vi a Emberg y Joaquín enfrascados en una discusión: Emberg no soportaba los toros; Joaquín defendía la valentía del torero ante el animal. Duró un buen rato, no sé cuánto, vi un pantalón y unos libros de Ibargüengoitia y los usé como almohada, soñé que se la metía a Emberg por telepatía. Desperté a las seis de la mañana gracias a Joaquín, que estaba triste. “¿Qué pasa, qué pasa hermano?” le dije. “Me apendejé Marcos —me dijo—, vomité sobre Emberg, la ves dormida, pero está encabronadísima”.  Estuve a punto de echarme a reír histéricamente, me contuve, traté de recordar mi sueño y Joaquín me regaló los libros que había utilizado como almohada. “Para que no sólo te pasen por ósmosis, maldito cabrón”, después salí a la calle, las seis de la mañana en México, no sabía por qué (el joven que se busca a sí mismo en los otros) y comencé a leer los libros. La borrachera no me dejaba pensar bien, pero bueno, la vida es azarosa y a veces es generosa, después encontraría tiempo... ¡y el sombrero! Maldito Joaquín, me había despedido con el sombrero puesto, sólo hasta después lo recordé, pero vaya, un sombrero, un amigo, siempre pasan cosas, luego sabría qué hacer.

                         

De los triángulos amorosos

 

Mientras hojeo mis libros te escucho. Si bebo un sorbo de café también a veces te escucho. Te veo salir de la oficina con tu aire decidido enfrentándote al mar de gente y sus contrastes; al vagabundo en el que ni siquiera reparas y el vendedor de los periódicos que finge leer mientras sigue el ritmo de tus piernas de antílope, perdiéndose unos metros más allá, en medio de esta absurda colectividad anónima en que estamos condenadas a vivir y si leo mis libros cuando espero algún encuentro fortuito contigo es por mi... ¿cómo decirlo?, mi empeño de substraerte de esa masa anónima y ser la leona que le pondrá final a tu carrera.

Sé exactamente a dónde te diriges. Cristina me lo ha contado varias veces, sobre todo cuando hemos terminado de disfrutar la flor de la edad y ella siempre con su maldito vicio prende un cigarro en mis narices y comienza a hablar de lo maravillosa que eres. Por lo general experimento tantos celos que la mayoría de las veces no presto atención y comienzo a fingir holgados tosidos y carraspeos de garganta, gracias a esa enfermiza manía cancerígena suya. Me habla de los progresos de tu curso de francés y siempre se pone a soñar en voz alta imaginando el día que regresarán a Europa, me habla de la cordial relación que tienes con tus padres y me cuenta de cómo logras evitar que ellos se enteren de que no eres mas que una lesbiana común y corriente llena de actividades; porque si tu no lo recuerdas, yo no olvido la historia de Cristina, según en la cual un día casi te cachan tus papás cuando te encontraron con una blusa de mujer que compraste para ella y ellos repararon en que el color de la prenda no era tu favorito y tú, con tu nerviosismo de niña mentiste argumentando que era un regalo de cumpleaños para una compañera de la oficina. Cuando Cristina y yo tenemos oportunidad de vernos jamás  olvida llevarse esa blusa roja como una forma de demostrarme que la única en su vida eres tú. Cristina es un poco tonta, ni siquiera estoy segura de que sea una verdadera lesbiana,  le falta inteligencia y le sobra mucha rebaba de muchachita coqueta. Aunque a mí me jura que no se revuelca con ningún hombre, supongo que lo hace con frecuencia, ¿pero tú, demonios, como podrías saberlo, tontita, si todo el día estás metida en la oficina o en el famoso (y para mi ya detestable) curso de francés, o en el gimnasio o en todas esas tareas en que te ocupas para olvidarte de ti misma?

A pesar de todo, entre tú y yo hay demasiadas semejanzas. Por ejemplo, a las dos nos encanta contar historias, tu le has contado tantas a Cristina sobre Europa que la pobre ha terminado por creérselas todas y yo hago lo mismo con ella jurándole que nunca dejaré de estar a su lado cuando me salta encima y me llena de sus torpes besos. La única forma de detenerla es decirle: "hueles a cigarro", entonces se repliega en sí misma y comienza a contar sus estúpidas teorías lésbicas para demostrarse a sí misma que lo es y habla de una tal diosa lesbiana. ¿Nunca te lo ha contado? Yo estoy segura de que sí, la historia es indignante por estúpida y viceversa, pero hace reír de cualquier manera. Pero no olvidemos el mérito de Cristina: fue gracias a ella que te conocí cuando las dos paseábamos por Coyoacán y a lo lejos te señaló y me dijo: "luego nos vemos", porque corrió presurosa para estar a tu lado. Cuando las vi saludándose con ese ridículo besito en la mejilla sentí deseos de vomitar, pero lo importante fue que te vi, por primera vez, vi el tesoro de Cristina y desde entonces no puedo parar de pensar en ti, porque te vi tan resuelta, tan libre como tus largos cabellos negros ondulando al viento y entonces me dije que tenía que conocerte. Por eso salgo de la cafetería olvidando todo lo que sé de ti para seguirte hasta el cursito de francés para inscribirme en el yo también y dejar de hablar de ti en la oscuridad y ahora hablar  contigo en la misteriosa claridad.

 

De los discursos: EMPINO ERGO SUM*

 

                                                                                     A Eduardo Casar

 

 

*Ponencia apócrifa dictada en el foro Rodolfo Usigli de la Escuela de Escritores de la SOGEM en octubre de 1998

 

Dentro de este coloquio dedicado a las sensaciones, las opciones ante la tarea de elaborar mi ponencia eran múltiples: pasamos toda la vida experimentando sensaciones y frecuentemente en las más cruciales no reparamos a reflexionar en qué estriba precisamente aquello que experimentamos. Cuando me bañaba hoy en la mañana traté de experimentar alguna sensación placentera y cuando me puse los zapatos otra igualmente  inexplicable gracias a la rapidez de su ejecución: abrocharse los zapatos se parece mucho a la sensación de envolver un regalo a una persona a la cual deseamos mostrarle nuestro afecto. Por ejemplo, nunca he conocido a ninguna mujer que no le fascinen los regalos. Lo cual, por cierto, no quiere decir que mi pata desnuda sea un buen regalo, ¿pero que me dicen acerca de la sensación de caminar descalzo? Sensación curiosa e inolvidable, pero de la cual no ha de tocarme hablar hoy. ¿O qué me dicen de la sensación de hablar por teléfono con una mujer que hubiera preferido que no marcáramos su número y nos habla a regañadientes? Antes de comenzar a escribir estas líneas tuve la mala suerte de experimentar esa sensación, pero como ahí no hay nada agradable sobre lo cual extenderse, prefiero que otros traten de describir aquella sensación inaguantable.

            Como voy a hablar de una de mis sensaciones favoritas, empezaré por explicar su título: "Empino ergo sum" no viene a ser más que una variante del dictámen cartesiano que en español mexicano todo mundo sabe que significa: "pienso, luego soy", que si me permiten y no me cae un rayo para achicharrarme, diría que no es más que un ingenuo e ingenioso truquito para demostrarnos que en realidad somos alguien, que el "ser" al que se refieren los filósofos, indudablemente está presente incluso en quien se atreve a tergiversar un poco aquellas palabras históricas.

            Muy bien, Descartes pese a todo me convenció y no me parece aventurado jactarme de que, por lo menos, soy alguien. Por fortuna, la vía subersiva de la filosofía moderna  (Schopenhauer, Nietzche y los que los siguieron), trató  de desentrañar en que estribaba ese ser del cual ya no cabía duda, pero había que ayudarlo para que no se focilizara como entidad autoreferente, es decir, no se transformara en cosa, en objeto; aunque había que verlo, paradójicamente, con mucha objetividad. Saltándome la mayoría de los argumentos contundentes haría un cruel esfuerzo sintetizador para decir que me parece válido el argumento de Nietzche reforzado luego lúcidamente por Fernando Savater: el movimiento escencial del ser estriba en su querer, el querer lo primero que quiere es ser y como bien lo dijo el filósofo alemán querer ser no significa otra cosa que querer ser más, y es ahí donde entra mi propuesta "empino ergo sum". Para demostrar que empinar, empinar la botella, es una forma cruel aunque no por eso menos placentera de querer ser más.

            La sensación que aquí voy a tratar de comentar del modo más sobrio posible es la de estar borracho, estar borracho hasta las manitas, aunque claro, primero habría que olvidarnos del  superficial denominador social que empaña esta noble palabra. Para el común de la gente ser borracho no significa otra cosa que ser irresponsable, que socialmente y con razón, es la primera característica que buscamos en nuestros semejantes para establecer un eficaz compromiso de comercio entre todos, todos aquellos que por principio, no son borrachos.

            A defender esta noble actitud es a la que pienso referirme y vayamos de una vez quitando paja: estar borracho no significa ponerse pedo, perderse en el alcohol y quedar desnudo ante los demás como bulto o peor aún, con el alma desatada que lo desatiende todo incluyendo la cortesía. Desde mi punto de vista, afortunadamente existe una diferencia crucial entre los dos movimientos, ya que el borracho es el que puede todavía irse caminando mientras que al que se puso pedo solamente hay que engancharle una cadena y jalarlo puesto que ha perdido la conciencia y además la voluntad de decir: "Todavía puedo yo solo". Esta frase es la que los distingue, precisamente, puesto que el borracho, si en realidad lo es, se esfuerza por no perder el estilo y la congratulación amistosa con quienes lo rodean. Estar borracho es percibir como la realidad se va descuadrando, se va abismando irremediablemente en la sensualidad de su contexto y de su marco de referencia. El borracho no se embriaga de otra cosa mas que de sí mismo: la plenitud de su querer, que es solamente querer ser más, se ve exitosamente cumplida en su propósito: me emborracho y luego soy, porque al emborracharme consigo ser más, incluso más de lo que suponía.

            Los verdaderos borrachos saben que las palabras no son suficientes para enfrentar violentamente a la realidad y resuelven el conflicto caduco de la separación; de la dualidad inverosímil entre cuerpo y alma entregándose por completo a lo que más les gusta, la sensación de bailar casi sobre el abismo pero con un hilito conductor que los mantiene unidos a la realidad. Estar borracho significa elucubrar diferentes visiones, sobre todo a aquellos que nos gusta seguir con la misma sensación durante semanas enteras y visualizar la vida tan trivial como podría ser observar un conjunto de botes de basura  arrastrados por una aplanadora. Pero ojo: el borracho no se identifica con lo destruído ni con lo destructor sino con el sabor que ambos movimientos implica y frente a los sobrios decimos cuando, después de la cruda, nos duele la cabeza: "El que adentro de la cabeza no tiene una idea que se la rompa, no merece tenerla; por supuesto, nos referimos a la cabeza".

            Que quieren que les diga, es la sensación en la que al mismo tiempo, se intersectan lo más crudo de mi estupidez y lo más coherente de mi lucidez. Las mejores y peores palabras que he dicho han sido siempre acompañadas de la embriaguez. Tal vez se me pueda objetar que todo esto no es más que irracionalismo, que la razón y su contraparte, el irracionalismo, no podrán nunca confundirse: yo los invito a que se emborrachen previamente documentados con el sabio argumento de Séneca, que sin que le temblara el pulso recomendaba: "No dudemos, de vez en cuando, en emborracharnos, no para ahogarnos en el vino      sino para encontrar en él un poco de reposo: la embriaguez barre nuestras preocupaciones, nos agita profundamente y cura nuestra morosidad como cura ciertas enfermedades. No llamaron al inventor del vino Liberador porque suelte la lengua, sino porque libera nuestra alma de las preocupaciones que la avasallan, la sostiene, la vivifica y le devuelve el valor para todas sus empresas" (De tranquillitate animi).

            Hasta este punto me gustaría hacer una distinción entre la embriaguez y la alucinación que provoca cualquier otro tipo de droga. Me parece que las demás drogas no logran los efectos de una buena borrachera puesto que la droga juega con los mecanismos de introspección y todo aquello que nos vuelve pasivos y contempladores. El alcohol en cambio, cuando se prueba con la prudencia del buen borracho, no nos provoca sino el elemento liberador del que habló Séneca en la cita anterior: el borracho sabe que la realidad nunca cambia, sino que cambia él mismo, la embriaguez nunca es una vuelta al paraíso perdido, sino un espasmo de tranquilidad frente al caos de la realidad y me atrevería a decir que en la mayoría de los casos no sólo como espasmo sino como incitación a la actividad. Si no son muy productivos, los borrachos por lo menos son activos.

            Cuando estoy borracho me vislumbro a mí mismo y me experimento como intensidad, se descubre ante mí la calidad irrepetible de mi ser, vuelvo a pensar de arriba abajo la complejidad y la pasión que tiene la vida, me siento tan contento que puedo escribir un poema en mi mente y después olvidarlo para siempre, puesto que lo que aparece no es más que lo más mío de mí, aquello sin lo cual no valdría ni siquiera dar el próximo paso.

            Si me mojé tanto a mí mismo en estas líneas lamento desilusionarlos: cualquier burla que me hagan solo incrementará mi egolatría y de esa borrachera sí que prefiero permanecer lejano.

            El gran escritor de ciencia ficción Robert Heinlein decía que un poeta que lee en público sus versos es porque de seguro tiene otros vicios aún más feos, lo que me hace recordar que en la última borrachera que tuve incurrí en ese vicio y recordé a una mujer  que en su ponencia del día de ayer  apuntó que le gustaba provocar o mover a otros a la creación poética, pues bien, sin hacerle caso a aquél viejo gruñón y tan embriagado como quisiera estar hoy, voy a citarle aquel poema:

 "Cadáver lleno de mundo he sido,

cadáver lleno de mundo moriré,

y esta noche frente a tu mirada

sobre el filo de una navaja me inclinaré".

             Como la mayoría de las buenas sensaciones, la embriaguez requiere y se ve reforzada gracias a nuestro contacto social y es en ella donde solamente la podríamos disfrutar como vale la pena llevarla a cabo.

            Como todo buen literato invita a algo, en mi caso, a falta de poderlos invitar a algo mejor, los invito a la embriaguez y a ver si se atreven a desmentirme luego, recordando, por supuesto, las sabias palabras de Séneca. Documéntense sobre el tema: hay que ser buenos catadores.

            Como última aparición ególatra invito a un amigo novelista, Iván Ríos Gascón, que en su novela Tu imágen en el viento  hizo decir a un personaje que todo mundo llevaba su Freud bajo el brazo. Yo más bien creo que todo mundo debería llevar su Baudelaire bajo el brazo, créanme, él hubiera suscrito la mayoría de las argumentaciones aquí dichas. Sólo que el sí continuó con esta búsqueda, en cambio a mí, sólo me queda la cruda moral de declararme abstemio.

  

LOS HIJOS DEL AVERNO

 

                                                                                                A Jacqueline, la franchute que nos recitó un poema de Louis Aragon,
 a Sandra Mondragón, a Efrén, a Karina,
a Zughey, a Eréndira la del Poli,
al Enrique que tenía cara de Horacio,
a Luis, a Alessandro el fratello, a Mari Ferrer
y a todos los Caravaneros por esa inolvidable
Navidad caída en 28 de diciembre
en una comunidad  de apoyo al EZLN.

 

Sin tener que treparme muy lejos por las ventanas de los recuerdos, sin  hacer siquiera un esfuerzo sobrehumano con el músculo de la memoria, sin echar a volar muy atrás las neuronas —tan atrás que sea imposible observarlas—, recuerdo con exactitud la primera de mis experiencias que tuve con el Diablo. Fue en el patio adoquinado que se extendía afuera de unos condominios color amarillo jocote donde se llevaba a cabo la mayor parte de mi niñez y las quejas al resto del mundo que proferían mis padres cuando regresaban de trabajar. Aquella tarde, vueltos de la escuela,  mi pandilla y yo habíamos ocupado el tiempo jugando a la pelota —basquetbol, béisbol y fútbol americano—, y casi exhaustos, fuimos a refugiarnos  del cansancio saboreando  el triunfo con refrescos helados que se vendían en forma de triángulo en la tienda que daba hacia atrás, hacia nuestra zona y nuestros territorios dentro de aquellos condominios, que,  simplemente por los hechos que voy a relatar, merecen la categoría de inolvidables. Podría decir que algo flotaba en el aire esa tarde de noviembre, algo mágico y misterioso, pero lo que en realidad flotaba éramos nosotros mismos: lo que flotaba era nuestra inocencia de no conocer al Diablo.

            Paco Rascón era entonces mi mejor amigo, pero el hecho de que nos refugiáramos en su casa a beber los refrescos del triunfo se debía más bien a su calidad de solitario diurno, ya que su hermana trabajaba hasta muy tarde y no podía sorprender a la pandilla refocilándose a gusto en la sala de su casa, gustosos como éramos también, de subir los pies a los muebles y no bajarlos por más que Rascón dijera: ¡bajen las patas pinches animales!

            Como miembro célebre (si no es que líder) de la pandilla me paré del sillón olvidando las quejas de mi amigo, caminé hablando en voz alta y me metí al baño, eché una cagada tan abundante que tapé el retrete, utilicé una cubeta con agua directa y todo quedó a la perfección, pero luego quise jalar la perilla de la caja y no sirvió, tuve que abrirla, la compuse, pero lo mejor de todo fue lo que encontré en su interior:  una flamante botella de ron importado  cuya dueña era la hermana de Paco, y que la había resguardado ahí con la esperanza casi seguramente de que él nunca daría con ese vestigio luciferino con en  cual tuvimos a bien empacharnos y congratularnos: primero, cuando se las mostré y les dije: “esta es una aparición de la virgen”, todos se le quedaron viendo como si ante nuestros ojos hubiera aparecido Juan Pablo II.  Luego, cuando nos dimos cuenta de que la podíamos beber (cosa imposible en ese entonces) nos la rolamos  con la pericia  aprendida de ver a nuestros padres hacerlo en sus reuniones adultas. Por supuesto que no nos emborrachamos, el miedo al alcohol es lo primero que experimentan hijos de padres bebedores, pero eso sí, nos pusimos alegres, qué placer, qué dicha soñar que la muchachita de la escuela que nunca me pelaba estaba sentada en mis rodillas, que la escuincla gorda lamegüevos del maestro perdía la libreta de reportes y quedaba inconclusa para siempre la tarea de despedirme de la escuela por mala conducta; que al prefecto barbudo cara de portafolio descuadrado se le barruntaban los bigotes de mierda y no me pudiera salir jamás con su sabihondo comentario respecto a lo inversamente proporcional que era la justicia en las escuelas secundarias según el muy iluso...  qué explosión de júbilo recordar aquel día, magnífico, en que metí la canasta y el gol del triunfo de mi equipo de deportes de la escuela, que perplejidad me provocaba el recuerdo de todos esos otros partidos vespertinos en los que ganábamos a los de la pandilla de novatos de la entrada de los edificios de adoquín. Pero como toda sensación de placer intenso, fue supeditada  por la vuelta a la realidad a la que nos condujo Paco, robándonos de las manos el precioso material  demoníaco que su hermana esperaba que el no encontrara jamás y supongo que la hermana tampoco se imaginó nunca que el más apocado de todos fue él cuando tuve a bien descubrirlo.

            No te hagas el loco Paco, hay que celebrar... dijo uno de los miembros de la pandilla al ver que Paco se empezaba a llevar el tesoro (que ya estaba repartido en varios vasos con Coca-cola)  y Paco contestó: “¡Váyanse al diablo! Sobre todo tú Marcos, ¿cómo te atreves a comparar esto con una aparición de la virgen? Eres un pinche ateo loco”. Mis futuras lecturas de Lautréamont, Rimbaud y Baudelaire salieron pronto a relucir porque le dije sólo para hacerlo rabiar: “No soy ateo, creo en el diablo”. De inmediato se creó un silencio sepulcral que rompí con una reflexión a la que quise inducir a la pandilla. “Escuchen, —dije—, al  mandarnos al diablo Paco se deshace de nosotros, pero nosotros, que nos fuimos al diablo, ¿en dónde quedamos? Si la enunciación no se refiere a algo físico, ¿entonces a qué es? Rápidamente el ambiente de protobohemia que se vivía en el departamento de Paco tomó aires de coloquio de demonólogos: No sé, dijo uno tosiendo todavía por el humo de un  cigarrillo, el Diablo no existe, es como Santa Claus, dijo uno, pero fue una idea tan nefasta que inmediatamente la descarté por instinto y pedí escuchar otras opiniones: quién sabe, dijo otro, dicen que si marcas el 666 en el teléfono te contesta el Diablo. El debate se diluía en risas nerviosas y en burlas, así que yo reclamé mientras me preparaba una cuba; orden, orden, Paco nos envió al Diablo, entonces el diablo es un lugar, no una persona que contesta el teléfono cuando marcas el 666 y de hecho, ¿por qué tiene que ser el 666? En ese momento todos se me quedaron viendo como diciendo este cuate está mal y me lo dijeron: El Diablo es el mal. No me conformo, reclamé, el Diablo debe ser la conjugación del mal en tiempo y espacio, pero no sólo eso... el Diablo debe ser algo más, dije recordando la más bella de las imágenes que me produjeron mis primeros tragos de ron: la muchachita más guapa de mi salón sentada en mis rodillas y riéndose de mis grandilocuentes comentarios.

            Ante las miradas reprobatorias de mi pandilla comprendí que me estaba jugando a muerte mi papel de líder y por tanto agregué: ok, ok, sé de Dios y el Diablo y todo eso, pero eso no son mas que valores aprendidos, un agregado cultural de nuestra formación como humanos y como mexicanos, ustedes —dije alzando la voz— conocen a Dios y a la Virgen cuando oran, por qué no hacer un experimento y tratar de entrar en comunión con el Diablo? ¿A qué puede parecerse una experiencia con el Diablo? ¿Qué prueba puede ser más alta? ¡Cada quien que lo haga solo en su casa en la noche!

            A juzgar por sus reacciones retraídas y sus rostros  pálidos comprendí que tal vez había ido demasiado lejos pero aún así me paré del sillón, dejé tranquilamente el vaso sobre la mesa de centro y comencé a dar de golpes en la puerta de madera que dividía la cocina de la estancia al mismo tiempo que gritaba:  ¡Ahí viene el Diablo! ¡Viene por ustedes  bellacos, corran, corran!

            Un par de horas más tarde de que la pandilla entera  salió  despavorida del departamento de Paco, él mismo  tocó en mi ventana y me dijo: me trae malos presagios lo que propusiste hoy en la tarde en mi casa. Lo sé,  pero los actos subversivos hay que resguardárselos para las grandes ocasiones, acuérdate: alguien te dijo que había que celebrar y a mí se me ocurrió celebrar de esa manera, le respondí. ¿Vas a invocar al Diablo esta noche? Nos preguntamos al mismo tiempo después de un momento de silencio. Como crees, dije yo, tengo que hacer la tarea. Y yo tengo que ir al mercado a comprar unas cosas que me encargó mi hermana,  contestó Paco y así dimos por terminada la conversación. Pero en el fondo  me decía: claro que voy a invocar al diablo y voy a marcar el 666 en el teléfono, pero necesito estar solo y esperar a que anochezca. Tal cual: en la noche, solo, mientras mis hermanos y mis padres dormían, me desacurruqué de mi cama y salí de mi cuarto hacia el teléfono y arrastrando los nervios que me corroían y me hacían sentir espasmos de fiebre o algo parecido, marqué el 666 y esperé a que la voz del diablo me contestara. Al principio me emocioné porque el teléfono no daba línea y me dije que era de esperarse, más luego reparé en que precisamente esperar al diablo consistía marcarle al diablo, porque lo que era el teléfono simplemente nada. Colgué sin desanimarme y me encerré en mi cuarto, murmurando: ven Diablo, ven, si de verdad existes muéstrate ante mí, quiero conocerte... Recorrí con la mirada la oscuridad de mi cuarto, los sonidos breves de la noche me hicieron creer que eran posibles pistas de su gran aparición, me imaginaba que de un humo de cigarro aparecería en un tono gris fosforescente y por ahí asomarían sus cuernos y después su presencia entera, que la verdad, estaba en chino imaginársela además de las ilustraciones de libros que lo mostraban pintado en galerías, cavernas o demás sitios históricos de todo el mundo o en las caricaturas, pero el sentir que los bellos de los brazos se me erizaban me dio la sensación particular de que iba a enfrentarme a un demonio prácticamente desconocido y, aunque fue una sensación intensa de presentimiento, desapareció rápido y los bellos de mis brazos volvieron a su lugar y yo, desilusionado, a mi cama a dormir con el único pensamiento de tratar de imaginar cómo habría sido la experiencia para los demás de la pandilla, pero por el momento era mejor descansar, y así lo hice, sin embargo, ya caído en los barrancos del inconsciente, me asaltó un curioso sueño en el que yo estaba dormido y me hablaban por teléfono. De golpe me despertaba y como flecha me dirigía al teléfono y al descolgarlo escuchaba un ruido de estática y una voz que me preguntaba cuál era mi película favorita. ¿Mi película favorita? Contestaba yo, pues La Guerra de las Galaxias. Muy bien, decía la voz y, luego socarronamente, hasta luego.

            Al día siguiente las cosas parecieron seguir igual, mi padre me apresuró cuando me daba mi baño matutino, mi madre me sirvió un plato de cereal aguado en el desayuno y me peiné con vaselina para aplacarme las greñas, agarré mi pesada mochila tipo explorador que me había sido impuesta por la directora de la escuela gracias al exceso de mi buena conducta y abrí la puerta: en el piso había un paquete envuelto en papel celofán rojo. De inmediato lo desgarré y dentro encontré un videocassette de La Guerra de las Galaxias. ¡Vientos huracanados! Susurré y lo escondí en mi mochila sin que nadie me viera.

            Para no variar, el tráfico de la ciudad de México me hizo llegar tarde a la escuela y a punto estuve de quedarme sin entrar. Aún así subí las escaleras hasta mi salón y me introduje de polizonte en la clase de matemáticas donde, además de dirigirle una mirada tierna a la muchachita que me gustaba, noté que el maestro enseñaba un nuevo tema: ecuaciones de segundo grado. Nostálgico de las ecuaciones de primer grado, factorizé la cabeza y la voz del profesor y los despejé de mi interés pues lo único que deseaba era saber que había ocurrido con los otros miembros de mi pandilla en su experiencia con el diablo, ¿ellos si lo habrían conocido? ¿De último momento, atemorizados, habrían desistido? ¿Realmente Paco Rascón no había invocado al diablo? Esas interrogantes aderezadas con chispas especulativas me asaltaban la mente, pero de momento no lo sabría hasta la hora del descanso, pues Paco Rascón y los demás de mi pandilla cursaban sus estudios en grados y grupos diferentes. Cuando llegó la hora, como de costumbre, las escaleras se atiborraron de fulanos dispuestos a refocilarse a gusto en las canchas y formarse en la hilera interminable frente al puesto de dulces y comida. Inquieto como siempre, me introduje en un bando de basquetbol  y jugué hasta anotar tres canastas, pero tal vez debido a mi intuición de que los demás se callarían su experiencia con el diablo, me desconcentré del partido y tal vez por eso la resbalada que me di al caer después de tapar un tiro a mi canasta me hizo saludar con la cabeza  el piso de cemento y quedar momentáneamente inconsciente. Cuando abrí los ojos vi una multitud parada a mi alrededor y que hablaban de sangre. Ya se le salió la moronga, dijo uno, hay que llevarlo al doctor, dijo otro, el prefecto barbudo cara de portafolio me miraba reprobatoriamente y ¿quién lo iba a decir? Gracias al golpe y el lento despertar del mareo lo vi: sus bigotes eran dos chorizos de mierda a los que él miraba con ojos de bizco, ya no me importaba la sangre en esos momentos y se me resbalaron   unas cuantas carcajadas que nadie entendió y todos dijeron: está delirando. Sí, está delirando, decretó el prefecto pero fue interrumpido bruscamente con un ¡No! Rotundo que gritó una voz femenina. Su dueña se abrió paso entre la multitud y llegó para sostenerme la cabeza y decir: está muy grave, necesita que lo lleven a su casa. No es posible me decía yo, porque no daba crédito a lo fantástico: era la muchachita de mi salón que me gustaba la que abogaba por mí y sonriéndome me decía: yo te voy a cuidar... te vas a reponer y vas a estar muy bien. La voz me temblaba, además, las piernas que, cuando me levantaba, me condujeron a control escolar a solicitar un permiso para salir de la escuela. Mientras la secretaria tecleaba, la muchachita me curaba el chipote con unas vendas y me hablaba con palabras consoladoras, sin reproches, sin transmitirme la sensación de que yo era un estorbo para ella, cosa que yo siempre había pensado y elucubrado en días pasados, movido por la pena había concluído a priori que ella era una tonta y mediante la mentira recubrirme el corazón de lo que yo verdaderamente pensaba: que ella era hermosa, hermosísima, tan insoportablemente bella que parecía salido de las hojas de Utopía el hecho de que me estuviera cuidando y hubiera decidido acompañarme a mi casa. ¿No te preocupa faltar a la clase de Historia? Le pregunté y me respondió no, ya me sé casi todo el temario de  clase, no te preocupes, lo importante es que te acompañe a tu casa para curarte... La secretaria me dio el papel que contenía la autorización de nuestra salida que le mostramos al chofer de la directora, el cual, después de hablar con mi acompañante, accedió llevarnos a mi casa, por supuesto, no sin antes  preguntar con que me había hecho eso, ¿esto? Dije señalando mi golpazo, son los aprendizajes para ser un Jordan de categoría y lo que escurre es lo que cuesta. Ha, respondió, pues te está costando caro. Nada que no sane en un par de días, respondí mirando a mi acompañante, para después, ayudado por mi espíritu quijotesco  abrirle la puerta del coche y  marcharnos.

*          *            *

Ayer soñé lo inconmensurable de mi vida trasladándose desde cuatro puntos cardinales hacia un más allá donde normalmente sufrago los gastos de mis sueños: la vigilia, la opacidad pero ante todo la vigilia, como un agazaparse en las entrañas, un remover de candelabros y de mesas que se caen partidas a la mitad bajo los arcos rotos de una puerta por un terremoto, soñé amor y aventura, ¿qué más puede uno pedir? Pero ahora estoy despierto, tengo una sensación de resequedad en la boca y en los ojos, pero que diablos, antes o después va uno a saber lo que es una cruda. Me remuevo el cabello y me paro de un salto como un esquiador en el aire antes de caer de nuevo al suelo y soltar un, dos, tres, opper couts y luego unas patadas a la fuente de ropa sucia que se esparce en mi escritorio. Todas las mañanas recorro la tabla de deportes, desde los más rudos hasta los más suaves, enciendo la televisión para ver las noticias y me sé inconforme como mexicano y como humano por la condición humana que me viene impuesta desde atrás como un presagio, desde arriba como una mantarraya, desde no sé dónde y que me atrapa como una camisa de fuerza,  la cual quiero erradicar y por más que intento no comprendo su por qué y su razón, de la misma manera que no comprendo cómo fue que decidí invocar al diablo. Ahora estoy despierto, recuerdo un viaje, amor y aventura, ¿no lo dije? Recuerdo a mi pandilla como una manada de lobos cayendo sobre mí, culpándome, reprochándome, llenando sus bocas con insultos y condenas y luego ya después, el viaje. ¿Te habías caído antes? Me preguntó. Muy pocas veces, respondí seguro de que había sido  el alcohol lo que me hizo caer, y en mi memoria resonaban fuerte los teclazos de la secretaria redactando el permiso para dejarme salir de la escuela, recuerdo el viaje, eso sí, recuerdo que estaba listo para contemplar en la ventana los mismos edificios, las mismas casas, los mismos anuncios, incluso la misma gente de mi rutinario regreso al hogar, a los condominios de color amarillo jocote, pero en realidad no fue un viaje lo que experimenté sino un paraje, la sensación de vacío, el hombre es voz y vacío, ¿cómo acallar su hambre, cómo poblar su vacío? Me vi de niño, siendo custodiado por una niña primorosa, ¿cómo se llamará? Nadia, me contestó, me llamo Nadia. ¿Por qué todos harán la misma estúpida pregunta? Puedo llamarme Nadia, o Acacia, o Susana, o Primavera, como sea puedo llamarme pero para ti voy a ser Nadia, o Nadie, si así lo prefieres, ¿no sientes como que te recorre un escozor en las vértebras, no sientes que las venas se te retuercen como víboras, no se te crespa la pupila cuando ves mis ojos flotando en esperma caliente, no se te satura el pensamiento con sogas de ahorcado, triturándote la conciencia? Recuerdo que tenía un amigo, un buen amigo que vivía en este departamento, dije antes de que sucediera. ¿Te gusta La Guerra de las Galaxias? Le pregunté, ella volteó a verme, no mucho, respondió, y me cerró un ojo. Después vino la oscuridad. Pero antes pedí piedad.

  

INSTANTÁNEA

                                                                                                                                                                                            Para Paula, después de todo.

 

Me recuesto sobre la tierra. Un cielo gris flamea sobre la ciudad de México. Una muchacha absorta en su soledad me escucha a través de este texto que nunca he escrito y desde que subí a la cima me a dado vueltas por la cabeza, al igual que un campesino de tierra caliente le da vueltas  su turbante de mosquitos. Me he detenido a pensar que será y que no será, como la sangre con su trotar de caballos negros me escurre por dentro, en el mausoleo de todas esas viejas ideas que he tenido y que ahora están enterradas y muertas. Pero junto a mi está mi sombra, muy tierna ella, con su sombrero y un gato crispado jugando en su regazo. Mi sombra es el sultán de mi deseo y de mi destino; sujeto su dentadura como si fuera sujetar un bosque y la siento fuertemente encadenada a mí cuando expele el humo azuloso de su cigarro; yo soy el mar de su ballena entristecida por la memoria de lo que no le tocó vivir y de lo que huyó dejándome  a solas con mi carne. Cierro los ojos, una enciclopedia se abre y deja escapar gaviotas y murciélagos; lenguaje de fayuca y almacenes de prestigio en estampida cuando mis ojos se cierran. No sé lo que será de mi sombra cuando mis ojos se cierran; tal vez se trepe a un árbol a buscar al gato que la ocupaba, tal vez me apuñale con cuchillos que yo no oigo, tal vez me abandone y sólo puedo pensar —digo que pienso porque sólo lo que pienso puedo tratar de despejarlo como una ecuación y dejarlo solo  en el papel, mientras que cuando tengo cerrados los ojos no puedo estar seguro si estoy pensando o estoy cayendo, como en un sueño— como decía, sólo pienso que tal vez la muchacha me sigue leyendo, y su lectura da fe de que alguien que cierra los ojos no es inútil porque imagino la frondosidad de sus ojos desplegándose sobre mis palabras y quiero tocar su fondo, su sentir, quiero asomarme en la ciudad donde ella vive que, aunque es la misma en la que yo habito y en la que yo viajo por los túneles del metro, es también otra; otras son sus ausencias, sus malestares, mi sombra en su presencia sólo la consignan estas palabras, pero por medio de estas palabras la escucho y le digo: tienes razón, la has tenido siempre, (y ahora no sólo cierro los ojos sino los aprieto con la fuerza de un huracán que de golpe, instantáneamente, arrasa con la ciudad que había contemplado), y la muchacha, como es listilla, se ríe, dice gracias por darme la razón y me olvida, se dedica a sus actividades y ahora yo la empiezo a escuchar, escucho sus tacones bajando la escalera... ¿a dónde irá? Me dan ganas de gritarle: "¡cuidado, la vida es una trampa, si no las sabes esquivar acabarás en la tienda de artesanías de la muerte!" Y algo hace clic —aunque no exactamente clic, pero clic es la mejor manera de decirlo con el alfabeto que nos ha tocado— y ese clic me distrae y hace que abra los ojos y veo una familia parada delante de mí y lo primero que pienso es en pararme del suelo, aunque a decir verdad me la paso muy bien en el suelo en este momento, he intento hacer un ademán a la familia, un saludo o algo, porque a decir verdad, en esta parte de la ciudad no hay muchas familias y menos en esta postura, todos sonrientes como si se les fuera a entregar una medalla, sin verme siquiera,  y en este mismo momento  les cae un látigo de luz fugitivo que los embellece y los vuelve planos, y yo me digo que ese látigo no puede ser mas que el del flash de la cámara que hizo clic y después todos se van y me dan las gracias, aunque yo no sé por qué, ya que yo en lo que estaba pensando es que la literatura moderna cada vez pierde más descripción e imagen y que la palabra misma enlazada con otra palabra —por ejemplo una cola de caballo en la nuca de una mujer, aunque no sea la mejor imagen literaria, pero en esa estaba pensando— es lo que queda, pues el cine y la televisión, por no decir la computadora, se han robado todas las imágenes y cuando uno lee un libro es odioso imaginarlo como una película, ya que el fin de la literatura no es propiamente ver como se ve una roca, una toronja o una cola de caballo en la nuca de una mujer, por ejemplo, sino meditar viendo o mejor dicho una meditación paravisual, aunque esto suena horrible. Y yo me digo: ¿por esto me dieron las gracias? Bueno, qué amables, pero tal vez es demasiado; yo sólo le doy las gracias al de la vinatería cuando quiero oír un buen blues y asarme el pecho con el calorcillo de un generoso whisky y saco la lengua y olfateo como serpiente la guitarra de la siguiente canción que deseo escuchar en honor a Ezra Pound y de repente algo se me acomoda y siento un ronroneo que me da tanto miedo que sólo puedo mirar el cielo rasgado y sentir como mi sombra se me acomoda de nuevo con su gato y me coloca la cámara que había traído yo acá para sacar fotos.

  

LOS ESPOSOS

 

Para Eugenio Aguirre

 

Natalia era la esposa del Coronel Federico y estaba aburrida de oír hablar a su esposo siempre de pruebas de balística, estrategias para sabotear manifestaciones o conciertos de rock multitudinarios.

            "Ya sé —dijo Natalia atando cabos— si nos vamos de vacaciones a Los Cabos, puede ser que mi esposo se relaje".

            Y en parte tenía razón, pues hacía mucho tiempo que el Coronel Federico no tomaba las suyas. Ni las vacaciones.

            Fue a buscarlo a su cuartel en la 14/a zona militar para comunicarle su genial idea. Como se sabía de cabo a rabo la distribución de la zona, no tardó en encontrar el cuartel de su marido. Pasó con la secretaria, que gentilmente la saludó por su nombre y le dijo que el Coronel estaba ocupado regañando a unos cabos. Y eso se notaba pues sus gritos salían por las paredes de su oficina pero convertidos en sonidos inentendibles, como quizá los cabos de adentro creyeran que lo eran.

            —Su esposa está aquí —dijo la secretaria después de unos minutos por el interfon al Coronel Federico.

            —Dígale que pase —contestó el coronel.

            Natalia pasó y habló con su marido, le explicó en breves cinco minutos las razones del viaje. El Coronel Federico, dubitativo, le dijo: "Espéreme aquí mi conejita"  y fue a la celda donde había encarcelado a los cabos indiciplinados. Les dijo que si le daban buen consejo los dejaba en libertad.

            —Mi esposa quiere llevar a cabo un viaje a Los Cabos, y quiere que la acompañe, ¿ustedes, cabos, que me aconsejan?

            —Yo veo muchos cabos sueltos —dijo uno de ellos.

            —Y nosotros injustamente estamos encarcelados —sentenció otro.

            —¡A callar cabos indisciplinados! Denme un buen consejo y serán libres.

            Al cabo de un rato el Coronel Federico regresó con su esposa Natalia y le tiró una mirada de pasión. Le dijo:

            —Mira mi conejita, esta bien, pedí consejo a unos cabos y me dijeron que lo mejor que podía hacer era llevarte a Los Cabos.

            Pero el Coronel Federico no había cumplido su palabra, no había dejado a los cabos sueltos, sino que los ató con fuerza en el fondo de una mazmorra, donde, los pobres cabos discutían acerca de Los Cabos.

            —Yo ya conozco Los Cabos, —dijo un cabo— son muy feos.

            —¡Y qué! —Respondió otro, mirando con tristeza el cabo de la vela que los iluminaba— la esposa del Coronel, si ya se topó con él, Los Cabos le parecerán muy bellos.

 

 

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