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La crítica literaria en Juan Villoro y Heriberto Yépez: ¿Cuál
es la ética del Señor escritor ante el ser humano? Acabo de leer dos textos iluminadores y francamente muy mamones. Lo que pasa es que, en efecto, conjuntamente se disputan la calidad actualmente en el medio literario mexicano tanto el primer calificativo como el segundo. El primer texto pertenece al volumen de ensayos los Efectos personales de Juan Villoro (casi lloro al recordar que es el mismo autor que leí con La noche navegable cuando era chavito), y el segundo es “El escritor periódico Jorge Ibargüengoitia: Escribir es efímero”, de un escritor joven de Tijuana, Heriberto Yépez que, a favor y a propósito de Ibargüengoitia y los breves textos reunidos en Instrucciones para vivir en México, le sirve para conspirar contra la inmortalidad de la literatura; no la buena ni la mala, sino toda la literatura. Como digo, ambos textos iluminan, su crítica es acertada y bueno, ya son parte de las letras contemporáneas en este país. Lo que me interesa es abordar éstos textos de crítica de obra literaria desde una perspectiva ética, es decir, para todos y desde la valoración humana de los actos, su consecuente repercusión social, y hacia dónde sería deseable que se encaminasen estos; no tanto la ética suavecita de Ética para Amador, pero si tal vez otra más dura del propio Savater, o la del tipo de Bertrand Russell, que sepultó a la humanidad entera en un merecido olvido si no atendía los problemas inmediatos a la devastación causada desde Hiroshima hasta Vietnam (y lo que le faltaba ver, al gran Bertie).
El texto de Villoro, obviamente no es un homenaje declarado a Burroughs, pero que parte de una
vieja admiración romántica (consulte en su archivo la voz: Villoro y José
Agustín o la voz Villoro y el rock). A éste autor, Villoro lo pone, en
primer lugar, como el “Espíritu de San Louis”; obviamente cuenta la
leyenda, (que como toda leyenda, cada quien la entiende a su manera) del
balazo con que mató a su esposa Jean, lo contrasta con los otros beats
enalteciéndolo y separándolo como el “cerebral” y el
“intelectual” (como si Villoro no quisiera decir toda la teoría poética
de los más de cuarenta beatniks
que existen), para terminar, con el literato-gay-drogo, como el hombre que
aceptó “las posibilidades que la vida tiene de convertise en una
explosión de fulgor, y caos, y sangre.” Villoro olvida que como
escritor maldito, el poeta beat
Ray Bremser y su esposa Bonnie, que vivían una relación sadomasoquista
en la que, además de consumir drogas,
una ocasión, Ray obligó a Bonnie a vender a la bebé
de ambos en Texas. Con esto, Bremser sobrepasa en maldito a Burroughs con
mucho, tanto que ya no sé si es posible calificarlo como maldito o
adjetivarlo simplemente como peor que bestia. Tal vez Villoro sólo ha
mirado la contracultura de E.U. y la mexicana desde afuera y en las
revistas, o que eso de fulgor, y caos, y sangre hay en casi cualquier lado
donde uno mire, o que afuera de la editorial que sacó su libro también
hay asesinatos o que... vaya, como que realmente Burrouhgs, si para
Villoro se cristalizó con eso, quiere decir que en este cruce de milenios
los hermanos mayores literarios siguen existiendo como la extensión
perfecta de la adolescencia donde, cuando fuéramos grandes íbamos a ser
como: “éste” o “aquél”, que siempre, al menos desde la ilusión
literaria, iba a llegar a ayudarnos con ese párrafo que nunca acaba de
cuajar, pero que “él” o “éste”, siempre nos iban a ayudar desde
el limbo de su gloriosa inmortalidad y que es, a fin de cuentas, dice el
texto de Yépez, efímera, y
más adelante: “la literatura no nos salvará”.
Encuentro,
que como dice Villoro, Burroughs pertenece más al mundo de las luminarias
del rock y de la cultura pop y la cultura de la rebeldía contestataria
que propiamente al mundo de la literatura (que tienen sus nexos, por
supuesto), pero también descubro, gracias a la editorial
Anagrama que se ha puesto a editar toda esta literatura gritona,
gringa, mal traducida y con slang madrileño incomprensible para el lector
mexicano (por ejemplo, un risible Bukowski que dice: “gilipollas...¿dónde
está mi botella!”), que en efecto
Burroughs debe quedarse ahí donde lo puso el cineasta Gus Van
Sant: como el viejo que todo el mundo sabe que es el loco
drogo irredento, pero nunca el literato. Lo que es el Almuerzo
desnudo (según sus amigos Kerouac y su amado Ginsberg, su mejor
novela), o por lo menos lo leído hasta evitar de plano la oligofrenia,
fue un mero repaso de un puñado de vidas dotándolas de sentido
por y a consecuencia de la droga, nada de escrutinio
verbal, mucha anécdota,
pero nada de “la exploración de la existencia” que debe descubrir
“sólo lo que la novela puede descubrir”, para caracterizar a
cualquier escrito como novela y que merezca ese nombre, como
con razón y autoridad, ha dicho Milan Kundera. Creo que la estética
asalvajada de Burroughs logra cierto apantallamiento, pero más que un
gran momento en la literatura norteamericana, es un aviso panfletario, una
admonición, un fogonazo, que una vez pasado el trago, se vuelve
perfectamente olvidable. Una especie de visión acompaña la redacción
del texto, la terrible certeza de que (¿a poco?) las cosas efectivamente
van hacia lo peor, o a la chingada, pero de eso a literatura hay un salto
enorme. Desde las primeras páginas de la novela, la intempestiva sucesión
de acciones quiere jalarnos, quiere divertirnos, pero ¿no será que el
lector de El almuerzo... quiere
divertirse a priori en vez de
aprender a divertirse, como ocurre con la literatura realmente audaz, que
toma trozos fragmentarios de la brutal realidad, para redimirlos en un
orden asequible?
Lo
que estoy tratando de sostener, si entendemos con la conciencia clara que
la literatura es vida, aunque no
necesariamente vida sea literatura, es que la búsqueda en las drogas, las
relaciones homosexuales, la basura y todo lo que hay en Burroughs, nunca
pretendió autoinmolarse como ejemplificante para futuras generaciones de
escritores gringos (digo, de droga, ya basta con lo que escribió
Baudelaire o Jünger) o de donde fuese: tal vez nadie haya ido tan lejos
en su viaje permanentemente iniciático en el demoledor camino de las
drogas como él, tal vez nadie superará el récord, pero una vez pasado
el asombro, sólo aburre. Creo que debemos recordar que Canetti, (cierto, en un contexto
diferente pero igualmente válido para cualquier
tiempo) dijo que “nunca será misión del escritor dejar a la humanidad
en brazos de la muerte”. ¿Cómo podríamos valorar, desde una
perspectiva de la consecuencia de las acciones —en el sentido peliagudo
y fuerte del término “acción”— a un hombre que le disparó a su
esposa, le regaló las drogas a su hijo, que
por cierto, siguió ese camino y por el cual murió, que vivió sin
bañarse un año en Tánger y que se atreve a decir, con toda “la
justicia poética”, que después del balazo con el que mató a Jean, se
sintió posesionado por el demonio literario, palabras menos que después
fueron palabras más?
Por
favor... no es de moralina de lo que estoy hablando, no juzgo blanco y negro. La literatura no debe ser consecuentemente
moral, es decir, no necesariamente de
“moral alta”, pero el escritor o escritora sí que lo deben ser.
Simplemente creo que el escritor debe ser ejemplar en su ejercicio de
librepensador en una sociedad de por sí peligrosa donde se está más
cerca de las actitudes simiescas que de la excelencia intelectual y donde
el único “orden” —o convencionalidad, como se quiera— existente
bajo caracteres axiológicos es el de una acción pareada y encadenada a
otra acción y que se correlaciona con lo que definitivamente conviene más
al sujeto, que va de acuerdo con lo que él más quiere, porque
evidentemente, es eso y no otra cosa lo que confirma su humanidad y su
deseo de reconocimiento intersubjetivo con los demás sujetos, tanto más,
si se es escritor, su reconocimiento —al menos así lo creo— debería ser al hecho de arrojar luz sobre el enigma de la
condición humana, siempre inacabada, siempre en su continuo proyecto y
trayecto, pero que en él mismo
se presenta como indisoluble, intransferible e irreductible. Un proyecto
de vida, algo así como una misión, una aristocracia comprendida como
claridad de ideas y de acciones en mutuo y desgarrado acuerdo, una tensión...
así veo yo al escritor que merece ser reconocido como tal, y por tanto,
cuando sé de Burroughs, lo
imagino en la colonia Roma de la ciudad de México en 1952, en Tánger o
en Sudamérica en el anonimato de las drogas, no lo concibo como el
escritor que debe ser celebrado, sino más bien como el que indujo a la
muerte a su hijo, el misógino, el antisemita de ocasión, el bruto payaso
que jugaba a la leche diabólica, y nada más. Por otro lado, desde
Baudelaire, los escritores malditos no se caracterizan por exterioridad
del desmadre o de plano la franca violencia hacia los otros, sino por una
condición que ha aceptado el autoexilio y la lejanía con el calor del
establo, de la plaza pública, de los eventos del siglo que se viven todos
los días en cualquier parte o del llamado político a “nuestra
sangre” como magistralmente lo analizó Doris Lessing. Creo también que
otros Beats jugaron su papel de malditos pero frente a la escritura,
cuando el hombre se comunica, iluminado, claro, con los demás hombres. A
pesar de que hayan vivido cosas inauditas y terribles como todos, son
recordados por sus textos, no por la parafernalia de
Gurú que tiene Burroughs para con las estrellas de rock y de cine.
Concibo al carácter del escritor maldito como el escritor que
permanentemente está explorando en su propia alma, celebrando la
existencia y afirmando la alegría de la vida donde otros no pueden verla
o, como decía Miller, como “al sacerdote que se levanta las faldas para
orinarse en el mundo”, como un rebelde metafísico después de ser
rebelde adolescente, no como el escritor de pistola en mano, torturador de
animales y que genera
corrupción policíaca en un país donde (¡puta madre!) es el pan de
todos los días.
Con el texto de Heriberto Yépez, definitivamente me siento más
identificado y cómplice, no sólo por motivos generacionales sino por el
sentido lúdico de una escritura desenfadada que tira las grandes netas
propias sin hacerse pasar como erudito, sino como acucioso lector atento,
que le rasca a los renglones todo el sustrato o rango de significación
que de por sí ya traen. En él la labor literaria no tomó formas
autocomplacientes de hacerse pasar por ser inspirado, ni maldito, ni de
bromista con calzador o elíptico, sino simplemente del individuo que
escribe sobre lo que sabe, domina, y se rescata por medio del autoescarnio
que proviene de un saber lo que significa ser creador literario en
cualquiera de sus facetas: mirar la brecha recorrida con ironía, alegría
y ¿por qué no? Dolor, al reconocer que el personaje realmente más cabrón
del arte es el tiempo, ya que toda obra será sometida a su baremo tarde
que temprano: según éstos planteamientos, un libro de la talla de Pedro
Páramo será juzgado no por el total de sus lectores habidos y por
haber, sino por el tiempo mismo en tanto haga creíble, desde los parámetros
de la literatura fantástica, que al final de la novela es posible que el
mismo Pedro Páramo se derrumbe “como un montón de piedras”. Cuando
esto sea imposible, Juan Rulfo pasará al olvido, pero mientras tanto,
sigue siendo un clásico
monumental del siglo XX mexicano. Él
mismo Yépez se autodenomina como un “forzado” de las ideas; el
conjunto de textos reunidos en Ensayos para un desconcierto y alguna crítica ficción, resalta por
su brillante emotividad y sugestión; el permanente tono de humildad
soberbia, a pesar de la supuesta disparidad temática, es precisamente lo que permea los textos. A Yépez no le
importa que Julio Cortázar, Borges, García Márquez o Carlos Fuentes
sean vistos como una suerte de super “jinetes” de la literatura
hispanoamericana: los pone a parir chayotes con lo mejor que puede hacer
un crítico con figuras como éstas: bajarlos del pedestal rascándoles la
herida: también son seres humanos, no sólo entelequias verbales más o
menos gozosas. Pero
a pesar de todo... creo que Yépez en su desmitificador ataque contra la
inmortalidad de la literatura se equivoca en aspectos quizá esenciales
como los que nos hacen descubrir que la vida es más gozosa, más generosa
y más amable cuando podemos amar, soñar o besar. Y hacerlo otra vez y
luego otra... Así ocurre con la literatura: lo que queremos es un buen
cuento, tanto escritores como lectores, no la inmortalidad que quien sabe
qué signifique cuando ya no estemos nosotros. Si se elige el camino de
las letras, no es porque uno quiere una calle con su nombre para que sus
nietos la vean en 100 años, sino porque forma parte del sentido que uno
quiso darle a su vida mientras estaba vivo, cuando los asuntos de la vida
son los que importan, no los de la inmortalidad. Yépez dice: “Escribir,
digamos, sobre los acontecimientos personales en la ciudad de México la
Navidad de 1977, ya tiene un pie en el precipicio de lo que no es
inmortal; inmortal es El Quijote
o Paul Eluard.” Sus comentarios, bien lo sabe, están dirigidos a
decepcionar escritores y no a motivar lectores, pero ha demonios, si todos
estamos de acuerdo en que el mejor homenaje que se le puede hacer a un
escritor es leerlo (noción que también acompaña al narrador oral: lo
que la gente quiere es escucharlo, no edificarle una estatua de golpe y
porrazo), no debemos caer en la tentación fácil de indagar en la
inmortalidad, cuando precisamente los que han sido inmortales fue porque
escribieron para su tiempo y sus camaradas en el vivir y que cuando, como
el mismo Yépez dice de Borges, “cuando los zopilotes editoriales”
rascaron en lo que Borges no había querido publicar, por sana autocrítica,
lo que se descubre, evidentemente, ya no tiene nada que ver con el autor
de El aleph. Que de cualquier
modo, ya tiene su ancha parcela de inmortalidad por lo que quién sabe que
demonios o qué dioses dure ésta. Pero... ¿de qué le sirve a Borges,
que al final de su vida dijo: “Tengo que confesar que no fui feliz”?
Que se lo pregunten los administradores de inmortalidad al gran estilista.
A ver si allá en la inmortalidad es preferible ser alegre o ser con mayúsculas:
“Un Gran Hombre De Letras”. De igual manera, cuando Alfonso Reyes se
dio cuenta que escribía para la inmortalidad, casi hasta las notas que le
dejaba a la sirvienta están en los gordos volúmenes de sus obras
completas. ¿Quién los lee? Respuesta: La inmortalidad. Haa... que padre.
Yo prefiero escribir para los que les interesa la vida: los aún vivos, en
tanto que éstos, como dijo Octavio Paz, están hechos de tiempo. Marcos
García Caballero ciudad
de México, mayo de 2002
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