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Viajes
Paralelos
de Aline Pettersson Marcos
García Caballero Abril,
2003 Con
sumo placer recuerdo ahora las tardes lluviosas de 1999 en que Aline
Pettersson, nos impartía su clase de narrativa y estilo a la generación
XXIV de la Escuela de Escritores de la SOGEM. A pesar de que la dinámica
de la clase no era tediosa —como algunas otras—, estoy seguro que no
era yo el único que por momentos caía en la decepción y la razón es
esta: el aprendiz de escritor, generalmente de forma inconsciente se
siente impulsado a plasmar su
personalidad en el texto escrito; es decir, su personalidad-de
individuo-común, no la personalidad literaria que logra traslucirse después
de la experiencia y el trabajo. No obstante partiendo de la subjetividad
creativa del escritor, el texto adquiere objetividad
para cualquiera que desee leerlo inclusive si el texto guarda
amplia o total parcela autobiográfica u obvia referencia personal. Sobre
este punto y a quien quiera abundar en la cuestión, es muy recomendable
el luminoso libro del gran Umberto Eco Seis
paseos por los bosques narrativos. Qué puedo decir,
sino que Aline, dada su amplia experiencia, nos lo exigía a mi modo de
ver, con una sutileza que algunos tildaban de pedantería o de crueldad,
sentimiento que creo, brota de los que menos talento tienen y que hoy,
después de leer Viajes paralelos (Alfaguara 2002) descubro y reafirmo que ésa sutileza está
también presente y firme en la narrativa de Aline y no sólo en el aula. (Espero
que el lector de ésta nota perdone mis apariciones pero también espero
poder justificarlas hacia el final). Concreto
una cita con Aline y le propongo un intercambio de libros para poder hacer
esta reseña; para mi beneplácito, me recibe en su casa y acepta. El
departamento de Aline, en un décimo piso, ofrece, si los imecas lo
toleran, una vista estupenda del sur de la ciudad de México. Su piso es
agradable y lleno de cuadros excelentes, es entonces cuando comprendo cómo
abre el primer capítulo del libro: “Desde
mi ventana, frente al pico a veces despejado, a veces cubierto por la
bruma del Ajusco, voy a iniciar una travesía por los montes, valles,
mares que la imaginación ayuda a edificar; viajaré por los momentos que
en mí constituyen el acto de escritura. Se trata de observar las entrelíneas
del breve paso del tiempo humano. Para ello decidí apoyarme en fragmentos
narrativos así como en documentos de otras plumas, apoyarme en escenas
que me permitan reflejar ciertas obsesiones. Ir y venir de un género a
otro, de una voz a otra. Debo aclarar que en estas páginas no hay más
continuidad que el hilo arbitrario de mis cavilaciones. Mi deseo es que
cada capítulo se encierre a sí mismo como el capullo a la crisálida,
para luego, de ser posible, echarse a volar”. Sin
afán de vender la trama, lo que me
interesa es resaltar no sólo los capítulos que considero más logrados
del libro sino el estilo y los recursos que Aline utiliza. Centrada
principalmente en dos historias, Viajes
paralelos arranca al
principio con lo que parece
la bucólica relación de una niña y su jardín, que en realidad se
centra en la cena de la niña y su familia, de los que al principio no
sabemos casi nada, sino que es una familia mexicana por la mención del
“Escuadrón 201”. ¿Pero en qué ciudad? o ¿sobre qué conversan? Eso
a Aline prácticamente no le importa, puesto que su voz de narradora se
deja oír por encima de los personajes con un verdadero carácter
panfletario (rescatando el buen sentido de la palabra), lleno de furia
para denunciar la guerra (sabemos que es la Segunda Guerra Mundial, pero
Aline lo maneja en un espacio intemporal, lo cual confiere actualidad a la
novela ya que a lo largo de toda la novela la niña convive de una u otra
forma con manifestaciones de guerra). Por otro lado, Aline utiliza los capítulos
inmediatos para reflexionar
en torno al hecho escritural, el arte, el escritor y las razones de su
oficio, que como toda labor humana de gran alcance, es necesariamente polémica
y en donde sus preguntas, su bagaje cultural, están narrados, como diría
Cortázar, ya no sólo como conocimiento sino como verbo. Ahí hay tres
elementos que descubro con sonrisa confidente: el tono exasperado que
denota compromiso verdadero con la palabra que se interroga y nos
interroga y, en segundo lugar, sin descuidar la prosa, la vuelve ágil, enérgica,
como si a cada renglón hubiera una rosa, “que es un tigre recién
nacido” (Eduardo Lizalde dixit) y en tercer lugar la gran modernidad de su poética: aquí Huidobro u Octavio
Paz (poetas eminentemente orfebres de imágenes) son muy respetados pero
nunca imitados; las resoluciones poéticas de Aline tienen —a mi modo de
ver— reminiscencias tipo Vallejo (poeta del significado y de la palabra
pura). Aline casi no es visual. De ahí que el libro contenga
ilustraciones que mantienen un diálogo permanente con el texto. Ya
Aline desde las primeras páginas advierte: “Cervantes y una cáscara de
plátano pueden convivir juntos.” O: “en ésta época los libros se
leen y se tiran”. No es lo mismo leer, tirar y olvidar, que sentirse
atrapado, leer rápido y terminar. Esto es lo que quiero decir con prosa
exasperada y es algo que yo siempre he tratado de conseguir en mis propios
textos. Ahora, el capítulo “Mirando el azar”, dedicado a Arnoldo
Kraus es un despliegue magistral de la fuerza poética-filosófica-discursiva
donde Aline, con sus mejores dotes de escritora (no por nada ha sido becaria del
Sistema Nacional de Creadores), por lo menos a mí, casi me hace caer en
la trampa de las narradoras principiantes: como comprender al hombre como
un ser activo es un punto de vista clásico que ya se encuentra desde
Aristóteles, y también en el siglo XX varios psicoanalistas y literatos
varones han considerado a la
mujer como a un enigma. Enigma, por principio de cuentas, para ella misma,
permanentemente sometida, incapaz de expresar su verdadero sentir e
inteligencia, se ha caído en un triste lugar común en que las
escritoras, al hablar de hombres, dicen lo que
hacemos, y los escritores, decimos como las contemplamos:
triste visión contemporánea pero a fin de cuentas reduccionista: como si
los hombres sólo fuéramos máquinas de hacer cosas y las mujeres sólo
belleza con el cráneo vacío. Este capítulo me
parece el mejor del libro porque, a pesar de que la voz narrativa femenina
cuenta lo que ve haciendo a un hombre (en este caso, un médico curando un
paciente en una mesa de operaciones), le sirve para reflexionar y recorrer
todas las posibilidades curativas con el rigor poético de un estilo
depurado, el elemento curativo de la palabra, el paciente y el médico en
diversas épocas y culturas, el cuerpo visto desde las entrañas a la piel
y viceversa, en fin, para terminar con una pregunta más o menos parecida
a ésta: “¿De qué sirve la cura, si la cura fundamental, la vivencial,
la agónica, no puede ser curada?” Pero Aline
Pettersson sabe perfectamente aquella profecía que hace poco más de cien
años dijera Tolstoi, acerca de que el cine se convertiría en un enemigo
directo de las formas tradicionales de la literatura (cosa que, por
cierto, también analiza Eco en el libro antes citado), es decir, prosa
exasperada, panfletaria, bien escrita y meta literatura novelada ya no son
suficientes… Es por eso que Aline, en la otra historia del libro,
explora en el pasado de su propia familia, concretamente de su abuelo José
Ferrel, que en la época prerrevolucionaria había destacado como
brillante periodista, marinero y quien junto con ni más ni menos que
Amado Nervo, sostuvo una hilarante y dramática correspondencia. Aline
explora episodios del porfiriato y la llegada de Madero al poder.
Sorprendentemente lo pinta muy distinto a como la mayoría de los
mexicanos lo imaginamos. Fraudes electorales a José Ferrel en Sinaloa
(que a punto estuvo de llegar al poder, y un minimizado Madero queda
paralizado) y pasajes que revelan la miseria política del pasado del país (y de la que
actualmente nos debatimos por salir). También la aparición de las cartas
de don Amado Nervo es acompañada de una ironía finísima y es por esto
que digo que la sutileza no ha abandonado el proceso creador de Aline
Pettersson. Ikram Antaki,
poco antes de morir, en un texto dedicado a la cultura en general, decía
que las novelas deben ser sobre personajes que se aman en un ambiente de
sordidez. La novela de Pettersson pareciera terminar en tono de fábula y
con final feliz, lo cual queda truncado, ya que la fecha del último capítulo
está firmado cuando los gringos atacan Afganistán en 2001. Sin embargo,
a lo largo del libro la esperanza subyace, para Aline, como para la mayoría
de los intelectuales verdaderos, el ideal ilustrado y democrático, es
eso, un ideal, frágil pero precioso. Hace poco Alfredo Bryce Echenique
declaró que lo mejor que podía hacer por su país era escribir. Así
recuerdo que lo ha demostrado Aline, por ejemplo, en el periódico La
jornada, sobre todo cuando toda
la sociedad mexicana debatía un
tema candente como si se debiera permitir el aborto a una adolescente
violada. Aline demostró su talante intelectual al igual que otros como
Hugo Hiriart, simplemente ilustrando
la complejidad del problema, cuando organizaciones
retrógradas, a las que no les parece bien la justicia sino ajusticiar que
más bien echaban espuma por la boca. Sobre lo de mis
apariciones en esta nota parten de una doble
intención: en primera, voy a ir en contra de un antiquísimo artículo de
Letras libres de Enrique Serna,
que se quejaba de la “narrativa de señoras para señoras” e
ironizaba: “La literatura mexicana nunca fue demasiado viril, salvo en
tiempos de Sor Juana”. Con todo respeto para Serna, eso
sólo son payasadas, y de las malas, que es lo peor. Yo contesto: la
literatura no debe ser viril ni femenina, simplemente debe ser buena; la
poesía (que hay mala y buena) lo que debe ser es auténtica. Es tan estúpido
como el profesor de filosofía mexicano que a fuerza quiere discutir a Heráclito
en griego o a Hegel en alemán, como si en otro idioma no se pudiera
pensar filosóficamente. Pura pedantería disfrazada de argumentos. Lo segundo es que
Aline, desgraciadamente es cuentista, autora de cuentos para niños,
narradora y poeta. Según lo indica Alfaguara, autora de 15 libros y lo
dicho hasta aquí es sólo una opinión. Los debates literarios, como el
de género en este caso, siempre están presentes, pero tan abundante
producción convierte a Aline en una autora que sencillamente rebasa los
parámetros que utiliza Serna.
Por otro lado, Aline es una mujer de risa fácil. Y el libro no tiene ni
una pizca de humor, entonces, ¿qué tal que eso de que la obra refleja
necesariamente al escritor-individuo, como dije antes (obsesiones,
locuras, etc.) son solamente payasadas que les ocurren a los
principiantes? La idea de cierta crítica de descubrir el alma de
un autor por medio de una obra es una utopía y una aberración
indeseable, ni siquiera un periodo histórico, si acaso, una generación,
y ni eso: porque los versos más tristes que escribí ayer ya no me
reflejan hoy.
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