José Vicente Anaya: Llegar hasta el límite, no tocar fondo.

        

 

Dejemos a los alcohólicos tocar fondo, perder su humanidad para descubrir que finalmente hay un dios cualquiera que éste sea, dejemos a los políticos corromperse, volverse tiranos y soñar con el poder; los poetas tenemos nuestros propios negocios: cabalgar sobre el trueno y cabalgar sobre unos muslos femeninos o masculinos, ya sea el caso. El poeta se entrega a las aguas de la divinidad —o de la podredumbre: Baudelaire— y su obligación es mostrarnos sus resultados. En el centro está la pregunta y cada vez más como duda: ¿qué es o qué será la poesía? El verdadero poeta sabe que su respuesta es la misma pero es diferente cada día, pues tal es el caso de las grandes cosas: carecer de definición perpetua. Y cualquier tentativa nueva, entre más vital, innovadora y significativa  sea, será mejor bienvenida, tal es el caso de la obra del maestro José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chihuahua, 1947).

         En julio de 1995 me encontraba en una sórdida habitación de un hotel de Mérida, mi novia me había abandonado sin comida, sin dinero y sin esperanzas, sólo con una pesada  sensación de fracaso,  resaca y dos libros que a pesar de lo que yo había visto como una traición, me los devolvió, esos libros eran: Van Gogh o el suicidado por la sociedad, de Antonin Artaud y Híkuri, de José Vicente Anaya. Cuando uno está en peligro y tiene que sacar fuerzas de algún lado, no se sabe de dónde, es buen momento para leer poesía; así me tocó descubrir Híkuri, este catártico (entiéndase: catártico, nunca derrame ni derramado) poema hecho para expandir la mente a base de las lecciones-visiones del peyote y siempre recordaré

 

                  Súbete al tren de lo desconocido

                  para saciar la vida y

                  visita la luna

                  antes de que la traguen los coyotes

                  C         A         M         I         N         A

                  y sólo confía en el movimiento

                  Cruza tus propios precipicios

                  sin dejar de conocer las celdas

                  donde agonizan los poetas

                  que han encontrado la distancia

                  en el centro de sus corazones:

                  el manicomio de Rodez

                  está en tu casa y

                  el Hospital de Santa Isabel

                  organiza redadas en los plenilunios.

 

Años después me seguía intrigando y preguntando el porqué de tantos paréntesis, rayas y  la musicalidad sincopada de Híkuri aunado a sus palabras en lengua rarámuri. En su conjunto era exactamente lo que todo buen poema debe ser y manifestar: la libertad absoluta del creador. Híkuri no es como la brisna de un poema caribeño, sino denota la desesperación de la autoconciencia, la manifestación de lo que puede la cabeza cuando ésta es mordida por el peyote, es decir, visión pura, compromiso veraz con la palabra que no es pesadez de concepto, ni mera orfebrería de imágenes como lo hacen los malos herederos de Paz, sino auténtico aliento, respiración que es saberse y confirmarse como libre,  un hálito, punto de partida hacia un viaje iniciático. Heredero en el mejor sentido de la palabra de los beats, el maestro Vicente Anaya se acercó al peyote igual que ellos, pero como hombre conciente de su momento histórico, no pretendió ramplonamente imitarlos: los beats crecieron en Anaya en su lengua original, el inglés, y Anaya, dos generaciones más joven, se miró en ellos como mexicano y los vio como una forma de maduración poética y personal. No sé si antes de Híkuri Anaya se había pasoneado de peyote, pero Híkuri es rotundamente iniciático.

 

Tuvieron que pasar seis años para que conociera personalmente al maestro y con su generosidad me ayudara a publicar mi primer libro. Ante mis ojos me resultó siempre como un poeta que hablaba de la poesía como si fuera otra (o la verdadera) antropología, el verdadero estudio del hombre; luego estaban sus vivencias fronterizas: Tijuana, San Diego, Los Ángeles y de ahí, como según dice, fue de los primeros mexicanos en traer discos de Tom Waits a la ciudad de México. También me fascinó su absoluto respeto ante los hallazgos ajenos: él no lee un haiku de Bashoo: él ve toda una  declaración de  estética. En fin, un hombre cabal, completo, pues. Un poeta por los cuatro costados.

         No es posible seguir la apretada agenda de un escritor que se ha consagrado al estudio, escritura, traducción y difusión de la literatura como él desde toda su vida: ha colaborado con reportaje, crítica y ensayos en más de 12 revistas y periódicos nacionales e internacionales como La Cultura en México de Siempre!, Casa del Tiempo (Universidad Autónoma Metropolitana), Unomásuno, Atticus Review (de San Diego, California, USA), Bajareque (Universidad del Zulia, Venezuela), Alero (Universidad de San Carlos, Guatemala), La Jornada Semanal del periódico La Jornada, El Financiero, etc.

         Ha dado lecturas de poesía y conferencias en varias universidades y centros culturales de México, Estados Unidos e Italia y ha tenido importantes aventuras editoriales en más de seis sitios diferentes, hasta que en marzo de 1997 fundó y ahora junto con José Ángel Leyva, dirige alforja REVISTA DE POESÍA, que tiene proyección nacional e internacional y a mi juicio, es absolutamente la mejor revista de poesía que circula en la actualidad y la más arriesgada; en alforja se ha escrito sobre las relaciones entre el tiempo y la poesía, poesía y budismo, poesía contemporánea española, poesía y vanguardia, poesía femenina y feminista, poesía neohelénica y lo que falta por venir.

         ¿Desde dónde escribe el poeta? Existen casi tantas respuestas como poemas: desde el delirio, desde la razón, la soberbia, el bruto egocentrismo, la tonta ocurrencia, la genial espontaneidad, lo libresco, lo erudito, la pasión, la pesadilla... En sus poemas, creo entender que el maestro Anaya se coloca —o más correcto sería acotar—: se desliza, hacia estados que provocan un llamado de conciencia, pero no un vértigo estéril que desemboca en el desasosiego; más bien todo lo contrario: su poesía nos trae a nosotros mismos ante nosotros mismos. El tema puede ser terrible, pero no se nos impregna; poesía que pide ser escuchada desde la conciencia hacia un más allá de ella, como creo percibir en Morgue (1975-1976), una de sus más fecundas rachas creativas, donde el poeta entra al mundo para recorrerlo y el mundo hace lo mismo con él:

                  He salido a revolcar la voz. Con cada paso

                  ascienden las cenizas

                  de los incinerados. La garganta

                  no puede con otro ritmo

                  que esté alejado

                  de los acordes con que responde el piso

                  en cada huella... La noche

                  está empeorando,

                  con esta canción

                  que se introduce

                  a envenenar las venas, como

                  si otro alguien, que soy yo,

                  se hubiera metido en mí

                  para usurparme

                  las ganas de vivir... y

                  en esta pena

                  me preparo un escándalo mayor

                  que sufriré más tarde

                  

Estos tres poemarios inéditos (a excepción de Los valles solitarios nemorosos, publicado por vez primera en 1976) contienen lo que un joven de mi generación, Heriberto Yépez, juzga como lo breve descomunal, noción que me parece acertada. Ya el maestro Anaya en una entrevista aparecida en La Jornada Semanal (num. 287, diciembre de 1994) abundaba sobre el tema:

 

         “Esa expresión está sustentada en la profunda cosmogonía del pueblo chino. Por ser la cultura más antigua del oriente, la cultura china civilizó al Japón y a los pueblos que la rodean. El interés por la brevedad se da principalmente en el taoísmo, allá por el año 400 a. de C. Y en el budismo Chan, que en Japón la pronunciación se deformó en zen, siglos después. El confucianismo es la otra parte filosófica que cultiva la discreción, lo sucinto, el empleo de las palabras en su justa medida y oportunidad. {...} Hay también poemas chinos muy largos, poemas y novelas muy extensos. Lo que más le interesa al taoísmo es hacer que el individuo se sienta como parte de la armonía del Universo, se trata de un concepto llamado sincronicidad. {...} La unidad conforma un signo de totalidad, es la relación entre lo grande y lo pequeño.”

 

         Esta idea del breve concepto poético que rompe con esquemas occidentales de pensamiento, se une a sus otros grandes temas: Vallejo, Miguel Hernández, la posibilidad del surgimiento de cualquier tipo de vanguardia en todo momento (él acotaría que sólo siempre y cuando sea el momento oportuno para que los escritores den a conocer sus intereses profundos), la poesía y el humor, la poesía de los beatniks, sus traducciones de Gregory Corso, Marge Piercy, Ginsberg,  Henry Miller, y la polémica en torno a la demasiada veneración y culto a la figura de Octavio Paz entre las plumas mexicanas, que una vez hecha la brecha, gustosos la recorren sin aportar legítimamente nada nuevo. El propio Paz, que escribió: “tanto el erudito, el sabio, el poeta y el que sueña con la abolición de la siniestra realidad, disputan como perros sobre los restos de tu obra”, a propósito de Sade, ejemplifica lo que a él mismo le ha ocurrido.

         En sus poemas amorosos, como en el ya celebrado Morgue, Anaya ve a su amante que baila, que se desdobla y se crea ante sus ojos; a lo que el poeta le inventa un nombre, Dorinda, en un baile que resulta ser un orgasmo en la memoria en el que el poeta recorre su trayectoria política y cultural: “Y tuvimos Rock para olvidar/ el fastidio de una ciudad/ que se nos encima a fuerza.” O las amigas: “esperaban/ la reencarnación de Trotsky/ en algún compañero/ para hacer el amor con el gran viejo/ sin cráneo destrozado...” Y al final:

Danza, muchacha,

porque nuestro tiempo

no tiene ritmo, ni madre.

El tiempo nos asalta

híbrido para empujarnos hacia un túnel

de espacio tumefacto.

Danza, muchacha, porque

no queremos morir repletos de vacío.

 

 Si tuviera que elegir entre los mejores libros de Anaya (operación que los críticos camuflan), eligiría sin dudar, Híkuri, Morgue y Poetas en la noche del mundo (UNAM, 1997). Éste último libro pertenece a una corriente que prácticamente él a inaugurado en México; el libro de ensayos-traducciones, tal como lo es también su estudio sobre los beats, Los poetas que cayeron del cielo. Pero Poetas en la noche... a mi parecer es más extenso y —afortunadamente—, más pretencioso: ahí se encuentran analogías entre Rimbaud y Henry Miller, la poesía de Charles Bukowski, (poeta “punk” como él lo define), el surrealismo propio de Artaud, una aproximación a las  maravillosas poetas contemporáneas estadounidenses: Di Prima, la suicida y llorada (yo la lloré antes de saber su muerte) Anne Sexton, Wakoski y la segunda parte del libro, que es algo así como un conjunto de intensidades/ aproximaciones al fenómeno poético que recaba Anaya de esa auténtica pandilla mítica-metahistórica de locos y anarcos: Rimbaud, Cesare Pavese, Efraín Huerta, Henry Miller, Kerouac, Robert Duncan, Concha Urquiza, Cioran, Ezra Pound, Huidobro, Sylvia Plath, Jim Morrison, etcétera.

         En fin, creo que el maestro Anaya ha terminado periodos creativos y ha iniciado otros; por más que lo quieran encasillar los críticos, el permanecerá como una de las voces más originales de la literatura mexicana con su obra escrita, traducida y recopilada (sospecho que la tríada es indisoluble) y lo que falta por venir... No me queda nada más que agregar, más que el maestro José Vicente Anaya, como el eterno retorno del que hablaba Nietzsche, está condenado a repetirse cada vez más breve-enorme, más plural-etéreo, más inagotable y que siempre llegará al límite verdadero: cada nuevo decir poético.

 

 

Marcos García Caballero

27 de enero de 2002, ciudad de México.

Prólogo a tres poemarios inéditos del Maestro Vicente Anaya, de próxima publicación.

 

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