El textículo (in) esperado

Marcos García Caballero, diciembre 2002

 

“Seguramente Ernesto Zedillo se leyó un día antes de su último informe de gobierno el Canto a mí mismo de Whitman”. Fue lo que pensé  al día siguiente cuando la portada del Proceso decía: “Yo, Yo, Yo”. Y cuando leí el informe escrito, pensé: “El pobre pendejo no lo entendió”. Salí de mi casa y como siempre, fui escribiendo poemas sueltos en la mente, que no fueron nunca escritos y así es mejor, porque para eso tenemos a Whitman. Lo único que me enparenta con Whitman, si no es el talento, es que yo también me atreví a vender mi libro de casa en casa, en los primeros meses del año 2002. La sorpresa es inmediata, uno va por ahí creyendo que todo el mundo ha leído a Paul Nizan o al propio Whitman y es incuantificable la realidad: La gente apenas sabe que existe la poesía, lo cual crea un magnífico panorama para el poeta joven: Primero, si es que escribes bien, nadie te va a publicar; segundo, la gente no te va a leer más que por conmiseración, los amigos te van a palmear la espalda; tercero, si de verdad eres poeta no te vas a rendir con esto y más te vale encomendarte a San Premio Nobel para cuando crezcas, y mejor ve pensando en renunciar a él, porque la Academia tiene tan mal tino que por honradez, debes pensar en no aceptarlo, tómatelo con calma, falta mucho. 

         Pero no perdamos el tiempo con las paráfrasis de Zedillo, sobre todo ahora con Chente Fox en los Pinos, es mucho más importante no crear poesía que sólo quiere verle la cara de pendejo al lector. Regularmente, esta poesía funciona así: se trata de musicalizar palabras cultas y embonarlas con ideas vagas (las llamadas imágenes poéticas) que el poeta tiene en lo más  profundo de su espíritu: es decir, son dispersiones; dada la musicalidad, (porque a güevo tiene que haberla, si es como el ritmo de la respiración del poeta), el poema está hecho. Y su pendejo para leerlo, es decir, el camarada borracho del poeta y que también quiere ser poeta; lo leerá convencido del misterio que tiene el alma humana en su interior y que sólo por gracia de la poesía nos es factible conocerlo. En literatura, como en los desastres como los del 11 de septiembre, conviene recordar las palabras de Susan Sontag: “Suframos juntos, pero no seamos estúpidos juntos”.  Por eso a mí me interesan cada vez más las poéticas que no parecen poesías explícitas, que en muchos casos son incomprensibles galimatías que sólo por la idiotez pueden llegar a gustarle a alguien, sino la poesía que trabaja con auténticas visiones, (por lo menos la poesía de malabarismos verbales está excluída, porque de antemano avisa que es una vacilada, es como caminar por una calle nueva, con nuevos rostros, nuevas tiendas, nuevos perros y nuevos bagabundos y nuevos puestos de periódicos. Un mundo nuevo, en suma, jajjajjaj.) Pero hay otra poesía que es peor  y la peor de todas: la que insulta al lector diciendo esos mismos galimatías tomando al lector como la segunda persona narrativa verbal. El mensaje de esta poesía es: ¿Y tú quién eres? ¿Cómo te atreves a leerme en esta revista y/o suplemento cultural al que sabes que nunca te publicarán a ti?

         La verdadera poesía, si es que todavía existe, deberá ser aquella escrita por auténticos profetas, visionarios que han explorado en su ensimismamiento o en lo que sea que los haya desembocado en otra totalidad, otro mundo, y eso cuesta explorar el fuero interno y como eso duele y, sobre todo, el mundo entero conspira para que uno nunca pueda llegar a ese otro que soy yo mismo, nadie quiere ser poeta. Aquí es donde se ve porque Rimbaud sigue siendo nuestro Rimbaud, porque exploró hasta la medula el mundo interior y exterior y logró conurbarlos mediante el acto poético y murió joven, como debe de ser. Nadie quisiera ver a un verdadero loco como Antonin Artaud, uno de los mejores del grupo surrealista francés de los años treintas del siglo XX, ocupando un puesto en la burocracia cultural después de haberle confesado a su psiquiatra que veía: “crecer una noche dentro de la misma noche”. Este no murió tan joven, pero su locura hizo lo suficiente para volverlo tan inteligente para probar que con verdad se reta a lo absoluto cuando se quiere ser poeta, en la sentencia de Platón:

 

Todo aquel que se atreve a escribir poesía sin estar poseído por el delirio que este arte exige, creyendo que puede ser poeta tan sólo por escribir de acuerdo con determinados recursos técnicos, estará muy lejos de ser un verdadero poeta. Pues la poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila locura divina.

 

Ésta poesía, desde los tiempos griegos, es la única que merece tener ese nombre y por lo que se ve en los nuevos libros y toda la basura galardonada, podemos decir, contentos, que esa es la que necesitamos leer (uso la clave de los cómplices porque sé que sólo los que quieren escribir este tipo de poesía leerán este textículo, no los simples lectores, porque éstos, ya no existen para mi generación, por lo menos), en otras palabras, los invito a desembocar en la totalidad, y que nuestros textos sean un concierto de totalidades, de laberintos internos, donde los poemas amanecen a pesar de todo, donde es posible que la amada sea la que da “las maderas curvadas de sus besos”, como decía Vallejo, y así siempre así, hasta que la humedad distante del presente, retorne al árbol que la engendró y la alimenta, y desde esta orilla de mar como la otra, se atisbe la luminosidad de la presencia.

 

 

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