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Diálogo
entre Filosofía y Poesía Por
Marcos García Caballero Quizá
sea cierto que el filósofo encuentra más verdad al cuestionarse sobre la
existencia que el poeta. Ésta enunciación, por sí sola, me parece sólo
aparente. Todos los grandes filósofos que han indagado o cuestionado
el fenómeno poético (Desde Platón a Nietzsche y hasta
Heidegger), han tenido que quitarse el sombrero ante los grandes poetas.
Esto no significa que la culminación de la filosofía sea la poesía ni
viceversa. Para resolver este embrollo, tendríamos que recorrer ambos
caminos, por más ultrajante que le parezca a los mayores ejecutores de
ambas disciplinas y esto
es gracias a que sólo los grandes temas son tocados por ellas.
Ahí donde el filósofo discute sobre la ética, el poeta hace crítica
del tiempo y de la actualidad, lo cual significa asumir un tipo especial
de moral —o ética, como se quiera, disciplina que Nietzsche consideraba
el pilar de toda la filosofía—; una poética que a nadie juzga, pero
que a todos llama, de a uno por
uno, considerándolos irrepetibles y únicos (“la verdadera solidaridad
sólo es posible entre solitarios” José Bergamín dixit): el poeta crea
a sus semejantes en la lectura gracias a la llamada polisemia, multitud de
significados de la poesía que puede arribar en cualquiera que mire que el
lenguaje, como decía Borges, es realmente un hecho estético ajeno a la
realidad de todos los días y esto lo saben muy bien los lingüistas: toda
lengua es convencional, cierto, pero tal convencionalidad parte también
de que todos entendemos, asumimos y
nos gustan las metáforas. Si es lenguaje poético, es falso, dirán
algunos, porque parte de las visiones y las exaltaciones, pero es que ¿de
qué otro modo pueden surgir las nuevas palabras y los significados
radicalmente nuevos que todos necesitamos? (Por tanto, la poesía se debería
de prohibir a los adultos mayores de 35 como insinuaba en su pequeña Utopía
Bertrand Russell, visión demasiado platónica porque entonces a la
juventud con propensión al acto poético sólo le quedaría un camino: el
genio, la locura, y pasados los 35 ¿cobrar pensión? Ni madre. Creo que
el viejo Bertie se equivocó.) Más bien las palabras no son malas ni
buenas, sólo son palabras, sí, pero todas nos tienen guardado algo
oculto para cada uno, un mensaje que nos puede llevar a la desesperación
o a la alegría, como decía Freud. Mejor subrayemos el hecho de que
filosofía y poesía parten del hecho obvio: ambas están fincadas en las
palabras, la filosofía las vuelve un pedernal de idea pura; el poeta
pareciera trascenderlas creando sus propios mundos verbales, pero ninguno
de los dos puede abandonar el lenguaje, es decir, la polémica. Pareciera
que el poeta quiere producir humanidad en el sujeto (¡Producir humanidad
en vez de humanidad productiva: vaya arrogancia más intolerable para los
valores “prácticos” que la misma sociedad enajenada predica!)
partiendo como materia prima lo
real, pero lo real dado y no merecido: de ahí que el primer acercamiento
del poeta sea Natura interna-externa tomada como nostalgia del paraíso y,
paradójicamente, de quien mejor aprende el poeta sus lecciones —cómo
no— es del Diablo, del abismo, del hueco que ha dejado en la Tierra el
fin del Paraíso. Mientras tanto, el filósofo lo que quiere es merecer,
sabe que al enfrentarse a la razón y tomar al toro por los cuernos está
ciego, solo frente al absoluto diciéndose: “Yo pienso”, actitud
citada por Kundera de Descartes y que Hegel llamó, con razón, heroica.
Al poner en tela de juicio al conocimiento tentativamente “coloquial”,
el filósofo sabe que sólo ganará lo que logre por su propio empeño,
incluso, luchando contra su propio bagaje cultural o reexaminarlo
todo. Al crear verdad entre más y más se aleja de la misma realidad
para verla desde arriba, el filósofo queda solo igual que el poeta:
pensar es alejarse, perder referentes,
caer en el desasosiego gracias al hambre de querer saberlo todo,
pero ojo: sería un error creer que del desasosiego filosófico en busca
de la sabiduría se lleva a la poesía como compañera de viaje. Ahí
donde el filósofo especula y se abre paso entre la opinión de su tiempo
y de las nociones de la época,
para indagar, por ejemplo, sobre la ontología, el poeta ya ha llegado
primero y como prueba irrefutable tenemos la poesía épica con uno de sus
mejores representantes: el gran poeta Homero. Él no se preguntaba por los
modos y las abstracciones del ser, simplemente fundó lo que llamamos
cultura occidental. En sus orígenes, poesía y filosofía eran
indisolubles y escarbaban en lo mismo, por ejemplo a este respecto, me
parece significativo que para Hesíodo, el gran poeta griego autor de la
Teogonía, la palabra caos como la conocemos ahora, significara
“abertura”; (Y recordemos que esto fue escrito mucho antes del Génesis
de la Biblia) vaya curiosidad todavía mayor que veintiocho siglos después
Gaston Bachelard insinuara que escribir (o leer) poesía significa
“descubrir” nuestras habitaciones internas. Si la analogía entre Hesíodo
y Bachelard es tolerable, podemos decir que la poesía y la filosofía
nacieron en el hombre por la misma incógnita pero que tomaron caminos
diferentes; filosofar para preguntarse ante todo y ante todos: ¿por qué?,
y la poesía, en su necedad taumatúrgica, transmitir lo que en el hombre
se oculta tras las bambalinas de la razón. Hesíodo
habla de los albores del universo y cuando se pregunta por él, se
da cuenta, es decir, tiene conciencia. Hesíodo es el padre de los grandes
metafísicos del siglo XX y su pregunta fundamental: ¿Por qué hay algo y
no mas bien nada? Todos los grandes poetas, de una u otra forma, han
asumido esta pregunta con fascinación, prefieren no contestar y revolcarse en la pregunta misma con una idea parcial de la
nada en correlación solidaria con el ser humano. (Es decir, es idea
parcial de la nada porque la nada absoluta, según la concepción clásica,
sólo es un “ente de razón” es decir, algo impensable. La idea
parcial de la nada es completamente humana y subjetiva y es, para citar la
hermosa frase de Heidegger, cuando el espíritu se encuentra: “flotando
en el suspenso”). Por esto, el mensaje más profundo del poeta es:
“Hay misterio, y no solamente hay misterio sino hay lenguaje para
llamarlo, para recorrerlo, para sentirlo”
Es claro, entonces, que la Filosofía y la Poesía eran y han sido
la búsqueda del comienzo, lo
primigenio y por supuesto, el fundamento racional e irracional que
precede a todo saber y que a todo saber posibilita: el lenguaje. El
misterio del nacimiento del lenguaje no se refiere a lo que el ser es en
tanto ser, cosa sumamente abstracta y en la que no profundizaré, pero
sospecho que se parece más a una enunciación poética (es decir, metafórica),
sea del tipo que en su día haya sido. La permanente situación de crisis
en las Humanidades no puede deberse a otra cosa que no sea la crisis en la
que vive la filosofía, en tanto que es un discurso con visión
responsable sobre la totalidad de la realidad y por otro lado, las
reiteraciones y el estancamiento en que se encuentra la poesía. A mi
entender, poesía y filosofía engloban y perfilan con mayor amplitud de
significación al hombre en tanto ser simbólico inmerso en la comunidad
de los semejantes, donde todos pueden y deben hacerse oír, pero a
sabiendas de lo que significa sentir el peso de esta semejanza y asumir la
diferencia, la pequeña diferencia, —como escribió Savater— en que
nos jugamos la vida. Poesía y filosofía:
Totalidad de eso que llamamos ciencias humanas y que es en estas
dos ramas del saber desde donde intelectualmente entenderemos mejor el
mundo. María
Zambrano definió a la realidad como “lo que me circunda y me
resiste”. Octavio Paz escribió: “El espíritu es una invención del
cuerpo/ el cuerpo una invención del mundo/ el mundo una invención del
espíritu”. Más allá de nuestros gustos o disgustos con Paz y
Zambrano, ahí está el conocimiento y el legado poético de la humanidad
y también el legado filosófico. Actualmente
en las universidades la creación poética se mira con recelo y para esto
hay una razón, todos los ninguneadores de la poesía sospechan que la
poesía puede ser todo lo que ellos quieran: se les abre ante ellos el
discurso poético y evidentemente esto causa terror, realmente como dijo
Zambrano, la poesía es el infierno, el terreno de lo ilimitado, donde
todo puede ser contrario a lo que se dijo en un primer disparo o todavía
mejor: que el disparo de donde debe dar: el corazón humano, ahí donde el
ser humano se reconoce como algo más que herramienta, un servir para algo
o alguien, ahí donde el ser humano
sabe que no se agota en categorías políticas, jurídicas o simplemente
laborales, y esto no es que signifique tener mucha alma o ser sensiblero,
sino simplemente tener capacidad de asombro ante la obra artística poética.
En este asombrarse del público o el lector, coinciden toda la banda de
artistas con la frase de Rilke: es porque
nos detiene. Nos saca de la vorágine del mundo para mirarnos un poco de
reojo a nosotros mismos, de ahí también le vienen a la poesía su rango
de logos, su poiesis, (Aristóteles), o en términos freudianos, su eros y
tanatos. Aquí otro parecido entre la filosofía y la poesía: toda poesía
es socrática, o por lo menos, sigue el método de Sócrates, la mayéutica:
hacer que el alumno o el público, descubran lo que ya estaba en ellos y
permanecía dormido. La filosofía es un discurso en cuyo punto de partida
se encauza su búsqueda. Si el poeta no sabe a dónde va a llegar gracias
al viento impetuoso de la poesía, el filósofo lo que no sabe es a dónde
ha llegado con su fidelidad a la inmanencia del concepto y del discurso
que brota de la exploración ontológica. La tradición filosófica obliga
a discrepar a los pensadores entre sí: ya Aristóteles cita a más de
cincuenta autores y refuta las aporías de Anaximandro, pero a ninguno, ni
actual como Evandro Agazzi ni canónico como Schopenhauer, se le hubiera
ocurrido nunca improvisar. Algunos poetas ya han apuntado que la poesía
puede verse como una exploración al infinito, pero que nace del hombre y
a él debe volver, pero éste es un darse cuenta hasta después, después
de “salir a revolcar la voz” como dice el poeta José Vicente Anaya.
Mientras la poesía va perdiendo métrica y los sonetos caen en desuso
despojados de esa magia que tal vez alguna vez tuvieron, la filosofía se
encierra en las universidades y parece no tener ámbito de acción fuera
de las aulas. La generalización es exagerada, pero es que poetas y filósofos
deben serlo. “Las cosas no son tan sencillas”, se dice el Bien en su
monólogo monterroseano: es decir, las Humanidades sólo son rentables por
su permanente-contingente estado de crisis y, si no fuera así, ¿para qué
chingados o demonios íbamos a poder leer a Baudelaire, o a Kafka, o a
Bioy Casares o a los filósofos socráticos o a los antisocráticos como
si no fueran indiscutiblemente modernos? La Filosofía y la Poesía son,
pues, cimiento, base y
sobretodo invención profunda una, de la razón; la otra, de lo no
racional. Además de subrayar el carácter fundacional de la filosofía y
la poesía, opino que las mujeres asesinadas en Juárez
es un asunto de la mayor prioridad en la agenda de gobierno de Fox,
así como resolver el caso Digna Ochoa. Marcos
García Caballero, (1973) Es egresado de la Escuela de Escritores de la
SOGEM. Ha colaborado en varias revistas y portales de internet, tiene
publicado el libro de poesía Infinitos
dispersos, (2001) y es premio nacional 2002 en el género de narrativa
Salvador Gallardo Dávalos por su novela Edad
en el alba, ha colaborado en
programas culturales para jóvenes en el D.F. y en
actividades de apoyo a las bases zapatistas de Chiapas. Participó
en las jornadas Lopezvelardeanas en Zacatecas dedicadas a Eduardo Lizalde
y también teje algo en el silbante telar del tiempo.
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