El niño tzeltal
Marcos García Caballero
Escucho el rastro del rinoceronte tras la mirada del niño tzeltal que me mira tomándole una fotografía. Hemos venido de muy lejos a repartir éstos juguetes y éstas piñatas. Los niños sin nombre lo saben, por eso es que su nombre es uno sólo y es ninguno, pero ahí está el niño y me mira. Sin querer descubro en su frente unas manchas doradas del himno a la angustia que ya se ha perdido en las cuencas de su historia, —la del niño y la del pueblo—, pues no se sabe quién lo inició ni cuál será su fin. Pero de que ahí en esta foto hay un rinoceronte lo hay: viene galopando entre gemidos de bestias y un rumiar de bosques enmohecidos, cuyo tamiz es el olvido de la historia. ¿Quién será, pues, de los Marcos posibles que soy y que me albergan, al que éste niño petrificó con su mirada? Porque al parecer obvio y simiesco el petrificado es él, ahí en su foto, pero cada que platico sobre el contexto que en mi memoria me reúne con los compañeros del EZLN, curioso, pero todos se quedan con la boca abierta, y en esa estúpida ignorancia descubierta, vuelve a trotar, para apaciguarla, este himno y éste rinoceronte, cuya fuerza te toca y dice: “no es suficiente con esta pena, éste dolor y cualesquiera que sean tus leit motivs para cultivar tu grito, razón de tu parcela de crueldad, malicia, ingenuidad, o sagaz volición del autoescarnio, aférrate a eso, quien quiera que seas”. ¿Dónde, cómo...? Tartamudeo, como nunca: ha pasado un chucho enfrente de mis ojos. El corazón es tan soberbio que pretende levitar y soñar al mismo tiempo. El niño tzeltal lo ha visto todo, deja la fotografía y corre a jugar con la pelota que les hemos traído. Él sabe lo que yo sólo he descrito. Sin embargo me arropo con éstas palabras para decirme: “Fe o montaña, primero agarro la fe y luego muevo la montaña, para desdecirme de mi saber que sé y que he sabido siempre, necesito patear la palabra siempre para que mi puño mantenga el ahora, y tal vez, hasta el real”. 3 de julio 2002 Es el eco de tu mirada mil veces mirada, es el sueño de la palabra que se enristra y enarbola, es el cuerpo a cuerpo con la idea y el concepto podrido y rancio de lo que ha sido y será, es la multitud nocturna de serpientes que te patean la vida, es el sarcasmo del vacío al pretender iniciar la búsqueda, es lo vedado y lo secreto. Es la culata y la espuela, la maldición de ser niño arrojado a la peste adulta, es la virtud dorada con la boca sedienta, es la lógica del verbo, la carne del espíritu, la soledad a tientas buscando un rostro para ser reconocido, es la ilusión de ser portavoz de un mundo imposible, y su imposibilidad radica en la mano izquierda, en la libertad, el placer y el gozo. La naturaleza es compacta: cabe en mi mano derecha, pero como en cuestiones poéticas soy ambidiestro, me estiro y cierro este telón antes de que algún chapucero diga que escribo versos para la inmortalidad o para la literatura. No escribo el poema: es él solo el que se escribe en mi ser. Vaya usté a saber qué será el ser, que ningún libro gordo de ontología lo ha descubierto, por eso yo respondo que no soy un ser sino un querer: quiero refundar a la poesía, bautizar de nuevo al oso, a la nutria, al tigre, a los techos del mundo, a los barcos que parten del puerto y de la pubertad, a la raíz niña, sirena, espejo para demostrar la vida y escudriñar en la memoria tu soledad amplia como mi sonrisa, quiero que se ramifique la respuesta del árbol de la ignorancia, quiero entrometerme en política, quiero dar mi opinión sobre la mosca y la bestia, quiero gritar hacia el silencio y quiero que el silencio me enseñe los colores de la flama, la roca y el agua. Quiero saber aquí y ahora el recorrido de la ingenuidad a la crueldad Quiero abrir el tiempo para salirme de él con la parsimonia de quien deja el mar y busca su toalla, quiero escucharme en la convención de los recuerdos, quiero ser una catarsis tamaño carretera, quiero ser ese ser que ya soy queriendo más y más... Y también a ti te quiero, esponja, mar picado, enredadera, concha y foca que sueña ser delfín, porque sin ti y sin tus ojos yo no sería ese querer que no se cansa, no sería el maldito ímpetu que no sabe doblegarse: caería escalones abajo en el mar y literalmente sería del fin.
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