El efectismo: tesis, antítesis y síntesis

                                                                           Marcos García Caballero

 

En tiempos relativamente recientes, movido acaso gracias a una pequeña sospecha que he querido convertir en reflexión, he seguido en diversos libros de ensayos, artículos de revistas y suplementos culturales, los comentarios en torno al efectismo en literatura y en general, en las artes. Como en todo, hay partidarios a favor y en contra del fenómeno (más exacto sería denominarlo recurso): los que están a favor exponen sus razones, que en el mayor y mejor de los casos podríamos resumir de éste modo: la literatura y las artes no deben darle la espalda a la diversión: el arte visto como entretenimiento para paladares exigentes y aún para los menos exigentes. Los que están en contra del efectismo, comparan, es decir, colocan en segundo lugar las obras calificadas por ellos de efectistas y en un inmaculado y único pedestal las obras que merecen general aplauso de obras maestras, precisamente por no estar  elaboradas (al menos en sus puntos cumbre) por el puñado de unos cuantos recursos.

Se me ocurre que los primeros son los que se basan en la relatividad del arte, y de la vida, en general: aquellos que a fuerza y a cierta coerción argumentativa logran dar validez a sus puntos de vista. Considero que los segundos sostienen lo radicalmente opuesto, son aquellos a los que el arte y las letras en realidad los inspiran, los que se nutren y enriquecen con las obras de arte o literarias y ven en ellas un ejemplo a seguir. Es decir, es un punto de vista con categoría moral, basado en criterios éticos del arte o, por lo menos, de lo que debería ser el arte. Los primeros son cerebrales y relativistas; los segundos, se acercan a lo que en la década de 1960 fue un debate muy importante: el debate del intelectual comprometido, activo, y definitivamente con un papel muy claro que jugar frente a la masa y contra y/o frente al Estado.

A pesar del aparente antagonismo entre las dos posturas hasta aquí contrastadas, me parece que ambas tienen un ancestro común que se halla en la segunda mitad del siglo XIX; que evolucionó con las vanguardias artísticas del siglo XX (entre las que cuento: futurismo, creacionismo, cubismo, expresionismo, dadaísmo y surrealismo); que surgieron, entre otras cosas, del afán y necesidad de “un absoluto moral” —según Tristán Tzara comenta en particular del dadaísmo—, y obviamente, dichas vanguardias se alimentaron de una protesta al capitalismo salvaje y burgués y se resolvieron como un saludo al socialismo y al comunismo soviético; y terminaron decayendo, al igual que éstos, hacia mediados del siglo XX.

Es curioso el hecho de que la vanguardia que surgió de la posguerra en los cincuentas, fuera una literatura que mirándola bien, no se identifica con ninguna de las dos posturas antes mencionadas: los beatniks estadounidenses no se proclamaban ni cerebrales-relativistas ni éticos-del-deber-ser-del-arte: pero eso sí ¡Eran vitales y explosivos! Permanentemente desafiantes e inconformes ante el panorama mundial tras la guerra, estaban en contra de la sociedad puritana, de la moral chata establecida en los Estados Unidos, en contra de la demasiada intelectualización del alma del hombre por los métodos psicoanalíticos, etcétera. Curiosamente, entre los partidarios o antipartidarios de efectismo los beats no figuran ni a favor ni en contra...

Si me guío por los partidarios del efectismo, tendría que concluir que desde Crimen y castigo, Pedro Páramo hasta La guerra de las galaxias, son obras, efectivamente, efectistas. Si me guío por los que son sus detractores, Libertad bajo palabra, Trópico de cáncer o hasta 2001: odisea del espacio, son obras que para nada son efectistas. Para mí las seis obras son fundamentales. Lo cierto es que el efectismo es espectacular, su poder radica en la inmediata seducción soporífera, ante él, el público o el lector se sienten inmediatamente atrapados, se hace oír a como dé lugar: en lo más profundo se trata de un grito, mientras que el arte no efectista se trata de un silencio, una meditación. Y del grito a la meditación transcurre la única etapa de nuestra vida que quisiéramos ver eternizada: la adolescencia. En ésta etapa de nuestra vida, como dijo Paul Nizan, todo amenaza con destruírnos: el amor, el trabajo, los adultos y toda la mar de tentaciones y pestes. Por eso, por haberla superado, la adolescencia es nuestra más querida cicatriz, la queremos tanto porque fue el momento en que nos sentimos realmente vivos, ésta es la época de las grandes pasiones amorosas, de las pandillas míticas, de los grandes viajes y del aprendizaje de tratar de vencer el miedo a toda costa custodiados con nuestra auténtica sombra: la muerte, la que en esos momentos no sabemos que nos pertenece. El efectismo es el grito que descubre  la muerte, el arte no efectista es el que, por medio de la introspección, nos separa del vértigo de esa obligada amenaza. Arte efectista o arte sin efecto (recursos técnicos o fórmulas ya gastadas o nuevas) me suena muy parecido a tratar de entender  la diferencia entre fondo y forma, lo cual es idiota, porque el concepto que tenemos del ser humano se ha venido especulando desde los tiempos de la Grecia clásica y siempre, en permanente estado crítico: contingente: Se va o no se va, ¿se ira? ¿Ya se fue? Claro, pero ha estado aquí desde hace dos mil años de trabajo intelectual. Ahí donde el necio ve forma, otro necio  dirá  fondo. La verdad es que la forma es fondo y viceversa. Pero claro, en los terrenos de la crítica literaria y de arte en general,  se segrega y se vilipendia por un grupo de especialistas al arte efectista. Estos críticos serios,  sólo son payasos  que pretenden ejercer el poder de la opinión y cultivar la parcela de poder cultural para mantenerse alejados del vulgo que sólo gusta del espectáculo, según ellos, público irredimible. Como si Shakespeare hubiera tenido a un público más intelectualizado que Harry Potter. La crítica seria debería parecer más bien literatura barata,  es decir, graciosa; un ejercicio que se desarme así mismo, como el ejercicio mismo de la creación y sobretodo porque ningún arte está pidiendo la autorización ni la viada de nadie. Mejores gritos, mejores meditaciones, especulación explícita, eso debemos esperar. ¿Nada  más? Nada menos.

 

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