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Música Sagrada
Siento tan grande, como dicho queda, la
dignidad y la eficacia del canto religioso, sumamente necesario es cuidar con solícito
empeño su estructura en todos los aspectos, para lograr de ella saludables frutos. Es
necesario, ante todo, que el canto y la música sagrados, vinculados más de cerca al
culto litúrgico de la Iglesia, consigan el fin excelso que se proponen. Porque esta
música -como ya lo advertía sabiamente Nuestro Predecesor San Pío X- debe poseer las
cualidades propias de la liturgia y, ante todo, la santidad y la bondad de la forma; de
donde se logra necesariamente otra característica suya, la universalidad[19].
La música debe ser santa. Que nada admita
-ni permita ni insinúe en las melodías con que es presentada- que sepa a profano.
Santidad, a la que se ajusta, sobre todo, el canto gregoriano que, a lo largo de tantos
siglos, se usa en la Iglesia, que con razón lo considera como patrimonio suyo. En efecto,
por la íntima conexión entre las palabras del texto sagrado y sus correspondientes
melodías, este canto sagrado no tan sólo se ajusta perfectísimamente a aquellas, sino
que interpreta también su fuerza y eficacia a la par que destila dulce suavidad en el
espíritu de los oyentes, lográndolo por "medios musicales" ciertamente llanos
y sencillos, mas de inspiración artística tan santa y tan sublime que en todos excita
sincera admiración; y constituye, además, una fuente inagotable de donde artistas y
compositores de música sagrada sacan luego nuevas armonías. Conservar cuidadosamente
este precioso tesoro del sagrado canto gregoriano y lograr que el pueblo cristiano lo viva
intensamente es deber de aquellos en cuyas manos puso Cristo nuestro Señor las riquezas
de su Iglesia, para su custodia y distribución. Por eso, todo cuanto Nuestros
Predecesores San Pío X -con razón llamado "el restaurador del canto
gregoriano"[20]- y Pío XI[21] sabiamente ordenaron e inculcaron, también Nos, por
reconocer las excelentes cualidades que adornan al genuino canto gregoriano, lodeseamos y
mandamos se lleve a efecto; a saber: que en la celebración de los ritos litúrgicos se
haga amplio uso de este canto sagrado; y que con suma diligencia se cuide de ejecutarlo
exacta, digna y piadosamente. Y si, para las fiestas recientemente introducidas se
hubieren de componer nuevos cantos, se encarguen de ello compositores bien acreditados que
con fidelidad observen las leyes propias del verdadero canto gregoriano, de modo que las
nuevas composiciones, por su fuerza y su pureza, sean dignas de juntarse con las antiguas.
Al cumplir estas prescripciones en toda su
plenitud, se habrá logrado debidamente la segunda condición de la música sagrada, la de
ser obra verdaderamente artística; porque, si en todos los templos católicos el canto
gregoriano resonare puro e incorrupto, al igual que la sagrada Liturgia Romana, ofrecerá
la nota de universalidad, de suerte que los fieles, doquier se hallaren, escucharán
cantos que les son conocidos y como propios, y con gran alegría de su alma
experimentarán la admirable unidad de la Iglesia. Esta es una de las razones principales
de que la Iglesia desee tanto que el canto gregoriano se adapte todo lo más posible a las
palabras latinas de la sagrada Liturgia. Bien sabedores, por lo demás, de cómo la misma
Sede Apostólica, por graves razones, ha concedido en este punto algunas excepciones
netamente delimitadas, queremos que no se amplíen o propaguen y extiendan a otras
regiones sin el debido permiso de la Santa Sede. Más aún, el Ordinario del lugar y
demás sagrados pastores procuren con diligencia que, aun donde se permita usar tales
concesiones, aprendan los fieles desde su niñez las melodías Gregorianas más fáciles y
más usadas, y sepan usarlas también en los sagrados ritos litúrgicos, de modo que aun
en esto resplandezcan cada vez más la unidad y universalidad de la Iglesia.
Sin embargo, allí donde una costumbre
secular o inmemorial exige que en la misa solemne, luego de cantadas en latín las
sagradas palabras litúrgicas, se inserten alguno cánticos populares en lengua vulgar,
los Ordinarios de los lugares podrán permitir o si, atendidas las circunstancias de
personas y lugares, estiman que es imprudente suprimir esta costumbre[22], mas observada
por completo la ley que prescribe que los textos litúrgicos no sean cantados en lengua
vulgar, según ya antes se ha dicho Para que cantores y fieles entiendan bien el
significado de las palabras litúrgicas obre las que se apoya la melodía musical, Nos
place repetir la exhortación de los Padres el Concilio
Tridentino, hecha sobre todo a los pastores y a cuantos ejercen cura de almas, pa a que
frecuentemente durante la celebración de las misas expongan por sí o por otros a go de
lo que en la misa se lee y declaren alguno de los misterios que en este sacrificio se
ncierran, y ello de modo especial en los domingos y días de fiesta[23], y para que lo
haga principalmente cuando se da la catequesis al pueblo cristiano. Con mayor facilidad
que en los tiempos pasados podrá esto hacerse en nuetros días, porque las palabras de la
Liturgia se hallan traducidas al lenguaje vulgar y su explicación se encuentra en libros
y folletos manuales que, compuestos en casi todas las naciones por escritores competente,
pueden ayudar e iluminar con eficacia a los fieles para que también ellos entiendan, y en
cierto modo participen, en lo que los sagrados ministros expresan en lengua latina.
Claro es que todo lo que brevemente se ha
expuesto sobre el canto Gregoriano se refiere principalmente al rito romano latino de la
Iglesia; mas -en lo que procediere- se puede acomodar también a los cantos litúrgicos de
otros ritos, tanto de los pueblos del Occidente -Ambrosiano, Galicano, Mozárabe- como de
los Orientales. En efecto, todos ellos demuestran la admirable riqueza de la Iglesia en la
acción litúrgica y en las fórmulas de orar; pero cada uno conserva también en su
propio canto litúrgico preciosos tesoros, que conviene guardar y liberar no sólo de la
ruina, sino aun de cualquier deterioro o deformación. Entre los.más antiguos y valiosos
monumentos de música sagrada ocupan, sin duda, lugar preeminente los cantos litúrgicos
de los varios Ritos Orientales, cuyas melodías tanto influyeron en los de la Iglesia
occidental, con las adaptaciones requeridas por la índole propia de la Liturgia latina.
Es deseo Nuestro que la selección de cantos de los sagrados Ritos Orientales -en la que
con tan gran entusiasmo trabaja el Pontificio Instituto de Ritos Orientales, con la
cooperación del Pontificio Instituto de Música Sagrada- se lleve a feliz término así
en lo doctrinal como en lo práctico, de tal suerte que también los alumnos
pertenecientes al Rito Oriental, educados perfectamente en el canto sagrado, puedan,
cuando ya fueren sacerdotes, contribuir también con ello eficazmente a aumentar la
hermosura de la casa de Dios.
Ni se crea que, al exponer estas ideas en
alabanza y recomendación del canto gregoriano, sea intención Nuestra el desterrar de los
ritos de la Iglesia la polifonía sagrada, que, si está hermoseada con las debidas
propiedades, puede ayudar mucho a la magnificencia del culto divino, excitando piadosos
afectos en las almas de los fieles. Nadie, ciertamente, ignora que muchos de los cantos
polifónicos, compuestos principalmente en el siglo XVI, se distinguen por tal pureza de
arte y tal riqueza de melodía, que son plenamente dignos de acompañar los sagrados ritos
de la Iglesia, y darles realce. Si en el correr de los siglos ha decaído poco a poco el
genuino arte polifónico, y no pocas veces se le han mezclado elementos profanos, en estos
últimos decenios -gracias al incansable empeño de competentes maestros- puede decirse
que se ha logrado una feliz restauración, al haber sido estudiadas e investigadas con
ardor las obras de los antiguos maestros, quedando luego propuestas a la imitación y
emulación de los compositores modernos. Y así sucede que tanto en las basílicas y
catedrales como en las iglesias de religiosos se interpretan, con sumo honor para la sacra
liturgia, magníficas obras de los antiguos autores junto a las composiciones polifónicas
de los modernos; más aún, sabemos que hasta en iglesias más pequeñas se ejecutan, y no
raras veces, cantos polifónicos más sencillos, pero dignos y verdaderamente artísticos.
La Iglesia ampara con su favor todos estos intentos, pues, como decía Nuestro Predecesor,
de i. m., San Pío X, ella cultivó sin cesar el progreso de las artes y lo favoreció,
admitiendo para la vida práctica religiosa cuanto de bueno y hermoso inventó el ingenio
humano a lo largo de los siglos, sin más restricción que las leyes litúrgicas[24].
Estas leyes advierten que tan grave asunto se vigile con toda prudencia y cuidado, para
que no se lleven al templo cantos polifónicos tales que, por cierta especie de
modulación exuberante e hinchada, se oscurezcan con su exceso las palabras sagradas de la
liturgia, o interrumpan la acción del rito divino, o sobrepasen, en fin, no sin desdoro
del culto sagrado, la pericia y práctica de los cantores.
Estas normas se han de aplicar también al
uso del órgano y de los demás instrumentos de música. Entre los instrumentos a los que
se les da entrada en las iglesias ocupa con razón el primer puesto el órgano, que tan
particularmente se acomoda a los cánticos y ritos sagrados, comunica un notable esplendor
y una particular magnificencia a las ceremonias de la Iglesia, conmueve las almas de los
fieles con la grandiosidad y dulzura de sus sonidos, llena las almas de una alegría casi
celestial y las eleva con vehemencia hacia Dios y los bienes sobrenaturales. Pero, además
del órgano, hay otros instrumentos que pueden ayudar eficazmente a conseguir.el elevado
fin de la música sagrada, con tal que nada tengan de profano, estridente o estrepitoso
que desdiga de la función sagrada o de la seriedad del lugar. Sobresalen el violín y
demás instrumentos de arco, que, tanto solos como acompañados por otros instrumentos de
cuerda o por el órgano, tienen singular eficacia para expresar los sentimientos, ya
tristes, ya alegres. Por lo demás, sobre las melodías musicales, que puedan admitirse en
el culto católico, ya hablamos Nos mismo clara y terminantemente en la encíclica
Mediator Dei: "Más aún, si no tienen ningún sabor profano, ni desdicen de la
santidad del sitio o de la acción sagrada, ni nacen de un prurito vacío de buscar algo
raro o maravilloso, débenselas incluso abrir las puertas de nuestros templos, ya que
pueden contribuir no poco a la esplendidez de los actos litúrgicos, a llevar más en alto
los corazones y a nutrir una sincera devoción"[25]. Sin embargo, casi no es
necesario advertir que, donde falten los medio o la habilidad competente, es preferible
abstenerse de tales intentos, antes que producir una obra indigna del culto divino y de
las reuniones sagradas.
Además de esta música, la más íntimamente
relacionada con la sagrada Liturgia de la Iglesia, existen -como decíamos antes- los
cánticos religiosos populares, escritos de ordinario en lengua vulgar. Aunque nacidos del
mismo canto litúrgico, al adaptarse más a la mentalidad y a los sentimientos de cada
pueblo, se diferencian no poco unos de otros, según la índole diversa de los pueblos y
las regiones. Para que estos cánticos produzcan fruto y provecho espiritual en el pueblo
cristiano es necesario que se ajusten plenamente a la doctrina de la fe cristiana, que la
presenten y expliquen en forma precisa, que utilicen una lengua fácil y una música
sencilla, que eviten la ampulosa y vana prolijidad en las palabras y, por último, aun
siendo cortos y fáciles, que se impronten en una cierta dignidad y una cierta gravedad
religiosa. Cánticos sagrados de este tipo, nacidos de lo más íntimo del alma popular,
mueven intensamente los sentimientos del alma y excitan los efectos piadosos, y, al ser
cantados en los actos religiosos por todo el pueblo como con una sola voz, levantan con
grande eficacia las almas de los fieles a las cosas del cielo. Por eso, aunque hemos
escrito antes que no se deben emplear durante las misas cantadas solemnes sin permiso
especial de la Santa Sede, con todo en las misas rezadas pueden ayudar mucho a que los
fieles no asistan al santo sacrificio como espectadores mudos e inactivos, sino que
acompañen la sagrada acción con su espíritu y con su voz y unan su piedad a las
oraciones del sacerdote, con tal que esos cánticos se adapten bien a las diversas partes
de la misa, como con grande gozo sabemos que se hace ya en muchas regiones del orbe
católico. En las funciones no estrictamente litúrgicas pueden tales cánticos
religiosos, si reunieren las debidas cualidades, contribuir maravillosamente para atraer
con provecho al pueblo cristiano, instruirlo, e infundirle una piedad sincera y hasta
llenarlo de santa alegría; y eso, tanto dentro como fuera del recinto sagrado, sobre todo
en procesiones y peregrinaciones a santuarios tradicionales, así como en los congresos
nacionales e internacionales. También pueden ser singularmente útiles para educar los
niños en las verdades católicas, así como para las agrupaciones de los jóvenes y para
las reuniones de las asociaciones piadosas, según bien y más de una vez lo ha demostrado
la experiencia.
Por ello no podemos menos de exhortaros
ahincadamente, Venerables Hermanos, a que.con el mayor cuidado y diligencia promováis
este canto religioso popular. Ni os faltarán peritos que, si antes no se hubiere ya
hecho, cuiden oportunamente de recoger tales cánticos, sistematizándolos a fin de que
los fieles puedan aprenderlos más fácilmente, cantarlos con más familiaridad y
retenerlos más fijos en la memoria. Los que se consagran a la educación de los niños no
dejen de usar debidamente estos medios tan eficaces; los Consiliarios de la juventud
católica empléenlos asimismo con discreción en el desempeño de su importantísimo
oficio. Así pueden esperarse que afortunadamente se obtenga también otro bien que todos
desean, a saber, que se destierren aquellas otras canciones profanas que, o por lo
enervante de la modulación o por la letra voluptuosa y lasciva que muchas veces las
acompaña, suelen constituir un peligro para los cristianos, especialmente para los
jóvenes; y cedan el puesto a estos cánticos, que proporcionan un goce casto y puro, a la
par que aumentan la fe y la piedad. El pueblo cristiano comenzará a entonar ya aquí en
la tierra aquel himno de alabanza, que cantará eternamente en el cielo: Al que está
sentado en el trono, y al Cordero, bendición, honra, gloria y potestad por los siglos de
los siglos[26].
Lo escrito hasta aquí se aplica
principalmente a aquellos pueblos de la Iglesia en los que la religión católica ya se
halla establecida firmemente. En los países de Misiones no es posible llevar a la
práctica exactamente cada una de estas normas, mientras no crezca suficientemente el
número de los cristianos, se construyan templos más capaces, los hijos de los cristianos
acudan regularmente a las escuelas fundadas por la Iglesia y el número desacerdotes
corresponda a las necesidades. Sin embargo, exhortamos instantemente a losobreros
apostólicos que trabajan con celo en aquellas vastas porciones de la viña del Señor a
que, entre las graves preocupaciones de su cargo, presten también atención a este punto.
Muchos de los pueblos confiados a la labor de los misioneros tienen una afición
maravillosa a la música; y realzan con el canto sagrado las ceremonias del culto
idolátrico. No es prudente, por lo tanto, que los heraldos de Cristo verdadero Dios
menosprecien y descuiden en ninguna manera este medio tan eficaz de apostolado. Promuevan,
pues, de buena gana en su ministerio apostólico, los mensajeros del Evangelio en las
naciones paganas, este amor al canto religioso, que goza de tal honor entre los que les
están confiados, de suerte que dichos pueblos puedan oponer a sus cánticos religiosos,
no raras veces admirados aun por las naciones civilizadas, otros semejantes himnos
sagrados cristianos, con los cuales, en la lengua y con las melodías a ellos familiares,
canten las verdades de la fe, la vida de Jesucristo y las alabanzas de la Santísima
Virgen y de los Santos. Recuerden también los mismos misioneros que desde antiguo la
Iglesia católica, cuando enviaba los heraldos del Evangelio a las regiones no iluminadas
aún por la fe, junto con los ritos sagrados procuraba se les mandasen también los
cánticos litúrgicos -entre otros, las melodías gregorianas- a fin de que los pueblos
nuevos en el llamamiento a la fe, cautivados por la suavidad de la música, se
resolviesen, más fácilmente atraídos, a abrazar las verdades de la religión cristiana.
[19] Acta Pii X, l. c., 78.
[20] Lettera al Card. Respighi, Acta Pii X, l. c., 68-74; v. p. 73 ss.; A.S.S. 36 (1903-4)
325-329; 395-398; v. 398.
[21] Pius XI Const. apost.
Divini cultus: A.A.S. 21 (1929) 33 ss.
[22] C.I.C. can. 5.
[23] Conc. Trid. sess. 22 De sacrificio Missae, 8.
[24] Acta Pii X, l. c. 80.
[25] A.A.S. 39 (1947) 590.
[26] Apoc. 5, 13.
   
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