|
 |
|
|
|
Música - Iglesia
A nadie sorprenderá
que la Iglesia se interese tanto por la música sagrada. No se trata, es verdad, de dictar
leyes de carácter estético o técnico respecto a la noble disciplina de la música; en
cambio, es intención de la Iglesia defenderla de cuanto pudiese rebajar su dignidad,
llamada como está a prestar servicio en campo de tan gran importancia como es el del
culto divino.
En esto, la música sacra no obedece a leyes y normas distintas de las que rigen en toda
forma de arte religioso. No ignoramos que en estos últimos años, algunos artistas, con
grave ofensa de la piedad cristiana, han osado introducir en las iglesias obras faltas de
toda inspiración religiosa y en abierta oposición aun con las justas reglas del arte.
Quieren justificar su deplorable conducta con argumentos especiosos que dicen deducirse de
la naturaleza e índole misma del arte. Porque van diciendo que la inspiración artística
es libre, sin que sea lícito someterla a leyes y normas morales o religiosas, ajenas al
arte, porque así se lesionaría gravemente la dignidad del arte y se dificultaría con
limitaciones y obstáculos el libre curso de la acción del artista bajo el sacro impulso
del estro.
Argumentos que suscitan
una cuestión, grave y difícil sin duda, que se refiere por igual a toda manifestación
artística y a todo artista; cuestión, que no se puede solucionar con argumentos tomados
del arte y la estética, antes se debe examinar a la luz del supremo principio del fin
último, norma sagrada e inviolable para todo hombre y para toda acción humana. Porque el
hombre se ordena a su fin último -que es Dios- según una ley absoluta y necesaria
fundada en la infinita perfección de la naturaleza divina; y ello de una manera tan plena
y tan perfecta, que ni Dios mismo podría eximir a nadie de observarla. Esta ley eterna e
inmutable manda que el hombre y todas sus acciones manifiesten, en alabanza y gloria del
Creador, la infinita perfección de Dios y la imiten cuanto posible sea. Por eso, el
hombre, destinado por su naturaleza a alcanzar este fin supremo, debe en sus obras
conformarse al divino arquetipo y orientar en tal dirección todas sus facultades de alma
y cuerpo,.ordenándolas rectamente entre sí y sujetándolas debidamente a la consecución
del fin. Por lo tanto, también el arte y las obras artísticas deben juzgarse por su
conformidad al último fin del hombre; y el arte ciertamente debe contarse entre las
manifestaciones más nobles del ingenio humano, pues tiende a expresar con obras humanas
la infinita belleza de Dios, de la que es como un reflejo. En consecuencia, el conocido
criterio de "el arte por el arte" -con el cual, al prescindir de aquel fin que
se halla impreso en toda criatura, se afirma erróneamente que el arte no tiene más leyes
que las derivadas de su propia naturaleza- o no tiene valor alguno o infiere grave ofensa
al mismo Dios, Creador y fin último. Mas la libertad del artista -que no significa un
ímpetu ciego para obrar, llevado exclusivamente por el propio arbitrio o guiado por el
deseo de novedades- no se encuentra, cuando se la sujeta a la ley divina, coartada o
suprimida, antes bien se ennoblece y perfecciona.
Estos principios, que
se deben aplicar a las creaciones de cualquier arte, es claro que también valen para el
arte religioso y sagrado. Más aún: el arte religioso dice todavía mayor relación a
Dios y al aumento de su alabanza y de su gloria, porque con sus obras no se propone sino
llegar hasta las almas de los fieles para llevarlas a Dios por medio del oído y de la
vista. Por todo lo cual, el artista, que no profesa las verdades de la fe o se halla lejos
de Dios en su modo de pensar y de obrar, de ninguna manera debe ejercer el arte sagrado,
pues no tiene, por así decirlo, ese ojo interior que le permita ver todo cuanto la
majestad y el culto de Dios exigen. Ni se ha de esperar que sus creaciones, ajenas a la
religión -aunque revelen competencia y cierta habilidad en el artista- puedan inspirar
esa piedad que conviene a la majestad del templo de Dios; por lo tanto, jamás serán
dignas de ser admitidas en el templo por la Iglesia, juez y guardiana de la vida
religiosa.
Pero el artista, de fe firme y que lleva vida digna de un cristiano, impelido por el amor
de Dios y poniendo al servicio de la religión la dotes que el Creador le ha concedido,
debe empeñarse muy de veras en expresar y proponer de manera hábil, agradable y
graciosa, por medio del color, del sonido o de la línea, las verdades que cree y la
piedad que cultiva, de tal suerte que la expresión artística sea para él como un acto
del culto y de la religión, apto para estimular al pueblo en la profesión de la fe y en
la práctica de la piedad. La Iglesia ha tenido y tendrá siempre en gran honor a estos
artistas, y les abrirá ampliamente las puertas de los templos, pues para ella es muy
grata y no pequeña ayuda la que le ofrecen con su arte y su trabajo, para cumplir ella
con más eficacia su ministerio apostólico.
La música sagrada, en
verdad, está más obligada y santamente unida a estas normas y leyes del arte, porque
está más cerca del culto divino que las demás bellas artes, como la arquitectura, la
pintura y la escultura: éstas se cuidan de preparar una mansión digna a los ritos
divinos, pero aquélla ocupa lugar principal en las mismas ceremonias sagradas y oficios
divinos. Por esta razón, la Iglesia debe tener sumo cuidado en alejar de la música,
precisamente porque es sierva de la liturgia, todo lo que desdice del culto divino o
impide a los fieles el alzar sus mentes a Dios. Porque la dignidad de la música sagrada y
su altísima finalidad están en que con sus hermosas modulaciones y con su magnificencia
embellece y adorna las voces del sacerdote que ofrece, o del pueblo cristiano que alaba al
Altísimo; y eleva a Dios los espíritus de los.asistentes como por una fuerza y virtud
innata y hace más vivas y fervorosas las preces litúrgicas de la comunidad cristiana,
para que pueda con más intensidad y eficacia alzar sus súplicas y alabanzas a Dios trino
y uno. Gracias a la música sagrada se acrece el honor que la Iglesia, unida con Cristo,
su Cabeza, tributa a Dios; se aumenta también el fruto que los fieles sacan de la sagrada
liturgia movidos por la música religiosa, fruto que se manifiesta en su vida y costumbres
dignas de un cristiano, como lo enseña la experiencia de todos los días y se halla
confirmado por el frecuente testimonio de escritores, tanto antiguos como modernos, de la
literatura. San Agustín, hablando de los cantos ejecutados con voz clara y modulada,
dice: Juzgo que aun las palabras de la Sagrada Escritura más religiosa y frecuentemente
excitan nuestras mentes a piedad y devoción, cuando se cantan con aquella destreza y
suavidad, que si no se cantaran, cuando todos y cada uno de los afectos de nuestra alma
tienen respectivamente su correspondencia en los tonos y en el canto que los suscitan y
despiertan por una relación tan oculta como íntima[18].
De donde se puede
fácilmente entender que la dignidad y valor de la música sagrada serán tanto mayores
cuanto más se acerquen al acto supremo del culto cristiano, el sacrificio eucarístico
del altar. Pues ninguna acción más excelsa, ninguna más sublime puede ejercer la
música que la de acompañar con la suavidad de los sonidos al sacerdote que ofrece la
divina víctima, asociarse con alegría al diálogo que el sacerdote entabla con el
pueblo, y ennoblecer con su arte la acción sagrada que en el altar se realiza. Junto a
tan excelso ministerio, ejercita la música el de realzar y acompañar otras ceremonias
litúrgicas, como el rezo del oficio divino en el coro. Sumo honor y suma alabanza se
deben, por lo tanto, a esa música litúrgica.
Y, sin embargo,
también es muy de estimar aquel género de música que, aun no sirviendo principalmente
para la liturgia sagrada, es, por su contenido y finalidad, de grande ayuda para la
religión, y con toda razón lleva el nombre de "música religiosa". Esta clase
de música sagrada -que nació en la Iglesia misma y prosperó felizmente bajo sus
auspicios puede ejercer, como enseña la experiencia, un grande y saludable influjo, usada
ya en los templos para actos y ceremonias no litúrgicas, ya fuera del recinto sagrado
para mayor esplendor desolemnidades y fiestas. Porque las melodías de dichos cantos,
escritos confrecuencia en lengua vulgar, se graban en la memoria casi sin ningún esfuerzo
y trabajo, y a una con la melodía se imprimen en la mente la letra y las ideas que,
repetidas, llegan a ser mejor comprendidas. De donde los niños y niñas, que aprenden los
cantos sagrados en temprana edad, logran ayuda extraordinaria para conocer, gustar y
recordar las verdades religiosas; y gran provecho deriva de ello el apostolado
catequístico. A adolescentes y adultos ofrecen esos cantos religiosos un deleite puro y
casto, mientras les recrean el ánimo y dan a las asambleas y reuniones más solemnes
cierta majestad religiosa; más aún: llevan a las mismas familias cristianas alegría
sana, suave consuelo y provecho espiritual. Luego si la música religiosa popular ayuda
grandemente al apostolado catequístico, debe cultivarse y fomentarse con todo cuidado.
Al poner de relieve el
valor múltiple de la música y su eficacia en el aspecto del apostolado, hemos querido
expresar algo que será, sin duda, de mucho gozo y consuelo para todos cuantos en una o en
otra forma se consagran a cultivarla y promoverla. orque todos los que, según su talento
artístico, componen, o dirigen, o ejecutan oralmente o con instrumentos músicos,
realizan, sin duda alguna, un verdadero y genuino apostolado, de muy diversas formas, y
son acreedores a los premios y honores de apóstoles, que abundantemente dará a cada uno
Cristo nuestro Señor por el fiel cumplimiento de su oficio. Tengan, pues, en gran estima
esta su profesión, por la que no solamente son artistas y maestros de arte, sino
servidores de Cristo nuestro Señor y colaboradores suyos en el apostolado; y acuérdense
de manifestar también en su vida y en sus costumbres la alta dignidad de este su oficio.
[18]
Aug. Confess., 10, 33; PL 32, 799 s.
   
|
|
 |
|